La versión pulida Chapter 7
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Chapter 7

VI

Se fueron pasado el mediodía, con la prisa liviana de los domingos, Fran cargando bajo el brazo un dinosaurio de plástico que había estado toda la comida arriba de la mesa a pesar de las advertencias, Valeria con los tuppers de siempre —"llevate, mamá, así no te queda toda la semana lo mismo"— y un beso apurado en la puerta que a Nora, como todos los besos apurados de su hija, le dejó una sensación de calor que le duraba más de lo que había durado el beso en sí.

La casa, apenas el auto de Valeria dobló la esquina, se le puso de golpe el tamaño real: más grande, más callada, con la mesa todavía sin levantar y una silla corrida hacia adentro que nadie había vuelto a acomodar.

Nora se quedó un momento parada en el living, sin ninguna prisa por empezar a levantar los platos, escuchando ese silencio nuevo que se le imponía siempre después de una visita, distinto del silencio de todos los días porque todavía tenía adentro el eco de las voces que acababan de llenarlo.

Lavó la olla, dos platos, los cubiertos, y se sirvió, ya sola, el café de la tarde en la taza celeste, el mismo gesto de siempre, en la misma cocina de siempre, solo que esa tarde, mientras el agua corría, le volvió una y otra vez la pregunta de Fran —¿A vos también te agarraron los militares?

— con esa palabra, agarraron, que un chico de nueve años usaba sin ninguna sospecha de lo que pesaba, y que a ella, en cambio, todavía, cincuenta años después, no le había encontrado una palabra mejor para reemplazar del todo.

Se sentó un rato en la silla de siempre, la de la cabecera que nadie más usaba desde que murió Rubén, con la taza entre las manos y la casa entera devuelta a su tamaño de todos los días.

No sintió tristeza, exactamente. Sintió, más bien, esa sensación particular de después de una visita, cuando una vuelve a quedarse con una misma y descubre que la versión que acaba de contar todavía le sirve, todavía alcanza, pero que alcanzar, a esta altura, no es lo mismo que estar en paz.

Se levantó, después, a buscar el libro de poemas del estante de abajo, no para abrirlo —hacía tiempo que no hacía falta abrirlo para saber lo que había adentro— sino nada más para tocar el lomo gastado con la punta de los dedos, un gesto tan chico y tan privado que ni ella misma hubiera sabido explicar del todo qué buscaba con él.

Lo dejó donde estaba. Se sirvió más café, ya frío, y siguió con la tarde.