Chapter 6
V
Unas semanas antes de la carta, un domingo de julio en que Valeria trajo a Fran a almorzar, el chico se sentó a la mesa con esa gravedad repentina que tienen los chicos de nueve años cuando traen algo aprendido en el colegio y todavía no saben si lo entendieron bien.
—Seño dijo que en la dictadura se llevaban gente y no volvía más —dijo, sin ningún preámbulo, pinchando un fideo con el tenedor sin llevárselo a la boca.
Valeria, desde la cocina, se quedó quieta un segundo con la olla en la mano, esperando a ver para dónde iba eso.
—Es así —dijo Nora—. Se llevaban gente.
—¿A vos también te agarraron los militares?
Lo preguntó con la misma naturalidad con que hubiera preguntado si de chica había tenido perro, sin ninguna sospecha de que la pregunta pudiera pesar de un modo distinto a las demás, y a Nora, por un segundo, la sorprendió más la palabra "agarraron" —tan de patio de escuela— que la pregunta misma.
—Sí —dijo—. Me tuvieron tres días presa. Después me soltaron.
—¿Por qué?
—Porque no tenían nada en contra mío.
—¿Y no tuviste miedo?
—Un poco —dijo Nora, y era la primera vez en toda la conversación que decía algo que no estaba en la versión de siempre, aunque el chico no tenía forma de notarlo—. Pero fueron nada más que tres días.
Fran pareció conforme con la cantidad —tres días le entraban en la cabeza de un modo que cincuenta años no le hubieran entrado— y volvió al fideo, y a los dos minutos ya estaba hablando de otra cosa, un dinosaurio, un compañero de grado que se había roto un brazo.
Valeria, sirviendo la olla, le hizo a su madre un gesto rápido con la cabeza, mitad disculpa y mitad gracias, y Nora le devolvió un gesto parecido, y ninguna de las dos volvió sobre el tema.
Se quedó, el resto del almuerzo, pensando que le acababa de dar a su nieto, en menos de un minuto y sin ningún esfuerzo, la misma versión exacta que le iba a dar semanas después a una desconocida con un grabador: la corta, la que no pesaba, la única que tenía lista para entregar a cualquiera que preguntara, tuviera nueve años o setenta y cinco.
Pensó que esa era, quizás, la única función que le quedaba a esa versión: no explicar nada, solamente alcanzar.
Y que alcanzar y explicar, a esta altura de la vida, eran dos cosas bastante distintas.