Chapter 5
IV
Los domingos, antes de almorzar, si no llueve, Nora camina hasta el cementerio de Gonnet a dejarle flores a Rubén: dos claveles, casi siempre, comprados en el puesto de la entrada, nunca un ramo grande, porque a Rubén, en vida, las flores grandes le habían parecido un gasto que no entendía.
Se queda diez minutos, quince como mucho, sin hablarle en voz alta —eso lo hacen otras viudas, lo ha visto, mujeres con los labios moviéndose despacio frente a una lápida, y a ella siempre le pareció un gesto que no le sale, no por falta de cariño sino porque nunca fue de las que hablan solas, ni con Rubén vivo ni con Rubén muerto—; nada más se queda parada, mira el nombre grabado, la fecha completa, el apellido que también es el suyo desde hace cuarenta y nueve años, y piensa, cada domingo, más o menos lo mismo: que de Rubén queda esto, una piedra con letras, un lugar exacto donde pararse, y que de Beatriz no queda ningún lugar donde nadie pueda pararse a mirar nada, ni una piedra, ni una fecha, ni siquiera la certeza pequeña y completa de un día de la semana en que dejar dos claveles.
Ese domingo en particular —el mismo del almuerzo con Fran— se quedó un rato más de lo habitual, sin ninguna razón que pudiera explicar, mirando el nombre de Rubén grabado en la piedra, hasta que una cuidadora del cementerio, una mujer de guardapolvo que barría la vereda de tierra entre las bóvedas, le preguntó si estaba bien.
Nora dijo que sí, que estaba bien, nada más pensando, y la mujer asintió, como si esa respuesta le alcanzara, y siguió barriendo.