Chapter 4
III
Esa misma semana de la carta, en la cola del almacén de Suárez, Élida se le puso al lado con la familiaridad de quien no necesita permiso para acortar distancias.
—¿Vio que andan preguntando por los presos políticos de antes?
—dijo, bajando la voz aunque no hubiera nadie a menos de dos metros, con ese tono que usa la gente para las noticias que le gustan más de lo que admite—.
Una vecina de la otra cuadra dice que la llamaron a ella también.
Yo le dije que no tengo nada que contar, gracias a Dios, que a nuestra familia esas cosas no nos tocaron.
Nora tenía la carta, en ese momento, arriba de la heladera, debajo del imán con forma de girasol, sin haber decidido todavía qué hacer con ella, y no dijo nada, ni que sí ni que no, se limitó a asentir con la cabeza de la manera vaga con que se asiente a un comentario sobre el clima.
—A mí también me tocó cerca, ¿sabe? —siguió Élida, que necesitaba muy poco estímulo para seguir cualquier tema—. Un primo segundo de mi marido, dicen que estuvo complicado. Nunca se supo bien. Uno prefiere no meterse.
—Prefiere —repitió Nora, sin que la palabra fuera ni pregunta ni afirmación, nada más un sonido para llenar el lugar donde hacía falta poner algo.
El sobrino de Suárez le cobró las cosas sin escuchar nada de la conversación, ocupado con la balanza, y Nora salió a la calle con la bolsa en la mano, pensando que Élida, en cuarenta años de vereda compartida, jamás le había preguntado una sola vez, en serio, qué le había pasado a ella en el 76, conforme como estaba con la versión que se había armado sola, la de una familia a la que "esas cosas" no le habían tocado, y que a Nora, esa mañana, la mentira de Élida —una mentira que ni siquiera sabía que estaba diciendo— le pareció, por primera vez, casi un alivio: había, en este mundo, alguien tan segura de no saber nada de ella, que ni siquiera hacía falta mentirle.