Chapter 3
II
Un martes cualquiera, de los que no tienen carta ni llamado de ningún archivo, Nora se levanta a las siete y media aunque ya no tenga ninguna razón para hacerlo a esa hora, riega el limonero antes de que caliente el sol, y camina las cuatro cuadras hasta el almacén de Suárez, que ya no es de Suárez sino de un sobrino de Suárez que heredó también el nombre, porque en el barrio a los negocios los rebautiza la costumbre y no el cartel de la puerta.
—¿Cómo anda, doña Nora? —le pregunta el sobrino de Suárez, que le dice doña desde que cumplió los sesenta, algo que a ella al principio le molestó y ahora ni registra.
—Ahí voy —contesta siempre, y siempre es cierto, y siempre alcanza como respuesta.
En la cola se cruza, la mayoría de las veces, con la misma vecina de siempre, Élida, que vive dos casas más allá desde antes de que se mudaran los primeros vecinos nuevos del barrio, y que la saluda siempre con la misma fórmula, "cómo anda la viuda de Rubén", una frase que a Nora, dieciocho meses después, todavía le cae un poco torcida, no porque le moleste que la nombren viuda sino porque la nombra siempre en relación a otra persona, nunca sola, como si Nora a secas no alcanzara para presentarla en una vereda.
En cambio, en la fila del banco, el mes pasado, un empleado nuevo que no la conocía de nada le preguntó el nombre para un trámite, y ella dijo, sin pensarlo, "Nora", solamente Nora, y algo en decir su nombre solo, sin apellido de nadie pegado atrás, le dio una satisfacción chiquita y un poco vergonzosa, de la que no le habló a nadie.
Vuelve por la vereda de siempre, con la bolsa del almacén en una mano, y en la casa la esperan las cosas de Rubén que todavía no terminó de acomodar del todo: su taza celeste en la alacena, sus herramientas en el garaje que nadie usa, un pulóver gris que Nora no se decide ni a regalar ni a usar ella misma, colgado siempre en el mismo perchero de la entrada, como si esperara que él volviera a buscarlo.