La versión de Nora 41. El veredicto
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41. El veredicto

La imagen de la zapatilla roja abrió la última fase del juicio.

Aún quedaban las conclusiones definitivas y los informes de las partes, una fase que Nora descubrió casi más agotadora que cualquier prueba nueva porque ya nadie iba a aportar hechos: todo dependía de cómo ordenara cada parte los que habían resistido hasta allí.

La fiscal mantuvo la acusación. Volvió a la convivencia entre Nora e Inés, a los mensajes, a las huellas en el arma y a los once minutos, y pidió al jurado que no confundiera las irregularidades de la investigación con una demostración automática de inocencia.

Admitió los problemas de la primera estimación forense, la existencia de contactos que debían investigarse por separado y la necesidad de aclarar cómo conocía Leza determinados datos, pero insistió en que ninguna de aquellas piezas permitía reconstruir con certeza qué había hecho Nora después de entrar en el piso.

—No les pido que elijan entre dos historias —terminó Daniel—. Les pido que decidan si la que acusa a Nora ha quedado probada con la certeza necesaria para condenarla.

—No tengo nada que añadir —dijo.

Por primera vez podía dejar una frase sin completar porque ya no necesitaba llenarla para resultar creíble.

El juez dio por concluida la fase de informes y última palabra.

Presentó a las partes la propuesta de objeto del veredicto y oyó sus observaciones sobre los hechos que debían incluirse o excluirse.

Resueltas esas cuestiones, en audiencia pública fijó el objeto del veredicto y explicó al jurado las reglas con las que tendría que valorar los hechos probados y no probados.

Solo entonces los miembros del jurado abandonaron la sala para deliberar.

La espera empezó cuando el juez terminó de explicar aquello que durante meses le había parecido imposible: el jurado no tenía que decidir qué versión resultaba más conmovedora, sino si la acusación había demostrado, con la certeza exigible para condenar, que ella había matado a Inés.

Daniel había repetido muchas veces esa diferencia, pero escucharla allí hizo que Nora comprendiera hasta qué punto su vida reciente había quedado reducida a una pregunta que otras personas debían contestar sin ella.

El jurado salió poco antes del mediodía.

La puerta lateral se cerró tras el último de sus miembros y nadie pareció saber qué hacer con el silencio que dejaron.

La fiscal recogió algunos documentos. Daniel permaneció sentado, con las manos unidas sobre la carpeta de las conclusiones finales, mientras Nora miraba la pantalla apagada donde el día anterior se había proyectado la fotografía del recibidor.

Ya no estaban la zapatilla roja, la cronología ni el rostro de Inés detenido en el vídeo; solo una superficie negra que devolvía un reflejo impreciso de la sala.

Habían llegado al punto en que ninguna prueba nueva podía salvarla ni ninguna explicación adicional empeorar las cosas.

Debería haber sentido alivio, pero la impotencia se parecía demasiado al miedo.

Durante la instrucción siempre había existido una acción siguiente: leer un informe, responder a Daniel, soportar una visita, decidir si confiaba en Tesa.

Ahora el jurado deliberaba en una habitación a la que ella no podía entrar y el resultado ya no dependía siquiera de su capacidad para resistir.

Daniel debió de advertir cómo miraba la puerta porque se inclinó ligeramente hacia ella.

—Puede tardar horas.

Nora asintió sin apartar los ojos del pasillo.

—¿Y si tardan mucho es malo?

—No significa nada. Y si tardan poco, tampoco.

La respuesta era tan propia de él que en otro momento Nora habría sonreído.

Daniel llevaba meses quitando significado a todo aquello que no podía sostenerlo: un gesto, una pausa, una impresión, una coincidencia.

Le había enseñado a desconfiar de la necesidad de interpretar cada silencio, aunque ambos sabían que era más fácil hacerlo con los silencios ajenos que con el que en ese momento había tras una puerta cerrada.

La devolvieron a una dependencia interior mientras continuaba la deliberación.

No era una celda, aunque el mobiliario resistente y funcional recordaba demasiado a una.

Había dos sillas, una mesa atornillada al suelo y una ventana alta que solo dejaba ver una franja de cielo.

Nora se sentó e intentó no calcular cuánto tiempo llevaba allí.

Un funcionario le ofreció agua y bebió apenas dos sorbos.

Pensó en Tesa, que habría regresado al centro penitenciario después de declarar y que probablemente conocería el resultado antes de que Nora pudiera verla.

Pensó en Aurora, sentada durante días en la tercera fila, obligada a escuchar cómo la defensa discutía la muerte de Inés como una suma de horas, restos biológicos y contradicciones.

Y pensó en Elena, a quien no había visto desde que abandonó su casa y cuya ausencia había acabado convirtiéndose en otra forma de inquietud.

Daniel solo le había dicho que estaba protegida y que había hablado con quien debía hablar.

Nora no preguntó más: había aprendido que, cuando él utilizaba aquella fórmula, cierta información pertenecía a diligencias distintas y conocerla antes de tiempo no iba a ayudarla.

La puerta se abrió cuando ya había perdido la noción exacta de la hora.

Daniel apareció acompañado por un funcionario y, antes de que hablara, Nora supo que el jurado había terminado.

Llevaba la chaqueta abrochada y la carpeta cerrada bajo el brazo, como si ya no quedara ningún papel al que recurrir.

—Han alcanzado veredicto.

Nora se puso en pie. Durante una fracción de segundo sintió el impulso absurdo de preguntarle cuál, como si Daniel pudiera haberlo sabido antes que ella, pero la expresión de su abogado dejó claro que tampoco lo conocía.

El recorrido de vuelta a la sala fue más corto que cualquier otro de los días anteriores.

Nora reconoció las paredes, la esquina donde siempre esperaba un funcionario, la puerta de madera con la placa metálica y el murmullo amortiguado del público al otro lado, pero tuvo la sensación de atravesarlo todo sin tocar realmente el suelo.

Al entrar buscó a Aurora y la encontró en su sitio, con el rostro muy pálido y las manos apretadas alrededor del bolso. A dos filas de distancia estaba Elena.

Nora se detuvo apenas un instante.

Su madre había cambiado muy poco y, al mismo tiempo, parecía otra persona.

Seguía llevando el cabello recogido de la misma manera y un abrigo demasiado grueso para el calor que hacía fuera, pero ya no estaba encogida sobre sí misma.

Miraba hacia delante. Cuando sus ojos encontraron los de Nora, no levantó una mano ni intentó sonreír. Se limitó a sostenerle la mirada.

Daniel tocó suavemente el respaldo de la silla para indicarle que se sentara.

—Primero el veredicto —murmuró.

Los miembros del jurado entraron poco después.

Nora había imaginado muchas veces aquel momento buscando en sus caras una señal inmediata, pero la realidad era mucho más opaca.

Se sentaron con la solemnidad cansada de quienes llevaban horas hablando de la vida de una desconocida y sabían que cualquier gesto podía interpretarse antes de que se pronunciara una sola palabra.

El portavoz se puso en pie cuando el juez se lo indicó.

La lectura empezó por los hechos que habían considerado probados y no probados.

Nora oyó su propio nombre varias veces sin sentir que le perteneciera.

Escuchó que no se había acreditado que ella hubiera causado la herida mortal de Inés Robles; que la valoración forense consideraba compatible una muerte anterior a su entrada en el piso, sin permitir fijar las 22:18 como una frontera médica exacta; que la cronología de la grabación y del aviso policial resultaba incompatible con la versión según la cual todo había comenzado después de su llegada; y que existían alteraciones y anomalías relevantes en pruebas incorporadas durante la investigación para las que la acusación no había ofrecido una explicación suficiente.

Los once minutos seguían sin una explicación completa, y su memoria conservaba lagunas.

Precisamente por eso, cuanto más avanzaba la lectura, más difícil le resultaba respirar.

El jurado no estaba aceptando una historia alternativa porque sonara mejor: estaba diciendo que la construida contra ella no bastaba para condenarla.

Cuando llegó la fórmula final, Nora ya no miraba al portavoz.

—No culpable.

Durante unos segundos siguió sentada exactamente igual, con las manos sobre las piernas y la espalda rígida, como si su cuerpo hubiera aprendido a desconfiar incluso de aquello que llevaba meses deseando.

El sonido llegó después: un movimiento en el público, una respiración rota a su espalda, la voz del magistrado reclamando silencio.

Daniel no la abrazó ni hizo nada que pudiera convertir aquel momento en una celebración.

Solo acercó la mano a la mesa y la dejó allí, a pocos centímetros de la suya.

Nora fue quien cerró la distancia.

Apoyó los dedos sobre el dorso de su mano durante un instante y volvió a retirarlos.

El juez continuó hablando. Explicó las consecuencias procesales del veredicto y dictó en el acto sentencia absolutoria respecto de Nora, ordenando su inmediata puesta en libertad porque permanecía en prisión provisional exclusivamente por aquella causa.

Las palabras jurídicas le llegaron deformadas por una idea que sobresalía sobre todas las demás.

Puesta en libertad.

Había imaginado tantas veces la puerta de la prisión abriéndose que, al escuchar que ocurriría de verdad, lo primero que sintió fue miedo.

Daniel la miró entonces y pareció comprenderlo.

—No tienes que saber todavía qué vas a hacer fuera —dijo muy bajo.

Nora tragó saliva.