40. El hombre impecable
A la mañana siguiente, Nora entró en la sala con la pregunta del día anterior todavía pegada a la cabeza.
Había pasado la noche dándole vueltas a una idea distinta de todas las anteriores: qué podía saber Gabriel Leza que nunca debería haber sabido.
Esta vez no dependía de que su memoria le devolviera una imagen nueva, sino de algo más verificable, de las cosas que Leza había hecho, dicho o conocido cuando aún confiaba en que nadie conseguiría ponerlas una junto a otra.
Daniel llegó con dos archivadores y una carpeta estrecha que dejó cerrada junto al cuaderno.
No parecía más tranquilo que los días anteriores, aunque Nora reconoció esa concentración suya que aparecía cuando una diligencia solo adquiría sentido al encajar con las demás.
Antes de que entrara el jurado le explicó el orden de la mañana, nada más: primero se incorporaría el acta de apertura del guardamuebles localizado gracias al vídeo de Inés; después, la documentación financiera y los registros de comunicación preservados tras la filtración.
Al final declararían una periodista y el técnico que había conservado una grabación propuesta por la defensa antes del juicio.
—¿Leza no va a declarar? —preguntó Nora.
Daniel negó con la cabeza.
—No en este juicio. Su situación ya no es la de alguien a quien podamos sentar aquí como si solo tuviera que explicar lo que sabe. Hay diligencias separadas abiertas y tiene sus propios derechos. Nosotros tenemos que demostrar por qué la acusación contra ti no se sostiene.
—¿Y hoy vais a demostrar que lo hizo?
Daniel tardó unos segundos en responder. Buscó la forma más exacta de decirlo.
—Hoy vamos a demostrar lo que podamos demostrar. Y si al final de la mañana queda una parte que no sabemos, seguirá siendo una parte que no sabemos.
La incorporación del contenido del guardamuebles ocupó buena parte de la mañana.
No hubo una caja abierta ante el jurado ni documentos exhibidos como si Inés hubiera dejado preparada una confesión.
La funcionaria que intervino en la diligencia explicó el precinto, el acceso autorizado y el inventario; después, un perito describió cómo se habían separado los papeles de los dos soportes digitales.
Solo entonces Daniel preguntó por el contenido.
Había movimientos bancarios, facturas, matrículas y hojas manuscritas de Inés.
Parte de aquello repetía información del segundo teléfono, pero ahora existían originales cuya fecha y procedencia podían contrastarse fuera de una cuenta que alguien había intentado borrar.
Entre ellos aparecían Linde Eventos, Meridiano Servicios y Arco Seguridad, dentro de una relación más amplia de sociedades conectadas con establecimientos que también figuraban en sus notas.
El perito financiero fue prudente. Una transferencia podía responder a un servicio real y, por sí sola, no demostraba nada más.
Lo relevante era que aquellos movimientos podían seguirse a través de cuentas, fechas y documentos externos, y que algunos coincidían con jornadas en las que Inés había anotado contactos y reuniones.
La fiscal aprovechó enseguida esa cautela: ninguna transferencia explicaba qué se estaba pagando y las notas de Inés tampoco identificaban por sí solas a quien hubiese ordenado un pago.
Daniel no discutió el límite. Aquella pieza no tenía que cargar con todo el caso para resultar útil.
Después llegaron los registros de comunicación, preservados a raíz de la filtración de la copia marcada que había recibido Baeza.
El análisis no recuperaba el contenido de las conversaciones, pero sí mostraba contactos entre el inspector y Leza durante la investigación, algunos próximos a avances de la defensa y a momentos en que determinadas piezas se apartaron de su recorrido previsto.
Uno de esos contactos se produjo después de que Baeza recibiera la hoja de Arco Seguridad y antes de que la fotografía de aquella misma copia apareciera en la web.
Otro coincidía con el periodo en que el grupo policial tuvo acceso al informe forense antes de que llegara al procedimiento sin aquella advertencia.
Los registros no decían que Leza hubiera ordenado publicar una fotografía o modificar un informe, y Daniel lo dejó claro sin esperar a que se lo exigiera la fiscal: había comunicación y proximidad temporal. No el contenido de una orden.
Aun así, Nora vio a varios miembros del jurado volver a sus notas de días anteriores. El efecto no dependía de una llamada concreta. Era la repetición: el nombre de Leza aparecía otra vez cerca de algo que se había apartado de su recorrido normal.
La fiscal separó de nuevo las piezas. Tesa tenía motivos para odiar a Leza; Inés había investigado sin control judicial y había mentido a Nora; la grabación, cuya carga había terminado antes de las 22:12:46, estaba incompleta; los pagos admitían explicaciones legales; Baeza podía hablar con un fiscal por razones profesionales; una versión de trabajo no demostraba por sí sola una falsificación, y Nora seguía sin saber qué había hecho durante el tramo que no podía reconstruir.
Nada de aquello era falso. A esas alturas Nora había entendido que la defensa no podía construirse fingiendo que sus puntos débiles no existían.
Daniel sabía que tendría que demostrar algo más que una sucesión de coincidencias.
Daniel había previsto aquel ataque. Por eso, al preparar el juicio, había revisado también las primeras declaraciones públicas de Leza y solicitado las grabaciones completas de las entrevistas de aquellos días.
En una de ellas había encontrado algo que nunca llegó a emitirse.
Después del receso declaró la periodista que había realizado aquella entrevista.
Nora la reconoció vagamente. Había cubierto el caso desde los primeros días, aunque allí parecía otra persona sin micrófono y sin la prisa de quien habla frente a una cámara.
Explicó que, dos mañanas después de la muerte de Inés, su equipo había entrevistado a Gabriel Leza para una pieza sobre la investigación, la relación de la víctima con determinados ambientes y la presión mediática que empezaba a rodear el caso.
La entrevista se había grabado completa y luego se redujo para emitirla.
Daniel le pidió que explicara qué había ocurrido con la grabación después de la entrevista.
La periodista contó que, al regresar a la redacción, habían guardado la grabación completa en el servidor de la cadena.
Para televisión solo se utilizó una parte.
Meses después, la defensa solicitó también el material que no se había emitido y la cadena lo entregó para incorporarlo al procedimiento.
Después declaró un técnico audiovisual de la cadena. Confirmó que el archivo correspondía a aquella entrevista y que el fragmento que iban a escuchar formaba parte de la grabación original.
Cuando terminó, Daniel pidió permiso para reproducir el fragmento.
La pantalla mostró a Leza de pie en un pasillo institucional.
Nora recordó la primera vez que lo había visto en televisión y aquella sensación de reconocer la voz antes que el rostro.
En la grabación, la periodista le preguntaba si participaba de algún modo en las diligencias por la muerte de Inés Robles.
—No —respondía Leza—. No formo parte del equipo que investiga este homicidio y no tengo acceso a las actuaciones. Me han preguntado por cuestiones generales porque conocía algunos de los entornos que frecuentaba la fallecida, nada más.
La entrevista continuaba. Hablaron de filtraciones, de la necesidad de no convertir una investigación en espectáculo y de lo difícil que era valorar una escena cuando alguien había entrado antes que la policía. La periodista le preguntó qué quería decir.
Leza sonrió con aquella autosuficiencia de quien cree estar explicando algo evidente.
—Que desde el momento en que la chica entra ya hay alteración. Empuja la puerta, arrastra una zapatilla roja que había quedado detrás y después se mueve por la vivienda. A partir de ahí no puede hablarse de una escena intacta.
Nora dejó de respirar.
No fue la palabra zapatilla. De una zapatilla roja junto a la entrada había hablado desde el primer día.
Lo que la dejó inmóvil fue lo otro: detrás de la puerta.
El peso blando frenando la hoja, el roce sobre las baldosas, el objeto desplazándose antes de que ella pudiera verlo.
Durante meses aquella sensación había quedado sepultada bajo cosas mucho más terribles, y Nora no había sabido convertirla en una frase hasta que Daniel le enseñó las fotografías.
La imagen se detuvo.
Daniel no miró a Nora. Pidió a la periodista que confirmara la hora de la grabación y después le mostró las piezas publicadas durante las primeras cuarenta y ocho horas.
Ninguna describía la posición de la zapatilla detrás de la puerta.
La primera fotografía difundida del recibidor era posterior y mostraba el calzado ya desplazado junto a una pared, después de la entrada de Nora y de la intervención policial.
La periodista confirmó además que aquella frase de Leza no se había incluido en la emisión.
La fiscal se levantó. No discutió la autenticidad de la grabación ni que el fragmento hubiera quedado fuera de la pieza emitida. Preguntó si la periodista podía asegurar que nadie hubiese contado a Leza aquel detalle antes de la entrevista.
—No —respondió ella.
—¿Puede saber con quién habló él aquella mañana?
—No.
—Entonces su grabación acredita que lo dijo. No acredita cómo lo supo.
—Eso es correcto.
Daniel no intentó obtener una respuesta más favorable.
Esperó a que la periodista terminara y pidió únicamente que se proyectara la secuencia fotográfica de la entrada.
La primera imagen útil mostraba la puerta abierta y la zapatilla desplazada hacia un lateral.
No había ninguna fotografía anterior a la entrada de Nora ni al acceso de los agentes que permitiera ver el objeto detrás de la puerta.
El atestado decía dónde fue recogido, no dónde se encontraba antes de que Nora cruzara el umbral.
Después Daniel situó dos horas en la pantalla: a la izquierda, la del vídeo de la entrevista; a la derecha, la incorporación al sistema de las primeras fotografías y del acta completa de inspección ocular.
No dijo que esa diferencia probara un asesinato.
Preguntó al técnico si el bruto era anterior.
Sí. A la periodista, si el detalle se había publicado antes.
No. Y recordó al jurado, sin convertir aquello en un interrogatorio de Leza, que en la propia grabación él acababa de afirmar que no formaba parte de la investigación y que no tenía acceso a las actuaciones.
La fiscal se opuso cuando Daniel empezó a formular una conclusión sobre la procedencia del dato.
El juez le dio parcialmente la razón. Recordó que el objeto del proceso seguía siendo la responsabilidad de Nora y que cualquier eventual responsabilidad de terceros se investigaba por su cauce propio.
El jurado podía valorar la grabación y los demás elementos solo en la medida en que fueran relevantes para decidir si la versión acusatoria contra Nora estaba probada.
Daniel calló. No necesitaba pronunciar la palabra asesino.
Nora volvió la vista hacia la pantalla. Durante meses había pensado que Leza siempre iba un paso por delante. Ahora empezaba a entender que también podía cometer errores, y que bastaba con encontrar uno que pudiera demostrarse.
La sesión se suspendió poco después. No hubo esposas, ni confesión, ni nadie anunció que el asesinato estuviera resuelto.
El jurado salió con la instrucción de no anticipar una decisión.
La fiscal recogió sus documentos y Daniel se quedó quieto unos segundos, como si el cansancio hubiese esperado a que la pantalla se apagara para alcanzarlo.
Nora volvió a mirar la fotografía del recibidor. La zapatilla roja aparecía desplazada junto a la pared, un objeto menor durante meses entre sangre, cristales y pruebas mucho más visibles.
—Yo nunca dije que estaba detrás —murmuró.
Daniel cerró la carpeta.
—No.
—Ni que la puerta la arrastró.
—No.
Nora esperó algo más: una conclusión capaz de transformar aquella grabación en la certeza que había buscado desde el principio.
Daniel no se la dio. Una zapatilla no bastaba para condenar a Gabriel Leza, del mismo modo que nunca había permitido que un recuerdo, una grabación o una transferencia sostuvieran por sí solos todo el caso.
La grabación no explicaba por sí sola quién había matado a Inés. Hacía algo más limitado y, precisamente por eso, más difícil de apartar: añadía una contradicción verificable a la versión de un hombre que había asegurado no tener acceso a las actuaciones.
Nora miró de nuevo la zapatilla desplazada junto a la pared. Aquello no cerraba el caso. Pero, por una vez, el error no estaba en su memoria.