La versión de Nora 39. Los once minutos #2
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39. Los once minutos #2

Daniel dejó la cronología unos segundos más en pantalla.

Nora vio al jurado pasar la mirada de las horas a ella.

Ninguna línea, por sí sola, resolvía el caso.

Juntas obligaban a introducir a otra persona en la historia inicial.

Antes de las 22:12:46, Inés había estado hablando con otra persona.

A las 22:14 alguien sabía lo suficiente para activar una respuesta policial.

A las 22:18 Nora ya había entrado. La grabación no identificaba a un asesino y la llamada no decía quién la había hecho, pero ambas cosas existían antes del vacío que durante meses había ocupado el centro del caso.

Daniel quiso saber si, al entrar en el piso, Nora sabía que la policía ya iba de camino o había tenido alguna posibilidad de preparar su llegada.

Ella negó ambas cosas. Solo cuando él le preguntó por qué los agentes acabaron entrando mientras ella seguía allí, Nora miró directamente hacia los miembros del jurado.

—Porque alguien los llamó antes de que yo llegara.

Daniel decidió no seguir por ahí. No preguntó quién. Tampoco sugirió que la persona de la grabación y quien hizo el aviso tuvieran que ser la misma. La cronología acreditaba una intervención ajena a Nora; la identidad y el propósito de esa intervención dependían de otras pruebas.

La fiscal esperó a que Daniel terminara y se levantó con una carpeta bastante más gruesa.

Empezó por lo que Nora recordaba con claridad y después pasó al tramo de aquella franja de once minutos que no podía reconstruir.

Le recordó que estaba enfadada con Inés, que se había sentido utilizada y que no podía negar haber tocado el arma.

Nora aceptó lo que era cierto. Cuando la fiscal le preguntó si podía asegurar que no había movido el cuerpo durante ese tramo, respondió que no.

Tampoco podía asegurar qué palabras había dicho ni si había recorrido el pasillo después de encontrar a Inés.

La fiscal reunió entonces todo aquello en una pregunta sencilla: si Nora podía decir qué había hecho durante el tramo que no podía reconstruir.

Nora respondió que no. La frase siguiente llegó casi como una constatación: aun sin saberlo, estaba pidiendo que la declararan no culpable.

Daniel se movió en su asiento, aunque no llegó a levantarse.

Nora entendió la maniobra. No buscaba solo una contradicción; buscaba que sintiera vergüenza por reclamar una certeza jurídica que su memoria no podía darle.

—Estoy aquí porque me acusan de matar a Inés —respondió—. No porque tenga que inventar lo que falta de esos once minutos para merecer que miren el resto de las pruebas.

La fiscal mantuvo la vista sobre ella.

—¿Y si durante ese tiempo hizo algo que no quiere recordar?

El juez intervino antes de que Daniel objetara y pidió que la pregunta se formulara sin atribuir intenciones psicológicas que la pericial no había establecido. La fiscal corrigió apenas el tono.

—¿Puede descartar que realizara una acción violenta durante ese periodo?

Nora sintió cómo el miedo antiguo la empujaba hacia una respuesta absoluta. Era la pregunta que se había repetido desde la primera noche en prisión, la que la obligaba a preguntarse si podía parecerse a Tomás sin saberlo. Miró un instante a Daniel y volvió hacia la fiscal.

—Puedo decir que no recuerdo haberla realizado.

Y puedo decir que, según la pericial que hemos escuchado, los hallazgos son compatibles con que Inés ya hubiera recibido la herida mortal antes de que yo entrara.

Lo que no voy a hacer es rellenar lo que no recuerdo con una respuesta que nadie puede comprobar.

La fiscal guardó silencio unos segundos y cambió de dirección.

Cuestionó la precisión de los datos del teléfono, recordó que una conexión de red no equivalía a una posición exacta y subrayó que Nora no había identificado directamente la segunda voz de la grabación.

Todo eso era cierto. Nora no discutió aquellas limitaciones porque el caso no dependía de hacer cada pieza más fuerte de lo que era.

Al terminar el interrogatorio, Daniel pidió una sola aclaración.

Volvió a proyectar las cuatro horas y preguntó si alguna dependía de la memoria de Nora.

Ella respondió que no: la grabación, el aviso policial, los registros de llegada y la intervención de los agentes existían con independencia de lo que pudiera recordar.

—¿Qué parte depende entonces de usted? —preguntó.

Nora observó las horas durante un momento antes de contestar.

—Decir dónde termina lo que sé.

Daniel regresó a su mesa sin hacer más preguntas.

Cuando terminó su declaración, Nora notó las piernas más débiles de lo que esperaba aunque no se hubiera levantado del sitio.

No había habido ninguna revelación. No había recuperado una imagen decisiva ni pronunciado el nombre de Gabriel Leza como si bastara para ordenar el caso.

Había hecho algo menos espectacular y, para ella, bastante más difícil: dejar delante de todos el tramo que no podía reconstruir sin permitir que aquel vacío la obligara a desaparecer dentro de él.

La cronología seguía proyectada. Las cuatro líneas permanecían una debajo de otra con una frialdad casi ofensiva.

Antes de las 22:12:46 ya había terminado de cargarse una grabación en la que Inés hablaba con otra persona.

A las 22:14, alguien había puesto a la policía en camino.

A las 22:18, Nora ya estaba dentro y miraba su teléfono.

A las 22:29, los agentes irrumpían y ella recuperaba continuidad.

Entre esas dos últimas horas seguía habiendo un rango de once minutos que no podía reconstruir de principio a fin; la continuidad se había roto después de buscar el pulso de Inés.

Durante meses, la acusación había tratado aquel intervalo como si todo lo anterior dejara de existir en cuanto empezaba la amnesia.

Ahora el vacío producía el efecto contrario.

Cuanto más claramente se veía, más difícil era ignorar que alguien había estado allí antes que Nora, que alguien había sabido que algo ocurría y que la historia ya estaba en marcha antes de que ella cruzara la puerta.

Daniel apagó la pantalla cuando el juez dio por terminada la sesión. Antes de cerrar la carpeta, se inclinó hacia Nora lo suficiente para que nadie más pudiera oírlo.

—Mañana ya no van a discutir solo tus once minutos.

Nora volvió a mirar las cuatro horas que seguían proyectadas. Durante meses había intentado entender qué había ocurrido en la parte de aquellos once minutos que no podía reconstruir. Ahora había otra pregunta que también podía responderse con pruebas.

¿Qué sabía Gabriel Leza que nunca debería haber sabido?