La versión de Nora 39. Los once minutos
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39. Los once minutos

La mañana en que había decidido declarar, Nora comprendió que llevaba meses imaginando mal aquel momento.

Había pensado que hablar ante el jurado significaría enfrentarse por fin a lo que faltaba de los once minutos, como si le correspondiera abrir a la fuerza aquel tramo cerrado.

Pero, mientras esperaba junto a Daniel a que comenzara la sesión, la discontinuidad seguía exactamente donde había estado desde la noche del asesinato y, por primera vez, no le pareció un fallo que tuviera que corregir antes de abrir la boca.

Daniel había repasado con Nora cómo se desarrollaría su declaración y qué pruebas podían mostrarle durante el interrogatorio. Revisaron las fechas, separaron lo que ella sabía por experiencia propia de lo que constaba en el procedimiento y prepararon las preguntas previsibles de la fiscal.

—Si no recuerdas algo, dilo —le había insistido Daniel—. No intentes que una respuesta parezca más segura de lo que es.

Nora lo entendía ahora mejor que unos meses atrás. Podía contar lo que sabía y reconocer aquello que seguía sin recordar.

Cuando comenzó la sesión, Nora permaneció en el mismo lugar de los días anteriores, junto a Daniel.

Hasta entonces había escuchado cómo otras personas describían partes de su vida desde una distancia que a veces resultaba casi ofensiva: médicos hablando de su cuerpo, peritos de su memoria, policías de sus movimientos, Tesa de una noche que Nora había pasado años creyendo terminada de otra manera.

Aquella mañana no tuvo que ocupar ningún lugar distinto.

Era la acusada y declaró como tal, desde una posición que le permitía seguir comunicándose con su abogado.

Antes de empezar, el juez le recordó que tenía derecho a guardar silencio, a no contestar alguna de las preguntas y a no declarar contra sí misma.

No le pidió juramento. Nora dijo que comprendía sus derechos y que quería declarar.

El micrófono devolvió su respuesta con una claridad que la hizo consciente incluso de la respiración.

Tenía al jurado a su izquierda, a la fiscal al otro lado y a Daniel junto a ella.

Detrás distinguió a Aurora. No buscó a Tesa: sabía que no estaba allí y, aunque lo hubiera estado, ninguna mirada podía protegerla de lo que tocaba hacer.

Daniel empezó lejos de la noche del crimen.

Le pidió que explicara por qué había abandonado su pueblo, cómo había conocido a Inés y qué creyó al principio que significaba aquella ayuda.

Nora habló de la casa de sus padres sin entrar en detalles innecesarios, del dinero que Elena le dio a escondidas y de la sensación de haber llegado a la ciudad convencida de que cualquier lugar podía convertirse en una vida nueva solo porque Tomás no estaba allí.

Después contó el encuentro con Inés, la habitación que le ofreció y lo rápido que acabó aceptando una seguridad que entonces ignoraba que había sido preparada.

Cuando Daniel llegó al momento en que Nora descubrió que Inés la había buscado deliberadamente, la fiscal levantó la vista. Era el punto que la acusación había intentado convertir en motivo suficiente para una ruptura violenta, y Daniel no lo rodeó.

Le preguntó si se había sentido engañada y enfadada.

Nora admitió las dos cosas sin esforzarse por parecer más comprensiva de lo que había sido.

La rabia formaba parte de la historia tanto como el afecto, y negarla solo habría dejado a la fiscal el trabajo de sacarla después.

Cuando Daniel quiso saber si había pensado que Inés la había utilizado, la respuesta no necesitó preparación.

—Sí. Porque lo hizo. Quería encontrar a alguien que pudiera recordar algo sobre su madre y sobre mi padre, y decidió acercarse a mí sin decirme por qué.

Daniel no intentó suavizarla. Le preguntó si, a pesar de aquello, había querido a Inés, y Nora explicó que una cosa no había borrado la otra.

Había sentido gratitud, afecto y después rabia; también había entendido demasiado tarde que la mujer que la acogió estaba atrapada en algo que Nora apenas empezaba a ver.

Inés salió del piso antes de contarle la historia completa y Nora pasó las horas siguientes esperando que regresara.

Solo entonces Daniel la llevó hasta la noche del asesinato.

Nora describió el trayecto de vuelta sin adornarlo.

Recordaba las últimas calles, la sensación de que algo no iba bien y la subida hasta el piso.

Ya dentro, al sacar el teléfono para encender la linterna, vio las 22:18.

Aquella hora se le había quedado fijada porque entonces todavía creía que lo importante era encontrar a Inés y entender qué ocurría.

Nora no necesitaba tomar prestada una precisión ajena: aquella vez sí había mirado la pantalla.

—Vi las diez y dieciocho en el teléfono justo después de entrar —dijo—. Después, la pericial del terminal corroboró actividad registrada a esa hora.

Cuando Daniel le preguntó qué recordaba después de abrir la puerta, Nora temió escucharse como una grabación repetida demasiadas veces.

Miró a Daniel, no al jurado, y describió la oscuridad del recibidor, la música que llegaba del interior, la cocina, la copa rota, la puerta entreabierta y el cuerpo de Inés.

Recordaba haberse acercado y haberle buscado el pulso.

Recordaba la sangre en una palma y que había pensado en llamar al 112.

Después, la continuidad se rompía: quedaban sensaciones y fragmentos, no una secuencia.

El siguiente recuerdo continuo empezaba cuando seguía de rodillas junto a Inés, con sangre en ambas manos y la policía entrando por la puerta.

Daniel le preguntó si recordaba haber apuñalado a Inés o haber tocado el cuchillo.

Nora negó recordar haberla apuñalado y, cuando él le preguntó por el cuchillo, volvió a sentir la misma incomodidad de las primeras entrevistas.

Podía haber respondido simplemente que no, porque no conservaba ninguna imagen de su mano alrededor del arma, pero hacerlo habría convertido una ausencia de memoria en un hecho.

—No recuerdo tocarlo. Eso no significa que pueda asegurar que no lo hice.

Las huellas estaban allí y Nora no discutió ese dato. Cuando Daniel le preguntó si podía ofrecer una explicación que recordara para su presencia en el arma, respondió que no.

El silencio duró apenas unos segundos, tiempo suficiente para que apareciera el impulso de añadir algo: que quizá había intentado apartar el cuchillo, que podía haberlo cogido al ver a Inés o que alguien había colocado sus dedos sobre él.

Durante meses había dado vueltas a posibilidades como aquellas, sobre todo en las noches de prisión en las que necesitaba una explicación para poder dormir.

Ninguna era un recuerdo. Las dejó fuera.

—Durante la investigación dijo varias veces que tenía miedo de haber hecho daño a Inés —continuó Daniel—. ¿Por qué?

—Porque crecí viendo a mi padre hacer daño a mi madre. Y durante mucho tiempo tuve miedo de parecerme a él.

—¿Ese miedo venía de algún recuerdo de haber atacado a Inés?

—No. Venía de no saber qué había hecho después de que se rompiera la continuidad y de pensar que quizá podía haber hecho algo terrible sin recordarlo.

—¿Recuerda haber actuado como su padre aquella noche?

—No.

Daniel le preguntó entonces si estaba pidiendo al jurado que interpretara los once minutos como prueba de que era inocente.

—No. Solo les pido que no los utilicen como prueba de algo que yo no puedo contar.

La frase le salió menos firme de lo que habría querido, y no intentó corregirla.

La acusación había empezado el juicio ofreciendo una historia en la que aquel vacío parecía contener exactamente lo que necesitaba.

En los días siguientes, las pruebas habían ido debilitando la versión de la acusación.

La valoración forense seguía siendo compatible con una muerte anterior a su entrada; Inés había estado hablando con otra persona pocos minutos antes; alguien había avisado a la policía antes de que Nora llegara.

Nada de eso explicaba por completo lo sucedido, pero impedía seguir tratando los once minutos como una habitación en la que solo cabía ella.

Daniel pidió entonces que el jurado viera la cronología construida a partir de las periciales anteriores.

No hubo animación ni reconstrucción espectacular: solo cuatro líneas sobre una pantalla.

Antes de las 22:12:46 ya había terminado de cargarse la grabación recuperada de Inés, en la que se oía una discusión mantenida poco antes con una segunda voz.

A las 22:14 constaba el primer aviso policial.

A las 22:18 Nora ya estaba dentro del piso y miraba el teléfono.

A las 22:29, cuando accedieron los agentes, recuperaba una percepción continua de lo que ocurría.

Daniel no le pidió que interpretara la primera ni la segunda hora. Le preguntó dónde estaba ella cuando se produjo el aviso a la policía.

—Todavía iba de camino al piso.

—¿Lo recuerda?

—Sí. Recuerdo el trayecto. La hora exacta la sé por los registros que se han explicado aquí.

La cautela importaba. La extracción del terminal no permitía situar cada paso de Nora sobre un plano. Los datos y las imágenes externas bastaban para excluir que estuviera dentro del piso a las 22:14, pero Daniel había insistido en no transformar un margen técnico en una precisión que no existía.

Daniel le preguntó si había realizado ella aquella llamada o si a las 22:14 sabía que Inés estaba herida. Nora respondió que no a ambas cosas.