38. Inés habla #2
Nora recordó la pequeña marca junto al codo de Inés, las madrugadas de los miércoles y su manera de rechazar preguntas que entonces le habían parecido demasiado simples.
Durante semanas creyó que quizá habría podido insistir más, impedir que volviera a salir.
El vídeo le devolvía una verdad menos cómoda: Inés había tomado decisiones dentro de un margen que las amenazas habían ido estrechando mucho antes de que Nora pudiera verlo.
Inés acusó a Leza de muchas cosas, pero no dijo que hubiera matado a nadie. Miró directamente a la cámara y dijo algo que Daniel había subrayado en la transcripción precisamente porque impedía utilizar el vídeo como una confesión desde la tumba.
—Si este archivo se ha enviado, es porque no pude cancelar la programación.
No sé qué habrá pasado para entonces. Gabriel me ha amenazado y tengo motivos para creer que puede hacerme daño si piensa que lo que he reunido puede perjudicarlo.
También sé que intentará encontrar las pruebas y hacerlas desaparecer.
Por eso he dejado copias fuera de su alcance.
Nora vio a uno de los jurados bajar la mirada hacia sus notas mientras otro permanecía inmóvil frente a la pantalla. La frase no resolvía el crimen. Sí mostraba que Inés había previsto que sus palabras necesitarían pruebas externas incluso cuando ya no estuviera allí para sostenerlas.
Entonces llegó a la parte que Daniel no había podido corroborar hasta pocas semanas antes del juicio.
Inés explicó que los originales más delicados no estaban en el piso ni en sus teléfonos.
Utilizaba los dispositivos para trabajar, fotografiar y conservar copias, pero sabía que cualquier cuenta podía borrarse si alguien conseguía las credenciales.
Por eso había trasladado los documentos físicos, dos soportes de memoria y un cuaderno de anotaciones a un pequeño guardamuebles de alquiler situado en una zona industrial de las afueras.
No dijo en voz alta el código completo. Indicó que el número de módulo y la clave estaban divididos entre dos campos del propio archivo: uno visible en los metadatos de la tarea y otro escrito en una imagen final que aparecía solo durante unos segundos.
Marta detuvo la reproducción cuando Daniel se lo pidió.
El fotograma mostraba una tarjeta blanca sostenida por la mano de Inés.
Nora reconoció la letra inclinada y la costumbre de atravesar los ceros con una línea.
La perita explicó que el número no había sido interpretado manualmente durante la restauración: se conservó como imagen y después se incorporó al informe.
Con esa información, el juzgado había autorizado antes del juicio una diligencia para localizar y preservar el espacio.
La existencia del guardamuebles estaba confirmada y el módulo había quedado precintado.
Su contenido, sin embargo, todavía no se había presentado al jurado y tendría que incorporarse mediante las pruebas correspondientes.
La fiscal impidió que el hallazgo del lugar se convirtiera en una validación automática del vídeo. El juez dejó claro el límite: hasta que se examinara el contenido y se acreditara su origen, no podía darse nada más por probado.
La reproducción continuó unos minutos. Inés habló de Tesa, de la imposibilidad de conseguir limpiar su nombre y de la culpa de haber convertido la investigación en una forma de mantener a su madre viva incluso cuando Tesa le pedía que no se acercara a determinadas personas. Después volvió a Nora.
—Si Nora acaba metida en esto por mi culpa, no quiero que nadie la utilice para terminar lo que yo empecé. Si recuerda algo, tendrá que decidir ella qué hacer con eso. Y si no recuerda, que la dejen en paz.
A Nora se le humedecieron los ojos, pero no apartó la cara.
Llevaba meses intentando decidir si podía querer a Inés sin perdonarle lo que había hecho al buscarla.
La grabación no borraba lo que Inés había hecho.
Seguían estando el mapa, las fotografías y el encuentro preparado.
Pero también dejaba claro que sabía que había hecho daño a Nora y que no esperaba que ella la perdonara por ello.
Cuando la imagen desapareció, la sala recuperó la luz y nadie se movió de inmediato.
Daniel aprovechó aquel silencio para precisar qué podía demostrar realmente el vídeo.
A través de sus preguntas, Marta explicó que el archivo acreditaba su existencia previa, su programación, la supresión posterior y las instrucciones que habían conducido hasta un lugar real.
La identidad de quien había causado la herida y las acusaciones de Inés contra Leza tendrían que sostenerse con otras pruebas.
En su último turno, la fiscal recordó que una persona podía preparar un relato interesado, exagerar amenazas o interpretar mal las intenciones de alguien con quien mantenía una relación conflictiva.
También hizo constar que Inés había mentido a Nora durante semanas y ocultado información a su propia madre.
Nora esperaba enfadarse al escuchar cómo aquellas verdades se utilizaban para desacreditarla, pero descubrió que ya no necesitaba negar ninguna.
Inés había mentido. Había manipulado el encuentro.
Había tomado decisiones que no le correspondían.
Y nada de eso hacía desaparecer los pagos, las llamadas, la grabación cargada antes de las 22:12:46 ni un módulo de guardamuebles que existía donde ella dijo que estaría.
Daniel no hizo más preguntas cuando Marta terminó.
Guardó la documentación y dejó que la prueba permaneciera incompleta, sostenida por otras piezas que aún debían entrar en la sala.
Era la misma estrategia que había seguido con Tesa y con la memoria de Nora: no pedirle a una sola cosa que soportara el peso entero de la historia.
Cuando el juez dio por terminada la sesión, Nora esperó a que Daniel recogiera sus papeles.
Aurora seguía en la tercera fila. La imagen de Inés continuaba demasiado presente: el cabello recogido, la camiseta oscura, el gesto de acercarse a la cámara para comprobar que funcionaba. Daniel cerró el ordenador.
—El módulo está precintado —dijo—. Mañana se incorporará el acta de apertura y después tendremos que acreditar cada documento por separado. No quiero que pienses que el vídeo acaba de resolver el caso.
—Lo sé. Pero ahora también han oído de Inés por qué me buscó y qué temía de Leza.
—Sí. Y tendremos que respaldar lo que dice con el resto de las pruebas.
Nora miró el lugar donde había estado la pantalla.
Durante toda la vista, otras personas habían explicado su memoria, su miedo, sus horarios y la forma en que llegó al piso.
Incluso Inés acababa de contar una parte de su historia desde una grabación preparada antes de morir.
Al día siguiente, cuando llegara su momento de declarar como acusada, ya no tendría sentido completar lo que faltaba para parecer más convincente.
Podía hacer lo mismo que había exigido a todos los demás: separar lo que sabía de aquello que no podía demostrar.
Al día siguiente sería Nora quien tendría que sentarse frente al jurado.