La versión de Nora 38. Inés habla
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38. Inés habla

Cuando los miembros del jurado regresaron a la sala después del receso, Tesa ya no estaba allí.

Nora seguía mirando la carpeta que Daniel había dejado junto al cuaderno.

La puerta lateral por la que se la habían llevado permanecía cerrada.

Tesa había contado ante el jurado la parte de la historia que podía sostener; ahora faltaba escuchar a quien ya no podía responder preguntas.

Daniel esperó a que el juez reanudara la sesión antes de abrir la carpeta.

Entonces pidió la comparecencia de Marta Rius, la perita que había trabajado sobre la copia forense del segundo teléfono y el repositorio remoto preservado por orden judicial.

Nora la reconoció de las reuniones de preparación y de la explicación que meses atrás acompañó a la grabación incompleta.

Marta tenía la costumbre de no atribuir significado a nada antes de poder describirlo en términos mucho más modestos; con el tiempo, esa prudencia se había convertido en una de las pocas cosas que Nora asociaba con seguridad.

Cuando prestó juramento y se sentó frente al tribunal, Daniel empezó por reconstruir de dónde procedía el vídeo y cómo se había recuperado.

El vídeo, el acta de apertura del guardamuebles y la documentación complementaria habían sido propuestos como prueba nueva, puestos en conocimiento de las partes y admitidos antes de la sesión.

—¿Puede identificar quién manejó esa sesión? —preguntó Daniel. Marta negó. Los registros permitían atribuir el origen técnico de los envíos, no a la persona ni con fiabilidad el equipo remoto. La fiscal hizo constar ese límite. Daniel no fue más lejos.

El segundo teléfono, explicó Marta, no contenía solo los archivos visibles.

La aplicación cifrada que utilizaba Inés conservaba un catálogo de sincronización, copias locales y referencias a objetos que podían haber sido eliminados desde otra sesión.

Después de que el juzgado apartara a la unidad que intervino en las primeras diligencias digitales y autorizara un nuevo examen de la copia de contraste, la perita repitió la extracción con una herramienta distinta.

Ese trabajo permitió recuperar durante la instrucción los bloques de audio que situaban a Inés discutiendo con una segunda voz, pero reveló además una referencia que no figuraba en el índice: una tarea de envío asociada a un archivo de vídeo.

La fiscal pidió que se dejara claro desde el principio que una referencia no equivalía a disponer de un archivo íntegro.

Marta aceptó la precisión sin esperar a que Daniel interviniera.

El objeto había sido alcanzado por la misma orden de supresión remota iniciada a las 23:07 de la noche del asesinato y, en la copia local, solo quedaban fragmentos sin utilidad.

Lo relevante era otra cosa: el proveedor, requerido judicialmente antes de que expirara la conservación técnica de determinadas versiones, mantenía aún una copia del archivo cargado desde la cuenta de Inés y la información vinculada a la tarea programada.

No habían reconstruido una imagen a partir de píxeles dispersos.

Habían relacionado aquella referencia borrada con una versión preservada en el servidor y comprobado después que la huella digital del archivo coincidía con la registrada antes de su eliminación.

Nora escuchó la explicación con atención.

Desde que Daniel empezó a enseñarle que una prueba podía ser verdadera y, aun así, inútil si nadie era capaz de explicar de dónde salía, la cadena de custodia y las huellas de integridad habían dejado de parecerle un detalle técnico.

Antes de reproducir el vídeo, Daniel tenía que dejar acreditado, a través de Marta, que el archivo era auténtico y no había sido alterado.

Daniel pidió a la perita la fecha de creación, la cuenta desde la que se había cargado el archivo y los datos de la tarea vinculada.

Inés había configurado el envío para que se ejecutara si no cancelaba manualmente la programación antes de un plazo determinado.

El destino era una dirección de correo creada para esa contingencia, cuyos datos de acceso figuraban entre los elementos recuperados del segundo teléfono.

La tarea no llegó a completarse. Antes de que expirara el plazo, la cuenta recibió la orden de borrado que había afectado al resto de archivos.

Daniel no preguntó quién la envió: Marta no podía saberlo.

Solo podía establecer que el vídeo existía antes de la muerte de Inés, que había quedado programado y que alguien con credenciales válidas intentó suprimirlo después, cuando Nora ya estaba bajo custodia policial.

El tribunal había admitido la grabación como prueba documental: acreditaba su existencia, programación y borrado, y permitía seguir una pista verificable; no convertía por sí sola en ciertos los hechos que Inés relataba.

Antes de que el jurado viera una sola imagen, la fiscal pidió que quedaran claros los límites de aquella prueba.

La programación del vídeo no permitía saber qué temía exactamente Inés ni demostrar que la persona a la que acusara fuese responsable de su muerte.

El juez estuvo de acuerdo y recordó que sus afirmaciones tendrían que apoyarse en otras pruebas.

Daniel asintió y continuó con el interrogatorio.

Daniel no intentó reducirlas.

—Eso es exactamente lo que pedimos que se valore —dijo cuando recuperó el turno—. El contenido junto con las pruebas que puedan confirmarlo o desmentirlo.

El juez autorizó la reproducción dentro de los límites que ya había establecido para esa prueba.

Las luces de la sala no se apagaron por completo; un funcionario redujo únicamente la intensidad de las lámparas cercanas a la pantalla.

Durante unos segundos apareció un rectángulo negro con la referencia del archivo y su duración.

Nora había leído la transcripción durante la preparación del juicio.

Daniel se había asegurado de que conociera cada frase antes de decidir utilizarla, pero ella había evitado ver la imagen completa.

La voz de Inés ya la había escuchado antes. Lo difícil sería volver a verla.

La pantalla se iluminó.

Inés estaba sentada en la habitación del fondo del piso, delante de una pared que Nora conocía demasiado bien.

Llevaba una camiseta oscura y el cabello recogido de cualquier manera, como cuando pensaba quedarse en casa.

No había maquillaje ni señales visibles de las noches en que regresaba desorientada.

Antes de mirar a la cámara comprobó algo fuera del encuadre y luego se acercó a la pantalla para asegurarse de que la grabación había empezado.

Verla fruncir el ceño al mirar la pantalla le dolió más que las fotografías del sumario.

Durante un instante no vio a una víctima ni a una investigadora.

Vio a la mujer que protestaba porque los teléfonos cambiaban las cosas de sitio cada vez que se actualizaban.

Inés empezó diciendo su nombre completo y la fecha.

Después explicó que grababa aquella declaración porque llevaba meses reuniendo información sobre personas vinculadas a clubes privados, sociedades utilizadas para mover dinero y funcionarios que habían protegido actividades que todavía no podía demostrar por completo.

Decía que tenía nombres sin función, pagos cuyo motivo ignoraba y testimonios de mujeres que se habían retractado por miedo.

Una de esas líneas, añadió, la había llevado hasta el caso de Teresa Montalbán, su madre, y desde allí hasta Tomás Varela.

Al oír el apellido Varela, Nora bajó la vista.

En el vídeo, Inés respiró antes de continuar. Explicó que había localizado a Nora meses atrás y que durante un tiempo había seguido sus horarios y sus movimientos sin acercarse a ella. Mientras siguiera viviendo con Tomás, presentarse podía ponerla en peligro.

Por eso había buscado otra manera de saber si conseguía marcharse. Se puso en contacto con Elena sin decirle su verdadero nombre. Se presentó como la hija de Teresa Montalbán, le dejó un número y le pidió que la avisara si Nora salía de aquella casa.

La noche de la huida recibió el mensaje. Nora había salido y tomaría el último autobús. Inés comprobó el horario y fue a esperarla a la terminal. Lo ocurrido con Vicente fue imprevisto. Intervino cuando vio que intentaba llevársela.

—Esperé a que estuviera fuera de aquella casa porque no quería acercarme mientras siguiera bajo el control de Tomás —dijo Inés desde la pantalla—. Pero cuando la encontré no le conté por qué la había buscado. Ella aceptó mi ayuda sin saber todo lo que yo sabía de ella. Eso estuvo mal.

Nora había leído esas palabras, pero ver a Inés detenerse después de decirlas les daba otro peso. No parecía una despedida preparada para resultar memorable. Era solo una mujer intentando decir algo que quizá todavía esperaba poder explicar en persona.

Después Inés habló de Gabriel Leza. Lo nombró sin rodeos y separó lo que podía demostrar de aquello que sólo podía contar como experiencia propia.

Dijo que Leza había mantenido con ella una relación de control durante años, aprovechando el acceso que tenía a información sobre Tesa y a personas capaces de perjudicarla.

Había utilizado esa dependencia para obligarla a asistir a encuentros privados, había permitido que le administraran sustancias y, en más de una ocasión, la había amenazado con consecuencias para su madre y para otras mujeres si intentaba salir.

No describió las agresiones. La forma en que separaba cada hecho de la emoción que le producía hacía innecesario cualquier detalle más explícito.