37. Nadie la oyó #2
—¿Inés sabía que Nora podía sufrir al enfrentarse a esos recuerdos?
—Sí.
—¿Y aun así la buscó?
—Sí.
—¿Le parece correcto?
Tesa bajó la vista.
—Me parece que mi hija estaba desesperada por demostrar lo que nos habían hecho. Y que a veces, cuando una persona lleva demasiado tiempo persiguiendo una verdad, empieza a creer que tener razón le da permiso para decidir por los demás.
Nora había tardado meses en llegar a esa misma conclusión.
Inés podía haberla querido de verdad y, al mismo tiempo, cruzar una frontera que no le correspondía.
Que Tesa lo admitiera ante el jurado evitaba convertir su testimonio en una defensa sentimental de su hija y, precisamente por eso, devolvía a Inés su complejidad.
Cuando la fiscal se levantó para el contrainterrogatorio, empezó exactamente donde Daniel había previsto.
Recordó al jurado que Tesa seguía cumpliendo condena y que llevaba años sosteniendo que Gabriel Leza estuvo relacionado con irregularidades de su caso.
Le preguntó si lo odiaba. Tesa respondió que sí.
Si responsabilizaba a Tomás de parte de lo ocurrido.
También. Si la muerte de Inés podía haber intensificado ese odio. Tesa tampoco discutió esa palabra.
—Mi hija está muerta —dijo—. No necesito una perita para saber lo que eso hace con el odio.
La fiscal dejó atrás la respuesta y avanzó hacia un terreno más difícil.
Preguntó por qué el tribunal debía creer un relato de hacía tantos años contado por una mujer condenada, que había sufrido una agresión y tenía motivos personales contra los hombres a quienes señalaba.
Tesa mantuvo las manos quietas sobre la mesa.
—No tiene que creerme porque yo lo diga. Para eso están los documentos.
La fiscal recordó que ningún documento demostraba que Leza hubiera participado en la agresión de aquella construcción.
Tesa aceptó el límite. Tampoco había grabación, fotografía ni parte policial de esa noche.
No intentó escapar de ninguna de esas carencias, y la acusación dejó claro que su testimonio, por sí solo, no reconstruía aquel crimen ni demostraba quién había matado a Inés.
Para desacreditarla por completo, sin embargo, la fiscal tenía que atravesar también lo que sí existía: la denuncia antigua, el expediente, la relación documentada con Leza, la cicatriz y el hecho de que Nora hubiera empezado a recordar una puerta y a una mujer herida antes de saber que seguía viva.
Ninguna pieza bastaba. Juntas, ya no resultaban tan fáciles de separar.
La fiscal terminó preguntando si Tesa esperaba obtener algún beneficio penitenciario por colaborar con la defensa de Nora.
Daniel objetó antes de que la insinuación quedara flotando sin base.
El magistrado permitió preguntar por la existencia de un acuerdo concreto, y Tesa respondió que no había ninguno: nadie le había prometido una reducción de condena, una revisión de su sentencia ni ventaja penitenciaria alguna a cambio de declarar.
Cuando Daniel recuperó la palabra, no intentó responder uno por uno a todos los golpes del contrainterrogatorio. Hizo una sola pregunta.
—Sabiendo que su testimonio no borra su condena, que expone públicamente hechos por los que afirma haber sido amenazada y que puede convertirla otra vez en objetivo de personas a las que ha evitado durante años, ¿por qué ha venido?
Tesa tardó lo suficiente para que Nora creyera que no respondería.
Entonces la miró. Nora vio culpa, cansancio y miedo. También pensó en todo lo que había entre ellas: la puerta que había abierto de niña, Inés, los años perdidos y una deuda que ninguna de las dos había elegido.
—Porque esta niña me ayudó a escapar cuando tenía siete años —respondió—. Y porque mi hija murió intentando que se supiera lo que ocurrió aquella noche.
Daniel no hizo más preguntas.
Cuando Tesa abandonó la sala escoltada por los funcionarios, Nora contuvo el impulso de levantarse.
La vio cruzar la puerta lateral con la espalda recta.
Aquella declaración no reparaba nada: no podía devolverle a Inés ni borrar los años de prisión, y tampoco convertía a Nora en inocente.
Había hecho algo más concreto. Colocaba a Tomás y a Leza dentro de una historia anterior al asesinato y explicaba por qué Inés había empezado a investigar.
Durante el receso, Daniel permaneció unos minutos callado. Parecía más cansado que satisfecho. También él sabía lo frágil que podía ser una victoria hecha de piezas que todavía necesitaban sostenerse unas a otras.
—La fiscal tiene razón en una cosa —dijo Nora—. Tesa no puede demostrar sola que Leza estuvo allí.
—No.
—Ni que matara a Inés.
—Tampoco.
Daniel cerró la carpeta del testimonio y abrió otra más fina que había dejado preparada aparte. En la cubierta había una etiqueta con la referencia de uno de los dispositivos recuperados durante la investigación.
—Pero ya no estamos intentando que una sola persona demuestre toda la historia —dijo—. Eso es justo lo que Leza creyó que nunca podríamos hacer: juntar a personas que solo tenían una parte.
Nora miró la nueva carpeta, aunque Daniel no la abrió.
—¿Qué es eso?
Él apoyó la mano sobre la cubierta.
—Lo que falta para que Inés deje de estar representada solo por lo que otros dicen de ella.
La sesión aún no había terminado, pero a Nora le costó apartar la mirada de aquella carpeta. Durante todo el día, Tesa había hablado por una hija que ya no podía sentarse ante el jurado y había explicado por qué la buscó y qué intentaba demostrar.
Mientras Daniel guardaba de nuevo el documento y le pedía que no sacara conclusiones antes de tiempo, Nora entendió algo más simple: la única voz capaz de contar qué había hecho realmente Inés en las últimas semanas era la de Inés.
Y esa voz, de algún modo, había sobrevivido.