37. Nadie la oyó
Nora había visto el nombre de Teresa Montalbán en informes antiguos y, desde la tarde en que Tesa le contó quién era realmente, también lo llevaba unido a una parte de su memoria que durante años había permanecido cerrada.
Aun así, aquella mañana le resultó extraño encontrarlo en la lista de testigos, impreso con la misma tipografía impersonal que los nombres de los peritos.
Aquel nombre no decía nada de la cicatriz de su espalda, los años de prisión, la hija a la que no había podido proteger ni la puerta que una niña abrió a escondidas.
Sobre el papel, Teresa Montalbán era una testigo citada por la defensa.
Para Nora, era la prueba de que una parte de su infancia no había terminado como Tomás le enseñó a recordarla.
Daniel llegó unos minutos después y dejó la cartera sobre la mesa.
Nora reconoció la tensión en la forma en que alineó los bolígrafos y volvió a comprobar el orden de unas hojas que ya conocía.
No parecía inquieto por el contenido del testimonio; llevaba meses trabajando con los datos capaces de corroborarlo.
Lo que le preocupaba era otra cosa, y Nora lo entendió cuando él se inclinó hacia ella y bajó la voz.
—La fiscal va a empezar por su condena.
—Ya lo sé.
—Y por el hecho de que era la madre de Inés. Intentará que todo lo que diga parezca una mezcla de resentimiento y necesidad de encontrar a alguien a quien culpar.
Nora miró la puerta lateral. Hasta hacía poco habría sentido la necesidad de defender a Tesa antes incluso de escuchar el ataque.
Ahora sabía que también tendría que aceptar las partes de su historia que podían resultar incómodas.
Tesa tenía motivos para odiar a Leza y a Tomás.
Había pasado años encerrada y acababa de perder a su hija.
No se trataba de fingir que esos motivos no existían, sino de comprobar si lo que contaba podía sostenerse también fuera de ellos.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—No esconder nada. Si intento convertirla en una víctima perfecta, la fiscal solo tendrá que demostrar que no lo es.
Nora estuvo a punto de sonreír. Reconocía aquella estrategia.
Daniel había hecho algo parecido con su memoria: mostrar el límite antes de que la acusación pudiera presentarlo como una grieta oculta.
Durante meses ella había confundido defenderse con la obligación de parecer impecable, cuando casi todo lo que empezaba a salvarla nacía precisamente de admitir aquello que no podía explicar bien.
La entrada del jurado cortó la conversación.
Aurora volvió a ocupar uno de los bancos del público.
Nora no vio a nadie relacionado con Tomás y se preguntó si su padre habría intentado averiguar qué día declaraba Tesa.
Desde que recuperó la escena del cerrojo había imaginado más de una vez un encuentro entre ambos, pero no quería que ocurriera allí, bajo unas miradas capaces de convertir cualquier gesto en una interpretación.
Cuando anunciaron a Teresa Montalbán, el murmullo se apagó de una forma distinta a la de los días anteriores.
Tesa apareció escoltada por dos funcionarios y avanzó sin mirar hacia Nora.
Llevaba el cabello recogido, una camisa oscura y esa expresión contenida con la que en prisión podía detener una discusión sin elevar la voz.
Sin embargo, su manera de caminar tenía algo diferente.
Nora tardó unos segundos en verlo: fuera de su módulo, lejos de las paredes conocidas y de las reglas que allí le daban una forma de autoridad, Tesa parecía expuesta.
Prestó juramento y ocupó su lugar. Sólo entonces dejó que la mirada pasara por la sala. Se detuvo en Nora el tiempo justo para reconocerla y después continuó hacia el jurado, sin buscar a nadie entre el público.
Daniel empezó por los datos que la acusación habría utilizado de todos modos.
Le pidió su nombre completo, su situación penitenciaria y confirmó que años atrás había sido condenada por un delito relacionado con drogas.
Tesa no intentó suavizarlo: sí, seguía cumpliendo condena y aquella sentencia no había sido anulada.
Daniel dejó fijada la diferencia antes de seguir.
Tesa no comparecía como una mujer oficialmente exonerada de su pasado, y su versión tendría que valorarse junto con las demás pruebas.
Después llegó a Inés.
—¿Qué relación tenía usted con Inés Robles?
Tesa tardó en responder.
—Era mi hija.
Nora conocía la respuesta, pero oírla allí, delante del jurado, devolvía a Inés una historia que durante meses había quedado reducida a mensajes, relaciones y posibles conflictos.
Había crecido alrededor de una ausencia que no eligió y dedicó parte de su vida adulta a entender cómo se había construido.
Daniel preguntó por lo ocurrido años atrás, procurando no regalarle una narración que Tesa pudiera limitarse a confirmar. La dejó empezar donde pudiera y ordenar el recuerdo a su manera.
Tesa explicó que, cuando Nora era una niña, había intentado apartarse de una organización con la que llevaba tiempo vinculada y entregar información sobre sus actividades.
No se presentó como alguien completamente ajena a aquel entorno: conocía a personas relacionadas con drogas, explotación de mujeres y compra de silencios mediante amenazas o favores.
Al explicar lo que ocurrió después, su voz se endureció.
Intentar salir no había bastado para quedar libre.
La llevaron a una construcción aislada. No podía precisar cuánto tiempo permaneció allí: había recibido golpes y perdió la noción de las horas. Sí recordaba a los dos hombres que la interrogaron. Uno era Tomás Varela. El otro, entonces mucho más joven, Gabriel Leza.
Oír esta declaración trajo de nuevo a Nora el recuerdo de la madera húmeda, el olor metálico y sintió su propia mano intentando mover un cerrojo sin hacer ruido.
Esta vez la imagen no llegó con la violencia fragmentaria de los primeros recuerdos.
Algo de lo que había explicado la psicóloga el día anterior se había quedado con ella: recordar no significaba tener que entrar otra vez en la escena.
Daniel le preguntó si podía estar equivocada con aquellos dos nombres.
Tesa negó sin teatralidad. Había conocido a Tomás antes de esa noche, y también a Leza; no dependía de un reconocimiento hecho años después de la agresión.
Cuando Daniel quiso saber qué buscaban, Tesa explicó que pretendían averiguar qué información había reunido y a quién se la había entregado.
Había intentado denunciar la red y ellos necesitaban saber hasta dónde había llegado.
No describió los golpes. Dijo solo que estaba herida, que llegó a pensar que no saldría viva y que oyó a Tomás discutir con Leza sobre lo que harían después.
Entonces vio una puerta abrirse apenas unos centímetros y, al otro lado, a una niña.
Detrás de ella había una mujer que Tesa no reconoció en aquel momento.
Nora dejó de respirar durante un segundo.
—La niña no dijo nada —continuó Tesa—. No podía. Si la oían, la habrían encontrado. Esperó a que ellos se alejaran y abrió el cerrojo por fuera. La mujer que estaba con ella me indicó por dónde podía salir. Yo entonces no sabía quiénes eran ninguna de las dos.
Daniel esperó.
—¿Cuándo supo que aquella niña era Nora Varela?
—No esa noche. Mucho después.
Tesa explicó que logró escapar, aunque la amenaza no terminó allí.
Tiempo después fue detenida y acabó condenada en una causa relacionada con drogas.
Había denunciado irregularidades desde el principio y, en una fase relevante del expediente, aparecía el nombre de un joven fiscal: Gabriel Leza.
Daniel mostró la copia ya incorporada a la causa, señaló la fecha y dejó el documento delante del jurado para que valoraran la coincidencia.
La fiscal pidió que no se sugiriera que la condena de Tesa había sido fabricada mientras ninguna resolución lo estableciera.
El juez aceptó la objeción. Daniel reformuló: preguntó a Tesa si denunció irregularidades entonces y si esas protestas constaban en las actuaciones.
Ella respondió que sí. Al menos esa parte podía comprobarse en el expediente.
Nora observó a los jurados. Aquello no era una absolución del pasado de Tesa ni una revelación capaz de resolver por sí sola el asesinato de Inés.
Era algo más incómodo y, quizá por eso, más difícil de apartar: dos historias que parecían separadas empezaban a compartir nombres, documentos y la misma red de relaciones.
Daniel llegó entonces a la pregunta que explicaba por qué Inés había buscado a Nora.
Tesa contó que su hija tardó años en reconstruir lo ocurrido.
Cuando Inés empezó a revisar documentos antiguos, encontró referencias a Tomás Varela y preguntó por su familia.
Tesa le habló entonces de la niña que había abierto aquella puerta, aunque durante mucho tiempo no supo qué había sido de ella.
Inés siguió buscando hasta localizar a Nora.
—¿Por qué? —preguntó Daniel—. ¿Qué esperaba conseguir Inés buscando a Nora después de tantos años?
Tesa lo miró con una dureza que no estaba dirigida contra él.
—Una testigo viva.
Las palabras recorrieron la sala sin necesidad de subir la voz.
—Durante años pensé que nadie había visto lo que hicieron —continuó—.
Ellos también debieron de pensarlo. Pero aquella niña estuvo allí.
Vio a Tomás. Me vio a mí. Y había oído la voz de Leza.
Inés creyó que, si Nora conservaba algo de aquella noche, podía unir lo que yo llevaba años diciendo con documentos que, por separado, no bastaban.
Nora sintió una punzada conocida. Inés la había encontrado porque necesitaba algo de ella; había seguido sus movimientos y preparado un encuentro bajo la lluvia que Nora tomó por casualidad.
La muerte de Inés no borraba aquello, del mismo modo que el cariño que nació después tampoco podía volver limpio el principio.
Daniel pareció anticipar esa tensión.