36. Antes de las 2218 #2
—¿Constaba en el expediente que usted consultó cuando fue citada para este juicio?
—No.
El murmullo del público duró tan poco que el juez ni siquiera intervino. Nora, sin embargo, percibió que algo había cambiado. Ahora podían señalar una ausencia concreta en el expediente y compararla con la versión que seguía guardada en el sistema.
Daniel pidió permiso para seguir y evitó acusar a nadie de haber retirado o retenido la nota.
En el historial constaba que había sido creada y enviada desde el sistema interno del instituto, pero no aparecía en la copia del expediente que Daniel había recibido inicialmente.
Todavía faltaba saber qué había ocurrido entre un punto y otro.
La fiscal se levantó entonces y exigió que quedara claro que la perita no podía afirmar que alguien hubiese manipulado el informe con intención de perjudicar a Nora. Daniel no se opuso.
—No he preguntado por la intención —dijo—. Estoy preguntando por el contenido que recibió el juzgado.
El juez pidió a la forense que se limitara a aquello que pudiera conocer directamente.
La respuesta resultó más sencilla de lo que Nora esperaba.
La médica confirmó dos hechos: el documento incorporado al principio no contenía la cautela de la versión de trabajo, y la nota posterior en la que revisaba la interpretación tras toxicología tampoco aparecía en la copia del expediente que había tenido ante sí hasta que el tribunal volvió a requerírsela.
No sabía quién había intervenido entre un punto y otro. Mucho menos podía decir por qué.
La fiscal utilizó ese límite en cuanto recuperó la palabra.
Hizo que la perita admitiera que una versión de trabajo podía cambiar legítimamente, que el informe definitivo era el documento formalmente remitido y que ninguna estimación médico-forense permitía reconstruir el asesinato minuto a minuto.
Después recordó que el archivo recuperado había terminado de cargarse a las 22:12:46 y que contenía una conversación de Inés con otra persona mantenida poco antes.
La valoración revisada seguía siendo compatible con una muerte anterior a la entrada de Nora, admitió la perita, pero no autorizaba a convertir las 22:18 en una frontera médica exacta.
Daniel dejó pasar la precisión. No necesitaba que la medicina forense resolviera seis minutos que no podía resolver.
Antes de las 22:12:46 ya había terminado de cargarse una grabación captada en el piso, en la que se oía a Inés discutir con una voz compatible con la de Gabriel Leza.
A las 22:14 alguien había llamado a la policía antes de que Nora llegara.
A las 22:18 Nora acababa de entrar y miraba el teléfono.
Y la valoración forense seguía siendo compatible con una muerte anterior a su llegada, sin convertir esa hora en una frontera absoluta.
La acusación podía discutir cada dato por separado.
Lo difícil era conseguir que todos juntos siguieran contando la misma historia de antes.
Daniel dejó las horas para el último turno.
No dramatizó ni pidió a la forense que señalara a un posible autor.
Se limitó a confirmar dos extremos: la valoración revisada era compatible con una muerte anterior a la entrada documentada de Nora, aunque no permitía fijar un límite exacto, y la estimación inicial se había hecho antes de incorporar el resultado toxicológico.
Luego recogió las hojas sin mirar al jurado.
La sesión se suspendió poco después. Esta vez Nora no sintió necesidad de preguntarle si había ido bien. Esperó a que el público empezara a salir y a que los miembros del jurado desaparecieran por la puerta lateral. Solo entonces se volvió hacia él.
—Si Inés podía haber muerto antes de que yo entrara, ¿qué hice en la parte de esos once minutos que sigo sin poder reconstruir?
Daniel cerró despacio la carpeta gris.
—No lo sé.
La respuesta le dolió menos que el día anterior.
—Pero ya no pueden sostener que la única explicación es que, después de aquella discusión, entro en el piso, pierdo la continuidad y termino apuñalándola.
—Pueden decirlo —corrigió Daniel—. Lo que ya no pueden hacer es decir que las pruebas lo sostienen de la misma manera.
Nora miró el reloj de la sala. Hasta entonces casi no se había fijado en él: redondo, barato, un poco inclinado hacia la derecha, como si alguien lo hubiese colocado deprisa hacía años y nadie hubiera tenido motivo para corregirlo.
Las agujas seguían avanzando al margen de todas las historias que podían construirse alrededor de una hora.
—¿La nota desaparecida basta para demostrar que alguien manipuló el caso?
—No. Demuestra que existió una versión distinta y que una conclusión posterior no llegó donde tenía que llegar. Para saber por qué necesitamos el recorrido completo.
Daniel guardó la última hoja y durante unos segundos pareció dudar si añadir algo. Finalmente sacó de la carpeta del juicio la lista de testigos del día siguiente.
—Mañana cambia el tipo de prueba.
Nora vio el nombre antes de que él lo señalara.
Teresa Montalbán.
Aquella discrepancia en la hora de la muerte no bastaba para explicar quién había matado a Inés.
Seguían sin saber quién había llamado a la policía a las diez y catorce, quién había estado con Inés después de la grabación o qué ocurrió dentro del piso antes de que Nora abriera la puerta.
La estimación forense tampoco convertía una franja incierta en un reloj exacto, ni borraba la sangre de sus manos ni le devolvía el tramo que seguía sin poder reconstruir dentro de aquellos once minutos.
Pero algo sí había quedado claro: la medicina forense no obligaba a situar la muerte de Inés después de su llegada.
Y al día siguiente el pasado entraría en la sala con nombre propio.