La versión de Nora 36. Antes de las 2218
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36. Antes de las 2218

Cuando los miembros del jurado regresaron a la sala, Nora seguía teniendo delante la carpeta gris que Daniel había abierto durante el receso.

Él había dejado arriba una copia del informe de autopsia, aunque no la hojeaba ni parecía necesitarla.

Apoyaba una mano en el borde del documento y miraba hacia el lugar reservado a los peritos con una concentración distinta a la de la mañana: menos defensiva, más precisa.

Después de horas discutiendo sobre lo que la memoria podía o no podía demostrar, por fin entraban en un terreno donde las palabras tendrían que medirse con algo que existía fuera de todos ellos.

Nora no sentía ningún alivio. Bastaba ver aquel informe para que Inés volviera a convertirse en lo que más le costaba soportar: un cuerpo examinado por desconocidos, medido, fotografiado y descrito con palabras capaces de separar cada órgano de la mujer que había vivido en aquel piso.

Durante la instrucción había evitado leer la autopsia entera, y Daniel le había contado solo lo imprescindible para preparar la defensa.

En el juicio ya no podía conservar esa distancia.

Si querían demostrar que no había matado a Inés, tendrían que hablar de cómo había muerto.

Y detrás de cada dato seguiría estando la mujer que semanas antes discutía por dejar una ventana abierta o se reía con la boca llena porque había probado algo demasiado caliente.

La médica forense que había intervenido en la autopsia prestó juramento y tomó asiento.

No llevaba la carpeta del expediente, sino varias hojas sujetas con una pinza y una copia marcada con pequeñas pestañas adhesivas.

Cuando la fiscal comenzó el interrogatorio, Nora reconoció enseguida la misma estrategia del día anterior: establecer primero aquello sobre lo que nadie podía discutir.

La muerte se había producido por una única herida de arma blanca.

No había lesiones defensivas concluyentes que permitieran reconstruir una pelea.

El análisis toxicológico había detectado atropina en el organismo de Inés.

El parte de la asistencia sanitaria no registraba que se la hubieran administrado en el piso, de modo que su presencia no podía explicarse por aquella intervención.

La concentración encontrada no permitía saber cuándo la había recibido ni quién se la había administrado.

La fiscal se detuvo en ese último límite y condujo después a la perita hacia la cuestión temporal.

La primera estimación hecha en la escena, explicó la forense, solo podía ser aproximada.

En aquellas horas iniciales se habían valorado la temperatura corporal, las condiciones ambientales, los primeros cambios post mortem y el estado general del cadáver, pero ninguno de esos elementos daba una hora exacta.

Con la información disponible entonces, el informe preliminar había situado el fallecimiento dentro de una franja amplia que incluía el momento en que Nora entró en el piso.

Nora percibió que el jurado atendía de otra manera. Hasta entonces la autopsia había sido una sucesión de datos difíciles de relacionar con la acusación. Esto era distinto. La primera estimación no excluía que Inés siguiera viva a las diez y dieciocho; cualquiera en la sala podía entenderlo.

La fiscal dejó que esa idea permaneciera unos segundos antes de preguntar si la medicina forense podía determinar el minuto exacto de una muerte ocurrida en aquellas condiciones o convertir una hora concreta en una frontera segura.

—No —respondió la perita—. Sería irresponsable presentarlo así.

—Por tanto, ¿usted puede afirmar que Inés Robles murió a las diez y quince, a las diez y veinte o a cualquier otra hora concreta?

—No con precisión de minutos. Una estimación de este tipo siempre tiene un margen de incertidumbre.

Daniel no escribió nada. Nora lo observó de reojo y recordó una advertencia que él había repetido durante la preparación: si la otra parte señalaba una limitación real, negarla solo servía para perder credibilidad.

No existía una hora exacta. La cuestión era otra: qué momentos seguían siendo compatibles con los datos y cuáles podían quedar fuera.

Cuando le llegó el turno, Daniel no comenzó por la muerte.

Pidió a la forense que explicara qué había cambiado entre aquella primera aproximación y la valoración posterior, una vez recibido el resultado toxicológico.

La mujer consultó una de las pestañas. La atropina podía alterar la termorregulación, de modo que su presencia obligaba a rebajar el peso de la temperatura corporal en la primera estimación y a contrastarla con el resto de los hallazgos.

La valoración inicial se había hecho antes de disponer de esa información.

Daniel dejó que la explicación terminara antes de preguntar qué ocurrió al integrar el resultado toxicológico con el resto de hallazgos de la autopsia y con las condiciones documentadas de la vivienda.

La forense levantó la vista de sus papeles.

—La temperatura dejó de tener el mismo peso y el margen de incertidumbre se amplió.

Nora sintió que los dedos se le cerraban alrededor del borde de la mesa.

Daniel hizo que la médica detallara entonces el alcance de aquella revisión.

No se había apoyado en un solo parámetro.

La temperatura ya no podía interpretarse de forma aislada y había tenido que contrastarse con los cambios cadavéricos observados, las fotografías tomadas antes del levantamiento y la información incorporada después sobre el estado de Inés.

Integrados los restantes signos cadavéricos, una muerte anterior a las veintidós dieciocho seguía siendo compatible, pero la medicina forense no permitía convertir esa hora en una frontera ni desplazar por sí sola la estimación.

A Nora le costaba escuchar sin volver al cuerpo del pasillo: la sangre extendiéndose por el suelo, la mano de Inés inmóvil junto a la copa rota, aquella fracción de segundo en que había creído que con acercarse bastaría para cambiar algo.

Había convivido después con una posibilidad mucho peor que cualquier frase del sumario: haber llegado antes del final, haber encontrado a Inés viva y haber hecho algo que su memoria no conservaba.

Incluso cuando Daniel empezó a demostrar que algunas pruebas no encajaban, esa duda seguía ahí, aunque no pudiera explicarla del todo.

—Doctora —dijo Daniel—, con la valoración completa que acaba de describir, ¿seguía siendo compatible que Inés hubiera muerto antes de las veintidós dieciocho?

La fiscal se levantó y pidió que quedara claro que aquella compatibilidad no equivalía a fijar un límite exacto. El juez permitió que respondiera siempre que diferenciara ambas cosas.

La forense asintió.

—Sí, seguía siendo compatible. Pero no puedo fijar el minuto de la muerte ni convertir las veintidós dieciocho en un límite médico exacto. La atropina, por sí sola, tampoco permite desplazar la estimación hacia un momento anterior.

Durante unos segundos Nora dejó de oír la sala.

La respuesta no se pareció a una liberación; era demasiado cauta para eso.

A las diez y dieciocho ya estaba dentro del piso.

Recordaba la resistencia leve de la llave, el bolso resbalándole por el hombro, la oscuridad del recibidor.

La forense no podía asegurar que Inés hubiera muerto antes de las 22:18, pero la valoración completa ya permitía considerar seriamente esa posibilidad.

Daniel no concedió un peso especial a aquella respuesta y continuó.

—¿Eso significa que puede identificar a la persona que la hirió?

—No.

—¿Demuestra por sí solo que mi defendida no participara en ninguna otra acción posterior?

—No.

—¿Cambia, sin embargo, la valoración temporal respecto de la estimación que figura en el informe incorporado inicialmente a la causa?

La forense tardó un instante más en responder.

—Sí.

Fue entonces cuando Daniel abrió la segunda carpeta.

Nora había visto aquella segunda carpeta durante la instrucción, aunque nunca supo qué guardaba.

Daniel había solicitado al Instituto de Medicina Legal el historial completo del informe después de detectar que las fechas de algunos archivos no coincidían.

Entre la documentación recibida aparecía una versión anterior del informe de autopsia que había quedado guardada en el sistema.

Daniel la colocó junto a la copia incorporada al procedimiento.

La versión anterior era un documento de trabajo conservado en el sistema interno antes de remitir el informe al juzgado.

No estaba firmada ni tenía valor definitivo, pero había quedado almacenada en el historial del documento.

En ella constaba expresamente que la estimación temporal basada en los primeros parámetros debía considerarse provisional hasta disponer del estudio toxicológico y que, si aparecía una sustancia capaz de modificar esos parámetros, la franja tendría que revisarse.

En la copia incorporada al procedimiento aquella advertencia no aparecía.

Nora vio a la fiscal inclinarse hacia uno de sus papeles.

Daniel evitó llamar falsificación a aquella diferencia.

Preguntó quién podía modificar una versión de trabajo, qué controles existían antes de generar el documento definitivo y si era normal que un párrafo desapareciera durante una revisión.

La perita explicó que los informes podían corregirse mientras no estuvieran cerrados y que retirar una cautela no era irregular por sí solo si quien revisaba el texto entendía que ya no hacía falta.

Después hizo una pausa. En este caso, añadió, el resultado toxicológico había llegado más tarde y había confirmado precisamente que el cálculo necesitaba ser revisado.

—¿Se incorporó una ampliación al expediente cuando recibió ese resultado? —preguntó Daniel.

La mujer miró hacia el magistrado antes de responder.

—Yo preparé una nota complementaria.

Daniel tomó otra hoja.

—¿Es esta?

La perita leyó apenas las primeras líneas.

—Sí.