41. El veredicto #2
Durante meses había contado los días según horarios que otros decidían: recuentos, comidas, llamadas, visitas, traslados.
Antes de eso, durante años, había aprendido a medir cada movimiento por el humor de Tomás.
Escapar de su casa había sido la primera decisión verdaderamente suya, aunque aquella libertad había consistido sobre todo en alejarse.
Ahora le devolvían algo mucho más difícil que salir de una cárcel: la obligación de elegir sin saber todavía hacia dónde.
La sesión terminó sin convertir la sala en un lugar de justicia perfecta.
Inés seguía muerta, Tesa continuaba cumpliendo una condena que aún no había sido anulada y la continuidad de aquella noche seguía rota después de buscar el pulso.
La absolución corregía una acusación, pero no podía deshacer todo lo que aquella acusación había utilizado para existir.
Fue al salir de la sala cuando cambió el movimiento del pasillo.
Antes de llegar a las escaleras, Daniel consultó el teléfono y se detuvo.
—Han actuado contra Leza —dijo.
Nora lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Que las diligencias que se abrieron por separado han avanzado. Ahora tendrán que investigar su posible relación con la muerte de Inés, la manipulación de pruebas y la organización.
Nora tardó unos segundos en asimilarlo.
—¿Lo han detenido?
—Sí.
Por primera vez no había un cristal, una pantalla de televisión ni una mesa de interrogatorio entre ambos.
Tampoco quedaba una acusación capaz de colocarla por debajo de él.
Nora había esperado sentir satisfacción, pero apareció algo más silencioso.
Leza seguía siendo el hombre que había intervenido en una parte de su infancia, el hombre al que Inés había temido y contra el que Tesa había perdido años de vida.
Verlo detenido no solucionaba nada de eso.
Pero significaba que ya no era intocable.
—Esto no forma parte de tu sentencia —le recordó Daniel—. El juzgado que instruye las diligencias separadas recibió durante el juicio las actuaciones y los indicios que se fueron remitiendo. La medida que están ejecutando es de esa causa, no de tu veredicto.
Nora asintió. Le gustaba que incluso entonces Daniel se negara a darle una versión más bonita que la realidad.
—¿Y mi padre?
Daniel miró hacia Elena antes de responder.
—Lo han detenido esta mañana.
Nora sintió alejarse el ruido del pasillo.
—¿Por qué esta mañana?
—Porque tu madre declaró ayer ante el juzgado que investiga los hechos antiguos.
Entregó documentación que llevaba años escondida y formalizó denuncia por lo que Tomás le hizo a ella y por su participación en lo ocurrido con Tesa.
Había medidas preparadas y se ejecutaron cuando terminó la declaración.
La detención se había acordado en las diligencias separadas abiertas a partir de los indicios ya corroborados; la denuncia de Elena se incorporaría a ese procedimiento.
Nora volvió la cabeza hacia Elena.
Su madre seguía junto a una de las paredes, acompañada por una agente de paisano. Durante unos segundos ninguna se movió. Después Elena avanzó.
—Tenía que haberlo hecho antes —dijo al llegar hasta ella.
La frase podía arrastrarlas hacia todos los años que no cabían en aquel pasillo: las veces que Nora había deseado que su madre se enfrentara a Tomás, la rabia de haber tenido que escapar sola, la culpa de Elena y la suya. Nora le sostuvo la mirada unos segundos. Le bastó con verla allí.
—Lo has hecho ahora —respondió.
Elena cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, no intentó tocarla hasta que Nora dio el primer paso. El abrazo fue breve y torpe, cargado de todo lo que habían vivido y de todo lo que todavía les costaba decirse.
Horas después, terminaron los trámites y Nora atravesó por fin la última puerta que la separaba del exterior.
Fuera todavía hacía calor, aunque el aire empezaba a refrescar.
Se detuvo en la acera sin saber hacia qué lado caminar.
Daniel estaba unos pasos detrás, hablando por teléfono.
Elena y la agente aguardaban junto a un coche.
Aurora salió del edificio poco después y se acercó a Nora.
—Cuando puedas, pásate por el café —dijo.
—Iré.
Aurora le apretó el brazo un instante y se despidió de Elena antes de marcharse. Nora se quedó con su madre.
Miró hacia atrás.
La puerta del edificio permanecía abierta porque varias personas entraban y salían. No se parecía a la de madera de su infancia, ni a la del piso de Inés, ni a la metálica de la celda. Era solo una puerta cualquiera y, aun así, Nora tardó en apartar los ojos de ella.
No se sentía curada. Seguía sobresaltándose con algunos sonidos.
Continuaba sin poder reconstruir de principio a fin la franja de once minutos de la noche en que murió Inés y había recuerdos más antiguos que quizá nunca llegaran a ordenarse del todo.
Esa noche se iría con Elena. Después tendría que decidir qué hacer con sus cosas, dónde quería quedarse y cómo organizar por sí misma sus días.
También tendría que acostumbrarse a que algunas personas la reconocieran y ya se hubieran formado una opinión sobre ella.
Pero nada de eso significaba que tuviera que volver a desaparecer.
Nora descendió el primer escalón y eligió hacia dónde caminar.