La versión de Nora 35. No rellenarlo
79%

35. No rellenarlo

Cuando Nora volvió a entrar en la sala a la mañana siguiente, reconoció enseguida la mezcla de madera encerada, papel y aire acondicionado que ya asociaba al juicio.

Una sola jornada había bastado para aprender sus ritmos: esperas, movimientos mínimos, indicaciones de los funcionarios que allí dentro adquirían un peso desproporcionado.

Le retiraron las esposas antes de hacerla pasar y Nora se frotó discretamente una muñeca mientras avanzaba hacia Daniel.

Había dormido poco. La advertencia de Daniel seguía dándole vueltas: la acusación intentaría utilizar su historia familiar para convertir algo que explicaba su miedo en una razón para desconfiar de ella.

Desde el interrogatorio, su pasado aparecía una y otra vez capaz de alterar la lectura de cualquier hecho: la huida se convertía en falta de arraigo; la hipervigilancia, en inestabilidad; los vacíos de memoria, en una sospecha sobre lo que podía haber hecho.

Daniel revisaba unas hojas cuando ella tomó asiento. Tenía delante menos carpetas que el día anterior y había apartado el ordenador. Nora conocía ya aquella manía: acumulaba documentos cuando dudaba y los reducía cuando sabía por dónde quería avanzar.

—Ayer dijiste que la fiscal intentaría hacer parecer que mi pasado explica lo que pasó con Inés.

Daniel dejó las hojas sobre la mesa.

—Lo intentará. Pero que tu pasado explique algunas de tus reacciones no demuestra qué hiciste aquella noche.

Nora conocía bien esa historia: una joven de veintiún años llega huyendo de un hogar violento, depende de una mujer que acaba de descubrir que le ha mentido y reacciona con rabia.

Después bastaba añadir el cuchillo, la sangre y once minutos sin reconstruir para que todo pareciera apuntar en una sola dirección.

—Quiero que la perita diga también qué no significa no recordar —dijo.

Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Eso es lo importante. No necesito que diga que tus recuerdos son ciertos solo porque los recuerdas. Si lo hiciera, la fiscal podría desmontar su credibilidad en cinco minutos. Necesito que explique que no recordar esos minutos no significa que podamos suponer qué pasó.

La llegada del juez cortó la conversación.

Cuando entró el jurado, Nora miró por fin hacia el público y encontró a Aurora en la tercera fila.

Al cruzarse sus miradas, Aurora alzó apenas la barbilla.

Inés se había convertido para muchos en una fotografía del sumario o en un nombre discutido por abogados y policías; para Nora seguía siendo también la mujer que olvidaba comprar leche, dejaba tazas de café por el piso y protestaba cuando ella abría las ventanas en pleno invierno.

Apartó la mirada cuando llamaron a la primera testigo.

La psicóloga forense que había evaluado a Nora durante la instrucción avanzó hasta el lugar reservado a los peritos con una carpeta fina entre las manos.

Tendría algo más de cincuenta años, llevaba el cabello gris recogido sin demasiado cuidado y conservaba la misma expresión serena con la que meses atrás había escuchado durante casi dos horas respuestas que Nora apenas conseguía ordenar.

En aquellas entrevistas nunca había intentado completar por ella lo que faltaba ni había mostrado una satisfacción especial cuando aparecía un recuerdo nuevo.

Al contrario, cada vez que Nora dudaba entre lo que había visto y lo que creía haber deducido después, la mujer la obligaba a separar ambas cosas antes de continuar.

Daniel comenzó su interrogatorio de una manera que Nora no esperaba.

—¿Puede usted determinar quién mató a Inés Robles?

—No.

—¿Puede establecer qué hizo Nora Varela durante el tramo de aquellos once minutos que no puede reconstruir?

—Tampoco.

Un miembro del jurado se acomodó en la silla y el ruido le llegó a Nora con una intensidad absurda.

Durante meses había deseado que alguien con autoridad cerrara aquel hueco de su memoria.

Sabía que la psicóloga no podía hacerlo, pero escuchar dos negativas tan limpias le dejó, aun así, una punzada de decepción.

Daniel le pidió que explicara para qué servía entonces su intervención.

La especialista respondió que no estaba allí para determinar culpabilidad ni reconstruir unos minutos sin memoria consciente, sino para explicar qué podía saberse sobre determinadas respuestas traumáticas y qué conclusiones no podían extraerse de ellas.

La psicóloga explicó que, ante una situación de estrés extremo, una persona podía perder durante un tiempo la sensación de continuidad de lo que estaba viviendo: la atención, la percepción del entorno, la sensación de presencia o la forma en que determinados acontecimientos quedan registrados.

Añadió que una laguna no debía atribuirse automáticamente a una sola causa; podían intervenir sustancias, alteraciones fisiológicas u otros factores que correspondía estudiar desde disciplinas distintas de la psicología.

En Nora, además, la presencia de una sustancia en sangre obligaba a extremar la prudencia.

Ninguna explicación podía presentarse como absoluta.

Nora comprendió por qué Daniel no había buscado una perita dispuesta a validar su versión: necesitaba a alguien que fijara los límites de lo que ambas partes podían sostener.

—¿Un recuerdo recuperado después de muchos años puede contener errores? —preguntó Daniel.

—Sí. La memoria no funciona como una grabación almacenada intacta. Reconstruimos a partir de información conservada, y en ese proceso pueden intervenir elementos posteriores, interpretaciones y asociaciones que no pertenecían al acontecimiento original.

—¿Puede una persona estar convencida de la exactitud de un recuerdo y equivocarse?

—Puede.

Meses atrás, aquellas respuestas le habrían provocado pánico. Había creído que defenderse exigía recordar cada vez más, como si la verdad dependiera de ordenar por completo la escena de su infancia y la noche del asesinato. Cada imagen que no sabía colocar le parecía entonces un fracaso.

Daniel dejó que la psicóloga terminara antes de formular la siguiente pregunta.

—Si esos recuerdos pueden ser incompletos o contener errores, ¿qué utilidad tienen en una investigación?

—Pueden orientar, pero deben corroborarse. Si una persona recuerda un lugar, un objeto, una conversación o cualquier otro elemento relevante, el valor probatorio no procede únicamente de que lo recuerde, sino de que pueda comprobarse mediante datos externos cuando sea posible.

Aquello sí hizo que Nora levantara la cabeza.

La puerta de madera. La cicatriz de Tesa. El cerrojo. La construcción abandonada. La documentación de la antigua denuncia de Teresa que Daniel había conseguido recuperar. Nada de aquello existía solo porque Nora lo recordara: había documentos, cuerpos y testimonios fuera de su memoria.

Su memoria podía ser frágil sin que por eso todo lo que quedaba fuera de ella desapareciera.

Daniel pidió a la especialista que explicara cómo habían trabajado durante las entrevistas.

Ella contó que había evitado técnicas destinadas a forzar la aparición de recuerdos y que siempre había insistido en separar tres categorías: lo que Nora recordaba de forma directa, lo que deducía a partir de otros datos y lo que sencillamente no sabía.

En más de una ocasión, añadió, Nora se había negado a incorporar como propio un detalle que podía favorecerla porque no estaba segura de haberlo percibido realmente.

La fiscal se levantó antes de que Daniel pudiera continuar con otra cuestión y objetó.

Recordó que correspondía al jurado valorar la credibilidad de Nora y que la perita no podía presentarla, ni siquiera de manera indirecta, como una persona veraz.

Daniel aceptó la precisión y reformuló sin discutir.

Nora lo vio regresar a un terreno estrictamente técnico y entendió que la defensa no podía convertir aquella sesión en una defensa moral de su carácter.

Nadie tenía que demostrar que era buena.

Tenían que demostrar que las pruebas no bastaban para condenarla.

Cuando llegó el turno de la fiscal, el cambio fue casi imperceptible. No levantó la voz ni discutió los principios que la psicóloga acababa de exponer. Los aceptó y empezó a trabajar con ellos.

La fiscal preguntó si una persona podía realizar acciones durante un periodo que después no recordara. La especialista respondió que sí.

—Entonces tampoco puede descartar que Nora actuara de forma violenta durante esos once minutos.

—Objeción —dijo Daniel.

El juez intervino antes de que la psicóloga respondiera.

—La perito ya ha explicado que no puede determinar qué ocurrió durante esa laguna. Formule otra pregunta.

La fiscal no insistió.

La idea quedó planteada ante el jurado. Si durante once minutos Nora podía haber actuado sin conservar después un registro completo, alguien podía imaginarla también empuñando el cuchillo. La psicóloga no había dicho eso; precisamente por eso la insinuación funcionaba sin necesidad de formularla.

Las siguientes preguntas fueron hacia su infancia.

La fiscal habló de exposición prolongada a situaciones violentas, de hipervigilancia y de la intensidad con que una persona traumatizada podía reaccionar ante una amenaza o una traición.

La psicóloga admitió que podían existir respuestas emocionales muy intensas, pero rechazó una y otra vez que de ahí pudiera deducirse una conducta homicida.

—La señora Varela descubre que Inés Robles no la encontró por casualidad —dijo finalmente la fiscal—. Descubre que llevaba meses siguiendo sus movimientos, que conocía su identidad y que había organizado su encuentro. ¿Es razonable pensar que ese descubrimiento pudo provocarle rabia?

—Sí.

—¿Sensación de haber sido manipulada?

—También.

—¿Y una respuesta emocional intensa?

—Por supuesto, aunque una respuesta emocional intensa no equivale a una conducta violenta.

La fiscal guardó silencio unos segundos. La precisión de la perita no parecía haber alterado en absoluto el camino que estaba siguiendo.