La versión de Nora 34. La sala
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34. La sala

QUINTA PARTE · EL JUICIO

Durante el traslado, Nora había llevado las manos juntas sobre las rodillas.

Antes de abrir la última puerta, un funcionario le quitó las esposas.

Nora separó las manos y vio las dos marcas rojizas que le habían dejado en las muñecas.

Daniel la esperaba al otro lado con la toga doblada sobre un brazo y una carpeta tan llena que ya no cerraba. No intentó sonreír.

—La selección empezará en unos minutos —dijo—. Hasta que el Tribunal quede constituido, la sala no se abrirá al público.

Nora miró la puerta de madera, más clara y mejor cuidada que todas las que había atravesado desde la detención.

—¿Dónde me siento?

—A mi lado. Tienen que permitirnos hablar durante la vista. Si necesitas decirme algo, escríbelo o tócame el brazo. No esperes a que llegue un receso.

Era una indicación práctica, no una promesa de protección.

Nora agradeció que Daniel se limitara a explicarle qué debía hacer.

Unos días antes, él se había encargado de hacer llegar al centro la ropa que llevaría al juicio.

La chaqueta le quedaba algo holgada y tuvo que ajustarse el pantalón con el cinturón; había adelgazado desde que entró en prisión.

Se alisó la camisa y comprobó que el cuello estuviera bien colocado antes de seguirlo.

La sala del Tribunal del Jurado era más grande que la utilizada durante la instrucción.

A Nora le pareció hecha para empequeñecer a quien se sentara allí.

El estrado del juez ocupaba el centro de la sala; a un lado aguardaba el espacio reservado a quienes decidirían los hechos y, frente a ellos, las mesas de las partes.

En las primeras filas había más de veinte candidatos con carpetas idénticas sobre las rodillas.

Nora había imaginado al jurado como una sola presencia, un cuerpo capaz de inclinarse hacia la culpa o hacia la duda.

Encontró personas que evitaban mirarla, ajustaban unas gafas, se frotaban el pulgar o acababan consultando otra vez la misma hoja.

El magistrado abrió la sesión, comprobó las comparecencias y explicó las causas de incapacidad, incompatibilidad y excusa.

Las preguntas se formularon bajo su dirección, lejos del duelo teatral que Nora había visto en televisión.

Una mujer reconoció que había seguido las noticias y recordaba la fotografía de Nora saliendo de comisaría.

Un hombre admitió que conocía al inspector Baeza de una asociación profesional.

Otro aseguró que podría valorar únicamente la prueba practicada en sala, aunque al responder a la fiscal añadió que nadie permanecía tantos meses en prisión «porque sí».

Daniel no reaccionó. Anotó la frase, esperó su turno y preguntó al candidato si podría aceptar una absolución aunque nunca llegara a saber quién había matado a Inés. El hombre tardó demasiado. El magistrado resolvió la recusación después de oírlo y su silla quedó vacía.

Nora escribió en el margen de una hoja: No quiero a alguien que tenga que creerme. Quiero a alguien que pueda aceptar que no sabe.

Daniel la leyó y trazó debajo una línea breve. Eso es lo que estamos buscando.

El resto de las preguntas le dejó claro que la imparcialidad no significaba llegar sin historia propia.

Una candidata había cuidado a una hermana durante una depresión; otra trabajaba en una compañía de seguros y desconfiaba de las coincidencias; un hombre dijo que siempre concedía más valor a un informe oficial hasta que el magistrado le recordó que todos los documentos serían sometidos a contradicción.

Daniel no buscaba compasión. Parecía preocuparle más la gente que confundía un cargo con una prueba o una institución con la imposibilidad de equivocarse.

Nora empezó a comprender que elegir un jurado consistía menos en encontrar miradas favorables que en apartar las que ya habían decidido cómo terminaba la historia.

Los nombres fueron saliendo uno a uno. Acusaciones y defensa ejercieron sus recusaciones; después quedaron designados nueve jurados y dos suplentes.

Cuando ocuparon sus lugares, el juez les pidió que se pusieran en pie y recibió de cada uno el juramento o la promesa de actuar con imparcialidad, examinar la acusación, valorar la prueba y mantener en secreto la deliberación.

Nora escuchó once respuestas. Ninguna sonó solemne.

Y precisamente por eso sintió más miedo: eran voces corrientes, personas reales que al final tendrían que pronunciar otra palabra sobre ella.

Las puertas se abrieron al público. Entraron periodistas y público que Nora no conocía y varios rostros que había visto frente al centro penitenciario.

Aurora se sentó en la tercera fila, con el bolso sobre las rodillas.

Cuando Nora la miró, no hizo ningún gesto llamativo; sostuvo sus ojos apenas un instante y volvió la atención al estrado.

Tesa no estaba allí. Esperaba su traslado para cuando llegara el momento de declarar, separada de Nora y de cualquier relato que pudiera contaminar el suyo.

Gabriel Leza tampoco apareció. Aun así, a Leza podía encontrarlo una y otra vez en la documentación que Daniel tenía delante.

La letrada de la Administración de Justicia leyó los escritos de calificación.

En su voz, la muerte de Inés se convirtió en una sucesión de proposiciones: convivencia, deterioro de la relación, mensajes de amenaza, regreso al domicilio, arma blanca, pérdida de memoria.

Nora reconocía todos los elementos y no reconocía la historia que formaban.

Ya había vivido esa sensación, pero escucharla ante nueve personas que no conocían nada anterior le mostró de nuevo su eficacia.

Una mentira construida con hechos verdaderos no necesitaba sonar violenta. Bastaba con colocarlos en un orden.

La fiscal se levantó para exponer su acusación y explicar qué pretendía demostrar con las pruebas.

Reconoció que la investigación había descubierto pagos opacos, contactos ocultos y una discusión entre Inés y Gabriel Leza poco antes de la muerte.

Aun así, centró su intervención en el hecho concreto que el jurado tenía que juzgar.

—Este procedimiento no les pide que decidan si la vida de Inés Robles contenía otros delitos ni si hubo personas que se aprovecharon de ella —dijo—. Les pide que determinen quién causó su muerte aquella noche.

La fiscal expuso su versión en pocos minutos.

Inés había acogido a Nora, le había dado un domicilio y la había ayudado a empezar de nuevo.

La relación se deterioró cuando Nora descubrió que aquel encuentro había sido preparado y que la mujer que la protegía también la había utilizado.

Cuatro mensajes atribuidos a la cuenta de Nora documentaban el enfrentamiento.

Horas después regresó al piso y encontró a Inés allí, y la discusión terminó con una única herida de arma blanca.

La policía la halló junto al cuerpo, con el cuchillo en la mano, sangre en la ropa y material biológico en el mango.

No había señales de forzamiento en la vivienda.

La fiscal no dijo que una laguna de memoria demostrara culpabilidad.

Eligió una afirmación más difícil de combatir: tampoco demostraba inocencia.

La sustancia detectada en el organismo de Nora podía explicar una alteración de conciencia, pero no borraba los indicios físicos.

La grabación, ya cargada antes de las 22:12:46, situaba a Inés discutiendo con otro hombre más de cinco minutos antes de la llegada de Nora; no establecía cuándo había muerto ni impedía que aquel hombre se hubiera marchado.

El aviso policial de las 22:14 acreditaba que ya existía una situación de violencia en el piso, no quién causó después la herida.

—La prueba debe valorarse completa —concluyó—. No por la gravedad de otras conductas ni por la respetabilidad de quienes aparezcan mencionados, sino por lo que cada elemento permita afirmar sobre la muerte de Inés Robles.

Nora vio que Daniel escribía junto a la hora del aviso: ya existía violencia.

La fiscal había aceptado el dato y lo había colocado dentro de una secuencia en la que todavía era posible que Nora entrara y matara a Inés.

Ahí estaba la fuerza de aquella historia.

No necesitaba negar las grietas; podía utilizarlas para unir las piezas.

—No basta con decir que todo es raro —murmuró Daniel, sin volver la cabeza—. Hay que enseñarles por qué encaja demasiado bien.

Nora dobló la hoja por la mitad y escribió en la parte limpia: No digas que dependía de ella. Tenía trabajo. Pagaba cuando podía. Estaba enfadada con Inés porque me sentía engañada y utilizada.

Daniel leyó la última frase dos veces. Cuando el juez le concedió la palabra, se levantó con la hoja de Nora junto a sus notas.

Al principio, la toga le cayó mal sobre un hombro. Daniel la corrigió sin disimular y miró al jurado antes de empezar.

—La defensa no les pedirá que conviertan cada anomalía en una conspiración ni que acepten el recuerdo de Nora como una prueba infalible. Les pedirá algo más concreto: que comprueben de dónde procede cada dato, cuándo apareció y qué permite afirmar de verdad.

No negó que Nora estuviera enfadada con Inés.

Explicó que entre ambas había existido afecto y también una traición real: Inés había preparado su encuentro y ocultado el motivo.

Nora lo descubrió, la enfrentó y se marchó a trabajar.

Aquella noche no era una joven mantenida que temía perder su único refugio.

Tenía un empleo que había conseguido sostener, había pedido conservar las cámaras y llevaba semanas intentando protegerse de una amenaza que también alcanzaba a Inés.

Daniel tomó el primer folio de la carpeta.

—Oirán que cuatro mensajes constan como enviados desde la cuenta asociada a Nora.

Verán también las imágenes de la cafetería: en cada envío, Nora está trabajando lejos del aparato, que permanece inmóvil sobre la barra.

Oirán que las cámaras del edificio fallaron.

Examinarán un vacío de diecisiete minutos, desde las 22:09:59 hasta las 22:27 exactas, que borra una discusión, una salida posible y la entrada de Nora, pero termina antes de que acceda la policía.

Fue colocando los horarios en el mismo orden en que los había trabajado durante meses: antes de las 22:12:46 ya se había cargado un audio en el que Inés discutía en el piso con una voz compatible con la de Gabriel Leza; a las 22:14, alguien avisó de una agresión y señaló la planta correcta; a las 22:18, Nora ya estaba dentro del piso y miraba el teléfono; a las 22:29, la patrulla accedió a la vivienda.

El cuchillo en sus manos y la sangre de Inés eran hechos.

Que Nora hubiera causado la herida seguía siendo la conclusión que la acusación debía demostrar.

—La historia sencilla exige que acepten como casualidad una serie de cosas preparadas con una precisión difícil de ignorar —continuó—.

Que los mensajes se enviaran sin que Nora tocara el teléfono.

Que tres cámaras perdieran el mismo intervalo.

Que la policía recibiera un aviso antes de su llegada.

Que un hombre cuyo teléfono figuraba en otro lugar discutiera dentro de la vivienda durante ese vacío.

Y, además, que utilicen la parte que Nora no puede reconstruir de aquel periodo de once minutos para ordenar todo lo demás de la única manera que la vuelve culpable.

La fiscal se levantó y objetó que Daniel atribuyera una manipulación todavía no acreditada.

El juez recordó a ambas partes que aquel turno servía para exponer sus posiciones y explicar qué pretendían demostrar con las pruebas, no para presentar como probado lo que debía examinarse durante la vista.

Daniel aceptó el límite sin discutir. Los horarios siguieron donde estaban.

—No les pedimos que completen los once minutos con otra certeza —dijo al terminar—. Les pedimos que no los rellenen con una condena.

Cuando se sentó, Nora descubrió que tenía la mano cerrada alrededor del bolígrafo.

Aflojó los dedos. En el estrado, el juez explicó al jurado que las intervenciones iniciales no eran prueba y que solo debían formar su criterio a partir de lo que se practicara en la sala.

La advertencia borraba por igual, al menos por ahora, la historia de la fiscal y la de Daniel. A Nora le pareció justo.

La sesión terminó después de fijarse el orden de las primeras periciales.

Los periodistas salieron antes que el público para ocupar el pasillo.

Aurora permaneció sentada hasta que un funcionario le indicó que debía levantarse.

Dos agentes esperaban junto a la puerta por la que había entrado, y la proximidad de las esposas devolvió a sus muñecas un dolor latente.

Daniel recogió las hojas sin mezclarlas. Guardó la nota de Nora dentro de la carpeta y se inclinó hacia ella.

—Mañana la especialista explicará la disociación y los límites de la memoria recuperada. La fiscal intentará que tu pasado familiar parezca una razón para desconfiar de ti.

Nora miró las once sillas. Ya no eran candidaturas ni nombres extraídos de una urna: eran nueve personas que decidirían y dos preparadas para sustituirlas. Once desconocidos ante los que otros hablarían de su cuerpo, su infancia y de aquello que su mente había hecho para sobrevivir.

—Asegúrate de que explique también lo que un vacío no significa —dijo.

La puerta se abrió a su espalda. Antes de cruzarla, Nora tuvo claro que no permitiría que su falta de memoria se utilizara para dar por hecho que había matado a Inés.