33. La grabación incompleta
Marta Rius lo esperaba en la sala de examen. Sobre la mesa había un ordenador aislado de la red, dos soportes numerados y una hoja con las huellas de integridad de cada copia. Daniel dejó la cartera en el suelo. La perita esperó a que se sentara antes de tocar el reproductor.
—Antes de que lo oigas, hay algo que debes entender —dijo—. Esto no estaba en la memoria del teléfono apagado. No pudo grabarse allí la noche del asesinato.
La aclaración respondía justo a lo primero que Daniel habría preguntado.
El dispositivo de la consigna llevaba cuatro días sin abrirse y no se había conectado de nuevo.
Conservaba, en cambio, el acceso a la cuenta cifrada de Inés, el catálogo de sincronización y parte de sus copias anteriores.
Después del requerimiento judicial, el proveedor había preservado también una versión del repositorio remoto.
El índice inicial, generado a partir de los registros que seguían activos, enumeraba doscientos ochenta y seis archivos.
Los objetos cuyo registro había sido borrado no aparecían en esa lista, aunque algunos bloques asociados continuaran dentro del paquete preservado.
—El primer programa leyó el índice —continuó Marta—. Con la copia de contraste he repetido la extracción y la he comprobado con otra herramienta. Aparecieron referencias a tres bloques de audio sin una entrada que los nombrara. Dos se pueden reproducir. El tercero falta.
Daniel miró los soportes. No había un archivo secreto intacto, escondido bajo una carpeta mal abierta, sino restos que la supresión de las once y siete no había conseguido eliminar por completo.
—¿Podemos saber de dónde proceden?
—De la cuenta de Inés, sí. El identificador enlaza con la aplicación instalada en su teléfono principal y el proveedor conserva la hora en que recibió el objeto.
Eso no demuestra quién pulsó para grabar ni impide que la parte contraria discuta el reloj, la voz o la integridad del contenido.
Por eso todavía no he escrito ningún nombre.
Marta giró la hoja. Antes de las 22:12:46 el archivo ya había terminado de cargarse; la pericial no podía fijar con ese dato el segundo exacto de la conversación.
A las 23:07 figuraba entre los elementos alcanzados por la orden de supresión remota.
Los dos fragmentos recuperados sumaban treinta y cuatro segundos; entre uno y otro faltaba una cantidad imposible de precisar a partir de los bloques supervivientes.
—¿Hay señales de montaje?
—En lo que conservamos, no veo cortes internos.
El salto no es una pausa de la grabación: falta contenido.
Pero que yo no vea una manipulación no convierte el fragmento en auténtico por sí solo.
Necesitamos que un perito analice el audio original y revise también la información técnica del proveedor.
Daniel asintió y Marta pulsó la reproducción.
Al principio solo se oyó una respiración próxima y el roce de una tela contra el micrófono. Luego apareció la voz de Inés, más baja que en las notas de trabajo y sin aquel cansancio con que hablaba al salir de los clubes.
—No vuelvas a preguntarme por Nora.
Una voz masculina respondió desde algo más lejos.
—La buscaste tú.
Daniel había oído aquella cadencia en la declaración judicial de Gabriel Leza: la pausa que hacía parecer inevitable cada respuesta, el descenso casi amable al final de las frases.
Reconocerla no bastaba para atribuírsela.
Aun así, tuvo que recordarse que no podía sacar conclusiones antes de tiempo.
—Porque era la única que podía recordar —dijo Inés—. No te da derecho a acercarte a ella.
—La has puesto en medio y ahora finges que puedes sacarla.
Inés tomó aire. Antes de que respondiera sonaron dos tonos agudos, separados por menos de un segundo, y un arrastre metálico que terminó en un golpe apagado. Cuando la voz de Inés volvió a elevarse, lo hizo con más fuerza.
—Nora no sabe nada de las copias.
El primer fragmento terminó en mitad de una inhalación.
Marta dejó el silencio como estaba. En la pantalla, la onda se interrumpía y reaparecía sin una continuidad que pudiera reconstruirse. El segundo bloque comenzaba con un movimiento brusco, parecido a una silla desplazada o a un objeto golpeando la mesa.
—…no pienso dártelas —se oyó decir a Inés.
—Entonces has decidido por las dos.
Llegó otro sonido, más leve que el anterior: un zumbido corto y después el mismo roce de metal. Inés pronunció una palabra que podía ser espera o basta. El audio terminó ahí.
Daniel permaneció inmóvil. Faltaba una parte de la conversación y no sabía qué se había dicho durante ese intervalo. Tampoco podía dar por hecho que las palabras de Leza fueran una amenaza contra Inés.
—¿La segunda voz estaba en la misma habitación? —preguntó.
—Parece captada por el micrófono, no reproducida desde una llamada, pero esa es una impresión de trabajo.
Las dos voces comparten el ambiente y no detecto los límites de frecuencia habituales de una comunicación telefónica.
Lo afirmará o lo descartará quien haga el análisis acústico. Yo he empezado por el ruido.
Marta reprodujo los dos tonos y el arrastre.
Después abrió un vídeo incorporado al expediente durante el primer examen de las cámaras.
No mostraba el interior del piso, sino el ascensor del edificio funcionando unos días antes del crimen.
Al detenerse emitía el mismo aviso doble; al final de la guía, la puerta rozaba y se cerraba con un golpe sordo.
—El administrador dijo que el ascensor siguió operativo durante el vacío de las cámaras —recordó Daniel.
—Y la empresa de mantenimiento tenía monitorización remota.
Todavía no tenemos sus datos. Si el equipo registró una parada o una reapertura en esa planta alrededor de las diez y doce, el ruido podría darnos un punto de contraste independiente.
También hará falta grabarlo desde el lugar donde apareció el teléfono principal.
No basta con que a nosotros nos parezca igual.
La llamada policial se había realizado a las 22:14.
Nora había visto las 22:18 en el teléfono justo después de entrar.
Si el registro situaba aquel sonido en el piso antes de las 22:12:46 y una comparación formal apoyaba que la voz era la de Leza, el teléfono corporativo dejaría de ser el único elemento utilizado para explicar dónde estaba el fiscal.
Su agenda recogía un acto institucional en la Fiscalía que se prolongaba hasta las once, y el terminal había permanecido conectado en esa zona.
Leza ya había advertido que un teléfono no demostraba quién lo sostenía.
Ahora esa misma cautela podía volverse contra la versión documental de su ubicación.
Daniel solicitó una copia de escucha, el informe preliminar y la preservación separada de los bloques, sin convertirlos en un único archivo continuo.
Antes de presentar una conclusión necesitaba que el juzgado obtuviera los registros del ascensor, autorizara la toma de muestras acústicas y designara especialistas capaces de examinar la autenticidad y las voces.
—Tendrás que incorporarlo —dijo Marta—. Aunque esté incompleto.
—Precisamente porque lo está.
Lo primero fue pedir que se conservaran de inmediato los datos de mantenimiento, que podían desaparecer por rotación.
En el escrito no identificó a Leza como autor del homicidio.
Describió dos voces, la fecha de carga, la supresión posterior y un sonido susceptible de comprobación.
Después solicitó una comunicación con Nora.
No quería que la siguiente versión pública de su historia llegara al módulo antes que los límites de aquella prueba.
* * *
Nora leyó la ficha técnica antes de aceptar escuchar el audio.
Daniel le explicó que el teléfono de la consigna no se había encendido, que los fragmentos procedían del repositorio preservado y que faltaba una parte cuya duración exacta desconocían.
También le dijo que él reconocía la segunda voz, aunque ese reconocimiento no equivalía a una identificación pericial.
—¿Se oye a Inés decir mi nombre? —preguntó.
—Dos veces.
—Entonces quiero oírla.
La voz de Inés atravesó el reproductor con una firmeza que Nora no le había conocido durante los últimos días.
No era la mujer que regresaba los miércoles con los movimientos lentos ni la que había apartado la mirada al admitir que llevaba meses buscándola.
En aquel fragmento Inés estaba asustada, pero seguía plantándole cara.
Cuando dijo que Nora era la única que podía recordar, sus palabras mostraban que había discutido con alguien para mantenerlo alejado de ella.
La segunda voz hizo que Nora apretara las manos debajo de la mesa.
Llevaba semanas intentando separar el reconocimiento corporal de la certeza: la llamada detrás de una puerta, el rostro en televisión, la voz de la construcción, la declaración ante el juez.
Esta vez no tuvo que buscarla en ningún recuerdo.
—Es Leza —dijo.
—Anotaré que la identificas, con todas las circunstancias anteriores. La comparación deberá hacerla un especialista con muestras adecuadas.
—Lo sé.
Nora pidió escuchar el ruido. Daniel aisló el tramo sin subir el volumen más de lo necesario. Los dos tonos y el raspado metálico ocuparon la sala.
—El ascensor —dijo ella—. La puerta rozaba al cerrarse. Inés se quejaba de que nadie la arreglaba.
—La empresa ha conservado los registros. A las 22:12:31 consta una llegada a vuestra planta y dos reaperturas de la puerta por resistencia en la guía. El reloj del equipo aún debe verificarse y el sonido debe compararse desde el piso.
Nora miró la cronología. Entre la llegada del ascensor y su entrada transcurrían menos de seis minutos. Las cámaras ya estaban interrumpidas y la llamada de aviso se había producido poco después del audio.
—Esto lo coloca allí antes de que yo llegara.
—Coloca la grabación en el piso a esa hora, si las periciales confirman el origen y la correspondencia del sonido. Y tenemos una voz compatible con la de Leza captada en el mismo ambiente. No demuestra qué ocurrió en la parte borrada ni quién mató a Inés.
—Tampoco demuestra que se marchara antes de verme.
Daniel sostuvo su mirada.
—No.
Le acercó otra hoja de la cronología.
—Hay otra cosa que no quiero convertir en una conclusión antes de tiempo. Después de la intrusión, Inés hizo cambiar el bombín. La llave que alguien pudo copiar antes de ese cambio ya no servía la noche del asesinato. Y en la inspección de la puerta no consta forzamiento de la cerradura.
Nora tardó un instante en responder.
—Entonces Inés le abrió.
—No podemos afirmar eso. Leza había reconocido visitas anteriores al piso, pero el bombín nuevo invalida la explicación de una llave antigua.
Sabemos que esa hipótesis ya no sirve y que la cerradura no presentaba señales de haber sido forzada.
No sabemos quién abrió la puerta ni de qué forma obtuvo acceso quien estaba dentro.
Desde lejos podía parecer una diferencia mínima. Durante semanas, sin embargo, una llave copiada había servido como explicación cómoda para cualquier presencia clandestina en el piso. Precisamente en la noche que más importaba, esa vía acababa de quedar cerrada.
Nora volvió al segundo fragmento, a la frase incompleta y al hueco que alguien había intentado dejar en su lugar.
Durante meses, la acusación había tratado sus once minutos como un recipiente vacío que solo admitía culpa.
Ahora había otro vacío: pertenecía a una grabación, tenía detrás una orden de borrado y estaba rodeado de voces y horarios que podían comprobarse.
—¿Y la parte que falta? —preguntó Nora.
—No podemos presentar algo que no tenemos —dijo Daniel—. Pero haré constar que la grabación está incompleta y dónde se produce el corte.
Nora asintió.
—Solo quiero que quede claro que falta una parte.
—Quedará claro.
Las comprobaciones ocuparon los días siguientes.
La empresa entregó los registros del ascensor junto con la documentación del sistema; su reloj mostraba un desfase de cuatro segundos al compararlo con una intervención de mantenimiento registrada esa misma tarde.
La inspección judicial reprodujo desde el salón los dos tonos del ascensor, el roce de la puerta y el golpe al cerrarse.
El informe acústico concluyó que la secuencia recuperada era compatible con aquella fuente y con una captación realizada dentro de la vivienda.
El análisis de voz no identificó a nadie de manera absoluta, pero apoyaba que el hablante y Gabriel Leza fueran la misma persona al compararlo con su declaración grabada.
En los fragmentos conservados no se detectaron cortes añadidos.
Entre ellos seguía faltando una sección imposible de reconstruir.
La fiscal pidió que el audio se valorara con cautela y recordó que una discusión no acreditaba un asesinato.
Daniel compartía la primera afirmación. La segunda ya no permitía apartar el hallazgo: antes de las 22:12:46, durante el vacío de las cámaras y minutos antes de la llamada anticipada, Inés discutía en su casa con una voz compatible con la de un hombre que había negado cualquier intervención en el caso y cuyo teléfono permanecía en otro lugar.
El magistrado que presidiría el Tribunal del Jurado admitió la reproducción de los fragmentos y los informes periciales. Poco después se fijó la fecha del juicio y se ordenó el traslado de Nora al tribunal. Daniel leyó dos veces la fecha antes de comunicársela.
Nora recibió la noticia de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla. No preguntó si la grabación bastaría. Ya sabía que ninguna prueba cargaría sola con la verdad y que la sala sería también un lugar donde otros intentarían completar sus silencios.
—¿Leza tendrá que escucharla? —preguntó.
—No puedo decirte si estará en esa sala ni en qué condición procesal llegará entonces. Si estas diligencias siguen avanzando, su posición puede cambiar. El jurado sí la escuchará.
Nora pensó en la voz de Inés negándose a entregar las copias y en la parte que no había sobrevivido. No podía devolverle las palabras borradas, pero sí impedir que aquel hueco volviera a pertenecer a quien lo había creado.
—Entonces ya hay fecha —dijo Nora.
Por primera vez desde el asesinato, la parte de la cronología que la acusación había presentado como un vacío ya no contenía únicamente la ausencia de Nora. También obligaba a mirar a un hombre cuya agenda y cuyo teléfono lo situaban en otra parte.