La versión de Nora 32. La filtración
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32. La filtración

El primer indicio de que los escritos no habían permanecido donde debían llegó antes que la resolución del juez.

A las ocho y cuarenta de la mañana, una web local publicó que la defensa de Nora Varela pretendía desacreditar la investigación mediante «los recuerdos tardíos de una interna condenada por drogas».

Teresa Montalbán no aparecía nombrada, pero el artículo la identificaba como madre de Inés Robles y mencionaba una canción, una copa y una puerta que, según el texto, Daniel quería convertir en símbolos de una conspiración.

Nada de aquello había figurado en una declaración pública.

Daniel había incluido los datos la tarde anterior en dos escritos diferentes y con una cautela deliberada: el parentesco de Teresa solo aparecía para justificar su citación; los elementos de la escena, únicamente para solicitar comprobaciones.

La comparación completa seguía guardada en su despacho.

Sin embargo, durante la noche alguien había reunido las dos piezas y las había entregado ya interpretadas, con la condena de Tesa en el titular y la palabra recuerdo tratada como sinónimo de invención.

Daniel imprimió la noticia, escribió la hora en el margen y abrió el historial de notificaciones.

Los escritos habían quedado disponibles para la Fiscalía y para la Policía Judicial poco después de las siete; la oficina judicial podía acceder desde el momento de la presentación.

No existía un único lector al que señalar, ni una casilla capaz de decirle quién había copiado una frase para sacarla del procedimiento.

Lo único claro era el intervalo: demasiado corto entre el acceso y la publicación.

Pidió una comunicación urgente con Nora. Cuando ella entró, fue directamente a lo que más le importaba.

—Ya saben que Tesa era su madre.

La noticia había llegado al módulo por la televisión y por varios teléfonos del personal.

Antes del recuento, una interna había leído el titular y había llamado a Teresa «la madre de la muerta» sin molestarse en bajar la voz.

Nora no respondió. En la primera franja de biblioteca, Tesa tampoco preguntó cómo había ocurrido la filtración: hizo sentar a Nora frente a ella y le prohibió explicar nada a nadie.

Una identidad preservada durante años por miedo y rabia se había convertido, antes incluso de que el juez aceptara escucharla, en un recurso para desacreditarla.

—La información salió de las actuaciones —dijo Daniel—. Todavía no puedo demostrar por qué vía.

—Eva desapareció después de que escribieras su nombre. Leza declaró y al día siguiente todos sabían que yo estaba celosa. Ahora presentas lo de Tesa y lo publican antes de que ella pueda hablar.

Daniel había ordenado esa misma secuencia en el despacho, pero al oírsela decir a Nora las explicaciones más sencillas empezaron a parecerle menos convincentes.

Cada episodio, aislado, podía atribuirse a la circulación normal de una causa en la que intervenía mucha gente.

Puestos uno detrás de otro, el dibujo era distinto: cada vez que la defensa abría una línea, alguien parecía conceder a Leza tiempo para cerrarla, desacreditarla o llegar antes.

—Si hay una filtración, tengo que saber dónde empieza antes de presentar nada más —dijo.

Nora miró la noticia sin tocarla.

—¿Cómo?

—Limitando la próxima información. La misma base, tres copias de trabajo y un detalle distinto señalado en cada una. Ninguna irá al procedimiento. Si una de esas diferencias aparece fuera, podremos seguir el recorrido que hizo.

—¿Vas a inventarte una prueba?

—No. El original no se toca y las tres copias mostrarán datos que ya existen. Solo cambiará la línea que señale como prioritaria.

Nora tardó en responder. Tiempo atrás habría aceptado cualquier promesa que sonara a protección o la habría rechazado de lleno. Ahora hizo otra cosa: impuso límites.

—No uses el nombre de otra mujer. Ni un lugar donde puedan encontrarla.

—Usaré una hoja de sociedades y pagos. Sin nombres personales.

—Y yo no voy a ser una de las tres versiones.

—No.

—Tesa decía que no había que contarlo todo. No que hubiera que mentir.

—Nadie recibirá un dato falso.

Nora dobló la impresión de la noticia hasta hacer desaparecer el titular.

—Entonces haz que se delaten con la verdad.

De vuelta en el despacho, Daniel repasó quién había estado presente de forma constante desde que asumió la defensa.

Marta Rius, la perita que él había designado, trabajaba sobre la copia forense del segundo teléfono y conocía cada recuperación antes de su incorporación.

La fiscal recibía escritos e informes desde el juzgado y llevaba años de relación profesional con Leza.

El inspector Baeza dirigía el grupo encargado de ejecutar las diligencias policiales y, además, había conducido el primer interrogatorio de Nora: era el hombre que intentó desplazar «no recuerdo» hacia «no puedo descartar».

Antes de estrechar el círculo alrededor de los demás, se incluyó a sí mismo.

Revisó las sesiones abiertas en el ordenador, cambió las claves y comprobó qué había impreso desde que recibió los relatos de Nora y Tesa.

La puerta del despacho no mostraba señales de entrada y los originales seguían en el archivador, que por fin había conseguido reparar, pero que la cerradura estuviera intacta no demostraba gran cosa.

Durante semanas había enviado borradores desde aquel equipo, usado la red del edificio y dejado notificaciones descargándose mientras visitaba la prisión.

El historial no mostraba accesos ajenos ni reenvíos automáticos.

Tampoco eso certificaba invulnerabilidad.

La siguiente prueba, decidió, no pasaría ni por el correo ni por la plataforma.

El acceso, además, no terminaba en aquellas tres personas.

Funcionarios, agentes, personal del laboratorio y responsables del depósito tocaban partes distintas del expediente.

Pero Marta, la fiscal y Baeza estaban situados en tres cruces por los que habían pasado casi todos los avances: recuperación digital, decisiones procesales e investigación policial.

Lo que Daniel necesitaba era una diferencia entre ellos tres que pudiera comprobar, no tenía que apostar por ninguno de ellos a ciegas.

Eligió una página de la relación de pagos recuperada del teléfono de Inés.

Había seis movimientos atribuidos a sociedades de servicios y eventos, sin explicación acerca de qué pagaban ni quién había autorizado las cantidades.

Ninguno, aislado, probaba un delito. Daniel hizo tres copias en papel.

En una subrayó Linde Eventos; en otra, Meridiano Servicios; en la tercera, Arco Seguridad.

Cada marca era distinta y quedaba fuera de los datos impresos.

Fotografió las tres hojas junto a la hora del ordenador y devolvió al archivo el original sin anotaciones.

No envió archivos. Llevó la primera copia a Marta Rius, en el laboratorio, y le pidió que comprobara si los metadatos recuperados permitían saber cuándo se había añadido la línea de Linde Eventos. La perita le recordó que una fecha de edición no explicaría el pago ni identificaría a su autor.

—Lo sé. Estoy valorando por dónde pedir la documentación bancaria. Necesito que esto no salga de aquí hasta que decidamos si sirve.

Marta guardó la hoja en una carpeta y dejó anotada la recepción en su registro de trabajo.

La segunda copia se la enseñó a la fiscal al terminar una comparecencia.

Daniel no le presentó Meridiano Servicios como una sociedad instrumental: dijo que estaba valorando solicitar la conservación de sus movimientos y preguntó si se opondría a una diligencia limitada a las fechas que aparecían en la hoja.

—Me opondré si pretende convertir seis transferencias sin concepto en una investigación general de empresas que no están personadas —respondió ella.

—Por eso le señalo una sola.

La fiscal miró el nombre, la fecha y la cantidad.

Doblando la copia, se la guardó para estudiar la cuestión antes de responder.

Daniel no pidió confidencialidad sobre una conversación procesal que podía desembocar en un escrito; solo advirtió que una actuación prematura podía facilitar la desaparición de documentos contables.

Esa advertencia era verdadera en las tres versiones.

Con la última esperó a que Baeza regresara a la unidad.

El inspector tenía el cabello gris y Daniel reconoció la misma forma de juntar las manos que había observado en la grabación del interrogatorio, justo antes de una pregunta difícil.

Baeza lo recibió de pie y no le ofreció asiento.

Daniel le preguntó si el grupo había comprobado alguna relación entre Arco Seguridad y los clubes Nácar, Velaria y Casa Norte.

—Esa hoja no demuestra que exista relación alguna —dijo Baeza.

—Demuestra que Inés registró un pago. Quiero saber si lo comprobaron.

—La investigación no puede perseguir cada anotación de la víctima para ver cuál satisface la teoría de la defensa.

Daniel dejó la tercera copia sobre la mesa.

—Esta es la línea que pediré verificar primero. No incorpore ni distribuya esta copia; si ya tienen una respuesta, evitará una diligencia inútil.

Baeza no miró primero el nombre de la empresa, sino el círculo que Daniel había trazado alrededor de la cantidad. Después dejó la hoja boca abajo.

—Le responderemos por el cauce correspondiente.

Daniel salió sin acusarlo de nada. Que sospechara no le daba derecho a tratar a nadie como culpable, y la prueba que acababa de repartir dejaría de servirle en cuanto él decidiera de antemano a quién tenía que atrapar.

Pasaron dieciséis horas sin novedad. Marta remitió una nota técnica sobre las limitaciones de los metadatos y no mencionó ninguna de las otras líneas.

La fiscal no respondió. Baeza, tampoco. Daniel acabó durmiendo en el sofá del despacho, despertándose cada vez que crujía el edificio y mirando el teléfono antes de recordar dónde estaba.