31. La misma canción #2
Daniel abrió una página nueva y trazó tres columnas: hecho acreditado, recuerdo y diligencia posible.
Bajo la primera colocó las horas, la interrupción simultánea de las cámaras, las fotografías y el arma.
En la segunda dejó la sombra, la muñeca y el objeto frío.
En la tercera anotó lo que todavía podía comprobarse: identificar el dispositivo desde el que se reprodujo la canción, su origen y cualquier acceso registrado; examinar de nuevo las zonas de paso entre la habitación y el salón; precisar el patrón de las manchas en las manos y la ropa de Nora; reconstruir, agente por agente, qué encontraron al entrar y qué se movió antes de las fotografías.
No podía pedir a un perito que afirmara qué pretendía conseguir el asesino.
Una huella podía demostrar que alguien había estado allí, pero no por qué había hecho algo.
Lo que necesitaba eran datos capaces de sostener o destruir aquella hipótesis.
Después escribió los dos nombres presentes en la construcción antigua: Tomás Varela y Gabriel Leza.
Tomás sabía lo que había pasado aquella noche y había intentado imponer a su hija una confesión.
Leza también conocía la escena; además, había mantenido una relación oculta con Inés, había archivado las diligencias de Teresa, aparecía en la historia de las mujeres de Velaria y disponía de una influencia que alcanzaba informes, archivos y policías.
Nada de aquello demostraba todavía si alguno de los dos había colocado el cuchillo en la mano de Nora.
Sí reducía el círculo de quienes podían comprender que una canción concreta, una copa rota y una puerta reproducida catorce años después podían provocar en ella una reacción corporal intensa antes de que lograra situarla racionalmente.
Había además una diferencia que Daniel no podía ignorar.
En la agresión antigua, la radio y la copa no habían sido objetos neutros: Leza había controlado el volumen de una y utilizado la otra antes de que se rompiera.
En el piso de Inés, esos dos elementos reaparecían junto al cuerpo de una mujer con la que él mismo admitía haber mantenido contacto.
Tomás conocía la escena y seguía siendo una posibilidad que debía investigarse, pero la repetición remitía con mayor precisión a decisiones atribuidas a Leza dentro del episodio antiguo, no solo a la memoria de alguien que había estado presente.
Podían forzar una respuesta corporal antes de que llegara la explicación.
Daniel preparó dos escritos distintos. En el primero solicitó la declaración judicial de Teresa Montalbán y adjuntó sólo lo imprescindible para justificar su relación con los hechos actuales, sin incorporar las hojas originales.
En el segundo pidió las comprobaciones sobre la escena y el soporte de reproducción, vinculándolas con la laguna de Nora, la llamada previa y el vacío de las cámaras.
No podía escribir que Leza hubiese repetido el crimen como una conclusión demostrada.
Planteó que la disposición podía responder a una escenificación dirigida a aumentar deliberadamente la probabilidad de una reacción traumática y a favorecer confusión o contaminación de la escena antes de la llegada policial.
Esa posibilidad, añadió, debía examinarse antes de seguir tratando los once minutos como un espacio en el que solo cabía la culpa.
Antes de enviarlos pidió otra comunicación con Nora. No quería que leyera por primera vez aquella hipótesis en un escrito judicial ni que nadie decidiera por ella qué significaban sus reacciones.
Se vieron al día siguiente. Daniel colocó la cronología entre ambos y le mostró las coincidencias una a una. Nora, sentada con las manos en la rodilla, no apartó los ojos de las fotografías.
—Entonces quien preparó todo esto sabía lo que me había pasado de niña —dijo Nora cuando él terminó.
—Eso parece. Pero todavía tenemos que demostrar quién lo sabía y quién pudo preparar la escena.
—Leza estuvo allí aquella noche.
—Eso lo recordáis Teresa y tú. Hay que corroborarlo. Lo que puedo sostener ahora es que quien preparó el piso el día del crimen conocía con bastante detalle lo que te había ocurrido.
Nora volvió la vista hacia la hora del aviso, anterior a su llegada.
—No necesitaban que yo la matara. Les bastaba con que yo estuviera alterada, tocara cosas y la policía me encontrara allí.
Daniel tardó un momento en responder.
—Eso sí podemos sostenerlo como hipótesis. Lo que no podemos decir es que alguien supiera que fueras a perder la continuidad de lo que ocurría ni cuánto duraría. Podían esperar miedo, confusión, una reacción intensa. Pero no una respuesta exacta.
Nora miró otra vez la franja entre las 22:18 y las 22:29.
—Pero ocurrió.
—Sí.
—Y alguien lo aprovechó.
—Eso es lo que vamos a comprobar.
Nora cerró la carpeta sin volver a mirar el cuerpo de Inés.
—Envíalos.
Daniel presentó los dos escritos al regresar al despacho.
Guardó los originales de Nora y Tesa en fundas separadas y dejó constancia de cuándo los había recibido y de quién había tenido acceso a ellos.
La comparación completa de ambos escritos se la quedó en su mesa, ya que no constituía una prueba; era un mapa de preguntas que podía poner en peligro a quienes acababan de hablar.
Cuando actualizó la cronología, se abstuvo de poner quién era el autor.
Escribió algo más preciso: la escena del piso podía haber sido construida para repetir elementos de la agresión antigua, desestabilizar a Nora y crear condiciones en las que cualquier reacción traumática pudiera utilizarse contra ella.
Quien preparó la escena no podía predecir la discontinuidad ni cuánto duraría. Solo había fabricado la trampa. Cuando apareció el vacío, lo aprovechó.