La versión de Nora 31. La misma canción
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31. La misma canción

Daniel recibió las dos hojas en sobres distintos.

Se esperó a abrirlas fuera de la prisión.

Nora se lo había pedido nada más sentarse frente a él: quería que hablara con las dos por separado y que ninguna leyera lo que había contado la otra hasta después.

Sabía que ya habían hablado en la biblioteca y que eso no podía deshacerse, pero al menos evitaban que una acabara adaptando su versión a la de la otra.

—No quiero acabar convencida de que lo recuerdo todo —dijo Nora.

Daniel dejó el sobre junto al cuaderno, sin tocar la solapa.

—Lo trataré como una fuente de comprobaciones. No como una prueba suficiente.

Nora asintió. Por fuera había escrito su nombre, la fecha y la hora aproximada a la que había empezado a redactar.

Dentro, explicó, estaba el recuerdo de la construcción abandonada y, en una columna separada, aquello que Teresa había confirmado después.

No le resumió el contenido. Antes de levantarse, volvió a mirar el papel.

—Hay algo que sí necesito que sepas antes de leerlo. Yo abrí el cerrojo. Durante años pensé que había dejado morir a esa mujer, y mi padre consiguió que todo lo que recordaba terminara antes de verla escapar.

Daniel asintió, pero su expresión no cambió.

Había aprendido que una verdad capaz de liberar a Nora de una culpa podía seguir siendo frágil dentro de un procedimiento.

Le preguntó si distinguía la escena recuperada de lo que Tesa le había contado y si había dejado por escrito los vacíos. Nora respondió que sí a las dos cosas.

—Entonces empezaré por ahí.

La comunicación con Teresa Montalbán se celebró una hora después.

Ella había pedido expresamente verlo a través de la dirección del centro y Daniel acreditó la visita, pero antes de aceptar el sobre dejó claro que no era su abogado, que representaba a Nora y que cualquier dato relevante podía acabar incorporado a la causa.

Si necesitaba asesoramiento sobre las consecuencias para su propia condena o sobre un posible conflicto, tendría que contar con una letrada independiente.

—He pasado catorce años aprendiendo las consecuencias —dijo Tesa—. Lo que necesito es que alguien diga de una vez quién fue responsable.

Su hoja estaba doblada dos veces y firmada en cada cara. Daniel comprobó la fecha sin leer el texto y le preguntó si había visto el relato de Nora.

—No.

—¿Le describió ella la escena completa antes de que escribiera?

—Me hizo preguntas. Confirmé quién era yo, que la niña abrió la puerta y que Elena me señaló la salida. Anoche recordaba más. Por eso escribimos por separado.

Haber escrito las dos versiones por separado no implicaba que fueran independientes.

A Daniel le dio más confianza que reconocieran ese límite que intentar presentar las dos versiones como completamente independientes.

Le explicó que su hoja no equivalía a una declaración judicial y que, si el contenido resultaba pertinente, solicitaría que el juzgado la oyera con las garantías correspondientes.

—Cuando lo hagas, Leza sabrá que estoy hablando.

—Sí.

—Entonces no tardes más de lo necesario.

Daniel guardó los dos sobres en una carpeta de gomas y no le hizo más preguntas sobre la noche anterior.

De regreso al despacho, los llevó en el asiento del acompañante, uno junto al otro pero sin mezclarlos.

Solo los abrió después de cerrar la puerta, apartar el expediente principal y colocar dos hojas en blanco a cada lado de la mesa.

El relato de Nora empezaba con la lluvia, las botas de Elena y una manga roja cubriéndole media mano.

Describía una construcción en las huertas, una bombilla que oscilaba, una radio portátil y una canción interpretada por una mujer.

Después situaba a Tomás junto a Teresa y a Gabriel Leza al otro lado de una mesa.

La copa se rompía durante un forcejeo. Teresa caía, se arrastraba hacia una puerta interior y dejaba cuatro marcas rojas incompletas en la madera.

Nora había escrito que no recordaba todas las palabras ni el orden exacto, pero sí la voz de Leza preguntando por unas copias y la de Tomás prohibiéndole abrir la puerta.

La segunda parte exigía más atención. Nora había distinguido con mucho cuidado entre lo que recordaba y lo que había reconstruido después.

La presión de la mano de Tomás sobre su muñeca la recordaba con claridad; no podía saber qué habría hecho él si Teresa no hubiera conseguido escapar.

El ruido del cerrojo también formaba parte del recuerdo, pero había otros detalles que seguía sin poder precisar.

Daniel dejó aquella hoja boca abajo y abrió la de Tesa.

Teresa comenzaba ya dentro de la construcción.

No había sabido que Elena y Nora estaban fuera hasta ver a la niña junto a la puerta.

Recordaba la radio porque Leza había subido el volumen cuando empezó a interrogarla.

Recordaba una copa en la que él apagó un cigarrillo, la caída contra el suelo y el cristal extendido cerca de sus manos.

Durante unos segundos había quedado de costado, con las piernas recogidas y un brazo orientado hacia la puerta, antes de conseguir arrastrarse.

Describía a Tomás sujetándola del brazo y a Leza haciéndole preguntas con una calma que le había resultado más aterradora que los golpes.

Después aparecían una puerta de madera, el metal raspando la guía y una niña de rojo que se ponía de puntillas para tirar del pasador.

Los relatos no encajaban en todo, y Daniel lo anotó antes de buscar semejanzas.

Nora situaba primero la caída de Teresa y después el ruido del vehículo; Tesa no podía ordenar esos dos momentos.

Nora recordaba a Leza dentro cuando Tomás golpeó a Elena; Tesa ya había salido por la abertura posterior.

Tesa creía que la canción sonaba desde antes de que llegaran los hombres; Nora la asociaba con la entrada.

Aquellas diferencias impedían fundir las dos versiones en una escena cerrada.

Las coincidencias, en cambio, permitían buscar fuera de ellas.

Daniel abrió el expediente del asesinato.

Empezó por las fotografías de la inspección ocular.

En una de las imágenes generales, Inés aparecía de costado, con las piernas ligeramente flexionadas y un brazo extendido hacia el pasillo.

A pocos metros estaba la copa rota y, al fondo, la puerta de la habitación del archivador permanecía entreabierta.

Daniel colocó las fotografías junto a las hojas de Nora y Tesa.

Había coincidencias difíciles de ignorar: la canción, la copa, la puerta, la sangre y una mujer caída cerca de ella.

Pero las fotografías mostraban cómo había encontrado la policía el piso, no necesariamente cómo lo había dejado el asesino.

Nora había permanecido allí durante once minutos antes de que entrara la patrulla y Daniel no podía saber qué había tocado o movido durante ese tiempo.

Tampoco podía asegurar que la posición de Inés fuera exactamente la misma que tenía cuando Nora llegó.

Aun así, había elementos que sí estaban allí antes de que Nora perdiera la noción del tiempo.

La canción estaba sonando cuando entró, la copa ya estaba rota y la puerta permanecía entreabierta.

Los tres coincidían con partes del episodio que Nora y Tesa acababan de describir.

Por separado podían no significar gran cosa.

Juntos justificaban que Daniel volviera a revisar la escena con más cuidado.

Daniel volvió a la cronología.

A las 22:09:59 se interrumpían las tres cámaras.

A las 22:14 alguien avisaba de una posible agresión y daba la planta exacta.

A las 22:18 Nora acababa de entrar en el piso y miraba el teléfono.

A las 22:27 regresaban las imágenes. A las 22:29 la patrulla accedía a la vivienda y la encontraba con el cuchillo.

Hasta entonces había entendido la llamada anticipada sobre todo como una forma de garantizar que la policía encontrara a Nora antes de que pudiera comprender la escena o pedir ayuda.

Ahora aparecía otra función posible. Quien llamó puso en marcha una cuenta atrás cuyo único resultado seguro era la llegada policial.

Si Nora llegaba poco después, la policía podía encontrarla aún dentro del piso, alterada y sin tiempo para explicar qué había ocurrido.

La música, la copa y la madera podían desorientarla, hacer que se acercara al cuerpo, favorecer que tocara objetos o retrasar su reacción.

Que perdiera la continuidad de lo que ocurría en algún punto de aquel intervalo no era algo que nadie pudiera prever, como tampoco cuánto duraría la discontinuidad.

Pero, una vez ocurrido, sí podían aprovecharlo.

La música, la copa y la madera dejaban así de parecer decorado. Podían formar parte del mecanismo de una trampa.

Durante aquel intervalo, Nora había percibido una sombra en el pasillo, el contacto frío de un objeto contra los dedos y una presión dolorosa alrededor de la muñeca.

Aquellos fragmentos no demostraban que otra persona siguiera dentro de la vivienda; la defensa cometería el mismo abuso que la acusación si acababa dándolos por ciertos cuando Nora no podía ordenarlos en una secuencia fiable.

Sin embargo, el estado en que la encontraron exigía una transición.

El cuchillo no aparecía entre las cosas que Nora recordaba hasta buscar el pulso.

Cuando recuperó una percepción continua, lo sostenía.

Para entonces, la sangre que ya le había alcanzado una palma al buscar el pulso se había extendido a la otra, bajo las uñas y al borde de una manga.

Y las cámaras ocultaban precisamente la salida de cualquiera que abandonara el edificio antes de las 22:27.