30. La niña que abrió el cerrojo #2
Nora comprendió por qué durante años su memoria había terminado siempre antes de la huída.
No porque hubiese visto morir a Teresa, sino porque la amenaza posterior no dejaba lugar a que pudiera desobedecer.
La mujer había permanecido en el suelo. En cambio, la mujer levantándose, cruzando el umbral y desapareciendo entre los matorrales había quedado expulsada del relato.
El recuerdo se detuvo en la cocina. Nora seguía dentro de la celda, sola, con las uñas clavadas en la palma y el nombre de Leza unido por fin a un rostro que no pertenecía a una imagen en televisión.
No había perdido la conciencia. Sabía dónde estaba, oía a una funcionaria hablando al final de la galería y distinguía el frío de la pared colándose por su espalda.
Se incorporó despacio, sacó el folleto del armario y desplegó la hoja de las tres columnas. Antes de escribir esperó a que disminuyera el temblor de las manos. No quería convencerse de que lo recordaba todo cuando todavía podía faltarle algo.
En «Fragmento» anotó la construcción, la lluvia, la radio, la copa rota, la voz de Leza, las manos de Tomás, el cerrojo y la salida de Teresa.
Marcó con comillas únicamente dos frases: «No abras esa puerta» y «Aquí no había ninguna mujer».
A su lado escribió: literalidad alta; orden exacto, no seguro.
Bajo «No sé» anotó tres cosas: por qué Elena había ido hasta aquella construcción, cómo había acabado Teresa allí y qué ocurrió con ella después de escapar.
En «Ahora» escribió lo único que ya podía separar del miedo que le habían impuesto: había abierto el cerrojo y Teresa había salido viva de aquella construcción.
Durmió poco. A la mañana siguiente presentó una nueva petición para comunicar con Daniel y guardó la hoja dentro del folleto sin comentarla con nadie.
Cuando llegó la franja de biblioteca, Tesa estaba como siempre clasificando devoluciones detrás del mostrador.
Nora esperó a que la funcionaria les indicara la mesa lateral que ya habían utilizado otros días.
—He recordado más —dijo Nora.
Tesa no preguntó cuánto.
—¿Lo has escrito antes de venir?
—Sí. Sin hablar contigo.
Tesa asintió, y aquella aprobación seca importó más que cualquier consuelo.
—Necesito saber qué puedes confirmar tú —continuó Nora—. Pero no quiero que leas lo que he escrito antes de responderme.
—Mejor.
Nora no relató la escena completa. Hizo preguntas breves y separadas.
Tesa confirmó que recordaba a una niña con un jersey rojo abriendo la puerta, que Elena estaba allí y le indicó la salida posterior, y que Tomás y Gabriel Leza se encontraban en la construcción.
Cuando Nora preguntó por el orden exacto de algunas frases, Tesa negó con la cabeza.
—Después de catorce años puedo decirte quién estaba, qué hicieron y por dónde salí. Si me pides una conversación palabra por palabra, te estaría dando algo que no tengo.
La respuesta alivió a Nora de una manera inesperada. No necesitaba que las dos memorias encajaran como piezas fabricadas para el juicio. Necesitaba saber dónde coincidían y dónde dejaban de hacerlo.
Tesa cogió una hoja en blanco. Nora escribió en la esquina de la suya la fecha y la hora aproximada en que había empezado a redactarla durante la noche.
Tesa hizo lo mismo con la nueva hoja y después se sentó en otra mesa, a varios metros, bajo la mirada distante de la funcionaria.
Durante los minutos siguientes ninguna habló.
Nora volvió a su columna y añadió un hecho que no procedía de Tesa: después de la huida, Tomás había golpeado a Elena y obligado a ambas a negar lo ocurrido.
Esa parte necesitaría que se pudiera corroborar.
Pensó en su madre, todavía en el pueblo.
No intentaría arrancarle una confesión por teléfono; pediría a Daniel que encontrara una forma segura de acercarse a ella.
Cuando Tesa terminó, dobló su hoja dos veces, escribió Teresa Montalbán en el exterior y la mantuvo consigo. No se la entregó a Nora.
—Si Daniel quiere hablar conmigo, que lo pida por el conducto que corresponda —dijo—. Y antes de que use una sola palabra, quiero que quede claro que es mi versión, no la tuya.
—Eso quiero yo también.
Tesa apoyó la mano sobre el sobre improvisado, sin empujarlo hacia ella.
—Hay una parte que todavía no me has preguntado.
—¿Cuál?
—A quién viste.
Nora sostuvo el lápiz sobre el papel. Durante años había reconocido una voz sin rostro y un miedo sin escena.
Ahora podía situar a los dos hombres bajo la bombilla: Tomás con las mangas recogidas; Gabriel Leza junto a la radio, preguntando por unas copias y tratando después de imponerle qué debía recordar.
—A mi padre y a Leza.
Tesa pareció sentir alivio. Dio un golpecito con un dedo sobre la hoja doblada.
—Eso está en mi versión. Lo demás tendremos que demostrarlo fuera de aquí.
Nora escribió ambos nombres en «Fragmento». No los llamó culpables ni asesinos; anotó que los recordaba presentes y que Tesa afirmaba recordar también su presencia. Debajo añadió la frase que Tomás llevaba catorce años convirtiendo en culpa: «La niña abrió el cerrojo».
Al leerla, Nora no sintió miedo. Por primera vez, entender lo ocurrido no la hacía sentirse atrapada. Recordó su cuerpo pequeño, el metal cediendo y a una mujer viva cruzando el umbral.