30. La niña que abrió el cerrojo
Nora no quiso forzar el recuerdo. Se quedó tumbada en su cama, con los ojos abiertos, una mano fuera de la manta y la otra sobre el estómago, mientras el sonido de un cerrojo se perdía por la galería.
La celda seguía allí: el resplandor de la mirilla, el olor a detergente, la cama vacía frente a la suya.
Todavía recordaba el tacto frío del metal bajo los dedos y el esfuerzo de tirar del cerrojo.
Nora ya sabía que no debía fiarse de los recuerdos que parecían llegar demasiado claros.
Después de hablar con Tesa en la biblioteca, todavía menos.
Se concentró solo en lo que recordaba con seguridad: el metal estaba frío, el cerrojo quedaba demasiado alto y no conseguía moverlo.
Después aparecieron otros detalles, desordenados y difíciles de situar.
Primero recordó la manga de un jersey rojo que le cubría media mano. Después, las botas de agua de su madre, demasiado grandes para ella y manchadas de barro. Nora tenía siete años aquella noche. Había llovido durante horas.
Más allá de las huertas, una construcción abandonada conservaba parte del tejado y una bombilla encendida detrás de una ventana sin cristales.
Antes se guardaban herramientas allí; para Nora era uno de aquellos lugares a los que Tomás le había prohibido acercarse porque el suelo podía hundirse.
Desde el camino llegaba una canción de mujer amortiguada por las paredes: tres notas descendentes, una pausa y la voz que volvía a elevarse.
Elena caminaba unos metros por delante, con un abrigo sobre el camisón y sin linterna.
Nora no sabía por qué su madre había salido de casa, ni si seguía a Tomás o acudía porque él se lo había ordenado.
De aquella parte conservaba un vago recuerdo: Elena se volvió, la vio detrás y se llevó un dedo a los labios. No la mandó regresar.
Se acercaron por la parte posterior. La puerta exterior estaba entornada y por la abertura salían la música y una mezcla de tabaco, tierra y alcohol. Elena se detuvo antes de entrar. Nora se agachó a su lado y miró por debajo de su brazo. Dentro había dos hombres y una mujer.
Tomás estaba de espaldas, sin chaqueta, con las mangas recogidas.
El otro hombre permanecía junto a una mesa improvisada sobre dos caballetes.
Era más joven que el rostro que Nora vería años después en televisión, pero la voz no había cambiado.
No necesitaba alzarla para que los demás callaran.
Nora no conservaba la frase exacta con la que interrogaba a Teresa; recordaba que preguntaba por unas copias y que lo hacía con una paciencia casi cortés, como si la violencia fuese una consecuencia razonable de que ella no colaborara.
La mujer estaba en el suelo. Tenía las muñecas juntas delante del cuerpo y la ropa desgarrada a la altura de la espalda.
Intentó incorporarse, pero una rodilla le falló y volvió a caer sobre la tierra húmeda.
Tomás se inclinó, la agarró por un brazo y la obligó a quedarse allí.
Teresa negó saber dónde estaban aquellas copias, o negó que existieran; Nora ya no podía distinguir qué palabras pertenecían al recuerdo y cuáles había construido después, al comprender la escena.
Leza apagó el cigarrillo en una copa que aún contenía líquido.
La radio portátil estaba a su lado, demasiado alta.
Volvió a preguntarle algo. Nora no recuperó las palabras, sino el modo: una voz medida que convertía la amenaza en procedimiento.
Tomás tiró de Teresa para levantarla. La tela rozó una pieza de metal de la pared y ella soltó el aire, pero no dijo lo que esperaban.
Apartó el brazo; la copa cayó y se rompió.
Elena se apresuró a empujar a Nora hacia atrás.
Retrocedieron hasta el lateral del edificio, aunque no llegaron al camino.
Entonces una mano apareció desde la oscuridad y se cerró alrededor de la muñeca de Nora.
Tomás la obligó a ponerse en pie. La presión de aquellos dedos era la misma que había irrumpido en el piso de Inés durante los once minutos: un dolor antiguo que su cuerpo había conservado mucho antes de que la escena tuviera un lugar.
Elena se interpuso. Nora recordaba que intentó explicar que la niña se había despertado y la había seguido, que no había visto nada.
No podía jurar aquellas palabras, pero sí el modo en que su madre se colocó entre ambos.
Leza salió detrás de Tomás, cerró la puerta exterior sin encajarla y observó a Nora.
Ahora reconocía esos ojos: no había sorpresa en ellos, sino una valoración fría de cuánto podía haber entendido.
Desde el interior llegó un golpe contra la madera. Cuatro dedos dejaron marcas incompletas en la parte baja de la puerta cuando Teresa intentó apoyarse para levantarse. Tomás volvió la cabeza hacia el ruido y apretó aún más la muñeca de Nora.
—No abras esa puerta.
La frase sí estaba entera. Había sobrevivido sin contexto, repitiéndose durante años en sueños, sobresaltos y puertas que Nora necesitaba comprobar dos veces. No sabía si Tomás la pronunció exactamente en aquel segundo o unos instantes antes, pero de las palabras no dudaba.
Las luces de un vehículo aparecieron al otro lado de las huertas.
Tomás y Leza se apartaron unos metros y discutieron en voz baja.
Nora no supo entonces si esperaban a alguien o temían que los hubieran visto.
Poco después, los dos se alejaron en dirección al vehículo.
Elena cogió a Nora por los hombros e intentó apartarla del edificio.
La mujer golpeó otra vez desde dentro. Esta vez no fue un golpe, sino el peso de un cuerpo que ya no conseguía sostenerse.
Nora miró a su madre. Durante años, Nora había recordado sobre todo la voz de Tomás.
Ahora apareció un detalle que había quedado fuera: Elena cerró los ojos y dejó de sujetarla.
Nora aprovechó ese momento para acercarse a la puerta.
Nora volvió a la puerta exterior, pasó de lado por la abertura y se acercó a la puerta de madera.
La bombilla seguía oscilando. Teresa se arrastraba hacia ella, con una mano hundida en la tierra y la otra pegada al costado.
Entre ambas había cristales, una silla volcada y aquel olor metálico de sangre que Nora reconocería durante años antes de saber de qué era.
El cerrojo estaba por fuera, sujeto al marco a una altura que obligó a la niña a ponerse de puntillas.
Lo agarró con las dos manos. La primera vez apenas consiguió moverlo unos milímetros.
Miró hacia atrás. Elena había entrado y vigilaba la puerta exterior, inmóvil bajo la lluvia que caía a través del tejado roto.
Nora no recordaba que Elena le hubiera dicho nada.
Lo que sí recordaba era que había dejado de sujetarla, y que ella entendió que podía volver a intentarlo.
Apoyó una bota contra la madera y tiró con todo el peso del cuerpo. El metal raspó la guía. Se detuvo. Volvió a tirar hasta que el pasador salió y produjo un chasquido breve, mucho menos importante que el ruido que había conservado durante catorce años.
La puerta se abrió hacia ella.
Teresa cayó de rodillas al otro lado y, durante un momento, quedaron a la misma altura.
Tenía tierra en la cara y sangre junto al cabello, pero estaba viva.
Sus ojos pasaron del jersey rojo a Elena.
Nora recordaba a su madre señalando la parte posterior de la construcción, donde una chapa suelta permitía alcanzar el camino bajo.
Recordaba a Teresa incorporándose con la espalda herida bajo la tela rota y volviendo un instante para apartarla de los cristales.
Le dijo algo que no recordaba, pero sí recordó que la tocó.
Teresa atravesó el fondo de la construcción y desapareció entre los matorrales.
Elena agarró a Nora y se dirigió hacia la salida, pero no llegaron a alcanzarla.
Tomás apareció en la puerta exterior. Miró el cerrojo abierto, la puerta interior y las marcas de barro que conducían hacia la parte posterior del almacén.
En cuanto comprendió lo que había pasado, apartó a Nora de un tirón y golpeó a Elena.
Ella perdió el equilibrio y chocó contra la mesa improvisada.
Nora recordaba a Elena intentando asumir la culpa y a sí misma gritando que había sido ella quien había abierto.
Recordaba a Tomás levantando otra vez la mano.
Leza entró sin correr, miró el hueco del cerrojo, la salida del fondo y a la niña que todavía llevaba barro en las mangas.
Dijo algo que detuvo a Tomás. Nora no recordaba la palabra exacta, solo la obediencia inmediata de su padre.
Después Leza se agachó frente a ella. La música continuaba detrás; el pequeño equipo había vuelto al principio y repetía el estribillo. De todo lo que dijo entonces, una frase había quedado clavada con la misma nitidez que la orden de Tomás:
—Aquí no había ninguna mujer.
Lo demás no lo recordaba palabra por palabra, solo sabía lo que había pasado.
Leza quiso imponer una versión: Elena se había caído, Nora se había asustado y aquello era lo único que debía conservar.
Le sujetó la barbilla para obligarla a mirarlo.
Nora no recordaba si respondió. Sí recordaba el tabaco, la menta y la sensación de que un adulto podía decidir qué había ocurrido aunque ella acabara de verlo.
La parte que continuaba saltaba a la cocina, al jersey rojo sobre una silla y a las manos de Tomás bajo el grifo.
Tomás les hizo entender que Teresa no había escapado, que hablar pondría a Elena en peligro y que cualquier consecuencia sería culpa de Nora por haber abierto la puerta.
La obligó a aceptar una versión en la que la mujer terminaba muerta y su ayuda se convertía en la causa de todo lo que pudiera ocurrir después.