27. Una mujer desaparecida
Daniel recibió la instancia de Nora al final de la mañana.
El impreso sólo decía que necesitaba una comunicación urgente, sin nombres ni motivo, y había sido registrado pocas horas después de la visita de Tomás Varela.
Pidió el primer hueco disponible. Al centro llevó una copia de la orden bancaria incorporada a la causa, la confirmación de que el padre había accedido a la zona de comunicaciones y una hoja en blanco.
Prefería llegar sin preguntas cerradas: no quería que una frase aún desconocida terminara convertida, por el modo de preguntar, en la respuesta que él esperaba encontrar.
Nora entró con el folleto doblado bajo el brazo. Antes de sentarse, miró la puerta cerrada y dejó el papel entre ambos, aunque mantuvo una mano encima.
—Mi padre quiere que confiese —dijo—. No como una posibilidad. Me explicó la historia que debo contar.
Daniel no abrió aún el cuaderno.
—Empieza por sus palabras. Si no recuerdas una frase exacta, dime solo el sentido.
Nora desplegó la hoja. Antes de hablar de la visita, leyó la columna del fragmento: una mujer arrastrándose sobre tierra mojada, una puerta cerrada y la voz de Tomás ordenándole que no la abriera.
No añadió que la mujer hubiese muerto ni que ella hubiera obedecido.
Daniel lo anotó en una página aparte y escribió en el margen «recuerdo sin corroborar».
Podía servir para orientar una búsqueda; no para completar lo que todavía faltaba.
Después, Nora leyó despacio la propuesta de Tomás: admitir una discusión, atribuir la muerte a una pérdida de control y utilizar la sustancia y los once minutos para negociar una condena menor.
Repitió las cuatro frases que había conservado al volver del locutorio.
Daniel las anotó entre comillas y le pidió el orden, la pregunta que precedía a cada una y cuánto tiempo había pasado entre ellas.
Se abstuvo de preguntarle qué creía que significaban.
Cuando llegaron a «Aquello quedó cerrado hace muchos años», Nora levantó la vista.
—Yo había mencionado a Leza, la orden con la firma de Tomás y documentos de cuando era niña. No dije denuncia, expediente ni caso. Fue él quien habló de cerrar algo.
—¿Le hablaste de la mujer que recuerdas?
—No. Tampoco de la puerta ni de la frase que recordé.
Daniel subrayó la frase. No demostraba que hubiera existido una investigación y, mucho menos, que Tomás hubiese participado en aquello que Nora recordaba.
Pero estrechaba el campo: el pueblo, la infancia de Nora, una relación ya documentada entre Tomás y Leza y un asunto que, al menos para uno de ellos, pertenecía al pasado.
—También dijo que mi madre sigue en el pueblo y que debía recordarlo antes de remover nada.
—Eso sí vamos a dejarlo documentado. Podemos comunicar la amenaza al juzgado y pedir que se valore el riesgo para Elena.
Nora apretó la yema del índice contra una de las dobleces.
—Si alguien va a buscarla a casa, Tomás sabrá que he hablado.
—No puedo prometerte una intervención que él no perciba. Tampoco puedo garantizar medidas si ella no puede explicar su situación. Puedo presentar la frase exacta, identificar la visita y pedir que cualquier actuación se coordine antes de abordarla. Tú decides si lo hacemos ahora.
El miedo siguió en la cara de Nora, aunque esta vez la decisión era suya. Volvió a leer la amenaza y asintió.
—La frase exacta. No escribas que ha prometido hacerle daño. Es lo que quiso que entendiera, no lo que dijo.
Daniel anotó también ese límite. Antes de terminar, extendió la copia de la orden bancaria. En la esquina inferior seguía la referencia escrita a lápiz que Nora había descrito al encontrarla: A-4/7.
—¿Inés te explicó alguna vez qué significaba esto?
—No. En la funda faltaban hojas. Pensé que era una numeración suya.
Daniel volvió a mirar la referencia.
—Puede ser. O puede estar señalando otro documento que ya no estaba en la funda.
—¿Puedes averiguarlo?
—Voy a intentarlo.
Daniel miró las cuatro frases alineadas en su cuaderno.
Podía haberle dicho que encontraría una respuesta.
Era la clase de promesa que tranquilizaba durante unos minutos y se volvía en contra después; demasiado parecida, además, a la seguridad con que Tomás había ofrecido arreglar una condena a cambio de silencio y obediencia.
—Entonces lo único que tendremos claro es que tu padre reaccionó a algo que todavía tenemos que comprobar. Tu recuerdo puede orientarnos, pero necesitamos encontrar algo que lo respalde.
Nora dobló el folleto y lo guardó. Al levantarse, señaló la copia de la orden.
—Inés escribió que Tomás y Leza estaban juntos desde el origen. Empieza por averiguar qué llamaba origen.
En el despacho, Daniel extendió los documentos antiguos sobre la mesa y los mantuvo separados del expediente del asesinato.
La copia de la orden bancaria había aparecido durante el registro dentro del bolsillo cosido de la bolsa de Nora; de la fotografía de la nave, sustraída la noche en que la drogaron, solo quedaba una copia de baja resolución en el segundo teléfono.
La relación de pagos procedía de las hojas que Inés había distribuido entre distintos soportes.
Faltaban originales, fechas y contexto. Aun así, varias de las fechas que podía comprobar llevaban a la misma época, catorce años atrás.
Empezó por lo que podía comprobar sin pedir acceso a actuaciones reservadas.
Buscó la sociedad que había recibido el dinero de Tomás.
Estaba extinguida, pero las publicaciones mercantiles conservaban un domicilio industrial en la comarca de Nora y dos administradores que, años después, aparecían vinculados a una empresa de seguridad utilizada por Velaria.
Aquello no demostraba una continuidad criminal.
Sí le daba una ruta documental que podía seguir.
Las hemerotecas digitales devolvieron accidentes de carretera, anuncios de fiestas y varias detenciones por pequeñas cantidades de droga.
Ni Varela ni Leza aparecían. Daniel amplió entonces la búsqueda a ediciones provinciales cuyo contenido todavía no estaba completamente indexado y empezó a revisar ejemplares por fecha.
A las nueve de la noche encontró una noticia de apenas siete líneas, encajonada entre la crónica de una feria y el robo de maquinaria agrícola.
«Buscan a una mujer que denunció amenazas».
Teresa Montalbán, de treinta y seis años, no había regresado a su domicilio después de ser citada para ampliar una denuncia presentada semanas antes.
El texto mencionaba vehículos, distribución de drogas y el traslado de mujeres a reuniones privadas en distintos puntos de la provincia.
La Guardia Civil no descartaba una ausencia voluntaria.
No aparecía ninguna fotografía ni se identificaba a las personas denunciadas.
Daniel leyó el nombre varias veces. Teresa no figuraba en el directorio de mujeres del segundo teléfono, al menos no con el nombre completo.
Tampoco aparecía entre las páginas de la carpeta azul incorporadas a la causa.
Sin embargo, Inés había conservado documentos de aquella época sin dejar junto a ellos ninguna explicación de por qué le importaban.
Dos días después, el mismo periódico publicó que la mujer había proporcionado datos «imprecisos y difíciles de verificar».
Tres semanas más tarde informó que las averiguaciones no habían permitido confirmar actividad delictiva y que Teresa Montalbán seguía sin ser localizada.
Después, el nombre desaparecía de la hemeroteca.
Daniel añadió las tres fechas a su tabla.
La orden bancaria que Tomás había firmado a favor de aquella empresa estaba fechada nueve días antes de la primera denuncia de Teresa.
Una de las matrículas anotadas por Inés pertenecía entonces a la sociedad de transporte citada en el recorte.
El reverso de la fotografía de la nave conservaba un sello casi borrado con el mismo nombre comercial.
Ya no dependía únicamente de la frase de Tomás.
Había una mujer desaparecida, una denuncia anterior, una empresa vinculada mediante un pago y documentos que Inés había separado bajo la palabra ANTIGUO.
Lo que seguía faltando era la pieza que justificara la reacción de Tomás al oír el nombre de Leza.
Empezó a redactar una petición y la borró antes de terminarla.
Había escrito «reapertura», como si el juzgado que investigaba la muerte de Inés pudiera recuperar por iniciativa de la defensa cualquier expediente antiguo.
No era eso lo que necesitaba ni lo que podía pedir.
Antes de reclamar actuaciones que contenían datos de otras víctimas tenía que justificar su relación con la causa actual.
En el segundo escrito pidió únicamente la documentación relacionada con el caso y se refirió a Teresa como una persona cuya situación todavía debía aclararse.
Expuso la relación temporal y documental, recordó que Leza había admitido conocer a Tomás sin precisar desde cuándo y pidió que el juzgado recabara de la Fiscalía Provincial la identificación de las diligencias abiertas a raíz de la denuncia, el decreto que las hubiera concluido y el índice de actuaciones practicadas.
Las copias completas las pidió solo si podían incorporarse al procedimiento sin exponer datos de terceras personas.
La fiscal se opuso. Una desaparición de catorce años atrás, sin conexión acreditada con Inés, podía ampliar la instrucción sin límite.
Daniel respondió con la copia de la orden bancaria, las fotografías y la visita de Tomás.
No pidió al juez que creyera a Nora; pidió que comprobara si el asunto al que su padre había aludido había existido.