La versión de Nora 26. La visita de Tomás #2
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26. La visita de Tomás #2

—Yo solo he hablado de algo que pasó hace años —dijo Nora—. Tú has sido quien ha dicho que quedó cerrado.

—Siempre has hecho lo mismo. Oyes la mitad, inventas el resto y obligas a los demás a pagar las consecuencias.

—¿Qué quedó cerrado?

—Cállate.

La orden se impuso por encima del murmullo de los otros locutorios. La mujer del puesto contiguo volvió la cabeza. Tomás bajó la voz de inmediato, intentó recuperar la calma, pero todavía se le notaba tenso.

—Escúchame bien. Dejas de hablar de Leza, de papeles antiguos y de todo lo que esa mujer te metió en la cabeza. Dices que discutiste, aceptas lo que te ofrezcan y se acaba.

—¿Para quién?

—Para ti. Para tu madre. Para todos.

—Si me callo, será como admitir un crimen que no he cometido. Yo tengo las manos limpias, papá. No sé si tú puedes decir lo mismo.

Tomás acercó tanto la cara al cristal que el aliento llegó a empañar el cristal.

—Hay gente a la que no puedes señalar sin poner también a otros en peligro. Tu madre sigue en el pueblo. Recuérdalo antes de decidir cuánto quieres remover.

La frase estremeció a Nora, pero fue el tono de Tomás lo que de verdad le dio miedo.

Era una amenaza presente y perfectamente comprensible.

Nora vio a Elena en la cocina, oyendo el coche de Tomás detenerse frente a la casa, y se contuvo para no preguntarle si estaba amenazando a alguien.

No quería que Tomás viera hasta qué punto había conseguido asustarla.

—Has venido a utilizarla para obligarme a confesar un asesinato —dijo—. No vuelvas a llamarlo protección.

—He venido porque soy tu padre.

—Por eso sé lo que significa.

Tomás abrió la boca. Nora colgó antes de escuchar la siguiente orden.

Durante unos segundos él siguió hablando al otro lado del cristal.

Sin el teléfono, la voz quedó reducida al movimiento de los labios y a una vibración apagada.

Golpeó una vez la repisa con la palma, miró al funcionario y recompuso la expresión del padre preocupado con la que había entrado.

Nora permaneció sentada hasta que se abrió la puerta interior.

No quería escapar del locutorio. Quería salir porque había dado por terminada la conversación.

En el pasillo de regreso le temblaban las piernas.

Había pasado miedo y fingir lo contrario habría sido absurdo.

Fue fijándose en las puertas del pasillo mientras caminaba, intentando concentrarse en algo concreto, y repitió en silencio las frases que necesitaba conservar: «Todavía puede evitarse lo peor».

«No te estoy preguntando si quieres». «Aquello quedó cerrado hace muchos años». «Tu madre sigue en el pueblo».

Cuando volvió a la celda, se sentó en el borde de la cama.

Sacó la hoja del folleto y escribió las cuatro frases en la columna «Ahora».

En «Fragmento» no añadió nada. Tomás no le había devuelto ninguna imagen de aquella noche antigua y ella no iba a fabricar una para dar sentido a su reacción.

Bajo «No sé» anotó: qué se cerró, quién se lo pidió, qué sabe de la defensa y si Elena está en peligro inmediato.

Debajo trazó una línea y separó también lo que podía sostener de lo que solo sospechaba.

Tomás conocía los once minutos, la sustancia y la estrategia que pretendía imponerle; parte de esa información podía haber salido de las noticias o de un expediente filtrado.

Había defendido a Leza y le había ordenado que dejara de nombrarlo; eso no demostraba que el fiscal lo hubiera enviado.

Había dicho «aquello quedó cerrado»; la frase tampoco probaba por sí sola la existencia de un caso.

Por eso Daniel tendría que apoyarse en las pruebas, los registros y todo lo que pudiera comprobarse al margen de los recuerdos de Nora.

Pidió una instancia y escribió únicamente que necesitaba una comunicación urgente con su abogado. No incluyó nombres ni explicó el motivo. Esa parte prefería hacerla llegar por otra vía, sin poner por escrito los nombres de Leza y Tomás.

El resto de la tarde pasó despacio. Nora intentó seguir la rutina del módulo, pero la conversación con Tomás volvía una y otra vez a su cabeza. Repasó algunas de sus respuestas, sobre todo las que le dio impulsivamente, sin pensarlas y decidió que se las contaría a Tesa cuando pudiera verla.

A última hora de la tarde, cuando entró en la biblioteca, Tesa dejó sobre el carro el volumen que estaba registrando. Esperó a que Nora se acercara.

—¿Qué quería?

—Que aceptara una condena menor por matar a Inés.

—¿Y qué ofrecía a cambio?

—Dejar a mi madre fuera.

Tesa cerró los ojos un instante.

—Eso no es un trato.

—Ya lo sé.

Tesa apoyó una mano en el carro, sin acercarse.

—¿Le has contado lo de la puerta?

—No.

—¿Le has mostrado que le temes?

Nora miró las marcas que el teléfono había dejado en sus dedos.

—He tenido miedo, pero he intentado que no se me notara. Por fin he tenido una conversación con él de igual a igual.

Tesa asintió una vez. A su alrededor,la biblioteca siguió con su rutina.

Algunas internas buscaban libros, otras devolvían ejemplares y las funcionarias iban de un lado a otro.

Nora y Tesa podían hablar sin llamar demasiado la atención.

Nora le contó a Tesa lo esencial de la visita.

Las respuestas de Tomás las había anotado al volver a la celda y pensaba hacérselas llegar a Daniel, así que allí se centró en lo que más la había inquietado.

Cuando hablara con Daniel, le contaría la visita tal como había ocurrido.

El recuerdo de la mujer seguía siendo demasiado incompleto para sacar conclusiones, pero Tomás sí había dicho algo que Nora podía repetir palabra por palabra.

Ella solo había hablado de hechos ocurridos muchos años atrás y, aun así, él había respondido que aquello «había quedado cerrado».

Nadie había mencionado una denuncia ni una investigación. Esa parte había salido de él.

Daniel podría comprobar si detrás de aquellas palabras había algo real: una denuncia antigua, unas diligencias, cualquier asunto relacionado con Tomás o con Leza que hubiera terminado archivado. Nora no sabía qué iban a encontrar, pero por primera vez tenían un punto concreto por el que empezar.