26. La visita de Tomás
El día de la comunicación, Nora se despertó antes del primer recuento con la voz de Tomás todavía pegada al recuerdo.
«No abras esa puerta». Todo seguía detenido donde se había quedado la tarde anterior: una mujer arrastrándose sobre tierra mojada, una hoja de madera hinchada por la humedad y cuatro marcas a la altura de los ojos de una niña. No conseguía recordar nada más.
Se encendieron las luces de la galería, sonaron los cerrojos y la celda volvió a tener sus límites habituales.
Nora sacó del folleto la hoja dividida en tres columnas y repasó lo que había escrito.
Bajo «Ahora» añadió la solicitud de visita y su decisión de aceptarla.
En «No sé» anotó dos preguntas: quién había dicho a Tomás dónde estaba y quién le había pedido que fuera.
En la hoja, dejó sin identificar a la mujer.
Había prometido a Elena que no preguntaría a Tomás por ella y pensaba cumplirlo.
Sí podía mencionar a Leza, porque su relación con Tomás ya aparecía en los documentos, y observar cómo reaccionaba.
Pero no pensaba hablarle de la cicatriz, de la puerta ni de lo que acababa de recordar.
Elena seguía viviendo con Tomás, y Nora no quería hacer nada que pudiera ponerla en peligro.
La tarde anterior, en la biblioteca, Tesa le había dicho que aceptar la comunicación con Tomás no significaba tener que contárselo todo.
Nora había pensado mucho en eso durante la noche.
No necesitaba conseguir todas las respuestas de una vez.
Le bastaba con saber qué quería preguntarle, qué cosas prefería guardarse y observar cómo reaccionaba cuando mencionara ciertos nombres.
Quería saber quién creía Tomás que podía sacarla de allí, medir cuánto conocía de la investigación y comprobar qué le ocurría al oír el nombre de Leza. Nada más. La puerta, la cicatriz y la mujer sobre la tierra mojada se quedarían fuera de aquella conversación.
Nora dobló el papel y volvió a guardarlo.
Había pasado años fijándose en cómo su padre dejaba las llaves, cuánto tardaba en responder o hacia dónde miraba justo antes de golpear.
Tomás la había obligado a aprender a leerlo para sobrevivir.
Esta vez utilizaría ese aprendizaje sin intentar adelantarse a sus deseos para obedecerlos.
La llamaron después del desayuno. Una funcionaria comprobó su identidad, le indicó que dejara cualquier objeto en el módulo y la condujo por dos pasillos hasta la zona de comunicaciones.
En el lado de las internas había una fila de locutorios estrechos separados por paneles grises.
Cada puesto tenía un taburete fijado al suelo, un teléfono negro y un cristal grueso que devolvía el reflejo de Nora mientras la zona de visitas permanecía vacía.
Ocupó el número cuatro. Al otro lado fueron entrando personas en los puestos contiguos: una mujer mayor que apoyó las dos manos en el vidrio, un hombre con un niño en brazos, dos hermanas que empezaron a hablar antes incluso de descolgar.
Las voces, deformadas por los teléfonos y las separaciones, llegaban convertidas en un murmullo sin palabras.
Nora miró el reloj sobre la puerta. La comunicación duraría al menos veinte minutos.
A Tomás le bastaba mucho menos para imponer lo que quería en casa durante toda una tarde.
Entró el último.
Llevaba una camisa clara, una chaqueta oscura y el cabello peinado con la raya exacta que reservaba para el banco, el médico o cualquier sitio donde alguien pudiera recordarlo después.
Antes de sentarse, miró al funcionario del pasillo y lo saludó con una inclinación de cabeza.
Nora recordó la fotografía que aparecía junto al nombre de su padre cuando la llamaba.
Tomás tenía ahora la misma expresión tranquila que mostraba en aquella imagen.
Al verla, frunció el ceño con una preocupación medida al milímetro. Levantó el auricular y señaló el de Nora. Ella dejó pasar unos segundos, hasta que él repitió el gesto. Entonces descolgó.
—Mírate —dijo él, sin saludar—. Estás en los huesos.
La voz cruzó el cristal con una proximidad que el grosor de la mampara no conseguía reducir.
A Nora se le encogió otra vez el estómago, con la misma mezcla de miedo y tensión que sentía cuando vivía en casa.
Apoyó bien los dos pies en el suelo. El taburete, el panel gris, el teléfono y el reloj pertenecían al presente.
Tomás estaba a menos de un metro, pero no respiraban el mismo aire.
—¿Te dan de comer? ¿Duermes sola? —continuó—. Te he traído ropa, pero me han dicho que hoy no podían cogerla. No sé qué clase de sitio permite que una chica llegue a este estado.
Encadenó las preguntas sin dejar hueco para responder.
Nora conocía aquella forma de cuidado repentino.
Tomás enumeraba necesidades hasta encontrar una que pudiera cubrir y, en cuanto alguien aceptaba algo, convertía aquel gesto en el derecho a decidir también por ella.
Incluso allí necesitaba presentarse como el hombre que llevaba una bolsa de ropa a una hija a la que nadie protegía.
—¿Mamá sabe que has venido?
—Tu madre apenas duerme desde que te detuvieron. Lo primero que preguntas es si me ha dado permiso.
—He preguntado si lo sabe.
Tomás se echó hacia atrás. Llevaba todo el viaje preparando aquella acusación de ingratitud, y la insistencia de Nora acababa de darle la excusa.
—Sabe que estoy intentando arreglar lo que tú has destrozado.
—¿Está en casa?
—¿Dónde quieres que esté?
La respuesta le dio más miedo que alivio. Nora respondió intentando que no se le notara el miedo en la voz.
—Ella no te pidió que vinieras.
—Ella no está en condiciones de pedir nada. Lleva semanas soportando llamadas, preguntas y miradas en el pueblo por tu culpa. Aun así, lo único que le preocupa es que salgas de aquí.
Tomás siempre había utilizado el dolor de Elena como una deuda que Nora debía pagarle a él. En el autobús la amenaza había sido directa: «TU MADRE VA A PAGAR ESTO». Allí seguía intentando decidir por ella, solo que esta vez lo hacía parecer preocupación.
—¿Cómo piensas sacarme?
La pregunta lo hizo inclinarse hacia el cristal. Debió de interpretarla como la primera rendición.
—He hablado con gente que conoce los juzgados. Gente seria, no ese crío del turno de oficio que quiere hacerse un nombre contigo. Todavía puede evitarse lo peor, pero tienes que dejar de complicarlo.
—Daniel no me ha pedido que me declare culpable.
—Por eso vas a pasar media vida aquí mientras él aprende a ser abogado.
Tomás bajó la voz. La preocupación se volvió confidencia, ese tono suyo que precedía a las órdenes cuando quería hacerlas pasar por una elección.
—Admites que discutiste con esa mujer. Dices que descubriste que te había engañado, que perdiste el control y que no querías matarla.
Con lo de tu cabeza y la sustancia que encontraron, pueden aceptar que no estabas bien.
Se negocia una condena menor. Cumples una parte, haces lo que tengas que hacer dentro y sales todavía joven.
Nora lo dejó terminar. No había llamado a Inés por su nombre.
La había reducido a «esa mujer», igual que los titulares la reducían a consumo y secretos.
Tampoco hablaba de una oferta concreta de la Fiscalía.
Hablaba de algo que, según él, podía conseguir si Nora aceptaba repetir la historia adecuada.
—No la maté.
—No sabes qué hiciste durante once minutos.
La precisión le recorrió la espalda. El vacío de memoria ya había salido en los medios, pero al oír a Tomás hablar de ello, Nora tuvo la sensación de que lo estaba utilizando contra ella.
—Sé que esa confesión sería mentira.
—Lo que sabes te ha traído hasta aquí.
—Huir de ti me trajo a la ciudad. Alguien preparó lo demás.
La boca de Tomás se endureció apenas un instante. Después volvió a su sitio.
—Sigues creyendo a gente que te utiliza. Primero esa mujer y ahora el abogado. Yo soy el único que ha venido a ofrecerte una salida.
—¿Quién te la ha ofrecido a ti?
—Ya te he dicho que he hablado con personas que entienden cómo funciona esto.
—¿Con quién?
—No necesitas saberlo.
—Necesito saber quién quiere que confiese.
Tomás apretó los labios. Detrás de él, el funcionario recorrió el pasillo y se detuvo un momento junto a otro locutorio. Tomás esperó hasta que volvió a alejarse.
—No te estoy preguntando si quieres —dijo—. Te estoy diciendo lo que vas a hacer.
Nora reconoció la estructura antes incluso de asimilar las palabras.
Leza había hecho lo mismo con Inés: había convertido una negativa en una orden.
Durante años, Tomás había dado órdenes como si fueran lo más normal del mundo y, cuando alguien se resistía, conseguía hacerle sentir que el problema era suyo.
—¿Te ha enviado Gabriel Leza?
La máscara no se le cayó de golpe. Primero quedó inmóvil. Luego los dedos se cerraron alrededor del auricular y el cable se tensó sobre la repisa. La mirada de Tomás dejó de buscar a la hija encerrada y adquirió otra atención, más fría: ahora calculaba cuánto podía saber una testigo.
—No vuelvas a pronunciar ese nombre.
—¿Por qué?
—Porque no sabes con quién estás jugando.
—No estoy jugando. Inés guardaba una orden bancaria con tu firma y documentos que os situaban juntos cuando yo era niña.
—Esos papeles no prueban nada. Aquello quedó cerrado hace muchos años.
Tomás contestó sin pensárselo. En cuanto terminó la frase, se dio cuenta de lo que acababa de decir. Se separó del respaldo y miró hacia el pasillo, pero ya era tarde.
La reacción de Tomás le confirmó que el problema no era solo Leza.
También había algo en aquel pasado que seguía poniéndolo en guardia.
Había llegado cuando Nora unió ese nombre, la firma de Tomás y los años de su infancia.
No demostraba qué había ocurrido ni quién había intervenido para enterrarlo.
Permitía sostener algo mucho más limitado: Tomás había contestado como si reconociera un antecedente que Nora solo había mencionado como algo ocurrido muchos años atrás.