La versión de Nora 25. La cicatriz
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25. La cicatriz

CUARTA PARTE · AQUELLA NOCHE

Tesa no abrió el libro. Se quedó con las manos apoyadas sobre la cubierta mientras, al otro lado de la sala, una interna devolvía dos novelas al mostrador y otra discutía en voz baja con la funcionaria porque el ordenador de consulta volvía a estar bloqueado.

Poco a poco, la biblioteca recuperó sus ruidos habituales, pero Nora seguía oyendo la frase que Tesa acababa de pronunciar: a las muertas no les permiten contradecir a nadie.

En aquellas palabras había dolor. No la indignación abstracta de quien reconoce una injusticia ajena, sino algo más personal, algo que Tesa había dejado asomar demasiado tarde.

—¿La conocías? —preguntó Nora.

Tesa levantó los ojos. La expresión se había cerrado de nuevo.

—¿A quién?

—A Inés.

Una de las funcionarias pasó cerca de la mesa empujando un carro de libros. Tesa esperó a que se alejara antes de contestar.

—Han dicho su nombre veinte veces desde ayer. No hace falta conocer a una muerta para saber cuándo están utilizando su vida contra ella.

—No te he preguntado por qué te ha molestado.

—Y yo no te he contestado que la conociera.

Semanas atrás, una evasiva como aquella habría sido otra pared.

Ahora Nora empezaba a distinguir mejor la forma de lo que Tesa protegía.

No sabía si era a Inés, a sí misma o a algo que las unía, pero el libro cerrado, los dedos tensos sobre la cubierta y aquella forma de contener el rostro no pertenecían a una simple opinión sobre las noticias.

—Leza ha hablado por ella —dijo Nora—. También intenta hablar por mí. Convierte todo lo que no podemos explicar en lo que más le conviene.

—Eso hacen los hombres como él.

—Esta vez no voy a dejarlo.

Tesa inclinó apenas la cabeza. Parecía menos interesada en valorar la promesa que en calcular el precio que Nora podía pagar por cumplirla.

—Entonces aprende a distinguir entre hablar y entregarles la frase que necesitan.

Nora pensó en los once minutos y en lo fácil que resultaba llenar desde fuera una ausencia.

Pensó también en la mujer sentada frente a ella, que desde su llegada dosificaba cada palabra como si supiera que una respuesta podía ser más peligrosa que una pregunta.

No insistió. Ya había aprendido que Tesa cerraba mejor las puertas cuando se sentía acorralada.

La mañana siguiente empezó con una noticia distinta. Durante el recuento, una funcionaria se detuvo frente a la celda 214 y consultó la hoja sujeta a una carpeta.

—Varela, tiene solicitada una comunicación para mañana.

Nora se acercó al umbral.

—¿Con quién?

—Tomás Varela. Figura como su padre. Puede rechazarla. Si quiere anularla, comuníquelo antes de esta tarde.

El nombre le encogió el estómago antes de que pudiera pensarlo.

Su primera reacción fue la misma que había sostenido desde el ingreso: no quería llamadas al domicilio, no quería que Tomás supiera nada de ella y no pensaba volver a sentarse delante de una orden pronunciada con aquella calma que siempre precedía a algo peor.

La funcionaria siguió por la galería mientras Nora todavía intentaba decidir.

Durante el desayuno apenas probó el café.

Aceptar la visita no le devolvería lo que faltaba de su infancia ni convertiría un recuerdo en una prueba.

Rechazarla tampoco impediría que Tomás siguiera existiendo en el expediente, en la orden bancaria, en las notas de Inés y en cada reacción de su cuerpo que todavía llegaba antes que las imágenes.

Por primera vez, sin embargo, podía decidir si quería mirarlo en un lugar que él no hubiera elegido.

Decidió esperar hasta que pudiera hablar con Tesa en la biblioteca.

Allí la encontró de pie detrás del mostrador, clasificando una caja de devoluciones.

La sala estaba menos concurrida que el día anterior.

Dos internas trabajaban en los ordenadores de consulta y otra copiaba a mano un formulario en una mesa próxima a la ventana.

Nora dejó un libro en el carro y esperó a que la funcionaria responsable autorizara su paso hacia las estanterías del fondo.

Tesa no preguntó por qué había ido. Señaló con la barbilla un volumen mal colocado en la balda superior.

—Si vas a quedarte mirando, al menos sirve para algo.

La frase habría parecido seca en boca de cualquiera. En Tesa era casi una forma de fabricar normalidad. Nora tomó el libro que tenía más cerca y lo colocó donde correspondía. Luego la vio subirse al pequeño escalón de plástico que utilizaban para alcanzar los estantes altos.

Tesa levantó el brazo izquierdo para sacar un tomo grueso encajado contra el lateral.

La camiseta gris se tensó y se desplazó unos centímetros por la espalda.

Fue un instante, apenas lo suficiente para dejar al descubierto un tramo de piel bajo el omóplato y una marca antigua que descendía en diagonal hacia las costillas.

La cicatriz era ancha, irregular. No tenía la línea limpia de una intervención quirúrgica: la piel se hundía en un punto y se elevaba en otro, como si la herida hubiera cerrado sin el cuidado que necesitaba. Nora ni siquiera llegó a preguntarse por qué la miraba.

De pronto volvió aquel olor a tierra mojada, madera húmeda y algo metálico. Nora se quedó quieta. Durante unos segundos dejó de notar la biblioteca y sintió frío en las rodillas, como si estuviera otra vez sobre una superficie húmeda y blanda que cedía bajo su peso.

Una mujer se arrastraba a pocos metros.

Nora no le vio la cara. Vio un hombro descubierto por la tela rota, el cabello pegado al cuello y una mano que se hundía en el barro para avanzar.

La espalda se doblaba con un esfuerzo que parecía no llevarla a ninguna parte.

Allí donde acababa de ver piel cicatrizada apareció, dentro del fragmento, una franja oscura que la niña no sabía nombrar.

Delante de la mujer había una puerta de madera cerrada, hinchada por la humedad, con cuatro marcas a la altura de los ojos de Nora. Una bombilla oscilaba encima, haciendo aparecer y desaparecer el suelo a intervalos. La mujer alargó un brazo hacia la puerta, pero no llegó a tocarla.

Entonces oyó la voz.

—No abras esa puerta.

Aquella voz ya había aparecido otras veces en los fragmentos, baja y cercana, sin un rostro al que unirla. Esta vez Nora reconoció la calma que precedía a los golpes, la pausa con que cada orden se volvía amenaza, el peso puesto en la última palabra.

Era Tomás.

El fragmento se detuvo ahí. No mostró si la mujer llegaba hasta la puerta, si alguien la levantaba del suelo ni qué hacía la niña después de oír la orden.

Aun así, la culpa apareció enseguida: la puerta estaba cerrada, su padre había prohibido abrirla y la mujer seguía al otro lado.

Durante años Nora había temido haber hecho algo terrible sin recordarlo.

Ahora asomaba el miedo contrario, quizá más antiguo: no haber hecho nada cuando todavía podía.

Intentó retener el rostro de la mujer y solo encontró cabello, tela rasgada y una mano cubierta de tierra.

Cuanto más trataba de obligarla a volverse, más inestable se hacía la imagen.

Se dio cuenta de que estaba intentando completar un recuerdo que todavía no tenía.

Paró. Lo último que podía ver con claridad era aquella puerta cerrada.

—Mira la ventana —dijo Tesa.

La biblioteca volvió de golpe. Nora tenía una mano cerrada sobre el borde de una estantería y la otra contra la boca. Tesa ya había bajado del escalón y se mantenía a dos pasos, inmóvil, sin intentar tocarla.

La primera tarde que coincidieron en aquella misma biblioteca había hecho algo parecido.

Cuando el sonido de la puerta al cerrarse dejó a Nora bloqueada, Tesa se quedó a distancia y le dijo que mirara la ventana.

Entonces Nora pensó que simplemente estaba acostumbrada a ver reacciones como aquella.

Ahora, después de ver la cicatriz y de recordar a la mujer junto a aquella puerta, empezó a preguntarse si había otra razón.

Nora alzó la vista hacia el ventanal alto y fue fijándose en lo que tenía delante: la malla exterior, el lomo azul de un diccionario, el carro metálico, el fluorescente sobre el mostrador.

Recordaba lo que había ocurrido justo antes y sabía dónde estaba.

Esperó hasta que pudo respirar con normalidad.

Tesa no tuvo que repetírselo.

—¿Qué has visto?

Nora la miró.

—¿Por qué das por hecho que he visto algo?

—Porque hace un momento estabas aquí y después no estabas mirando ninguna estantería.

No había compasión en el tono de Tesa. Había una urgencia contenida y algo que a Nora le costó más admitir: miedo.

—Una mujer en el suelo —dijo Nora.

Los dedos de Tesa se cerraron alrededor del libro que todavía sostenía.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Había una puerta?

La pregunta quedó suspendida entre las dos. Nora no había mencionado ninguna puerta. Tesa debió de darse cuenta del error porque dejó el libro sobre el carro y retrocedió medio paso, pero ya era tarde para recoger lo dicho.

—Esa era la respuesta que querías —dijo Nora—. El precio de la deuda.

Tesa tardó en contestar.

—Quería saber cuánto recordabas.

La admisión no explicaba por qué había reconocido su apellido, por qué la protegía ni cómo había podido anticipar una puerta de un recuerdo que Nora nunca le había contado. Solo cambiaba la naturaleza de la deuda: no era una deuda, sino una espera.

—¿Desde cuándo?

—Desde que entraste aquí.

—Me dijiste que no contara todo lo que sé.

—Te lo dije para que sobrevivieras aquí dentro.

La respuesta esquivaba con cuidado cualquier explicación adicional.

Nora pensó en Inés preparando una habitación, un empleo y una supuesta casualidad antes de pedirle confianza.

Pensó también en Leza decidiendo qué significaban sus silencios.

No iba a permitir que la necesidad de respuestas volviera a convertirla en un objeto que otros se pasaban de mano en mano, aunque alguno creyera estar salvándola.

—Recuerdo a una mujer arrastrándose —dijo—. La puerta estaba cerrada. He oído a mi padre.

Tesa apoyó una mano en el borde del carro. El metal emitió un sonido leve.

—¿Qué decía?

—Eso no forma parte de la deuda.

Esta vez, la dureza de Tesa no alcanzó a ocultar la rabia. No iba dirigida contra Nora. Le cruzó el rostro y desapareció enseguida, como algo que llevaba años entrenándose para no mostrar.

—No rellenes lo que falta —dijo—. Una imagen no te obliga a construir la escena entera.

—Eso mismo hace Leza con mis once minutos.

Tesa miró hacia el mostrador. La funcionaria ayudaba a una interna con el ordenador y no parecía prestarles atención. Sacó de un cajón una hoja y un lápiz corto y los dejó en una mesa lateral.

—Escribe lo que ha aparecido antes de que cambie. Mañana recordarás el recuerdo de hoy y no siempre será lo mismo.

—¿Otro favor?

—Una hoja. Puedes dejarla donde está.

Tesa regresó al carro y empezó a ordenar libros de espaldas a ella. Nora esperó unos segundos. Después tomó el lápiz. No escribió una narración. Trazó dos líneas y puso tres encabezados: «Ahora», «Fragmento», «No sé».

En la primera columna anotó la cicatriz de Tesa: únicamente el tramo que había visto y el lugar aproximado de la espalda.

En la segunda escribió la tierra bajo las rodillas, la mujer arrastrándose, la puerta hinchada, las cuatro marcas, la bombilla y la voz de Tomás.

Dudó antes de añadir las palabras. Finalmente las copió entre comillas: «No abras esa puerta».

La tercera columna terminó ocupando más espacio.

La identidad de la mujer, el lugar, su propia edad: no podía afirmar nada de aquello.

Tampoco podía saber si la cicatriz que acababa de ver y aquella franja oscura en la espalda de la mujer que recordaba pertenecían a la misma persona, si era la noche mencionada por Elena, si Gabriel Leza había estado allí o qué había ocurrido antes y después.

Ni siquiera escribió que hubiera obedecido a Tomás. La puerta cerrada era el último punto del fragmento, no una prueba de que hubiese permanecido así. Parecía una diferencia pequeña, pero separaba lo que recordaba de la culpa que su padre había conseguido dejar dentro de ella durante años.

Leyó la lista. Esta vez, aquello que ignoraba no borraba lo que sí conservaba; simplemente le ponía límites.

—Se lo contaré a Daniel —dijo.

Tesa colocó otro volumen en el carro.

—A él, sí. Tal como lo has escrito. Y aquí dentro no pronuncies el nombre de tu padre ni el de Leza junto a esa puerta donde cualquiera pueda oírlo.

—¿Porque alguien puede venderlo?

—Porque la gente que lleva años enterrando algo no espera a averiguar cuánto has desenterrado. Se mueve en cuanto entiende que has empezado.

Nora dobló la hoja cuatro veces. No sabía si Tesa la advertía o si acababa de admitir que conocía a quienes podían temer aquel recuerdo. No preguntó. Sabía que presionarla en ese momento podía hacer que Tesa se cerrara.

Antes de que terminara la hora de biblioteca, Nora le contó lo de la comunicación solicitada por Tomás. Tesa no reaccionó al nombre; quizá porque ya lo esperaba, quizá porque había aprendido a no regalar ninguna reacción que pudiera convertirse en información.

—Todavía no he decidido si aceptarla —dijo Nora.

—No te diré que vayas.

—¿Y que no vaya?

—Tampoco.

Nora esperó.

Tesa apoyó ambas manos sobre el carro.

—Ha conseguido llegar hasta aquí convertido en una solicitud. Eso no significa que tengas que abrirle nada.

La frase rozó demasiado de cerca el recuerdo, pero esta vez Nora no se fue con él.

Miró la hoja doblada que sostenía en la mano.

Ver a Tomás no convertiría el fragmento en una prueba ni le devolvería lo que faltaba.

Tal vez, sin embargo, le permitiera hacer una pregunta, observar una reacción y llevarle a Daniel algo que no naciera únicamente de una imagen.

Cuando regresó al módulo de preventivas, buscó a la funcionaria antes de que terminara el plazo.

—La comunicación de mañana —dijo—. No la anule.

La mujer comprobó su nombre y marcó una casilla.

Nora guardó la hoja de las tres columnas dentro del folleto de normas, junto a la noticia sobre Inés.

A ambos lados de aquella portada quedaban dos versiones que podían volverse contra ella: la que Leza había construido sobre una muerta y la que su padre llevaba años construyendo sobre su memoria. Ninguna decidiría qué debía recordar.

No pensaba decirle a Tomás lo que había visto. Quería averiguar qué temía.