24. Era una informante #2
Daniel no dejó pasar el nombre de Tomás y preguntó cuándo lo había conocido.
La fiscal se opuso porque aquella relación antigua excedía el objeto de la declaración, y el juez dejó la cuestión pendiente de una petición fundada en documentos.
Leza no necesitó mentir. La decisión ajena le permitía guardar silencio.
Antes de terminar, Daniel regresó a Inés.
—Si consideraba que podía estar consumiendo sustancias, sometida a vínculos que afectaban su libertad y expuesta en locales relacionados con explotación, ¿por qué no promovió ninguna actuación para comprobar si era una víctima?
—Porque una persona adulta puede rechazar ayuda y porque un fiscal no debe convertir una sospecha en tutela forzosa —respondió Leza—. Respeté sus decisiones, incluso cuando no las compartía.
La frase podía haber salido de un protocolo sobre autonomía de las víctimas. Aplicada a una mujer a la que, según Nora, él ordenaba presentarse los miércoles, quedaba demasiado claro.
Al concluir, Leza recordó que no formulaba acusación en aquel procedimiento y que no había intervenido en él desde que conoció la muerte.
El juez hizo constar la afirmación. Daniel también.
Sin acusar formalmente a nadie, Leza acababa de ofrecer un motivo para Inés, un rasgo de personalidad para Nora y una explicación profesional para cada contacto entre ambos.
La consecuencia apareció en el expediente al día siguiente.
La Policía Judicial pidió ampliar las entrevistas sobre la convivencia: si Nora controlaba los horarios de Inés, si se molestaba por sus ausencias y si existía entre ellas una dependencia afectiva no reconocida.
El conflicto real de la última tarde —Nora se había sentido utilizada— pasaba a sostener una hipótesis nueva.
Ya no era solo una joven inestable que había discutido con la mujer que la acogía, sino una joven posesiva que habría descubierto la vida secreta de Inés y reaccionado por celos.
A mediodía, una web local publicó que la víctima colaboraba de forma irregular con las autoridades y «frecuentaba entornos vinculados al consumo y a servicios de acompañamiento».
Otra hablaba de convivencia deteriorada y de un posible móvil afectivo.
Ninguna citaba a Leza. Todas recurrían a fuentes próximas a la investigación.
Daniel llevó las impresiones a la comunicación, aunque Nora ya había visto la noticia en el módulo. Alguien había repetido la palabra celos tantas veces que empezaba a seguirla por la galería convertida en broma.
—No estaba celosa —dijo Nora después de leer la primera página—. Estaba enfadada porque me buscó, me vigiló durante meses y decidió qué podía saber yo sobre mi propia vida. Quería alejarme de ella, nada más.
—Lo sé. La Fiscalía está intentando encajar el conflicto en una explicación del crimen. Necesito que distingamos otra vez lo que Inés te dijo de lo que dedujiste.
Nora cerró los ojos un instante, no para buscar nada dentro de los once minutos, sino para volver a una conversación que sí recordaba completa.
—Me dijo: «Gabriel entró en mi vida porque al principio creí que abrirle la puerta era una decisión mía. Después consiguió que cerrarla no cambiara nada».
Daniel copió la frase sin cambiar una palabra.
—También le oí decirle que esa semana no iría y él respondió ordenándole que el miércoles estaría allí. Puede llamarla informante todas las veces que quiera. Una informante puede negarse a una reunión sin volver drogada, con marcas en la muñeca o sin recordar dónde ha estado.
—Tu testimonio importa, pero tenemos que corroborar cada parte que podamos.
—Entonces empiece por no dejar que él declare por Inés.
Daniel levantó la vista del cuaderno y esperó.
—Eso es lo que ha hecho —continuó Nora—. Ha esperado a que estuviera muerta para convertir todo lo que le hizo en una historia sobre la clase de mujer que era.
Cuando regresó al módulo de preventivas, la televisión mostraba una fotografía de Inés tomada de una red social, ampliada hasta perder nitidez y recortada para dejarla sola.
El rótulo hablaba de una informante y de un crimen pasional.
A Nora le bastaron unos segundos para entender hasta dónde había llegado la versión de Leza.
Desde el otro extremo de la sala, una interna repitió la palabra celos y alguien se rio.
Nora apartó la vista antes de que el presentador terminara la frase.
Al día siguiente, durante la franja de biblioteca, Tesa estaba sentada al fondo con un libro cerrado sobre las rodillas.
Nora llevaba desde la víspera pensando si debía contarle aquello.
Su reacción al apellido Varela y aquella deuda que nadie le explicaba seguían formando una línea incompleta, pero Nora ya no necesitaba fingir que no la veía.
Tesa esperó a que Nora se sentara al otro lado de la mesa.
—Ayer hablaron de Inés en televisión —dijo Nora.
Tesa dejó el libro sobre la mesa.
—¿Qué dijeron?
—Que era informante de Leza. Que consumía, exageraba y confundía lo personal con la verdad.
Tesa bajó los ojos hacia las manos. Por un instante, la autoridad silenciosa que Nora había aprendido a reconocer en ella no alcanzó a ocultar algo parecido al dolor; los dedos se le hundieron en el borde del libro.
—A las muertas no les permiten contradecir a nadie —dijo.
Nora pensó en la pantalla del módulo y en el rostro de Inés recortado hasta caber en una historia sencilla.
Leza no había firmado el informe ni formulaba acusación contra ella, pero su versión ya estaba en el juzgado, en las noticias y dentro de la prisión.
Podía mantenerse fuera de la causa y, aun así, decidir qué significaba cada silencio.
Esta vez Nora no pensaba entregarle también el de Inés.