La versión de Nora 24. Era una informante
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24. Era una informante

Después de salir de la cafetería, Eva apareció en las cámaras de la estación durante cuarenta y seis segundos más.

En la primera grabación cruzaba el vestíbulo con la gorra baja y las manos en los bolsillos; en la segunda, atravesaba la puerta principal, se detenía junto a la acera y miraba hacia la parada de taxis.

La tercera apenas recogía un ángulo del paso de peatones.

Eva entraba en cuadro, desaparecía detrás de un autobús y, cuando el vehículo arrancaba, ya no estaba.

La policía había pedido imágenes de dos calles próximas y los datos del teléfono apagado.

Daniel pudo incorporar al juzgado la hora exacta de la salida, pero no intervenir en una búsqueda que seguía abierta y que, de momento, no tenía naturaleza criminal.

No había un coche reconocible ni una persona siguiéndola, tampoco un gesto que permitiera hablar de coacción.

Solo una mujer que había pronunciado el nombre de Gabriel Leza y que, pocas horas después, había dejado de ser localizable.

A la mañana siguiente, Daniel volvió una y otra vez a la frase con la que Eva se había despedido: si de verdad era el abogado de Nora, debía entender que Inés sabía distinguir entre proteger a alguien y ponerse ella misma en peligro.

No podía pedir a otra mujer que ocupara el hueco que Eva acababa de dejar.

Mucho menos afirmar que Leza hubiera provocado su desaparición.

Así que regresó a lo único que todavía podía sostener: los documentos.

Empezó por el teléfono principal de Inés.

El primer volcado había destacado sobre todo los mensajes con Nora y las comunicaciones de la noche del crimen, de modo que Daniel pidió el tráfico completo de los meses anteriores y la identificación de varios números que reaparecían los miércoles.

La resolución autorizó un cruce limitado a abonado, fechas, duración y celdas de conexión, sin acceso al contenido de conversaciones ajenas a la causa.

La compañía telefónica confirmó el resultado por escrito. Uno de aquellos números correspondía a un terminal corporativo adscrito a la Fiscalía Provincial y asignado a Gabriel Leza.

Daniel extendió las hojas junto al calendario que Nora había reconstruido.

Veintisiete contactos en cuatro meses; diecinueve caían en miércoles y casi todos precedían en menos de dos horas a las ausencias de Inés.

Varias llamadas se conectaban desde zonas próximas a Nácar, Velaria o Casa Norte, y otras desde el entorno del edificio donde ella vivía.

El registro no permitía saber quién había hablado, qué se había dicho ni siquiera si Leza sostenía el teléfono en cada ocasión.

Aquello demostraba que Inés y Leza ya tenían contacto antes de que Nora identificara su voz en televisión.

No había sido algo puntual: habían hablado más de una vez, y esa relación no aparecía en el atestado.

Después cruzó esas fechas con el segundo teléfono.

Inés había anotado matrículas y accesos con una prudencia que rozaba la desconfianza hacia sus propias conclusiones.

Junto a cinco de los miércoles aparecía la misma referencia: «G.

L. confirmado». En dos fotografías se veía el vehículo oficial utilizado por Leza entrando en aparcamientos vinculados a los clubes.

Ninguna mostraba a Inés con él ni demostraba que las llamadas formasen parte de la red que ella investigaba.

Aun así, la coincidencia entre terminal, lugares y notas hacía cada vez más difícil seguir tratando a Leza como un nombre introducido por Nora para apartar la atención de sí misma.

Daniel presentó un escrito y pidió tres diligencias: que la Fiscalía Provincial certificara si Inés Robles había sido informante, denunciante o fuente en alguna actuación; que se preservaran la agenda de servicio y los datos del terminal asignado a Leza; y que éste declarara como testigo sobre la naturaleza de los contactos.

No pidió que se lo investigara por homicidio.

Se limitó a exponer una relación documentada con la víctima y la necesidad de saber si existía para ella una explicación oficial.

La fiscal del procedimiento se opuso a la amplitud de la solicitud, aunque aceptó que el tráfico de llamadas debía aclararse.

Sostuvo que relacionar las coincidencias geográficas con actividades ilícitas podía desviar la investigación principal: la muerte de Inés y los indicios contra Nora.

Daniel se quedó mirando esa expresión. Leza aparecía veintisiete veces en el teléfono de la víctima y, aun así, pedir que explicara por qué seguía considerándose un desvío.

El juez acordó la certificación y la declaración de Leza, pero limitó la preservación a la agenda profesional y al tráfico del terminal corporativo.

Era menos de lo solicitado. También era la primera vez que Leza tendría que responder dentro de las actuaciones, no desde la distancia cómoda de una figura pública situada por encima de ellas.

Leza compareció tres días después.

Daniel lo reconoció antes de oír su nombre.

Llevaba un traje azul oscuro, una carpeta fina y la misma expresión atenta que mostraba en las entrevistas, como si cada pregunta mereciera ser escuchada aunque ya supiera la respuesta.

Saludó al juez, a la fiscal y a la letrada de la Administración de Justicia; a Daniel le dedicó una inclinación breve.

No había cámaras, pero su manera de ocupar la sala era exactamente la misma.

Antes de iniciar la declaración, el juez dejó constancia de que Leza no intervenía en la causa y le recordó su obligación de decir verdad como testigo.

La certificación de la Fiscalía Provincial ya figuraba incorporada: no constaban diligencias de investigación, expediente de protección ni actuación formal en la que Inés Robles apareciera como denunciante o informante.

—La ausencia de expediente no significa que no existiera contacto —dijo Leza—.

La señora Robles se acercó a mí de manera reservada.

Afirmaba disponer de información sobre establecimientos utilizados para distribuir drogas y captar mujeres.

Durante unos meses valoré si sus datos podían sostener una actuación formal.

Al escuchar a Leza, Daniel recordó lo que Nora le había contado. Ella había oído aquella misma voz dando órdenes a Inés desde el otro lado de una puerta. En la grabación, sin embargo, Leza hablaba con calma. No necesitaba levantar la voz para que los demás lo escucharan.

La fiscal preguntó por qué no había dejado constancia de los contactos.

—Inés exigía discreción y se negaba a formalizar una denuncia.

Proteger la identidad de una fuente mientras se comprueba su fiabilidad no es excepcional.

Informé verbalmente a mi superior de que estaba evaluando una posible línea, pero los datos nunca alcanzaron la consistencia necesaria para abrir diligencias.

—¿Por qué no eran consistentes?

Leza hizo una pausa breve.

—Mezclaba información verificable con interpretaciones personales.

Conocía esos ambientes, pero su relación con ellos no era solo la de una observadora.

Había consumo de sustancias, necesidades económicas y vínculos afectivos que alteraban a veces su relato.

Intenté orientarla hacia recursos de protección. Los rechazó.

Daniel vio completarse la maniobra mientras todavía conservaba la apariencia de una respuesta.

Los clubes dejaban de ser lugares donde podían drogar y controlar a mujeres para convertirse en ambientes que Inés frecuentaba.

Las sustancias pasaban de posible herramienta contra ella a consumo propio.

El miedo a denunciar se transformaba en falta de fiabilidad.

Leza no negaba las heridas: les cambiaba el significado hasta desacreditar a quien ya no podía discutirlo.

Cuando le concedieron la palabra, Daniel colocó delante la tabla de llamadas.

—Ha dicho que valoraba información. ¿Era necesario citarla diecinueve miércoles en cuatro meses?

—No todas esas comunicaciones terminaron en una reunión.

—¿Cuántas?

—No podría precisarlo sin consultar mi agenda.

—La agenda requerida recoge cinco encuentros. Los registros sitúan su terminal cerca de los locales en once ocasiones.

—Un teléfono corporativo no acredita por sí solo dónde estaba yo ni con quién me reuní. Imagino que usted mismo ha sostenido ese argumento respecto al teléfono de su defendida.

La observación era jurídicamente correcta y, además, estaba calculada para obligarlo a admitirlo. Daniel no la esquivó.

—Exactamente. Por eso no le pregunto qué demuestra el teléfono, sino por qué su versión explica solo cinco coincidencias.

Leza lo miró por primera vez sin la cortesía dirigida al conjunto de la sala.

—Porque han pasado meses y yo no construyo recuerdos para completar documentos.

Daniel dejó que la frase quedara registrada antes de preguntar si había visitado el domicilio de Inés.

—En dos ocasiones —respondió Leza—. Ella consideraba más seguro hablar allí.

—¿Le pidió alguna vez que una joven que vivía en el piso se marchara para recibirlo?

La fiscal se opuso porque la pregunta introducía el testimonio de Nora sin relación directa con la naturaleza de los contactos. El juez permitió reformularla.

—¿Sabía que Nora Varela vivía con Inés?

—Inés me habló de una joven a la que había acogido. La convivencia empezaba a resultarle difícil.

—¿En qué sentido?

—Dependencia, discusiones, una reacción desproporcionada cuando Inés se negaba a contarle aspectos de su vida privada. Le preocupaba que la muchacha confundiera gratitud con algún tipo de derecho sobre ella.

Daniel miró a la fiscal. Las notas ya no eran sobre Leza, sino sobre Nora.

—¿Inés utilizó el nombre de Nora?

—No al principio. Lo hizo más adelante, cuando comprendí que se trataba de la hija de Tomás Varela.