23. Mujeres sin apellido
Daniel tardó cuatro días en devolverle un apellido a Eva.
Mientras tanto, el nombre siguió en la primera columna de su tabla, unido a Velaria, a una fecha de siete meses atrás y a cuatro cifras que podían corresponder a cientos de teléfonos.
Se negó a rellenar el hueco buscando mujeres al azar o llamando a cualquiera que encajara a medias.
Inés había separado las identidades para que robar una carpeta no bastara para encontrarlas; convertir aquella precaución en una cadena de llamadas habría reproducido precisamente el riesgo que ella intentaba evitar.
Pidió al juzgado un cruce limitado. El recibo de hotel recuperado del segundo teléfono correspondía a la misma noche que la anotación de Eva y lo había abonado la sociedad de eventos vinculada a Velaria.
Daniel solicitó solo los registros de huéspedes que reunieran los datos disponibles y los metadatos de la llamada breve conservada en la extracción.
Añadió que, si aparecía alguna coincidencia, el domicilio y los datos de contacto debían quedar ocultos en las copias ordinarias hasta que pudiera valorarse la situación de la posible testigo.
La respuesta llegó un lunes por la mañana.
Una sola huésped llamada Eva había sido registrada aquella noche con un teléfono terminado en las cuatro cifras del directorio.
Tenía veintisiete años cuando se alojó en el hotel y había facilitado como contacto un número a nombre de su hermana.
Los registros conservados en la extracción confirmaban además que, dos días después, aquel número había recibido una comunicación de sesenta y ocho segundos desde el dispositivo de Inés.
Eva Soria.
Daniel leyó el nombre completo sin sentir la satisfacción que había esperado.
La petición había funcionado, sí, pero ahora el apellido existía dentro de un procedimiento al que accedían más personas que él.
El juzgado aún no había resuelto la reserva solicitada.
Hasta entonces, Eva seguía siendo una mujer protegida por una inicial en el teléfono de una muerta y, al mismo tiempo, expuesta por la diligencia necesaria para encontrarla.
Llamó al número de la hermana desde el fijo del despacho.
Una mujer respondió después de varios tonos y negó conocer a Inés Robles, Velaria o cualquier asunto relacionado con el homicidio.
Daniel no pronunció el apellido de Eva. Se identificó como abogado de Nora, dejó su número colegial y pidió que trasladara un mensaje sencillo: Inés había conservado una grabación sin apellidos y él quería saber si la mujer que hablaba en ella deseaba escucharla.
La llamada terminó sin que esa mujer le hiciera ninguna promesa.
A las siete y cuarto de esa tarde, recibió una comunicación desde un número oculto.
—No diga mi nombre —ordenó una voz femenina.
Daniel apartó la mano del teclado.
—No voy a decirlo.
—Ya lo sabe.
—Conozco una coincidencia documental. No sé si usted es la persona que busco ni qué relación tuvo con Inés.
La mujer guardó silencio tanto rato que Daniel alcanzó a oír un anuncio de trenes al fondo. Cuando volvió a hablar, dejó sin responder las dos preguntas.
—Mañana, a las once. En la cafetería de la estación interurbana. Si viene con policías, me voy.
Daniel explicó que era abogado de Nora y que no podía prometer confidencialidad sobre unos hechos si ella aceptaba convertirse en testigo. La voz lo interrumpió.
—No he dicho que vaya a serlo.
La cafetería estaba en una esquina del vestíbulo.
Eva esperaba en una mesa apartada, cerca de una de las salidas.
Cada pocos segundos levantaba la vista para comprobar quién entraba.
Llevaba el pelo recogido bajo una gorra y una chaqueta demasiado gruesa para el calor que hacía dentro.
No había pedido nada. Cuando Daniel se acercó, miró primero sus manos y después el maletín.
—Déjelo en el suelo.
Él obedeció y se sentó sin sacar el cuaderno.
Eva tenía el rostro más delgado que en la fotografía del registro del hotel.
Una línea pálida le cruzaba la ceja izquierda, aunque no era aquella marca lo que la hacía parecer distinta, sino la forma de mantener el cuerpo en alerta, preparado para levantarse.
Daniel le mostró la credencial apenas unos segundos y volvió a guardarla.
—¿Dónde está la grabación?
Sacó el reproductor del bolsillo, lo dejó sobre la mesa y explicó de dónde procedía: una copia forense autorizada del segundo teléfono de Inés.
No mencionó que su nombre aparecía en un recuadro rojo ni le enseñó las otras entradas del directorio.
Reprodujo únicamente el fragmento en el que una mujer afirmaba que les quitaban los bolsos antes de subir.
Eva cerró los ojos al oír el golpe final y le pidió que lo detuviera.
—Soy yo —dijo—. Inés preguntó antes de grabar. Prometió que no guardaría mi apellido.
Daniel ya sabía de quién era la voz, pero eso no bastaba. Si Eva se marchaba sin declarar, seguirían necesitando algo más para poder utilizar aquel audio. Apagó el aparato y esperó.
—¿Qué quiere saber?
—Qué era Velaria y por qué Inés la buscó.
Eva miró hacia el panel de salidas. Un grupo de estudiantes pasó junto a la mesa arrastrando maletas, y ella no reanudó la conversación hasta que dejaron de rodearlos.
La habían contratado a través de una empresa de personal para servir copas en una celebración privada.
El anuncio prometía cuatro horas, uniforme negro y una remuneración que duplicaba la de cualquier turno de hostelería.
Un minibús recogió a seis mujeres frente a un hotel.
Al llegar, un empleado guardó sus teléfonos y bolsos en compartimentos numerados con la excusa de proteger la intimidad de los invitados.
Los hombres subieron por otra entrada y conservaron los suyos.
—Nos dijeron que no aceptáramos dinero directamente, que todo se pagaba a la empresa —contó—.
Luego empezaron a repartir sobres cuando alguna se sentaba con un invitado.
Si no querías, te recordaban lo que habías firmado y lo que debías por el vestido, el transporte o la habitación. Siempre aparecía una deuda nueva.
Eva fue hablando de habitaciones distintas, de coches con conductor y de nombres que casi nunca estaban completos.
A algunos invitados los llamaban por el cargo; a otros, por una inicial.
Había empresarios que aparecían en fotografías de prensa, policías que dejaban la placa dentro del coche y funcionarios que sabían qué cámaras no grababan.
Ella no conocía el puesto exacto de todos, pero con el tiempo había aprendido a distinguir quién daba las órdenes y quién las obedecía.
Las drogas tampoco aparecían siempre de una forma visible.
A veces circulaban por las mesas; otras, una copa regresaba con un sabor distinto o una mujer perdía varias horas después de haber bebido mucho menos que las demás.
A quien protestaba le esperaba una explicación preparada: había mezclado sustancias, había aceptado dinero, había provocado al cliente.
Y si insistía en marcharse, aparecía alguien capaz de enseñarle una fotografía de su portal, el nombre de su madre o la matrícula del coche de una hermana.
—No tenían que encerrarnos —dijo Eva—. Conseguían que salir pareciera más peligroso que quedarse.
Inés había empezado a acudir los miércoles.
Eva la vio por primera vez en Velaria, vestida como las demás aunque sin trabajar para la misma empresa.
Un hombre decidía dónde debía sentarse y cuándo podía marcharse.
Aun así, encontraba momentos para advertir a las nuevas, copiar una matrícula o preguntar qué nombre querían que usara si algún día conseguía sacar aquella historia de allí.
A Eva la localizó después del segundo encuentro.
Hablaron en una plaza ruidosa y grabaron aquella frase porque era lo único que ella se atrevía a dejar registrado.
—¿Reconocería a las personas que daban las órdenes? —preguntó Daniel.
—A algunas.
—¿Las identificaría ante el juzgado?
Eva soltó una risa sin humor.
—Inés también hablaba del juzgado al principio.
Daniel le explicó qué medidas podía solicitar si el juzgado apreciaba un peligro grave: preservar su identidad durante la instrucción, impedir que el domicilio y el lugar de trabajo aparecieran en las copias, realizar la declaración con protección y valorar su seguridad antes de una citación pública.
No prometió anonimato absoluto ni aseguró que nadie relacionado con la causa llegaría a conocer su identidad.
Eva escuchó sin interrumpirlo, pero cada vez que él mencionaba un escrito o una resolución, sus ojos se desplazaban hacia el maletín.
—¿El fiscal está en este procedimiento? —preguntó.
—Gabriel Leza no figura como fiscal del caso de Nora.
El cambio fue inmediato. Eva retiró las manos de la mesa y golpeó con la rodilla la silla al ponerse en pie.
—No escriba ese nombre conmigo.
—No he dicho que usted lo conozca.
—No necesito que lo diga.
Daniel permaneció sentado. Si le preguntaba si había visto a Leza, si era el hombre que decidía dónde se sentaba Inés o si había pronunciado alguna amenaza, solo conseguiría asustarla más y condicionar lo que dijera.
—Si quiere terminar aquí, terminamos —dijo—. Pero necesito saber si está en peligro ahora.
Eva miró alrededor antes de volver a sentarse.
La estación continuaba funcionando con una normalidad que hacía todavía más visible su alarma: una máquina de café expulsó vapor, alguien discutió por un billete y una niña corrió hacia las puertas automáticas.
Nada indicaba una amenaza en el vestíbulo.
Ella, sin embargo, hablaba ya en voz casi inaudible.
—Una mujer fue a la policía. Había contado una parte, ni siquiera todo.
Antes de que volviera a casa, su declaración ya la conocía alguien del club.
Dos días después encontraron droga en un coche que utilizaba su familia.
Retiró lo que había dicho y el asunto desapareció.
—Se ajustó la gorra—. Inés entendió entonces por qué yo no quería apellido.
—Puedo pedir que la declaración sea urgente y que las medidas se acuerden antes de incorporarla de forma ordinaria.
—Y para pedirlo tendrá que escribir quién soy.
Daniel no intentó disfrazar la respuesta.
—Sí. El juzgado tendrá que saberlo.
—Entonces no voy a declarar.
La negativa no era una renuncia irracional ni demostraba que hubiera mentido.
Era una decisión tomada dentro del mundo que acababa de describir.
Daniel podía explicarle que, sin testimonios, sería más difícil deshacer aquella red; lo que no podía hacer era exigirle una valentía que las instituciones no habían sabido proteger.
Eva se levantó otra vez. Antes de marcharse, apoyó dos dedos sobre el reproductor.
—Inés no me pidió que salvara a nadie. Me preguntó qué podía guardar sin hacerme más daño. Si de verdad es el abogado de esa chica, empiece por entender que Inés sabía distinguir entre proteger a alguien y ponerse ella misma en peligro.
Daniel la vio cruzar el vestíbulo y salir por la puerta más concurrida.
No la siguió. Esperó diez minutos antes de abandonar la mesa y, de vuelta en el despacho, redactó una solicitud para que los datos de identificación obtenidos en el cruce quedaran temporalmente restringidos mientras se evaluaba el riesgo.
No relató la conversación ni atribuyó a Eva afirmaciones que ella se había negado a formalizar.
Fundamentó la urgencia en la conexión entre su registro hotelero, Velaria y un audio cuya interlocutora aún no constaba identificada en las actuaciones.
A las cuatro y treinta y ocho lo llamó la hermana de Eva.
—¿Sigue con usted?
Daniel miró la hora. Habían transcurrido más de tres horas desde que Eva salió de la estación.
—No. Se marchó poco antes de la una.
La mujer respiró al otro lado antes de contestar.
Eva le había dicho dónde estaría y había quedado en pasar por su casa después, pero no había llegado.
El teléfono que utilizaba para emergencias estaba apagado.
Tampoco se había presentado al turno de tarde y, en la habitación que alquilaba, seguían la ropa de trabajo, el cargador y el dinero que guardaba para el resto de la semana.
—¿Le dijo que pensaba irse? —preguntó Daniel.
—Eva llevaba años diciendo que quería irse. Cuando de verdad pensaba marcharse, yo me daba cuenta. Esta vez no preparó nada.
La hermana ya había comunicado la desaparición.
Daniel le pidió que facilitara a los agentes su nombre, el lugar y la hora de la reunión, y que no borrara llamadas ni mensajes.
Después informó al juzgado y solicitó la conservación inmediata de las cámaras de la estación y de los datos del teléfono.
No escribió secuestro, pero tampoco huida.
A las cinco y doce, lo único comprobable era que Eva había salido sola del vestíbulo y no había llegado a ninguno de los lugares donde la esperaban.
La resolución que restringía provisionalmente sus datos se notificó a las seis y tres.
Había llegado cinco horas tarde.
Daniel volvió a abrir las diecinueve páginas del directorio.
Junto a Eva figuraban Velaria, la fecha, las cuatro cifras y una palabra que hasta aquella mañana había leído como una descripción del pasado: miedo.
Añadió a su tabla la hora de la reunión, la salida de la estación y la llamada de la hermana.
En la columna de conclusiones no escribió el nombre de Leza.
La reacción de Eva, su relato y su desaparición formaban una secuencia alarmante, pero seguían sin acreditar quién la había intimidado ni qué había ocurrido después de la una.
Lo que sí sabía era mucho más grave: para encontrarla había tenido que introducir su apellido en el mismo sistema del que ella desconfiaba. Horas después de salir de la estación, nadie sabía dónde estaba Eva Soria ni qué le había ocurrido.
Si quería relacionar a Gabriel Leza con Inés, ya no podía pedirle a otra mujer asustada que sostuviera sola aquella verdad. Tendría que conseguir que los documentos hablaran por ella.