22. El segundo teléfono #2
Pidió la conservación íntegra de los accesos, de los dispositivos vinculados y de cualquier versión todavía recuperable.
Solicitó también que la copia forense quedara depositada y que la defensa pudiera designar a una perita para examinarla sin alterar el original.
Después imprimió el inventario preliminar y empezó a leer desde la primera línea.
Los archivos supervivientes no formaban una historia ordenada.
Había fotografías de matrículas tomadas desde lejos, recibos de hoteles, fachadas sin personas y capturas de transferencias cuyos conceptos hablaban de catering, seguridad o asesoría.
Varias hojas relacionaban cantidades, fechas y destinatarios; algunos eran empresarios y otros aparecían acompañados por cargos en la policía o en distintas administraciones.
El documento registraba pagos, pero no explicaba por sí solo qué compraban.
Tres carpetas llevaban nombres de clubes privados: Nácar, Velaria y Casa Norte.
Ninguno figuraba como propietario de los locales fotografiados.
Una misma sociedad de eventos aparecía pagando alquileres, vehículos y comidas en los tres, y Daniel la añadió a su lista de comprobaciones.
Aquello no demostraba ningún delito. Inés había reunido esos datos y, después de su muerte, alguien había intentado borrarlos.
Las grabaciones resultaron más difíciles de escuchar.
Contenían notas tomadas al salir de reuniones, fragmentos de conversaciones en lugares ruidosos y recordatorios pronunciados mientras caminaba.
En una se oía tráfico y la respiración acelerada de Inés antes de que su voz dijera: «Nácar, miércoles catorce.
Entrada por el garaje. Dos coches oficiales sin distintivo.
Comprobar matrículas». En otra, una mujer hablaba tan bajo que apenas se distinguía una frase: «Nos quitaban los bolsos antes de subir».
El audio terminaba con un golpe y varios segundos de ruido. No había nombre, fecha completa ni imagen que permitiera identificar a la mujer. Daniel lo marcó para análisis y siguió adelante.
El directorio de mujeres ocupaba diecinueve páginas.
Algunas entradas incluían un teléfono incompleto, un local y una fecha; otras, solo un nombre y una palabra: miedo, hospital, no localizada, volvió con él.
Varios nombres coincidían con los que Nora recordaba de la carpeta azul, pero tampoco allí aparecían apellidos.
Inés había repartido la información entre soportes distintos para que ninguno bastara por sí solo.
Esa precaución protegía a las mujeres y, al mismo tiempo, hacía más difícil encontrarlas antes que quien estaba tratando de borrar sus rastros.
Daniel llevó una copia del inventario a la siguiente comunicación con Nora. No incluyó los audios ni las fotografías, únicamente los encabezados autorizados y el informe sobre la eliminación. Ella buscó primero la hora.
—Las once y siete —dijo.
—Sí.
—Yo ya estaba detenida.
—Y el teléfono no se encendió. La orden llegó a la cuenta desde otra sesión. Tenemos que identificarla y demostrar quién la utilizó. De momento, esto no acredita quién borró los archivos.
Nora pasó el dedo por la lista. Se detuvo en Nácar y después en una sucesión de mujeres sin apellido.
—Inés sabía quiénes eran. Lo extraño era que hubiera decidido escribirlo de esa manera.
—¿Cómo lo sabe?
—En la carpeta había páginas separadas. Una lista con nombres y otra con datos que parecían no tener relación. Cuando le pregunté, dijo que un nombre completo podía hacer desaparecer a otra mujer.
Daniel recordó cómo estaban distribuidos los archivos.
No parecían incompletos por descuido: Inés había dividido las identidades de forma deliberada.
Para recuperar un apellido habría que cruzar la copia del teléfono con la carpeta, las fotografías y los documentos que habían sobrevivido al registro del piso.
—Hay una grabación —dijo—. No es el vídeo del que habló ni explica por qué la buscó. Es una nota de trabajo y un fragmento de otra mujer. No tiene que escucharla ahora.
Nora levantó la vista.
—¿Se oye a Inés?
—Sí.
Solo necesitó un instante.
—Quiero oírla.
Daniel dejó el reproductor sobre la mesa y bajó el volumen. La voz de Inés surgió entre motores y pasos, cansada, alerta, viva de una manera que ningún informe podía reproducir. Dictó el club, la fecha y las matrículas pendientes. Al final murmuró algo sobre comprar café antes de volver a casa.
Nora escuchó hasta el final con una mano cerrada sobre la otra. Le costó no llorar y, cuando terminó, pidió que no la repitiera.
—Ella guardaba cosas pequeñas para que juntas dijeran la verdad —dijo—. No busque una frase donde lo explique todo.
Daniel apagó el reproductor. La advertencia encajaba con lo que el expediente empezaba a enseñarle: ninguna anomalía bastaba, ninguna voz sustituía una prueba y ninguna memoria podía cargar con toda la historia.
Antes de marcharse, Nora señaló una entrada: «Eva», Velaria, una fecha de hacía siete meses y cuatro cifras finales de teléfono.
—Ese nombre estaba dentro de uno de los recuadros rojos de la carpeta azul —dijo—. Solo ponía Eva, pero al lado había un teléfono tachado.
Daniel copió la línea sin prometer que pudiera localizarla.
Cuatro cifras y un nombre frecuente no formaban una identidad.
Entre los archivos parcialmente eliminados, sin embargo, aparecían un recibo de hotel de la misma fecha y una llamada breve asociada a Velaria.
Cruzar ambos datos quizá permitiera encontrar a la persona que Inés había intentado proteger.
El segundo teléfono no resolvía el asesinato ni convertía a Gabriel Leza en autor de nada. Lo que dejaba era una copia incompleta, una limpieza ejecutada después de la muerte y diecinueve páginas de mujeres reducidas a un nombre sin apellido.
Una de ellas podía seguir viva, y Daniel sabía que no eran los únicos capaces de buscarla.