22. El segundo teléfono
Daniel presentó la solicitud antes de salir del centro penitenciario.
No pidió que le entregaran la llave ni que le permitieran abrir la caja por su cuenta: solicitó una diligencia urgente en el piso precintado, la intervención de cuanto hubiera dentro y, si la dirección mencionada por Nora conducía a otro lugar, autorización para preservar ese contenido antes de examinarlo.
Añadió por separado la petición de registrar cualquier dispositivo que apareciera y la información a la que pudiera dar acceso.
Encontrar un teléfono no daba derecho a leerlo sin más, y convertir la primera prueba ajena al relato policial en otra prueba vulnerable por culpa de la prisa sería un error difícil de reparar.
Esa misma tarde, el juzgado pidió una aclaración.
La fiscal quería saber por qué Nora había callado durante días una información que podía resultar relevante para el asesinato.
Daniel respondió sin concederle una confianza que todavía no existía: la llave constaba en el inventario desde la detención, la habitación había permanecido bajo control judicial y Nora había explicado desde el principio que temía que cualquier dato sobre Gabriel Leza acabara en manos equivocadas.
Podían discutir su silencio; lo que no cambiaba era que la llave estaba bajo custodia desde antes de que Daniel asumiera la defensa.
La resolución llegó a las nueve y doce de la mañana siguiente.
Autorizaba abrir la caja, incautar su contenido y, si aparecía un dispositivo, aislarlo y conservarlo.
El acceso a los datos quedaba condicionado a que el hallazgo se documentara y a que se realizara una copia forense cuya integridad pudiera comprobarse.
Daniel leyó dos veces el último párrafo.
La autorización no demostraba que Nora dijera la verdad, pero permitía comprobarlo de forma legal.
Poco después del mediodía entró en el piso acompañado por dos agentes de la Policía Judicial y la funcionaria encargada de levantar acta.
El precinto cruzaba la puerta principal y conservaba la fecha de la última inspección.
Uno de los agentes fotografió el sello antes de cortarlo; Daniel esperó en el rellano hasta que le indicaron que podía pasar.
El piso se veía distinto a como aparecía en las fotografías.
El cuerpo y el cuchillo ya no estaban, y la copa había sido recogida, pero seguían allí las marcas numeradas, el contorno oscuro sobre la alfombra y una zapatilla roja dentro de una bolsa transparente.
En la cocina, los platos continuaban en el escurridor y la bolsa de pan seguía abierta sobre la encimera.
Daniel entendió por qué Nora se resistía a hablar de Inés como de alguien que simplemente la había acogido.
Viendo el piso, resultaba evidente que entre ellas había habido una convivencia que el atestado apenas reflejaba.
No se quedó en el salón. La funcionaria leyó en voz alta la localización descrita por Nora y los condujo a la habitación del fondo.
El archivador de la derecha estaba separado unos centímetros de la pared; debajo, una pieza del zócalo mostraba dos tornillos ocultos con tapones del mismo color que la madera.
La caja estaba detrás de aquella pieza, fijada a la base del mueble.
—No figura en el primer registro —dijo uno de los agentes.
Daniel no respondió. Podían no haberla visto, no haberla buscado o haber considerado irrelevante una tabla atornillada. Las tres explicaciones seguían abiertas y ninguna autorizaba todavía a acusar a nadie.
La bolsa de efectos llegó cerrada con el mismo número de sello que constaba en el registro de custodia.
La funcionaria comprobó las firmas, abrió el embalaje y dejó la llave estrecha de latón sobre una bandeja.
Fotografió la cerradura antes de usarla y pidió que constara expresamente que no presentaba daños.
La llave giró sin resistencia.
Dentro no había ningún teléfono. Encontraron una funda de plástico, un recibo de pago y una tarjeta doblada en cuatro.
El recibo pertenecía a una empresa de consignas privadas cerca de la antigua estación de mercancías: Inés había alquilado una taquilla pequeña durante tres meses y la había pagado en efectivo.
En la tarjeta aparecían un número de compartimento, seis cifras de acceso y, debajo, otra secuencia precedida por una sola palabra: dispositivo.
Al final había dos instrucciones escritas con letra apretada: «Sin tarjeta. No conectar».
Uno de los agentes empezó a copiar los números.
Daniel se fijó en la tinta azul, en la presión desigual de las últimas letras y en el doble subrayado bajo no conectar.
Aquello no parecía una carta para quien encontrara la caja ni una explicación preparada para salvar a Nora.
Era un protocolo de emergencia, una sucesión de pasos en la que Inés había confiado más que en la posibilidad de estar viva para explicarlos.
La tarjeta y el recibo se guardaron en sobres separados.
La caja quedó abierta y la habitación volvió a cerrarse.
Desde el pasillo se oían los pasos de los agentes que se movían por el piso.
Daniel miró una última vez la puerta entreabierta.
En las fotografías de la escena había sido un elemento más; para Nora marcaba el punto exacto en que su memoria dejaba de obedecerla.
Todavía no sabía por qué, pero empezaba a pensar que quien había preparado la escena esperaba que Nora entrara en el piso.
La empresa de consignas ocupaba un local estrecho entre un taller de recambios y un almacén de paquetería, sin mostrador abierto al público.
Una empleada acudió después de que los agentes llamaran al número de asistencia y leyó la resolución antes de desbloquear el panel general.
Confirmó que la taquilla se había contratado con un nombre abreviado y que el sistema conservaba los accesos de los últimos noventa días.
—Esta es la última apertura —dijo la empleada, señalando el registro—. Después no aparece ninguna más.
Daniel comprobó la fecha. La taquilla se había abierto por última vez cuatro días antes de la muerte de Inés.
Anotó también la hora. El registro indicaba cuándo se había abierto, pero no quién lo había hecho.
Inés podía haber ido allí para guardar el teléfono, actualizar una copia o comprobar que seguía en su sitio. De momento, Daniel no podía saberlo.
El código abrió el compartimento cuarenta y siete.
Dentro había una bolsa metalizada cerrada con cinta, un cargador barato y un sobre de papel.
La agente especializada que los acompañaba pidió que nadie metiera la mano hasta que terminara de fotografiarlo todo.
Después sacó la bolsa con guantes y la dejó sobre una superficie limpia que habían preparado junto a la taquilla.
El teléfono era pequeño, negro y de un modelo que ya no se vendía nuevo. Estaba apagado. La bandeja lateral no contenía tarjeta alguna, y en el sobre aparecía la misma secuencia de seis cifras que Inés había escrito bajo la palabra dispositivo. La agente no intentó encenderlo.
—Si tiene alguna orden pendiente de borrado, conectarlo a una red podría ejecutarla —explicó mientras lo introducía en un contenedor de aislamiento—. Se abrirá en laboratorio y con la autorización incorporada al acta.
Daniel preguntó si podía conservarse una copia intacta antes de analizar los archivos.
La agente señaló el apartado correspondiente de la resolución: el dispositivo original permanecería intervenido, trabajarían sobre una extracción y registrarían la huella de integridad de cada copia.
Tampoco podía asegurar que el código permitiera desbloquear el teléfono ni que la información siguiera allí.
—¿Cuánto tardarán?
—Lo que tarde el teléfono en decirnos qué es y lo que tarde el juzgado en autorizar cualquier acceso fuera de él.
La respuesta le desagradó precisamente porque era correcta. Daniel quería saber qué contenía el teléfono cuanto antes, pero sabía que tenían que hacerlo bien. Presionarlos ahora solo porque aquella prueba podía favorecer a Nora no tenía sentido.
El primer informe llegó tres días después.
Daniel lo abrió de pie, antes incluso de quitarse el abrigo.
El código había funcionado. El aparato se utilizaba sin tarjeta telefónica y apenas conservaba llamadas o mensajes convencionales; servía sobre todo para acceder a una aplicación cifrada y mantener una copia local de determinadas carpetas.
Había grabaciones de voz, fotografías, hojas de pagos, nombres de locales y un directorio de mujeres identificadas casi siempre solo por el nombre de pila o por una inicial.
El índice enumeraba doscientos ochenta y seis archivos, pero menos de un tercio seguía disponible de forma completa.
El informe explicaba también qué había ocurrido con parte de los archivos que faltaban.
No se habían perdido por un fallo del teléfono: alguien había empezado a borrarlos desde otra sesión abierta con las mismas credenciales.
El juzgado pidió al proveedor del servicio que conservara los registros de acceso, y la primera respuesta situó el inicio del borrado masivo a las 23:07 de la noche del asesinato.
A esa hora, el segundo teléfono seguía apagado dentro de la consigna y Nora llevaba ya más de media hora bajo custodia policial.
Aquella sesión no identificaba a una persona. Había utilizado una conexión intermedia y credenciales válidas, de modo que las conclusiones debían detenerse ahí: alguien con acceso a la copia de Inés había seguido borrando archivos después de su muerte.
Daniel añadió la hora a la tabla sin rodearla ni escribir el nombre de Leza a un lado.
Las credenciales podían haberse compartido, robado u obtenido bajo amenaza.
Lo importante era que aquellos archivos no se habían perdido por accidente.
Alguien los había borrado: parecía el resultado de una acción con una cronología propia, independiente de Nora.