La versión de Nora 21. Diecisiete minutos #2
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21. Diecisiete minutos #2

El cuchillo vinculaba a Nora con el arma, aunque no conservaba ningún rastro útil de Inés en el mango.

Las cámaras omitían precisamente el intervalo crítico y recuperaban la imagen antes de la entrada de los agentes.

Los mensajes constaban como enviados desde la cuenta de Nora mientras ella estaba separada del teléfono y el aparato permanecía inmóvil a la vista de una cámara.

Ninguna de esas circunstancias la exculpaba por sí sola, y cada una podía tener una explicación.

Daniel empezaba a ver demasiadas coincidencias que encajaban con la misma versión de los hechos.

Hasta entonces había evitado poner por escrito la hipótesis porque temía convertir una reacción defensiva en una conclusión.

Ahora podía formularla como algo que debía comprobarse: quizá alguien no se hubiera limitado a utilizar lo ocurrido para incriminar a Nora, sino que hubiera preparado de antemano la versión que debía imponerse después.

La anotó al final de la tabla como una posibilidad, no como un hecho.

Las diligencias tendrían que confirmarla o descartarla.

Redactó el recurso contra la prisión provisional con la misma cautela.

No escribió que las pruebas fueran falsas.

Escribió que aún requerían comprobaciones y que no podían tratarse como un bloque cerrado; que la autoría de los mensajes no se desprendía automáticamente de su sincronización en el terminal; que la interrupción de las cámaras coincidía con el periodo crítico, y que el significado de las huellas debía separarse del hecho indiscutido de que Nora recuperó la conciencia sosteniendo el cuchillo.

La llamada de las diez y catorce abrió el recurso.

Era la única anomalía que empezaba antes de que Nora llegara.

Las demás mostraban hasta qué punto resultaba fácil construir después una secuencia sin huecos.

Al día siguiente consiguió una nueva comunicación con ella. Nora entró con la cautela de la primera entrevista, aunque esta vez miró el cuaderno antes que la puerta.

—¿Han encontrado quién llamó?

—Aún no. Han ordenado conservar la grabación. También he pedido los datos originales.

Daniel le explicó lo demás y dejó la palabra montaje para el final. Nora escuchó con los antebrazos apoyados en la mesa. Sólo cambió de postura cuando él mencionó que no había huellas útiles de Inés en el mango.

—¿Eso demuestra que yo no la maté?

—No. Demuestra que la historia del cuchillo no puede contarse tan deprisa como la contó la policía. Con las cámaras y los mensajes pasa lo mismo: por separado tampoco bastan.

—La noche que entraron a por la carpeta, mi teléfono cayó al suelo —dijo Nora—. Estaba junto a mí cuando empezó a hacerme efecto la inyección. La última persona que vi se detuvo a su lado.

Daniel abrió el cuaderno.

—¿Vio que lo cogiera?

—No. Vi sus zapatos junto al teléfono. Después perdí el conocimiento. Cuando desperté, Inés lo tenía porque había llamado a emergencias.

Aquello no demostraba que el intruso hubiese manipulado el aparato, pero situaba un momento anterior en el que pudo hacerlo sin que Nora pudiera impedirlo ni recordarlo.

Daniel amplió la solicitud pericial. Pidió que se examinaran, si todavía podían recuperarse, los datos de vinculación de la cuenta de mensajería: sesiones o dispositivos asociados, el momento de su alta y la actividad registrada alrededor de aquella primera agresión y de los cuatro envíos.

La pregunta debía ser concreta: si los mensajes habían sido generados desde el terminal físico intervenido o desde otra sesión vinculada a la misma cuenta.

Añadió al examen las aplicaciones instaladas y los cambios de configuración de aquella franja.

No sabía qué conservaría el sistema ni si sería posible identificar el dispositivo remoto o a quien lo hubiese manejado; no necesitaba suponerlo.

Por ahora bastaba con pedir una comprobación que separara el origen técnico de los mensajes de la simple presencia de una copia sincronizada en el teléfono de Nora.

—Entonces sigo aquí.

—Sí. He recurrido el auto y he pedido una pericial sobre el teléfono y el grabador. No puedo asegurarle que la dejen en libertad ahora.

Nora bajó los ojos. Daniel esperó que la respuesta terminara con el poco crédito que ella empezaba a concederle. En cambio, la vio respirar despacio, sin la rigidez defensiva de las primeras entrevistas.

—Al menos usted distingue lo que sabe de lo que quiere que signifique.

Daniel sacó una copia del registro de efectos. La bolsa que contenía la llave estrecha de latón seguía precintada; constaban la recogida, el depósito y las dos personas que habían firmado cada traslado. Desde el inventario inicial no figuraba ninguna apertura.

—Esto es lo que puedo acreditar sobre la llave —dijo—. Si me cuenta qué abre, pediré que cualquier acceso se practique como diligencia, con inventario y constancia de quién está presente. No mandaré a nadie a buscarlo por su cuenta.

Nora fue siguiendo con el dedo las anotaciones del registro, una tras otra. Al llegar a la última firma, se detuvo.

—Abre una caja fijada debajo del archivador de la habitación cerrada. Dentro hay una dirección y un código.

Daniel no escribió.

—¿Qué permiten encontrar?

Nora levantó la mirada.

—El segundo teléfono de Inés.

La llave seguía precintada y la habitación permanecía bajo control judicial.

Por primera vez desde que había recibido el expediente, Daniel tenía delante algo que todavía no había sido absorbido por la versión oficial.

Quizá pudiera protegerlo antes de que nadie lo tocara.

El problema era que, desde ese momento, ya no podían contar con ser los únicos interesados en llegar hasta allí.