21. Diecisiete minutos
Daniel recibió la primera respuesta del juzgado dos días después de haber detectado la llamada anticipada.
Todavía no tenía la grabación que había pedido y seguía sin saber quién había llamado a la policía a las diez y catorce.
La oficina judicial se limitaba a informar de que se habían ordenado conservar los registros de la sala operativa, el buzón de voz de Inés y las imágenes de la cafetería que todavía siguieran disponibles.
Sobre el resto de las diligencias decidirían cuando la causa incorporase los informes definitivos.
Leyó la notificación dos veces. En un procedimiento que parecía avanzar a impulsos ajenos, impedir que una prueba desapareciera antes de poder examinarla era, al menos, una forma de progreso.
Seguían sin explicar, sin embargo, por qué una llamada capaz de movilizar una patrulla cabía en tres líneas ni por qué nadie había identificado todavía su origen.
Abrió la tabla de la cronología y añadió una columna: comprobación pendiente.
Debajo de la llamada anotó grabación original, metadatos del aviso, identificación del comunicante.
Después volvió al expediente. Durante la noche, la plataforma había incorporado un bloque de anexos policiales sin índice: el informe preliminar de huellas, el acta de extracción del teléfono de Nora y una copia de las grabaciones del edificio, entre otros documentos.
Todos aparecían citados en el atestado desde el principio, aunque la defensa solo había conocido hasta entonces sus conclusiones.
Empezó por el cuchillo.
El informe describía un cuchillo de cocina de mango negro, intervenido en el salón después de que uno de los agentes lo apartara de Nora.
En la hoja del cuchillo se había confirmado sangre de Inés.
En el mango había material biológico de Nora y dos impresiones parciales compatibles con dos dedos de su mano derecha.
No se habían obtenido huellas útiles atribuibles a la víctima.
Daniel volvió a las fotografías de la escena.
En una imagen tomada desde la entrada de la cocina se veía un bloque de madera con cuatro cuchillos y un hueco vacío.
El arma parecía pertenecer al juego de cocina de la casa de Inés.
Que no conservara una sola huella identificable de la mujer que vivía allí admitía varias explicaciones: podía haber pasado por el lavavajillas, haberse usado con las manos húmedas o llevar días sin que Inés lo tocara.
También cabía que alguien lo hubiera limpiado antes de colocar los dedos de Nora sobre el mango.
Anotó las cuatro posibilidades. La última encajaba demasiado bien con lo que empezaba a sospechar, y eso le molestó.
Daniel sabía que una explicación que parecía encajar podía hacerles pasar por alto otras posibilidades.
No importaba cuál prefiriera él, sino qué examen permitiría distinguir unas posibilidades de otras.
Pidió las fotografías de detalle, el resultado completo de los revelados y la trazabilidad del arma desde la recogida hasta el laboratorio.
Añadió una ampliación pericial sobre la ausencia de otros rastros en el mango.
Al redactar el escrito, Daniel se ciñó a los resultados del laboratorio.
No había pruebas de que el cuchillo hubiera sido limpiado y el laboratorio no podía saber en qué momento se habían dejado aquellas huellas.
Preguntó si la superficie conservaba indicios compatibles con una limpieza y qué límites tendría esa conclusión.
Si la respuesta era que no podía saberse, también necesitaba que quedara por escrito.
El segundo anexo contenía las cámaras del edificio.
Había tres archivos: portal, rellano de la planta y ascensor.
Daniel abrió el primero. Vecinos entrando con paraguas, bolsas de compra, un perro que se detenía a olfatear la puerta.
A las 22:09:59, una mujer cerró el portal desde dentro.
La grabación siguiente comenzaba a las 22:27:00.
El vestíbulo estaba vacío y, desde ese punto, el reloj del sistema avanzaba con normalidad aparente.
Dos minutos después entraban los agentes.
Comprobó los otros dos archivos. El salto era el mismo: diecisiete minutos exactos sin imagen en las tres cámaras.
El informe policial hablaba de una interrupción del sistema de grabación, sin parte de avería, registro de mantenimiento ni copia del disco original.
Tampoco explicaba por qué el equipo había vuelto a funcionar antes de la llegada de la patrulla.
Llamó al administrador de la comunidad. El hombre empezó invocando la protección de datos y acabó aceptando que respondería únicamente sobre el funcionamiento del equipo.
No recordaba ningún corte de suministro aquella noche.
El ascensor había seguido operativo y ninguna vecina había avisado de que se hubieran apagado las luces comunes.
A la mañana siguiente, por indicación policial, la empresa de mantenimiento retiró el grabador y dejó otro de sustitución.
—¿Le entregaron algún parte? —preguntó Daniel.
—Un justificante de que había entregado la documentación, con el número del caso. A mí me dijeron que había fallado.
—¿Quién se lo dijo?
Al otro lado hubo una pausa breve.
—Uno de los agentes. Supuse que lo habrían visto en el aparato.
Daniel tomó nota. El administrador podía recordar mal, igual que un grabador podía fallar sin que se interrumpiera la electricidad del edificio.
Pero la palabra fallo no podía sustituir a un análisis técnico.
Presentó otro escrito solicitando el dispositivo original, el registro de eventos, el parte de retirada y una copia forense que permitiera averiguar si el vacío correspondía a una avería, una supresión o una exportación incompleta.
Antes de enviarlo, volvió a mirar las horas de la tabla.
La interrupción empezaba cuatro minutos antes del aviso y terminaba nueve minutos después de la entrada de Nora.
Si alguien había estado en el piso, las cámaras no mostraban su posible salida; tampoco mostraban la llegada de Nora, pero sí la de la policía.
Podía ser una coincidencia. Además, la coincidencia era demasiado exacta para pasarla por alto.
Dejó el teléfono para el final. El informe de extracción confirmaba que los cuatro mensajes discutidos en comisaría figuraban en la base de datos del terminal y constaban como enviados desde la cuenta asociada al número de Nora a las 20:43, 20:51, 21:06 y 21:12.
El aparato los había sincronizado. Eso no permitía establecer, por sí solo, desde qué sesión de la cuenta se había generado cada envío.
Pero los mensajes tampoco eran simples capturas impresas ni una transcripción aportada por un tercero: estaban en el dispositivo intervenido.
Entendía por qué el atestado había tratado ese dato como si resolviera la autoría.
Buscó entre los anexos el vídeo de la cafetería y no lo encontró.
Tampoco constaba que la policía hubiera ido al local, aunque Nora y la primera abogada habían pedido que se conservaran las imágenes desde la detención.
Llamó a Aurora. Ella no quiso entrar en detalles por teléfono, pero confirmó que las grabaciones seguían allí y que el sistema empezaría a sobrescribirlas antes de que terminara el mes. Daniel cerró el despacho y se presentó en la cafetería con una copia de su designación.
Aurora lo recibió detrás de la barra. Había pocos clientes y olía a café recién tostado. Antes de enseñarle nada leyó el nombre del documento y le preguntó por qué la policía todavía no había ido.
—No puedo responder por ellos —dijo Daniel—. He pedido que el juzgado obtenga el original. Lo que vea hoy me servirá para precisar la solicitud, pero necesitaremos conservar el archivo con todas las garantías y comprobar el reloj del sistema.
—Nora me dijo que no borrara nada. Eso es lo que he hecho.
Lo condujo a un cuarto estrecho junto al almacén.
En el monitor aparecían cuatro imágenes de la cafetería.
La cámara situada sobre la caja mostraba el extremo de la barra, la libreta donde Nora apuntaba los pedidos y su teléfono conectado a un cargador.
Aurora retrocedió hasta las ocho y media y dejó correr la grabación.
Daniel no buscó solo los cuatro minutos que le interesaban.
Si el reloj de la cámara y el del teléfono no coincidían, una imagen aislada podía ofrecer una precisión falsa.
Vio cuarenta y cinco minutos completos. Nora se movía entre las mesas y la barra y, cuando salía del encuadre camino de la cocina, el teléfono permanecía junto a la libreta.
A las 20:43 recogía una mesa junto a la cristalera.
A las 20:51 cobraba a una pareja en el otro extremo de la barra, con las dos manos ocupadas entre billetes y monedas.
A las 21:06 salió del almacén cargando una caja de botellas.
A las 21:12 se agachó para secar algo derramado cerca de la puerta.
El teléfono seguía donde estaba.
—¿Alguien más conocía el código? —preguntó.
—No que yo sepa. Últimamente Nora solía dejar el teléfono ahí, donde lo alcanzaba la cámara.
Daniel anotó el dato sin decir nada. Nora dejaba el teléfono a la vista para sentirse más segura. Ahora las imágenes podían demostrar que no lo había tocado cuando se enviaron aquellos mensajes.
Pidió a Aurora que no manipulara el grabador y anotó la marca, el modelo y quién tenía acceso.
Daniel se limitó a revisar allí las imágenes y tomó nota de las horas que le interesaban.
El archivo lo obtendría el juzgado directamente del sistema.
También le pidió los cierres de caja y los recibos de aquel tramo para comprobar si la hora de la grabación era correcta.
La grabación podía ayudar mucho a la defensa, pero, si no podían demostrar de dónde salía y que no había sido manipulada, la acusación podía restarle valor.
De vuelta al despacho extendió sobre la mesa las tres anomalías.