20. El abogado de oficio #2
Recordó haberlo escuchado el año anterior en una mesa sobre protección de testigos.
Leza había hablado sin consultar notas y había conseguido que cada respuesta pareciera más razonable que la pregunta que la precedía.
Al terminar, varios abogados se acercaron a saludarlo.
Daniel no lo hizo porque entonces todavía se sentía invitado en cualquier lugar donde los demás parecían conocerse.
Ahora aquel recuerdo le servía únicamente para una cosa: no convertir una impresión personal en prueba ni en absolución.
—¿Le contó todo esto a la policía? —preguntó.
—Les di su nombre. Pero en cuanto lo mencioné, empezaron a preguntarme qué relación tenía Inés con él y por qué me molestaba. Al final parecía que estaban más interesados en mis celos que en lo que yo intentaba explicarles.
—En el atestado no aparece nada sobre el coche ni sobre la carpeta.
—Porque no llegué a contárselo.
Daniel levantó la vista.
—¿Y ahora sí quiere contármelo a mí?
Nora sostuvo su mirada.
—Le he dado lo suficiente para saber si va a comprobarlo.
Daniel no insistió. Antes de terminar, sacó una copia del inventario de efectos y señaló las dos llaves intervenidas: la del piso, marcada con cinta roja, y otra estrecha de latón cuya procedencia no constaba.
—¿Qué abre esta?
Nora lo miró fijamente. La mano vendada se cerró sobre la otra.
—Primero dígame quién ha tenido acceso a mis cosas.
—Policía Judicial, personal encargado del depósito y quien haya autorizado o practicado el examen. Pediré la trazabilidad completa. Hasta que la tengamos, puedo solicitar que no se haga ninguna manipulación sin dejar constancia.
—Solicítelo.
—Lo haré. Pero necesito saber si esa llave puede proteger algo que esté en peligro.
—Está más seguro donde está que si cuento lo que sé.
Daniel estuvo a punto de insistir. Una llave sin identificar podía conducir a algo que perdiera valor, desapareciera o fuera examinado antes de que la defensa entendiera para qué servía.
También podía ser lo único que Nora sentía todavía bajo su control.
Forzarla sin poder ofrecerle una garantía real habría repetido el mismo tipo de presión que acababa de reprochar a la policía.
—Volveré cuando tenga el registro de custodia y haya leído cada anexo. Entonces me lo pregunta otra vez y decide si mi respuesta le basta.
Nora asintió una sola vez. Cuando la funcionaria abrió la puerta, se levantó sin despedirse.
Daniel esperó a que desapareciera por el pasillo antes de volver al cuaderno.
Había llegado dispuesto a explicarle un expediente que consideraba casi perdido y salía con una llave que ella no quería identificar, el nombre de un fiscal prestigioso dentro de la historia y la certeza incómoda de haber formulado al menos una pregunta del mismo modo que la policía.
Regresó al despacho después de las cinco.
El archivador seguía cerrado y la luz de la tarde había convertido la ventana en un espejo.
Encendió la lámpara, abrió el expediente desde el primer folio y creó una tabla con cuatro columnas: hora, hecho, fuente y grado de certeza.
A las diez y tres, cierre de la cafetería según Nora, pendiente de vídeo y testimonio.
Poco después, llamada saliente a Inés, registrada en el volcado inicial.
A las diez y dieciocho, Nora sitúa su presencia ya dentro del piso; pendiente de corroboración técnica.
A las diez y veintinueve, acceso de los agentes, documentado en el parte de intervención.
Al llegar al anexo que había impreso por la mañana, se detuvo.
El parte de la sala operativa registraba la primera comunicación a las diez y catorce. Una persona había informado de una posible agresión en la vivienda de Inés Robles e indicado la planta exacta. La patrulla fue movilizada un minuto después.
Daniel comprobó la página, el número de diligencias y la hora.
Después abrió el resumen del atestado. Allí la intervención policial aparecía colocada detrás del hallazgo del cadáver y de la llamada de Nora a Inés, como si el aviso fuera una consecuencia natural de ambas cosas.
El documento original no permitía ese orden.
A las diez y catorce, según el relato de Nora, ella todavía no había entrado.
La comunicación con la que anunciaba su llegada constaba varios minutos después.
Eso no bastaba para aceptar su versión. Nora podía equivocarse o mentir sobre la hora; el reloj del teléfono requería comprobación; un vecino podía haber oído algo y avisado antes.
Daniel escribió esas tres posibilidades debajo de la tabla.
Solo después añadió una cuarta, sin destacarla sobre las demás: quien llamó sabía lo que había ocurrido dentro del piso.
Buscó en las actuaciones la grabación y la identificación del comunicante. No encontró ninguna de las dos. Tampoco figuraba una transcripción completa, solo el resumen realizado por el operador y la indicación de que la llamada había terminado antes de poder pedir más datos.
Abrió un escrito nuevo. Solicitó la conservación y remisión íntegra de la llamada, los datos originales asociados al aviso y la secuencia completa de movilización de la patrulla.
Añadió la preservación del buzón de voz de Inés y de los registros de la cafetería.
Antes de enviarlo, volvió a leerlo desde el principio.
Aquella mañana había pensado que su trabajo sería contener los daños de una historia ya escrita.
La comunicación de las diez y catorce no decía quién había matado a Inés. Pero obligaba a comprobar algo que el relato inicial había dejado fuera: cuando se suponía que Nora todavía no había llegado, alguien ya había puesto a la policía en camino.