20. El abogado de oficio
Daniel Oria recibió la designación a las ocho y diecisiete de la mañana, mientras seguía peleándose con el segundo archivador del despacho.
La cerradura llevaba semanas avisando de que cualquier día dejaría de abrirse y eligió precisamente aquel para hacerlo.
En la pantalla, el correo del Colegio de Abogados le comunicaba que debía asumir la defensa de Nora Varela, en prisión provisional por la muerte de la mujer que la había acogido.
La letrada que la asistió durante la detención y la comparecencia judicial había causado baja de manera sobrevenida.
El cambio estaba autorizado, el plazo para recurrir el auto seguía corriendo y el expediente podía consultarse ya en la plataforma del juzgado.
Daniel dejó la llave puesta en la cerradura.
Tenía veintinueve años, había acreditado más de tres años de ejercicio efectivo y superado la formación exigida para incorporarse al turno, y llevaba siete meses atendiendo asuntos penales.
Hasta entonces, sus casos más graves habían sido una pelea a la salida de un bar y varios quebrantamientos de condena en los que la discusión consistía en demostrar si el acusado conocía la prohibición que había incumplido.
Un homicidio con la investigada en prisión era otra cosa.
También sabía que no podía rechazar una designación solo porque el caso le pareciera demasiado grande para él.
Descargó los primeros documentos y empezó por el auto.
Veintiún años, sin arraigo estable, hallada junto al cadáver con el arma en la mano.
Material genético en el mango, sangre de la víctima en la hoja, mensajes amenazantes, un sedante en el organismo y una franja de once minutos que la detenida afirmaba no poder reconstruir de principio a fin.
Leyó después la oposición formulada por la abogada de guardia y encontró un trabajo bastante más sólido de lo que dejaba entrever el resumen policial: había pedido preservar las cámaras de la cafetería, incorporar la asistencia hospitalaria de la noche anterior e identificar a la persona que había dado el aviso.
En la declaración, además, una frase aparecía tachada y sustituida a mano por otra.
La versión inicial decía que Nora no podía descartar haber agredido a Inés Robles. La corrección decía que no recordaba lo ocurrido durante aquel intervalo.
Daniel se quedó mirando ambas frases. No necesitaba convertir la diferencia en una teoría para entender lo que implicaba: una admisión que no existía podía acabar pesando durante todo el procedimiento.
Siguió leyendo hasta que el expediente dejó de parecerle una suma de hechos y empezó a ordenarse por problemas concretos.
El ADN demostraba contacto con el cuchillo, no cuándo ni en qué circunstancias.
El sedante podía explicar parte de la laguna, aunque la acusación también podía utilizarlo para sostener que la pérdida de memoria había llegado después de una pelea.
Los mensajes ofrecían un motivo sencillo de contar.
La ausencia de domicilio y la huida del pueblo ya habían servido para justificar el encierro.
El expediente todavía tenía lagunas, algo normal en aquella fase.
Lo que preocupaba a Daniel era que, con lo que había hasta entonces, todo parecía apuntar a Nora.
Por inercia profesional, pensó primero en contener daños: comprobar el parte médico, asegurar los vídeos, discutir el riesgo de fuga, solicitar una valoración psicológica y evitar que Nora volviera a declarar antes de conocer todas las pruebas.
La instrucción aún estaba llena de datos preliminares y, hasta que llegaran los informes definitivos, su trabajo consistiría también en impedir que una versión provisional se volviera irreversible.
A las once pidió una comunicación en el centro penitenciario.
Antes de salir imprimió una cronología policial incluida entre los anexos y la guardó con el resto de las copias sin leerla todavía.
El expediente digital superaba los trescientos folios y estaba lleno de duplicados, incorporaciones tardías y documentos sin un orden reconocible.
Si esperaba a entenderlo todo antes de conocer a Nora, corría el riesgo de presentarse cuando otros ya hubieran decidido qué partes de su historia merecían atención.
Nora entró en la sala de comunicaciones con la ropa del centro y un apósito pequeño en la palma.
Daniel se levantó. Había empezado a ofrecerle la mano cuando vio que ella ni siquiera miraba ese gesto: sus ojos pasaron de la cartera al cuaderno y después a la puerta por la que acababa de entrar.
Daniel dejó caer la mano y volvió a sentarse.
—Soy Daniel Oria. El Colegio me ha designado para continuar su defensa.
—Ya tenía abogada.
—La letrada que la asistió durante la guardia está de baja. Me han designado para sustituirla. He leído su declaración y el auto de prisión. También sus peticiones sobre las cámaras, el hospital y la llamada.
Nora siguió mirando el cuaderno cerrado.
—¿Quién puede leer lo que escriba ahí?
Daniel apartó el bolígrafo. Aquello no sonaba a una duda genérica sobre confidencialidad; quería saber dónde terminaba exactamente el control que él podía prometerle.
—Mis notas de esta entrevista no forman parte del expediente. No se las enseñaré a la policía ni a la Fiscalía. Si utilizamos algún dato para pedir una diligencia o preparar el recurso, entonces sí aparecerá en las actuaciones. Antes le explicaré qué vamos a presentar y para qué.
—¿Y si alguien quiere saberlo antes?
—Tendrá que preguntármelo a mí. Y no voy a contestar.
Nora lo observó durante unos segundos. Daniel tuvo la impresión de que no estaba decidiendo si creerle, sino calculando hasta dónde alcanzaba realmente aquella promesa.
Había visto desconfianza en otros clientes, pero en ella era más precisa: parecía examinar cada frase por separado, localizar sus límites y guardarse el derecho a no concederle todavía ningún valor.
—Necesito escuchar su versión —dijo Daniel—. No para que complete lo que no recuerda. Justamente para separar una cosa de la otra.
—En comisaría también dijeron que querían mi versión.
—Y trataron de escribir que usted no descartaba haberla matado.
El cambio en Nora fue mínimo. Los hombros, hasta entonces inclinados hacia delante, cedieron apenas unos centímetros.
—¿Lo ha visto?
—He visto también que la abogada lo corrigió. Yo no voy a convertir un vacío en una admisión. Pero necesito saber qué ocurrió antes y qué encontró después.
Nora empezó por la cafetería. Aurora había bajado la persiana a las diez y tres, la había visto marcharse y podía confirmarlo.
Durante el trayecto intentó llamar a Inés.
Al llegar al edificio dejó en el buzón un mensaje breve: «Estoy entrando».
Ya dentro del piso miró el teléfono: las diez y dieciocho.
Encontró la zapatilla roja, oyó una canción y vio el cuerpo en el salón.
Le buscó el pulso y la sangre le alcanzó una palma.
Después, a partir de una puerta entreabierta, el olor de la sangre y aquella música, la continuidad desaparecía.
Daniel no la interrumpió. Solo anotó las horas y fue marcando lo que podía comprobarse por otros medios: cierre de la cafetería, llamada, buzón de voz, entrada, intervención policial. Cuando ella llegó al cuchillo, mantuvo la mirada en él.
—Lo tenía cuando volví a saber dónde estaba —dijo—. No recuerdo haberlo cogido.
—¿Recuerda haber herido a Inés?
—No.
—¿Recuerda no haberla herido?
Nora apretó los labios. Daniel entendió el error antes de que ella contestara.
—Me estás preguntando lo mismo.
Tachó la última línea del cuaderno.
—Tiene razón. No volveré a formularla así.
Dejó pasar unos segundos antes de preguntarle por la relación con Inés.
Nora habló de la habitación que le había ofrecido, del trabajo, de una ciudad en la que al principio no conocía a nadie.
Después contó la otra parte: Inés la había esperado en la terminal porque llevaba meses buscándola y había reconocido que la mantuvo cerca para averiguar algo sobre su pasado.
No llegó a decirle qué. La última conversación terminó con una explicación aplazada que ya no podía producirse.
—¿Estaba enfadada con ella? —preguntó Daniel.
—Sí.
La respuesta llegó sin rodeos.
—¿Discutieron?
—Le dije que me había utilizado. Ella dijo que era verdad. Después salió para recuperar unos documentos y yo me fui a trabajar. Estaba enfadada cuando murió y sigo estándolo ahora. Eso no significa que quisiera hacerle daño.
Daniel anotó la frase tal como la había dicho.
Los mensajes atribuibles a Nora resultaban creíbles precisamente porque partían de un conflicto que sí había existido.
Negarlo no ayudaría a la defensa. Nora había confiado en Inés y se había sentido utilizada cuando descubrió por qué la había mantenido cerca.
Estaba enfadada con ella, pero eso no significaba que quisiera matarla.
La admisión de su error no consiguió que Nora confiara en él, pero evitó que la entrevista se cerrara.
Habló entonces de Gabriel Leza: la voz detrás de una puerta, los miércoles de Inés, el hematoma, el coche que vigilaba el portal y la carpeta azul donde aparecía el nombre de Tomás Varela.
Daniel conocía a Leza del mismo modo que muchos abogados jóvenes de la ciudad: jornadas jurídicas, entrevistas y fotografías junto a operaciones policiales importantes.
Nunca había hablado con él. Escribir su nombre en aquel cuaderno, unido a lo que Nora estaba contando, resultaba desproporcionado solo si confundía prestigio con imposibilidad. Se obligó a no hacerlo.