La versión de Nora 19. La deuda
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19. La deuda

Se mojó la cara en el lavabo y comprobó que la herida de la palma continuaba cerrada bajo el apósito.

Luego revisó el armario: dos mudas, la toalla, el folleto, el cepillo de dientes, la bolsa transparente con los productos de aseo y el vaso de plástico.

No había dejado nada importante allí, pero comprobó que todo seguía como lo había dejado la noche anterior.

En el comedor del módulo de preventivas, Lidia ocupaba la misma mesa del día anterior.

Había dejado libre la silla de al lado y golpeó el respaldo con dos dedos cuando vio entrar a Nora.

Nora siguió de largo y se sentó junto a dos mujeres que desayunaban sin hablar.

Desde la otra mesa, Lidia la observó unos segundos y después volvió a lo suyo.

El desayuno consistía en una bebida tibia, dos galletas envueltas y pan.

Nora guardó una de las galletas por costumbre y solo después se dio cuenta de lo que había hecho.

Durante años había guardado algo del desayuno para más tarde siempre que podía.

Aquel gesto, tan normal fuera de allí, le resultó extraño en ese momento.

Durante unos segundos había pensado en una galleta y no en Inés, en su padre ni en los once minutos.

Después del recuento repartieron las tareas de limpieza.

A Nora le dieron una bayeta y le indicaron que ayudara en la zona de duchas.

El vapor se acumulaba sobre los azulejos y el desagüe devolvía un olor agrio.

Trabajó con la manga subida para no mojarse el apósito.

Dos internas fregaban los bancos y otra iba recogiendo envases vacíos en una bolsa cuando Lidia entró con un cubo.

Lo dejó junto a la pared y se acercó a Nora sin interrumpir la conversación que mantenía con las demás.

—A las nuevas siempre les toca lo bonito.

Nora aclaró la bayeta.

—Parece que llevas tiempo esperando para decírmelo.

—Ayer estabas asustada. Hoy ya puedes escuchar.

—Te escucho.

Lidia recogió un tapón de plástico del suelo y lo tiró a la bolsa.

—Luego subes a tu celda. Debajo del colchón, en la esquina de la pared, hay una cosa. La bajas cuando salgamos al patio y se la das a Nerea. Ella sabrá qué hacer.

Nora mantuvo las manos bajo el agua unos segundos. Nadie había bajado la voz, pero la orden de Lidia era lo único que seguía oyendo entre el ruido del grifo y el roce de los cepillos contra el suelo.

—No.

Lidia ladeó la cabeza.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Por eso.

—No te he dicho que puedas elegir.

Cogió el cubo y salió de las duchas. No hizo falta que la amenazara delante de las demás. Nora cerró el grifo y, por el rabillo del ojo, vio que una de las internas había dejado de fregar durante un instante. Cuando sus miradas se cruzaron, la mujer volvió a bajar la cabeza.

Esperó a que terminara la limpieza. Podía avisar a una funcionaria, pedir que registraran la celda antes de entrar o explicar lo que Lidia acababa de decir.

El folleto reconocía su derecho a formular peticiones y quejas y a solicitar protección.

Eso era lo que estaba escrito. Lo demás tendría que averiguarlo ella.

Si aparecía un objeto bajo su colchón, su explicación competiría con una sustancia real encontrada en el espacio que tenía asignado.

Si no aparecía nada, Lidia negaría la conversación y Nora quedaría señalada igualmente.

Subió con el resto de las internas. La puerta de la 214 estaba abierta.

Se arrodilló junto a la cama sin tocar el colchón y miró la esquina de la pared.

Desde allí no se veía nada. Levantó apenas la sábana y encontró un bulto estrecho encajado bajo la espuma, envuelto en varias capas de plástico transparente.

Era más pequeño que su pulgar. Dentro distinguió dos piezas oscuras y compactas.

No necesitaba saber qué contenían. Bastaba con saber que no eran suyas y que alguien las había escondido allí.

Dejó la sábana exactamente como estaba. Su primer impulso fue llamar a la funcionaria del control, pero se quedó unos segundos junto a la cama.

No pensaba tocar el envoltorio ni llevarlo al patio, eso lo tenía claro.

Lo que todavía no sabía era si debía comunicarlo en ese mismo momento.

Recordó las tres reglas de Tesa, aunque ninguna le decía qué hacer en una situación como aquella.

Esa decisión tendría que tomarla ella. Por el momento, dejó el paquete donde estaba y salió de la celda.

A media mañana llamaron por apellidos al grupo reducido que tenía autorizada la franja de biblioteca.

Nora llevaba bajo el brazo el libro de Tesa.

Dudó si renunciar a la salida y quedarse vigilando la celda, pero eso significaba elegir entre custodiar un paquete ajeno o admitir, ante cualquiera que la observara, que había algo allí.

Antes de abandonar el módulo buscó a la funcionaria del control.

La posibilidad de hablar seguía abierta.

Decidió que, si el envoltorio continuaba bajo el colchón después del patio, pediría una entrevista con la jefa de servicios antes del siguiente recuento y dejaría por escrito la amenaza, el nombre de Lidia y el momento en que había encontrado el paquete.

Llegaron a la biblioteca. Tesa estaba al fondo colocando devoluciones en un carro. No levantó la mano ni hizo gesto alguno que pudiera parecer una llamada. Esperó a que Nora dejara el libro sobre la mesa y entonces miró primero el vendaje de su palma y luego su cara.

—Te ha pasado algo.

—Han puesto algo debajo de mi colchón.

Tesa dejó el libro que tenía entre las manos. No pareció sorprendida, aunque la boca se le endureció.

—¿Lo has tocado?

—No. Lidia quiere que lo lleve al patio y se lo dé a una mujer llamada Nerea.

—¿Vas a comunicarlo?

—Si sigue allí cuando vuelva, sí. Antes del recuento. Quiero que quede escrito que lo entrego yo y por qué estaba en mi cama.

Tesa la observó de otra manera, sin lástima. En aquel cansancio reconocía algo propio.

—Bien.

—No necesito permiso.

—No te lo he dado.

Nora apoyó las manos en el borde de la mesa.

—¿Qué ocurrirá si lo comunico?

—Registrarán tu celda. Preguntarán quién ha entrado.

Puede que adopten medidas para protegerte o que cambien rutinas mientras lo aclaran.

Lidia dirá que no sabe nada. Si encuentran el paquete antes de que lo entregues voluntariamente, empezarán preguntándote por qué estaba bajo tu colchón.

Eso no significa que vayan a culparte, pero tendrás que sostener tu versión.

Nora dejó escapar el aire por la nariz.

—Ya estoy sosteniendo una versión contra cosas que alguien ha puesto donde no debían estar.

Tesa bajó la mirada un momento.

—Por eso te ha elegido.

Nora entendió enseguida a qué se refería.

Lidia no había escogido sólo a una recién llegada.

Había escogido a una mujer acusada de tocar un arma, enviar mensajes y matar durante un vacío que no podía explicar.

Si aparecía droga en su cama, volvería a haber un objeto material frente a una negación suya.

—No voy a llevarlo.

—Eso ya lo sabe.

—Entonces tendrá que venir a buscarlo.

Tesa agarró el carro de devoluciones y empezó a empujarlo hacia el pasillo interior de la biblioteca.

—Vuelve a tu módulo cuando te llamen, Varela.

—¿Eso es todo?

Tesa se detuvo.

—No muevas el paquete. Y no renuncies a hablar con una funcionaria solo porque alguien te diga que aquí las únicas reglas que importan son las que no están escritas.

Luego siguió caminando. En la puerta del depósito intercambió dos palabras con una interna mayor destinada allí y desapareció entre los estantes. Nora no pudo oír qué había dicho ni saber si aquella conversación tenía algo que ver con ella. Esa falta de certeza fue precisamente lo que la inquietó.

La salida al patio se anunció poco antes del mediodía.

Nora permaneció en la galería mientras las internas formaban un grupo ante la puerta.

Miró hacia el control. Todavía podía hablar.

Saber que esa posibilidad seguía abierta le permitió bajar la escalera porque había decidido hacerlo, no porque alguien la empujara.

No estaba renunciando a comunicar lo ocurrido; se daba hasta el final del patio.

Si el envoltorio seguía bajo el colchón, dejaría constancia antes de que nadie iniciara un registro.

Tesa podía conocer las reglas invisibles de una prisión.

Nora necesitaba aprender a utilizar también las que dejaban rastro.

No todas las internas salieron. Varias se quedaron en la sala común y una siguió con la limpieza de la galería mientras las puertas de las celdas permanecían abiertas.

Nora se fijó en ello antes de cruzar el último control.

Durante su ausencia, alguien podía entrar en la 214.

Era un peligro, pero también la única posibilidad de que quien había colocado el paquete decidiera retirarlo.

En el patio, el sol daba de lleno en los muros y Nora tuvo que entrecerrar los ojos.

Algunas mujeres caminaban en círculos y otras se repartían los bancos.

Nora reconoció a Lidia cerca de la puerta.

Supo quién era Nerea cuando otra mujer levantó la mano esperando algo.

Lidia se acercó en cuanto no quedó ningún funcionario a pocos pasos.

—¿Dónde está?

—Bajo el colchón.

—Te dije que lo trajeras.

—No voy a moverlo.

La sonrisa de Lidia desapareció. Se colocó lo bastante cerca para que, desde lejos, parecieran dos mujeres hablando.

—Ya lo has movido. Está en tu cama y duerme en tu celda. Si yo digo que me pediste algo para aguantar el encierro, habrá gente que lo confirme.

—No he pedido nada.

—Aquí eso importa menos de lo que crees. Si se pierde, mañana aparecerá otro. Quizá dentro de tu armario. Quizá en un bolsillo cuando te llamen para una comunicación. Y si mencionas mi nombre, no te quedará una sola persona en el módulo que no sepa que hablas con las funcionarias.

Nora sostuvo la mirada. Tenía miedo, pero no solo de una agresión o de una sanción. Lo que más le dolía era reconocer el mecanismo: otra vez alguien podía construir una historia con objetos colocados a su alrededor. Esta vez, sin embargo, recordaba cada minuto y podía decidir qué hacer con él.

—Entonces tendrás que seguir gastando mercancía en mí.

Lidia le agarró la muñeca izquierda. No apretó mucho; no necesitaba hacerlo. Nora miró primero la mano y luego su cara.

—Suéltame.

Un golpe seco sonó contra el borde de un banco. Una mujer de pelo muy corto, a la que Nora apenas había visto en el módulo, acababa de dejar caer una ficha de dominó sobre la madera. No miró a Nora. Miró a Lidia durante un segundo.

Los dedos se aflojaron.

—Tienes hasta el recuento —dijo Lidia antes de apartarse.

Nadie acudió a defender a Nora. Aun así, algo se había movido.

Nerea dejó de esperar junto a la puerta y se metió en un grupo.

Lidia intentó acercarse a ella, pero la mujer negó con la cabeza.

La discusión duró menos de un minuto y terminó sin voces elevadas.

Para entonces, la interna de la ficha de dominó ya caminaba en dirección contraria.

Al regresar al módulo, Nora subió directamente a la celda.

El envoltorio había desaparecido. Revisó la sábana, el armario y la bolsa de aseo.

No faltaba nada y tampoco encontró nada nuevo.

Cuando salió a la galería, Lidia estaba junto a los teléfonos.

No volvió a mirarla durante el resto de la tarde.

Nora no abandonó del todo la decisión de informar.

En una hoja del folleto anotó la hora aproximada de la conversación en las duchas, el nombre de Lidia, el de Nerea y el lugar donde había encontrado el paquete.

Ya no podía entregar una sustancia que había desaparecido, pero sí conservar su propia cronología.

Dudó antes de solicitar una entrevista formal. Si la amenaza volvía, lo haría.

A la mañana siguiente regresó a la biblioteca con el mismo libro, esta vez para devolverlo de verdad. Tesa revisaba un listado junto al mostrador. No preguntó cómo había acabado el día. Nora dejó el volumen delante de ella.

—El paquete ha desaparecido. Nerea dejó de esperarlo y Lidia me soltó después de que una mujer golpeara una ficha contra un banco.

Tesa pasó el dedo por una línea del listado.

—Entonces alguien le ha hecho entender que usar la celda equivocada podía costarle más de lo que iba a ganar.

Nora la miró.

—¿Alguien?

Tesa siguió con la vista en el papel.

—Aquí las cosas se saben.

—Tú no estabas en mi módulo.

—Eso ya lo sabes.

Nora tardó un momento en entenderlo.

—¿Has hecho llegar algún mensaje a Lidia?

Tesa levantó por fin la mirada.

—A ella, no.

—¿Entonces a quién?

—Había alguien que me debía un favor y alguien que necesitaba saber que, si encontraban droga en la cama de una preventiva recién llegada, podían empezar a mirar donde no le convenía. He unido las dos cosas.

Nora pensó en la mujer de la ficha, en Nerea apartándose y en la conversación que Tesa había mantenido junto al depósito de la biblioteca.

—Eso es un favor.

—No. Los favores se hacen para que te quieran. Esto ha sido una deuda.

Nora recordó la segunda regla y sintió una irritación limpia, casi tranquilizadora.

—Me dijiste que no aceptara favores.

—Y no has aceptado ninguno.

—Entonces ¿por qué has hecho esto?

—Porque podía hacerlo.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé.

—No te estoy pidiendo nada a cambio. Solo me he asegurado de que Lidia no vuelva a intentarlo contigo.

Nora no supo qué pensar. Tesa había conseguido mover algunos hilos por ella sin siquiera poder entrar en su módulo. Lejos de tranquilizarla, aquello hizo que se preguntara hasta dónde llegaban realmente sus contactos.

—¿Cuál es el precio?

Tesa cerró el listado y apoyó las dos manos encima.

—Una respuesta.

—¿A qué pregunta?

—Si te la dijera ahora, sería un trato. Y no quiero que lo sea, al menos no todavía.

Desde el pasillo, una funcionaria anunció el regreso del grupo de preventivas. Nora cogió el libro, aunque ya no tenía sentido llevárselo, y Tesa se lo retiró con un gesto seco antes de colocarlo en el carro.

—No me debes obediencia —dijo—. Si vuelve a ocurrir, haz lo que te mantenga viva y deje constancia. No confundas una deuda conmigo con una orden.

Nora regresó al módulo pensando en Lidia, en el golpe de la ficha contra la madera y en una cadena de favores que había atravesado puertas que Tesa no podía cruzar físicamente.

Cuando entró en la celda 214, la otra cama seguía vacía.

Miró el colchón, el armario y el rectángulo de cielo detrás de la malla.

La amenaza había desaparecido demasiado deprisa para no haber costado nada. Tesa había utilizado algo que Nora no podía ver —un nombre, una lealtad, una deuda anterior— y, de alguna forma, había puesto ese valor sobre ella.

Nora comprendió entonces algo que hasta ese momento había preferido mantener separado: que proteger a alguien y controlarlo podían servirse de herramientas muy parecidas. Lo difícil era saber en qué momento una cosa empezaba a convertirse en la otra.