La versión de Nora 18. La celda 214
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18. La celda 214

Durante toda la noche quedó encendida una luz tenue en el departamento de ingresos.

Desde el pasillo llegaban pasos, puertas que se abrían y cerraban y voces que a veces se acercaban y luego volvían a alejarse.

Una mujer lloró durante mucho tiempo en una celda cercana.

Nadie le pidió que callara ni fue a consolarla.

El llanto terminó agotándose solo, y el hueco que dejó resultó más difícil de soportar que escuchar su desconsuelo.

Nora durmió a fragmentos. Cada vez que el cuerpo empezaba a ceder, una puerta metálica se cerraba en algún punto del edificio y la devolvía al piso de Inés: la canción, la copa rota, el cuchillo entre los dedos.

Cuando no conseguía dormir, bajaba la vista hacia sus manos.

La venda limpia sobre la palma. La marca amarillenta cerca del codo.

Las uñas cortas. Ninguna sangre. Hechos, no imágenes.

La parte de aquellos once minutos que no podía reconstruir seguía en otro sitio.

Por la mañana, una funcionaria abrió primero la mirilla y después pronunció su apellido.

—Varela. Prepárese.

No había mucho que preparar. Nora guardó el folleto de derechos y obligaciones en la bolsa de plástico que le habían entregado con dos mudas, una toalla áspera y productos de aseo.

Lo había leído dos veces durante la noche.

Allí estaban los horarios, las comunicaciones, las peticiones y las sanciones.

Nora entendía mejor qué podía hacer y qué no, pero eso no hacía que se sintiera más tranquila.

También dejaba claro quién podía darle una orden y ante quién podía reclamar.

No decían quién decidía dónde sentarse, qué preguntas convenía no responder o cuánto podía costar un paquete de café soluble cuando todavía no se disponía de saldo en el peculio.

La llevaron a un despacho donde una trabajadora social repasó los datos del expediente de ingreso.

Hablaba deprisa, sin hostilidad, con el automatismo de quien repetía el mismo cuestionario muchas veces al día.

Preguntó por sus estudios, el trabajo, el consumo de drogas, las enfermedades, los contactos en el exterior y cualquier circunstancia que aconsejara extremar su protección.

Nora respondió casi siempre con frases cortas.

Había trabajado en una cafetería. No consumía.

No conocía a nadie en el centro. No sabía si Aurora podría enviarle ropa.

No quería que llamaran al domicilio de sus padres.

—Consta que teme a personas del exterior —dijo la trabajadora—. ¿Ha recibido alguna amenaza concreta desde que ingresó?

—No he podido recibir nada.

—¿Y antes?

Nora pensó en el turismo gris frente al portal, en el hombre que había entrado con llave y en la voz mesurada de Gabriel Leza al otro lado de una puerta. También recordó lo rápido que una frase podía abandonar un despacho y reaparecer después convertida en otra cosa dentro de un atestado.

—Ya lo he comunicado —respondió.

El hombre levantó la vista. No insistió.

Añadió una nota a mano y le explicó que pasaría al módulo de mujeres destinado a internas preventivas.

Nora preguntó si allí podría comunicarse con su abogado.

Tendría que solicitarlo y ajustarse a las normas del centro.

Preguntó también quién tendría acceso a lo que acababa de contar.

El educador tardó un segundo más en contestar.

—Los profesionales que intervienen en su ingreso y seguimiento.

La respuesta era correcta, pero no contenía nombres.

El trayecto hasta el módulo estuvo marcado por puertas que solo se abrían cuando la anterior ya había quedado cerrada.

Nora caminó detrás de una funcionaria y delante de otra interna recién llegada, sin llegar a ver nunca más de quince metros por delante.

El edificio olía a detergente industrial, comida recalentada y humedad acumulada.

A través de una ventana alta distinguió un rectángulo de cielo y una esquina de hormigón bañada por el sol.

La perdió de vista en cuanto atravesaron el siguiente control.

El módulo de preventivas era más ruidoso que el departamento de ingresos.

Desde la galería llegaban una televisión encendida, conversaciones superpuestas y el golpe seco de unas fichas de dominó contra una mesa.

Algunas mujeres se volvieron al verla; otras siguieron con lo suyo después de dedicarle unos segundos.

Con la ropa del centro y la bolsa transparente en la mano, no hacía falta preguntar si acababa de llegar.

En la cafetería había aprendido a distinguir quién miraba para pedir y quién miraba para medir. Allí muchas parecían hacer ambas cosas.

La funcionaria consultó una hoja.

—Doscientos catorce.

Subieron por una escalera metálica hasta la segunda galería.

Los números estaban colocados a la altura de los ojos, sobre puertas iguales.

Nora contó sin proponérselo: doscientos ocho, doscientos diez, doscientos doce.

Los pares quedaban a un lado; los impares, al otro.

Saberlo no cambiaba nada, pero le ayudaba a orientarse.

La celda 214 estaba abierta. Tenía dos camas estrechas fijadas a paredes opuestas, dos armarios, una mesa pequeña y una ventana protegida por barrotes y una malla exterior.

La cama del fondo conservaba el colchón desnudo y el armario correspondiente estaba vacío.

Nadie le explicó si seguirían así una noche o una semana.

La funcionaria señaló la cama más próxima a la puerta.

—De momento, esa es la suya. La puerta permanece abierta durante el horario de vida común. Si necesita hablar con el personal, lo solicita.

Nora dejó la bolsa sobre el colchón. Dormir tan cerca de la puerta no le gustaba.

Comprobó la distancia hasta el pulsador, la ventana y el ángulo desde el que podía verse el pasillo.

La funcionaria esperó a que guardara sus cosas, volvió a indicarle dónde estaban el comedor y las duchas y repasó el horario de recuentos. Luego se marchó.

Nora se quedó unos segundos en mitad de la celda.

A través de las paredes llegaban amortiguados las voces del módulo, algunos pasos y el golpe de las puertas al cerrarse.

Abrió el armario, colocó la ropa en el estante superior y dejó el folleto debajo.

Antes de cerrarlo contó los objetos. No porque fueran valiosos, sino porque necesitaba saber qué había en un lugar antes de que alguien pudiera convencerla de que siempre había estado allí.

Una señal anunció el recuento. Las internas dejaron lo que estaban haciendo y fueron ocupando sus sitios junto a las puertas.

Nora hizo lo mismo, siguiendo a las demás.

Dos funcionarias recorrieron la galería comprobando el recuento y, cuando terminaron, la actividad del módulo se reanudó.

En la planta baja, las mesas formaban grupos irregulares alrededor de la televisión.

Algunas mujeres jugaban a las cartas, otras conversaban y varias esperaban su turno delante de los teléfonos.

Nora se quedó unos segundos cerca de la escalera, sin saber muy bien adónde dirigirse.

Miró a su alrededor antes de decidir qué hacer.

Una mujer de rostro ancho y cejas dibujadas se acercó antes de que Nora alcanzara el comedor.

—¿Nueva?

La pregunta no necesitaba respuesta. Sus ojos bajaron hasta la venda.

—¿De dónde vienes?

—De ingresos.

La mujer sonrió al comprobar que Nora se limitaba a contestar de manera literal.

—Eso ya lo veo. ¿Cómo te llamas?

—Nora.

—Yo soy Lidia. Si necesitas cualquier cosa, me buscas. Al principio nadie te explica nada.

La oferta se parecía demasiado a una ayuda. Nora dio las gracias sin comprometerse. Lidia le rozó el antebrazo al pasar.

—Aquí las gracias no sirven de mucho.

Durante el almuerzo, una mujer de la mesa contigua quiso saber por qué estaba allí. Nora fingió no haberla oído, pero la mujer repitió la pregunta, esta vez más alto.

—Homicidio —respondió.

La palabra le produjo rechazo. Sonaba completa, demasiado cerrada para una historia que todavía no lo estaba.

—¿A quién? —preguntó la otra.

Nora hundió el tenedor en una patata que se deshizo sin resistencia.

—No voy a hablar de eso.

La mujer hizo un gesto exagerado de rendición. Dos internas intercambiaron una mirada, y Nora comprendió que había tardado más de la cuenta en poner el límite.

A primera hora de la tarde, una funcionaria reunió a cuatro internas del módulo para explicar los turnos de biblioteca, educación y algunas actividades.

Incluyeron a Nora en el grupo que bajaría a la biblioteca para consultar normas del centro y solicitar material de lectura.

El recorrido volvió a obligarla a atravesar puertas sucesivas.

La biblioteca ocupaba una zona común del centro: una sala rectangular con estanterías bajas, mesas atornilladas al suelo y dos ventanas altas cubiertas por malla.

Una interna colocaba libros devueltos en un carro.

Tendría unos cincuenta años. Llevaba el cabello oscuro, cortado por debajo de las orejas, con hebras blancas en las sienes.

Cuando la funcionaria pasó lista y dijo «Nora Varela», los dedos de aquella mujer se quedaron quietos sobre el lomo de un libro.

Al oír el apellido, la mujer levantó la vista. Miró a Nora durante un segundo, quizá dos, y después volvió al libro que tenía entre las manos. La funcionaria siguió explicando cómo solicitar los ejemplares sin reparar en ella.

Nora sí se dio cuenta.

La mujer dejó el libro en el carro y continuó ordenando. Más tarde, cuando Nora se acercó a la estantería donde estaban las normas de régimen interior, la encontró al otro lado.

—Puedes llamarme Tesa —dijo sin preámbulos—. Si buscas el reglamento, está en el estante de arriba.

Nora cogió uno de los ejemplares.

—Gracias.

—No me las des todavía.

—¿Eres de este módulo? —preguntó Nora.

—No.

Bastó aquella respuesta. No volverían juntas cuando terminara el turno.

Tesa estaba allí porque tenía un destino en la biblioteca; Nora, porque le habían autorizado esa actividad.

Las puertas que separaban sus espacios de vida seguían existiendo aunque durante una hora coincidieran en la misma sala.

Una funcionaria cerró la puerta de la biblioteca mientras otro grupo de internas pasaba por el pasillo.

El sonido del cerrojo hizo que Nora se tensara.

Durante un instante volvió a percibir aquel olor a tierra mojada que aparecía en algunos de sus recuerdos, aunque allí solo olía a papel y desinfectante.

Clavó la vista en el canto de una mesa hasta que las vetas empezaron a deformarse.

—Mira la ventana —dijo Tesa.

Nora no obedeció.

—Estoy bien.

—No te he preguntado cómo estás. Te he dicho que mires algo que no sea la puerta.

La dureza de la frase evitó cualquier tono de consuelo. Nora alzó la vista hacia el rectángulo de cielo cubierto por la malla. Contó cuatro respiraciones. Después seis. El olor a tierra desapareció.

—No necesito que me vigiles —dijo.

—Eso espero.

Tesa empujó el carro unos centímetros. Nora volvió a mirarla. Le sorprendía que hubiera entendido lo que le pasaba sin hacer preguntas y que se hubiera quedado allí, esperando, sin acercarse más de la cuenta.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Nora.

—Ordeno libros que otras dejan donde no corresponden.

—No me refería a eso.

—Ya lo sé.

Tesa siguió con el carro. Nora comprendió que podía perseguirla con preguntas y obtener únicamente respuestas diseñadas para no mentir.

Decidió esperar. Cuando faltaban pocos minutos para terminar el turno, Tesa dejó un libro sobre su mesa sin pedir permiso.

Era una novela gastada, con el lomo reparado varias veces.

—Hay tres reglas —dijo.

Nora miró el libro.

—Las del folleto ocupan veintiséis páginas.

—Esas son para que sepas lo que puede hacerte la institución. Las mías son para que no dejes que las demás decidan qué hacer contigo.

Tesa levantó un dedo.

—Primera: no contar todo lo que sabes. La verdad cambia de dueña en cuanto la dices y nunca puedes saber dónde terminará.

Levantó un segundo.

—Segunda: no aceptar favores. Aquí nadie regala nada. Puede que no te pidan el precio hoy, pero se acordarán de que debes pagarlo.

El tercer dedo quedó frente a su pecho.

—Tercera: no mostrar a quién temes. Si alguien descubre qué nombre consigue que mires hacia una puerta, lo repetirá hasta que hagas lo que quiera.

Nora cerró el libro sin haberlo abierto.

—¿A todas las nuevas les dices lo mismo?

—No.

—¿Entonces por qué a mí?

—Porque llevas toda la tarde mirando la puerta.

—Eso no significa que tenga miedo.

—No he dicho eso.

Desde la puerta, la funcionaria anunció que el grupo de preventivas regresaba a su módulo. Tesa no se movió con ellas. Otra funcionaria apareció en el extremo opuesto de la biblioteca y le indicó que terminara con el carro antes de volver a su módulo.

Nora se levantó, aunque no siguió al grupo de inmediato.

—¿Esto qué es? —preguntó, señalando el libro—. ¿Un favor?

Una sombra de sonrisa tensó la boca de Tesa y desapareció antes de completarse.

—Todavía no.

Nora regresó al módulo con el libro bajo el brazo. Lidia estaba junto a los teléfonos y levantó la barbilla al verla, como si la conversación pendiente hubiera sobrevivido a su ausencia. Nora no respondió al gesto. Subió a la segunda galería y entró en la celda 214 antes del recuento.

La otra cama seguía vacía. Poco después cerraron la puerta y la claridad del pasillo atravesó la mirilla, dejando una franja pálida sobre el suelo.

Nora se tumbó sin desvestirse del todo y colocó el libro de Tesa sobre la mesa.

No sabía en qué módulo dormía aquella mujer ni por qué había levantado la vista al oír el apellido Varela.

Tampoco entendía cómo había detectado su bloqueo con tanta precisión.

De todo lo que Tesa podía haber preguntado —por qué estaba allí, quién había muerto, qué decían las noticias— no había preguntado nada. Nora volvió a recordar, sin embargo, el instante en que había levantado la vista durante la lista.

Varela.

Nora cerró los ojos, pero tardó mucho en dormir. La otra mitad de la celda 214 seguía vacía. Aun así, desde que había entrado en prisión, la soledad ya no le parecía el único peligro posible.