17. Prisión provisional #2
—Prisión provisional comunicada y sin fianza —dijo—. Lo fundamenta en los indicios, la gravedad de la pena y el riesgo de fuga por falta de arraigo estable. Rechaza que exista, por ahora, un peligro concreto de destrucción de pruebas.
Nora cogió las hojas. El auto repetía que la medida no anticipaba culpabilidad y que debía ser necesaria y proporcionada.
Luego enumeraba su juventud, la reciente llegada a la ciudad, la falta de vivienda propia, la brevedad del empleo y la ruptura con el núcleo familiar.
No la describía como violenta. La violencia de la que había huido aparecía varias páginas después, dentro de un resumen que no cambiaba la conclusión.
—¿Cuánto tiempo?
—No fija cuánto vas a estar dentro. Recurriremos. El auto puede revisarse durante la instrucción y el recurso tiene tramitación preferente, pero no voy a engañarte: hoy ingresas.
La llave estrecha de latón figuraba en el inventario de efectos intervenidos. Nora pasó el dedo por la línea hasta encontrarla. La abogada siguió el gesto.
—Quiero que quede protegida.
—Pediré que se conserve y que cualquier examen conste en las actuaciones. Pero necesito que me expliques qué abre.
Nora levantó la vista. Pensó en la caja bajo el archivador, en el segundo teléfono que quizá continuaba esperando en una consigna y en la advertencia de Inés sobre quién podía estar limpio.
La abogada que tenía delante había protegido sus palabras cuando el inspector intentó modificarlas.
Eso no bastaba para que Nora supiera hasta dónde llegaba la guardia y dónde podía empezar el alcance de Leza.
—Antes quiero ver el inventario completo —respondió.
La letrada sostuvo su mirada y guardó la copia sin presionarla.
El traslado al centro penitenciario se hizo por la tarde.
Esta vez Nora alcanzó a ver la ciudad durante unos segundos, entre la salida lateral del juzgado y la puerta del vehículo.
Ya no llovía. En una acera, una mujer esperaba el cambio del semáforo sujetando de la mano a una niña.
Ninguna miró hacia el furgón. Fuera, la vida siguió sin registrar el momento en que Nora dejó de formar parte de ella.
El centro apareció detrás de varios cinturones de alambrada.
Tras el primer portón había otro y, después, un espacio cerrado donde el vehículo esperó hasta que la puerta de atrás volvió a quedar asegurada.
Cada mecanismo producía un sonido diferente: el motor eléctrico, el golpe metálico, el zumbido del interfono, el arrastre de una llave.
Nora trató de memorizarlos. No porque creyera que aquello pudiera ayudarla a salir de allí, sino porque necesitaba tener claro qué sabía y qué seguía sin entender.
El mandamiento de ingreso pasó de unas manos a otras.
Le tomaron las huellas, la fotografiaron y registraron las pertenencias que la policía había remitido con ella.
Una funcionaria le entregó ropa básica, una bolsa de aseo y un folleto sobre derechos, obligaciones y horarios que Nora apenas consiguió sostener.
Después la llevaron al departamento de ingresos.
Allí una médica examinó el corte de la palma, las muñecas y la marca amarillenta que todavía quedaba de la inyección.
—¿Ha pensado en hacerse daño? —preguntó la médica.
Nora miró el apósito recién puesto. Hasta entonces todo el mundo había querido saber qué había ocurrido en la parte de aquellos once minutos que no podía explicar. Era la primera pregunta que miraba hacia lo que podía suceder después.
—No —dijo—. Quiero salir de aquí.
—No es lo mismo.
—Quiero salir viva y sabiendo qué pasó.
La médica anotó la respuesta y pidió que le facilitaran seguimiento mientras terminaban la valoración de ingreso.
Más tarde, una trabajadora social le preguntó a quién quería comunicar su entrada en prisión, quién podría visitarla y si alguien iba a llevarle ropa.
Nora dio los nombres de Aurora y de la abogada y pidió expresamente que no llamaran a casa de sus padres.
—¿No quiere que avisemos a su madre? —preguntó la mujer.
Nora tardó en contestar. Desear hablar con Elena no era lo mismo que permitir que el teléfono sonara en una casa donde Tomás podía oírlo.
—No sé si puede contestar sin que él la oiga.
La mujer anotó que Nora carecía de red de apoyo inmediata y preguntó si temía a alguna persona dentro del centro.
—No conozco a nadie aquí.
—¿Y fuera?
Nora pensó en Tomás y en Leza, pero también en el mensaje que alguien había recibido antes de que la policía cruzara la puerta del piso. No sabía qué distancia bastaba para estar fuera de su alcance.
—Sí —respondió—. El problema es que no sé hasta dónde pueden llegar.
La mujer escribió una observación y le indicó que comunicara cualquier amenaza al personal del módulo. Nora asintió. Todavía no sabía que dentro de aquellos muros pedir ayuda implicaba aprender primero a quién podía pedírsela.
Fue conducida a una celda provisional. La puerta se cerró con un golpe más grave que los anteriores, seguido por el giro de la cerradura.
Muy lejos de allí, Gabriel Leza ocupaba la segunda fila de un acto público al que había llegado antes de la comparecencia.
Su nombre no aparecía en la petición de la Fiscalía, el auto ni las diligencias que Nora había leído.
Antes de que terminara el primer ponente, su teléfono mostró: «Ingreso acordado».
Leza borró el mensaje, dejó el dispositivo boca abajo sobre la rodilla y volvió a mirar al estrado.