17. Prisión provisional
El furgón salió de la comisaría bajo un cielo gris de lluvia.
Nora viajó en un compartimento sin ventanas, con una rejilla alta por la que entraba una luz apagada y el ruido amortiguado del tráfico.
Llevaba dos noches bajo luces que nunca se apagaban del todo, aunque el cansancio no era lo que más le pesaba.
Desde que los agentes habían entrado en el piso, las horas habían dejado de pertenecerle: cada puerta se abría o se cerraba porque otro lo decidía y cada traslado empezaba con una orden que nadie parecía considerar necesario explicarle.
Cuando llegaron a los juzgados, la condujeron directamente a la zona de calabozos.
La abogada de guardia la esperaba allí con la misma carpeta del interrogatorio, ahora abultada por las copias.
Se sentaron a ambos lados de una mesa fijada al suelo.
Nora reconoció los mensajes impresos, las fotografías del cuchillo y un informe breve que llevaba la palabra preliminar en la cabecera.
Había además varios folios que no había visto hasta entonces.
—La Fiscalía va a pedir prisión provisional —dijo la letrada—. Comunicada y sin fianza.
Nora miró la puerta a su espalda. No hacía falta conocer todos los términos para entender lo esencial.
—¿Ya lo han decidido?
—Lo ha pedido la fiscal. Decide el juez después de oírnos. Esta comparecencia no sirve para determinar si eres culpable, sino qué ocurre mientras se investiga.
La distinción era correcta y, aun así, en aquel cuarto parecía más frágil de lo que debería.
La abogada le enseñó los elementos con los que la Fiscalía justificaría la medida: la gravedad del delito, los indicios que la situaban junto al cadáver, la expectativa de una pena elevada y lo que el atestado llamaba ausencia de arraigo y el consiguiente riesgo de fuga.
Nora llevaba pocas semanas en la ciudad, no figuraba en el contrato del piso, había cambiado de número y no tenía allí familia ni otro domicilio.
Su empleo en la cafetería ocupaba una sola línea: relación laboral reciente, pendiente de comprobación.
—Aurora puede demostrarlo.
—He solicitado que la citen y que conserven las grabaciones. También he aportado el nombre del hospital y la referencia del informe de urgencias. No está incorporado todo todavía.
—Pero los mensajes sí.
—Los mensajes les llegaron hechos.
La abogada no habló de manipulación. Apartó varias hojas y señaló un párrafo del atestado.
Allí se decía que Nora había abandonado de forma repentina el domicilio familiar después de años de episodios violentos, que había cortado el contacto con su entorno y que presentaba lagunas de memoria asociadas a situaciones de estrés.
Los tres datos estaban enlazados por comas y, leídos así, parecían partes de una misma explicación.
—Esto no son antecedentes —dijo Nora.
—No tienes antecedentes penales. Consta expresamente.
—Han escrito lo que hizo mi padre como si lo hubiera hecho yo.
—Y voy a decirlo. Pero la fiscal no necesita presentarlo como un delito tuyo. Le basta con utilizar la huida y la falta de domicilio para sostener que podrías marcharte otra vez.
Nora apoyó las manos en el borde de la mesa. Durante años, Tomás había convertido quedarse en una prueba de obediencia; ahora, haberse marchado podía servir para justificar que la encerraran. Todo dependía de cómo se mirara.
—¿Qué alternativa hay?
—Comparecencias periódicas, prohibición de salir del país y retirada del pasaporte, si lo tienes. Podemos proponer que fijes un domicilio, pero el piso es el lugar del crimen y tu casa familiar no es una opción segura. La cafetería acredita trabajo, no residencia.
—No tengo pasaporte.
La letrada lo anotó sin presentarlo como una ventaja mayor de la que realmente era.
Después le recordó que podía guardar silencio y que no estaba obligada a completar ante el juez la declaración policial.
Nora preguntó por la llamada de aviso que el inspector se había negado a identificar.
La mujer asintió, pero le recomendó que no desplegara toda la historia de Inés y Leza en una comparecencia centrada en decidir sobre su libertad.
Había nombres que todavía no podían sostener con documentos delante.
—Lo importante hoy es impedir que confundan una laguna con una confesión y tu pasado con un pronóstico de fuga —dijo—. Si el juez te pregunta, responde lo que sepas. Nada más.
La sala era más pequeña de lo que Nora había imaginado y no se parecía a los tribunales de la televisión.
No había jurado, público ni testigos esperando tras una puerta.
El juez ocupaba el centro de una mesa elevada apenas unos centímetros; a un lado se sentó la fiscal de guardia y al otro la letrada.
Un funcionario comprobó la grabación, pronunció el nombre completo de Nora y le pidió que se identificara.
Escuchar Varela allí le dio la sensación de haber arrastrado a Tomás hasta la ciudad después de todo lo que había hecho por dejarlo atrás.
La fiscal habló sin levantar la voz. Expuso que Inés Robles había muerto por una herida de arma blanca, que Nora había sido encontrada junto al cuerpo con el arma en la mano y que el análisis inicial situaba material genético de ambas en el cuchillo.
Citó los mensajes de amenaza, la sustancia detectada en la sangre de la investigada y los once minutos para los que no había explicación.
Cada elemento aparecía acompañado por alguna reserva —preliminar, pendiente de confirmación, según el volcado inicial—, aunque al oírlos uno detrás de otro esas cautelas parecían pesar menos.
Después pasó al riesgo de fuga. Nora carecía de domicilio estable, de recursos conocidos y de vínculos familiares en la ciudad; había abandonado su lugar de origen sin comunicar el destino, cambiado de tarjeta telefónica y organizado una vida separada de su entorno anterior.
La fiscal mencionó los episodios violentos en la casa familiar y las alteraciones de memoria, aclarando que no los presentaba como delitos cometidos por Nora, sino como factores de inestabilidad personal.
La palabra, dicha en aquel tono técnico, parecía más difícil de discutir que los hechos que pretendía resumir.
La abogada esperó a que terminara.
—Mi representada carece de antecedentes penales, policiales y judiciales —empezó la abogada—. Lo que la Fiscalía denomina entorno familiar violento es la violencia que ella ha sufrido. No puede transformarse a una víctima en un riesgo procesal por haber abandonado el lugar donde la agredían.
Recordó que Nora se había identificado con su documentación verdadera, había buscado empleo y no había intentado ocultarse después de la muerte de Inés.
La detuvieron en el propio lugar de los hechos; desde el primer momento pidió que se preservaran las cámaras de la cafetería y señaló una muestra hospitalaria anterior que podía explicar la sustancia hallada en su sangre.
Los mensajes se habían enviado durante su turno, algo que todavía no se había comprobado.
Tampoco constaba quién avisó a la policía ni por qué los agentes llegaron con aquella rapidez.
—La gravedad abstracta de la pena no basta —continuó—.
No se ha señalado una sola fuente de prueba a la que Nora pueda acceder ni una persona sobre la que tenga capacidad de influencia.
Sus dispositivos están intervenidos, el domicilio está precintado y su falta de colaboración no puede deducirse del ejercicio del derecho a no rellenar un periodo que no recuerda.
Si se considera necesario asegurar su presencia, existen medidas menos gravosas.
La fiscal respondió que la investigación se encontraba en sus primeras horas y que, precisamente por la fragilidad de los vínculos de Nora, las medidas alternativas resultaban insuficientes.
No afirmó que fuese culpable. Habló de asegurar el procedimiento, del peso conjunto de los indicios y de una facilidad material para desaparecer que, según sostuvo, Nora ya había demostrado.
El juez consultó unos folios y después miró a Nora.
—¿Tiene algún domicilio distinto del de la fallecida donde pueda residir si queda en libertad?
Nora pensó en la cafetería cerrada, en el piso precintado y en la casa de la que había salido con la bolsa de deporte apretada contra las piernas. Pensó también en Elena recogiendo los pedazos del marco roto y fingiendo durante años que bastaba con cerrar una puerta para contener a Tomás.
—No puedo volver con mi padre.
—No le he preguntado si desea volver. Le pregunto si dispone de otro domicilio.
—No.
El juez le ofreció la posibilidad de añadir algo más. La abogada giró apenas la cabeza hacia ella, sin asentir ni negarse.
—Yo no huí de la policía —dijo Nora—. Me fui de una casa donde no estaba segura.
Vine con mi nombre, trabajé con mi nombre y seguí en el piso cuando podía haberme marchado.
No puedo reconstruir de principio a fin una franja de once minutos, pero eso no significa que deba llenarla con lo que otros dicen que hice.
Y lo que hizo mi padre no es un antecedente mío.
El juez dio por terminada la audiencia. No anunció la decisión en la sala.
La espera duró casi dos horas. Nora permaneció en una celda donde alguien había grabado tres iniciales en la pintura de la pared.
Intentó ordenar los argumentos como había ordenado las ausencias de Inés: hechos, inferencias, vacíos.
El cuchillo era un hecho; haberlo utilizado, una inferencia.
Los mensajes existían, pero seguía sin demostrarse que ella los hubiera escrito.
Había abandonado su casa; de ahí no se desprendía necesariamente que fuese a fugarse de la justicia.
Sin embargo, comprendió que en aquel momento el procedimiento no tenía que resolver esas diferencias.
Bastaba con que el juez considerara mayor el riesgo de equivocarse dejándola libre que el de encerrarla.
La abogada regresó con una copia del auto y la mandíbula tensa.