La versión de Nora 16. Ya lo sabían
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16. Ya lo sabían

TERCERA PARTE · LA ACUSADA

La primera vez que Nora vio sus manos sin sangre fue bajo la luz blanca de una sala de exploración.

Una enfermera le había limpiado las palmas con gasas húmedas después de que un agente fotografiara cada dedo, las uñas y la línea oscura que alcanzaba la manga.

El agua terminó rosada dentro de la bandeja de acero.

Nora las miró y tuvo la sensación absurda de que el cuchillo continuaba encajado entre los dedos, como si haberlo soltado hubiera sido una orden obedecida por el cuerpo y no algo que recordara haber decidido.

Le habían retirado el abrigo, las botas y la ropa del trabajo.

Cada prenda desapareció dentro de una bolsa con una etiqueta que no alcanzó a leer.

En el inventario de sus efectos personales figuraban el documento de identidad, algo de dinero, una cinta roja atada a una llave y otra llave estrecha de latón.

Cuando el agente nombró esta última, Nora sintió en el pecho el borde que ya no llevaba consigo y pensó en la caja fijada bajo el archivador, en la dirección que Inés había dejado dentro y en el segundo teléfono.

Bastaba con preguntar para ponerlo al alcance de la policía.

También bastaba con preguntar para entregárselo a la misma persona de la que Inés había intentado ocultarlo.

—¿Quiere que avisemos a alguien de su detención? —preguntó una funcionaria.

Nora pensó en Elena. Vio a Tomás contestando el teléfono, escuchando el nombre de la comisaría y recibiendo la confirmación de que su hija ya no podía huir.

Dio en su lugar el nombre de Aurora y el de la cafetería.

No sabía el número de memoria, pero estaba guardado en su teléfono, retenido junto con el resto de sus pertenencias.

—Es mi encargada —aclaró—. Cerramos juntas anoche. Puede confirmar a qué hora salí.

La funcionaria levantó la vista del formulario.

—Se le comunicará que está detenida y dónde se encuentra. Nada más.

—Entonces anote que puede confirmarlo.

—Ya tendrá ocasión de declarar.

Sintió que una puerta se cerraba delante de ella.

La examinaron en un hospital custodiado por dos agentes.

Le tomaron muestras, comprobaron el dolor de las muñecas y cubrieron con un apósito un corte superficial en la palma que no había visto hasta entonces.

No sabía si se lo había hecho con la copa rota, con el cuchillo o durante los minutos ausentes.

Una médica le preguntó qué había consumido en las últimas horas.

Nora explicó la inyección de la noche anterior, el ingreso en observación y el informe que guardaba en el bolsillo cosido de la bolsa de deporte.

La bolsa seguía en el piso. La copia del informe, dentro de la habitación cerrada.

El original que llevaba en el abrigo ya formaba parte del inventario policial.

—¿Tomó el sedante voluntariamente? —preguntó uno de los agentes antes de que la médica pudiera continuar.

—He dicho que me lo inyectaron.

—Eso constará en su declaración.

—También consta en urgencias desde ayer.

La médica pidió al agente que esperara fuera. El hombre salió despacio. Cuando la puerta se cerró, Nora comprendió que acababa de defender un hecho ya registrado y que, aun así, un policía ya lo estaba tratando como si sólo fuera su versión.

Pasó el resto de la noche en una celda de la comisaría.

No durmió. El banco de obra era demasiado estrecho para estirarse y, en una esquina del techo, una cámara de vigilancia apuntaba hacia el interior de la celda.

Cada vez que cerraba los ojos regresaba el estribillo, aunque la canción se detenía antes de alcanzar las tres notas descendentes.

Cuando la canción se interrumpía, recordaba al agente del hospital preguntándole si había tomado el sedante voluntariamente y diciéndole que aquello constaría en su declaración.

Nora todavía no había declarado y ya empezaba a temer que cada cosa que dijera pudiera volverse en su contra.

A media mañana le permitieron comunicarse con Aurora. Un agente permaneció a menos de dos pasos mientras el teléfono fijo daba tono. Nora había preparado varias frases durante la noche, pero al escuchar la voz de su encargada solo consiguió decir su nombre.

—Ya me han avisado —dijo Aurora—. ¿Te han hecho daño?

—No. Necesito que recuerdes a qué hora salí ayer.

El agente intervino.

—No puede hablar de las diligencias.

Nora apartó el auricular unos centímetros y esperó a que terminara.

—A las diez y tres —respondió Aurora—. Bajé la persiana contigo dentro y te vi cruzar la esquina. Las cámaras también.

—No borres nada. Por favor.

—Aquí no se va a borrar nada.

Aurora no le prometía una solución, sólo conservar lo que había visto.

Antes de que el agente diera por terminada la llamada, Nora le pidió que no contactara con su madre.

No podía explicarle por qué sin pronunciar el nombre de Tomás, y quizá ya fuera demasiado tarde para proteger a su madre de la noticia, pero necesitaba conservar al menos esa decisión.

La abogada de guardia llegó por la mañana.

Era una mujer de unos cuarenta años, con el cabello todavía húmedo por la lluvia y una carpeta casi vacía bajo el brazo.

Se entrevistó con Nora a solas en una sala pequeña y le pidió que separara tres cosas: lo que había visto, lo que deducía y lo que no recordaba.

—Si no lo sabe, diga que no lo sabe. Si no lo recuerda, no permita que le cambien esa frase por otra —le indicó—. Puede guardar silencio o declarar sólo ante el juez. La policía tiene que informarle de los hechos que le atribuye y yo estaré presente si decide responder.

—Si callo, su historia será la única.

—Callar no equivale a admitirla.

—Inés ha muerto. No quiero que lo único que conste de mí sea que estaba junto a su cuerpo con un cuchillo.

La letrada la observó durante unos segundos. No insistió.

—Entonces no rellene los huecos para resultar más creíble. Los huecos también tienen que constar.

El interrogatorio no comenzó hasta la tarde siguiente a la detención.

Para entonces Nora había perdido la noción del día, aunque no de las horas: las diez y dieciocho, poco después de entrar en el piso; las diez y veintinueve, cuando volvió a reconocerse dentro de su cuerpo.

Dos agentes se sentaron frente a ella. El de mayor edad dirigía las preguntas.

El otro permanecía junto al ordenador, escribiendo sin apenas levantar la vista.

Le leyeron de nuevo sus derechos y le comunicaron que estaba siendo investigada por la muerte violenta de Inés Robles. La expresión era precisa y, aun así, insuficiente. Nora la corrigió en silencio: no la muerte, sino el asesinato. No una mujer, sino Inés.

Empezaron por cuestiones sencillas. Cuánto tiempo llevaba viviendo en el piso. Cómo había conocido a Inés. De quién era la vivienda. Si pagaba alquiler. Cuándo había empezado a deteriorarse la convivencia.

—No se había deteriorado —respondió Nora.

El inspector dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Se sintió engañada cuando descubrió que la señora Robles la había buscado deliberadamente.

Nora tardó en contestar. Aquella conversación había ocurrido en la cocina, sin testigos, horas antes de que Inés saliera. Ella no la había mencionado en el hospital ni durante el traslado.

—¿Quién le ha dicho eso?

—¿Niega que discutieran?

—Le he preguntado cómo lo sabe.

El agente que escribía dejó quietas las manos. La abogada se inclinó hacia la mesa.

—La detenida tiene derecho a conocer los elementos esenciales que sustentan su privación de libertad.

El inspector abrió una carpeta y sacó varias hojas. No se las entregó; las colocó de modo que Nora pudiera leer una sucesión de mensajes impresos. Junto a cada uno aparecían su número y el de Inés.

20:43. «No puedes cambiar de idea ahora».

20:51. «No vuelvas al piso. Hablaremos mañana».

21:06. «No voy a dejar que me dejes sin nada».

21:12. «Si vuelves, llamaré a la policía».

Nora no reconoció aquella conversación. Las frases podían pertenecer a una pelea entre dos mujeres que convivían, pero no eran lo que ella había dicho a Inés aquella mañana.

A las ocho y cuarenta y tres estaba detrás de la barra.

Recordaba a una pareja que había pedido la cuenta por separado, el vaso que Aurora dejó a su lado y la lluvia empezando a cubrir la cristalera.

Su teléfono permanecía junto a la libreta, a la vista de las cámaras.

—Yo no escribí esto.

—Los mensajes constan como enviados desde la cuenta asociada a su número.

—¿Desde mi teléfono?

El inspector sostuvo su mirada.

—Eso es lo que se está analizando.

—A esa hora estaba trabajando. Comprueben las cámaras de la cafetería. Y hablen con Aurora. Ella me vio toda la tarde.

El inspector retiró las hojas sin anotar la petición. Nora miró al agente del ordenador.

—Escríbalo.

La abogada repitió la solicitud con una calma más afilada. Solo entonces volvió a oírse el teclado.

El inspector cambió de carpeta. Dijo que el análisis preliminar había identificado ADN de Nora en el mango del cuchillo y sangre de Inés en la hoja.

También había restos biológicos de Nora cerca de la unión entre la hoja y el mango.

Habló despacio, atento a qué parte de la información alteraba su respiración.

—Desperté con el cuchillo en la mano —dijo Nora—. Ya se lo expliqué a los agentes que entraron.

—No despertó. Estaba consciente cuando llegamos.

—Volví a ser consciente.

—¿Admite que sostuvo el arma?

—Admito que la tenía cuando pude volver a recordar lo que estaba ocurriendo.

—¿Y antes?

—Recuerdo haberle buscado el pulso. Después quedan fragmentos, no una secuencia.

—Once minutos no son tanto tiempo, Nora.

La inquietó menos su nombre que la cifra. Nora todavía no les había contado cuándo había entrado en el piso ni cómo había calculado el vacío.

—¿Cómo sabe que fueron once?

El inspector unió las manos.

—Su teléfono registra actividad a las diez y dieciocho. A las diez y veintinueve nuestros compañeros ya estaban dentro de la vivienda.

—Yo no hice ninguna llamada.

—Llamó al teléfono de la víctima.

Nora recordó el tono mientras abría el portal y el mensaje que dejó después de la señal: «Estoy entrando». Eso explicaba una parte de la cronología, no quién había avisado a la policía.

—¿Quién avisó a la policía?

—Ya llegaremos a eso.

No llegaron.

El siguiente dato fue la sustancia hallada en su sangre.

El inspector evitó darle un nombre definitivo: habló de un compuesto sedante pendiente de confirmación y de una concentración compatible con una alteración de conciencia.

La abogada preguntó por la hora de extracción, el resultado cuantitativo y el análisis de la muestra tomada en urgencias la noche anterior.

El hombre respondió que el informe era preliminar.

—Me inyectaron esa sustancia el día anterior —dijo Nora—. Hay una lesión, un parte médico y muestras anteriores a la muerte de Inés.

—También hay un cuchillo en su mano y mensajes de amenaza que constan en su cuenta.

—Y una llamada que ustedes no quieren decirme quién hizo.

El inspector se reclinó en la silla. Hasta entonces había fingido examinar posibilidades. Esta vez habló de otro modo.

—La señora Robles la acogió. Le consiguió trabajo.

Usted descubrió que la había engañado y que podía quedarse sin aquel lugar donde vivir.

Regresó bajo los efectos de una sustancia, discutieron y perdió el control.

Después, debido a su estado, no recuerda con claridad lo ocurrido. Es una explicación posible.

Nora lo escuchó hasta el final. La historia estaba construida con piezas verdaderas y por eso resultaba difícil no creerla.

Inés la había acogido. La había buscado y utilizado.

Nora se había sentido traicionada. La sustancia existía y el cuchillo había estado en su mano.

Lo falso estaba en el orden que convertía esos hechos en ese resultado.

—¿Dónde está la parte en la que Inés tenía miedo de Gabriel Leza? —preguntó.

El agente del ordenador levantó la cabeza. El inspector no se movió.

—¿Qué relación tenía la víctima con el señor Leza?

La pregunta sonó limpia, casi indiferente.

Pronunciar aquel nombre no había abierto una línea de investigación; sólo les había entregado otra frase para la versión que escribían sobre ella.

Pensó en la llave de latón, guardada en una bolsa de efectos, y en la advertencia de Inés: la policía no puede protegernos si no sabemos quién está limpio.

—Quiero hablar de eso con mi abogado antes de responder.

—Su abogada está aquí.

—He dicho antes de responder.

La letrada pidió que constara la interrupción. El inspector preguntó después por la carpeta azul y por Tomás. Nora guardó silencio. Esta vez elegía qué verdad no iba a entregar en aquella sala.

Al finalizar, el agente imprimió la declaración. En una de las últimas páginas aparecía una frase que Nora no había pronunciado: «La detenida manifiesta no poder descartar haber agredido a la víctima durante el periodo que afirma no recordar».

—Eso no lo he dicho.

—Es la consecuencia de su respuesta —replicó el inspector.

—No. Mi respuesta es que no lo recuerdo.

La abogada tachó la frase, escribió al margen la formulación exacta y exigió una nueva copia. Nora no firmó hasta comprobar que constaban la petición sobre las cámaras, el ingreso anterior y su pregunta sin respuesta acerca de la llamada.

Antes de que se la llevaran, el inspector recogió los papeles y le dijo que a la mañana siguiente pasaría a disposición judicial. Allí decidirían si quedaba en libertad o ingresaba en prisión provisional.

—Todavía puede ayudarse —añadió—. Una franja de once minutos sin una secuencia completa deja mucho espacio para equivocarse.

Nora miró la carpeta cerrada. Desde el cadáver hasta aquella sala, otros habían decidido qué significaba su silencio: trauma, confusión, culpa. Solo faltaba que ella aceptara el papel asignado.

—No voy a confesar algo solo para llenar once minutos —dijo.

La puerta se cerró detrás de ella. Al otro lado quedaban los papeles, las preguntas y una historia cuyo final parecía escrito antes de que pudiera contar el suyo.