15. El cuerpo
Aurora bajó la persiana a las diez y tres, cuando el último cliente llevaba ya unos minutos fuera y la lluvia seguía golpeando la cristalera con la misma constancia de toda la tarde.
Con media sala a oscuras y las sillas de la terraza recogidas junto a la puerta, la cafetería parecía más pequeña.
Nora había pasado allí casi seis horas pendiente del teléfono mientras intentaba trabajar con normalidad y, al terminar el turno, seguía sin tener más noticias de Inés que el mensaje de las cuatro y diecisiete en el que le pedía que comprara pan si volvía antes que ella.
—Puedo acercarte —dijo Aurora mientras guardaba las llaves de la caja y buscaba las del coche en el bolso—. Con este tiempo no vas a llegar seca ni a la esquina.
Nora miró otra vez la pantalla. Había llamado a Inés a las seis y media, de nuevo a las ocho y cuarto y una última vez a las nueve y cuarenta, dejando sonar hasta que entró el buzón. No había recibido ninguna llamada después.
—No hace falta. Tengo que pasar por un sitio antes de volver a casa.
Aurora levantó la vista.
—¿Ahora?
—No tardaré.
Nora sabía que aceptar que la llevara complicaría las cosas. Aurora seguía creyendo que vivía con una prima al otro lado del río y, si le daba la dirección del piso, tendría que inventar otra explicación. Prefería no añadir más detalles a una historia que ya llevaba semanas sosteniendo.
Aurora la observó unos segundos, pero no insistió.
—Como quieras. Escríbeme cuando hayas terminado.
—Lo haré.
Nora se puso el abrigo y guardó el teléfono. La pequeña llave de latón seguía en su bolsillo. Si Inés no había vuelto, sabía qué tenía que hacer.
Aurora se quedó junto a la puerta mientras Nora salía a la calle.
—Ten cuidado.
Nora asintió y echó a andar bajo la lluvia.
La panadería junto al mercado ya había cerrado.
Nora redujo el paso al pasar frente al escaparate y recordó el mensaje de Inés: «Compra pan si vuelves antes que yo».
Podía haber sido una petición cualquiera, escrita deprisa antes de quedarse sin batería o de entrar en un lugar donde no pudiera responder.
También podía ser una manera de hacerle saber que pensaba volver.
Nora se quedó con esa posibilidad y continuó caminando.
Las mangas se le empaparon enseguida. Estaba cansada después de la noche anterior, pero caminaba atenta a lo que ocurría a su alrededor; miró más de una vez hacia atrás y aprovechó los escaparates oscuros para comprobar si alguien seguía su mismo recorrido.
No vio el coche gris ni vio nada sospechoso entre una calle y la siguiente.
Cuando llegó a la avenida del edificio, volvió a llamar a Inés.
El teléfono sonó hasta desviarse al buzón.
Al oír la señal, dejó un mensaje breve: «Estoy entrando».
Alzó la vista hacia el cuarto piso. No había ninguna luz encendida.
Entró en el portal y subió por las escaleras. Desde la intrusión de la noche anterior había evitado el ascensor, aunque sabía que esa precaución no servía de mucho si alguien podía abrir la puerta de su casa con una llave. El bombín nuevo debía impedir que volviera a ocurrir de la misma manera.
Al llegar al rellano comprobó la puerta antes de acercar la llave nueva a la cerradura. La introdujo en el bombín y tuvo que intentarlo una segunda vez porque la lluvia le había mojado y enfriado los dedos. Cuando consiguió girarla, empujó la puerta y notó una resistencia leve desde dentro.
Algo rozó las baldosas.
Nora abrió un poco más y vio una zapatilla roja tumbada junto a la entrada. Reconoció enseguida que era de Inés. La otra no estaba allí.
—¿Inés?
Esperó, todavía con una mano en la puerta. Nadie contestó.
Al entrar notó el cambio de temperatura y un olor dulzón que no supo identificar. Cerró y dejó las llaves de la vivienda en el cuenco de la consola; la cinta roja seguía anudada a la copia nueva, mientras que la pequeña llave de latón permanecía en su bolsillo.
Entonces oyó la música.
Llegaba desde el fondo del pasillo. La puerta de la habitación donde Inés guardaba el archivador estaba entreabierta y, desde allí, una mujer cantaba con una voz antigua y algo áspera sobre un acompañamiento de cuerda.
El fragmento se repetía y, al volver al principio, se oía una pequeña imperfección en la grabación.
Nora conocía aquella canción.
No recordaba el título ni una sola frase, pero reconoció el estribillo con una seguridad que no sabía explicar. Se quedó inmóvil unos segundos, escuchando, hasta que la incomodidad se convirtió en una necesidad casi física de apagarla.
Sacó el teléfono. La pantalla marcaba las 22:18.
Seguía sin haber noticias de Inés. Nora abrió la conversación y empezó a escribir «¿Dónde estás?», pero dejó el mensaje a medias cuando volvió a mirar hacia el pasillo.
—Ya estoy aquí —dijo, elevando la voz.
Fue primero a la cocina. El pan del día anterior seguía sobre la encimera, dentro de la bolsa abierta, y había dos platos en el escurridor y un vaso a medio beber junto al fregadero.
Ningún cajón parecía forzado ni había objetos tirados por el suelo.
Después de la intrusión de la noche anterior, Nora habría esperado reconocer enseguida cualquier señal de que alguien hubiera vuelto a registrar la casa; no encontró ninguna.
Pensó en la llave de latón. Si Inés no estaba, podía seguir las instrucciones, buscar la caja bajo el archivador y marcharse con la dirección antes de que ocurriera nada más. Dio un paso hacia el pasillo, pero al respirar de nuevo percibió algo distinto bajo aquel olor dulzón.
Era un olor húmedo y metálico.
Se le cerró el estómago.
Avanzó hacia el salón y vio los cristales en el suelo. La base de una copa había quedado junto a la mesa y varios fragmentos se extendían alrededor de un líquido oscuro. Durante un instante intentó convencerse de que era vino, aunque ya había visto que la mancha continuaba más allá de la alfombra.
Inés estaba al otro lado de la mesa.
Nora reconoció primero la ropa: los pantalones negros, la blusa blanca arrugada en la cintura. Después vio el brazo extendido hacia el pasillo, el pelo cubriéndole parte de la cara y un pie desnudo. La zapatilla roja que había encontrado en la entrada dejó de ser solo algo fuera de sitio.
—Inés.
El nombre apenas le salió.
Se acercó sin apartar la vista del cuerpo.
Un cristal crujió bajo la bota y, justo entonces, la canción volvió al estribillo.
Tres notas descendentes bastaron para que detrás de los ojos apareciera un destello de madera oscura, una bombilla moviéndose y alguien respirando con dificultad al otro lado de una puerta.
Nora apretó los dientes y esperó a que la imagen desapareciera.
No podía quedarse allí mirando. Inés podía seguir viva.
Se arrodilló con cuidado de no apoyar las rodillas sobre los cristales, le apartó el pelo de la cara y acercó la mejilla a su boca.
No notó aire. Buscó el pulso en el cuello, cambió los dedos de posición y lo intentó otra vez, cada vez con más presión porque necesitaba que el error fuera suyo.
La sangre le alcanzó la palma. Aún estaba tibia.
—No, por favor.
Volvió a buscar el pulso y no encontró nada.
Unas horas antes Inés le había entregado una llave y le había prometido que hablarían cuando volviera.
Nora seguía enfadada por las mentiras, por haber descubierto que el encuentro en la terminal no había sido casual y por todo lo que Inés todavía se reservaba, pero nada de eso encajaba con la quietud de aquel cuerpo.
Había imaginado muchas versiones de la conversación que les quedaba pendiente. Ninguna terminaba allí.
Necesitaba llamar al 112.
Buscó el teléfono y lo vio sobre la alfombra, a menos de un metro. No recordaba haberlo soltado. Apoyó una mano para incorporarse y, en ese momento, la puerta del fondo se movió unos centímetros. La canción empezó otra vez desde el principio.
Nora giró la cabeza.
Durante unos segundos, la puerta barnizada del piso dejó de ser la que tenía delante.
Vio otra madera, hinchada por la humedad y marcada a la altura de los ojos de una niña.
Le llegó olor a tierra mojada, aunque sabía que no podía venir de aquella habitación, y el crujido que acababa de oír bajo la bota pareció repetirse en otro lugar.
Después oyó una voz masculina.
No abras esa puerta.
Nora intentó sujetarse a lo que sabía. El bombín era nuevo.
Inés lo había cambiado aquella mañana. La llave de latón seguía en su bolsillo.
Bajo el archivador estaba el lugar que ella le había indicado.
Habían hablado de otro teléfono, de copias guardadas fuera de casa y de una explicación que Inés todavía le debía.
Todo eso pertenecía a ese mismo día.
Aun así, la habitación empezó a parecer más lejana.
La mesa, los cristales y el cuerpo de Inés seguían delante de ella, pero le costaba calcular la distancia.
Quiso levantarse y las piernas no respondieron como esperaba.
En algún lugar oyó a una mujer sollozar; después llegó el ruido de un cerrojo que se resistía y una respiración demasiado cerca.
Nora trató de llamar a Inés, aunque sabía que estaba junto a ella.
Le pareció que algo se movía en el pasillo, pero no llegó a distinguir qué era. Quiso incorporarse y entonces sintió algo frío en la mano. Después, una presión brusca alrededor de la muñeca.
Cuando volvió a saber dónde estaba seguía arrodillada junto a Inés, aunque no recordaba haber cambiado de postura.
Tenía la espalda encorvada y tardó unos segundos en comprender que los golpes que oía no pertenecían al recuerdo.
Alguien estaba llamando a la puerta principal y las voces del rellano se filtraban ya dentro del piso.
Nora levantó las manos.
La sangre le cubría las palmas, había entrado bajo las uñas y manchado el borde de la manga. En la mano derecha sostenía un cuchillo de mango negro.
Se quedó mirándolo.
No recordaba haberlo visto al entrar. Tampoco recordaba haberlo cogido.
La puerta principal se abrió de golpe y chocó contra la pared.
Varias voces llenaron el recibidor al mismo tiempo, acompañadas de pasos rápidos y del sonido de una radio.
Dos agentes aparecieron en la entrada del salón.
El primero se detuvo al verla; el segundo señaló el cuchillo y le ordenó que lo soltara.
Nora abrió los dedos. El arma cayó al suelo entre sus rodillas.
Uno de los agentes avanzó, apartó el cuchillo con el pie y le indicó que mantuviera las manos visibles. Nora obedeció mientras el otro se acercaba a Inés y hablaba por la radio.
—Llamen a una ambulancia —dijo Nora—. No respira.
El agente se agachó sin tocar a Inés y miró a su compañero. Nora vio aquel intercambio y comprendió qué significaba antes de estar preparada para aceptarlo.
El otro policía la sujetó por un brazo.
—Levántese.
Nora lo intentó, pero las piernas le temblaron y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa. Dejó una marca de sangre sobre la superficie y retiró la mano al verla.
—¿Hay alguien más en la vivienda?
Miró hacia el pasillo. La puerta de la habitación del fondo continuaba entreabierta y la música seguía sonando.
—No lo sé.
Uno de los agentes avanzó para comprobar las habitaciones mientras el otro permanecía junto a Nora.
—¿Ha llamado usted a la policía?
La pregunta tardó un instante en tener sentido.
—No.
El agente le llevó las manos a la espalda y cerró las esposas alrededor de sus muñecas.
Nora no se resistió. Había encontrado a Inés en el suelo, había intentado buscarle el pulso y, después, había un tramo que no podía reconstruir.
Ahora tenía sangre en las manos, un cuchillo que no recordaba haber tocado y dos policías dentro de una casa a la que ella no los había llamado.
Su teléfono seguía sobre la alfombra. Cuando el agente la hizo avanzar hacia el recibidor, una notificación encendió la pantalla y Nora alcanzó a leer la hora.
22:29.
Se detuvo.
Había visto las 22:18 al entrar. Recordaba la zapatilla roja, la cocina, la copa rota, el cuerpo de Inés y sus propios dedos buscando un pulso.
Después quedaban la canción, la madera húmeda, una voz masculina, algo frío contra la mano y aquella presión alrededor de la muñeca, pero no podía ordenar esos fragmentos ni saber cuántos de ellos pertenecían al piso.
Entre una hora y la otra había una franja de once minutos que no podía reconstruir de principio a fin.
La sangre ya le había alcanzado una palma cuando buscó el pulso; lo que no podía reconstruir era cuándo se había extendido a ambas manos ni cómo había acabado sosteniendo el cuchillo. Además, alguien había avisado a la policía antes de que ella pudiera hacerlo.
El agente que había recorrido el piso regresó mientras la conducían hacia el rellano y dijo que no había nadie.
Nora volvió la cabeza hacia la habitación del fondo.
Desde el pasillo alcanzaba a ver el archivador, pero no la parte inferior donde Inés le había indicado que buscara la caja si no regresaba.
La llave de latón seguía en su bolsillo.
Estuvo a punto de hablar. Podía explicar que Inés había dejado instrucciones para localizar otro teléfono y que quizá allí hubiera información relacionada con lo ocurrido.
Sin embargo, recordaba con demasiada claridad una de las últimas advertencias de Inés: no encenderlo en aquella casa.
También recordaba que no confiaba en que cualquier policía que recibiera esa información fuera a protegerla.
Nora miró a los agentes y guardó silencio.
Los sanitarios subían por la escalera con una camilla cuando empezaron a bajarla.
Uno de ellos preguntó dónde estaba el cuerpo.
Nora volvió la cabeza hacia la puerta abierta del piso.
Quiso corregir aquella palabra, decir que se llamaba Inés, que unas horas antes estaba viva y que todavía tenían una conversación pendiente.
Pero había otra pregunta que no conseguía apartar.
—¿Quién ha llamado?