La versión de Nora 14. No te encontré por casualidad
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14. No te encontré por casualidad

Nora despertó cuando la cinta adhesiva de la vía le tiró de la piel.

En realidad, llevaba horas sin dormir del todo, entrando y saliendo de una somnolencia que interrumpían las ruedas de las camillas, las voces amortiguadas del pasillo y el roce de la cortina cada vez que alguien venía a comprobar la bolsa de suero.

La claridad del amanecer empezaba a desteñir el cristal de la sala de observación.

Inés seguía en la silla junto a la pared, despierta, con el abrigo doblado sobre las rodillas y la espalda tan recta que resultaba evidente que tampoco había descansado.

La enfermera retiró la vía y le pidió que flexionara los dedos.

Comprobó después la inflamación del brazo, anotó algo en una hoja y explicó que las muestras ya habían sido enviadas al laboratorio.

No habló de ninguna sustancia concreta. Tampoco ofreció una certeza que aún no tenía: los valores que habían vigilado durante la noche eran estables y sería el médico quien decidiera si podía marcharse.

—Quiero que conste el pinchazo —dijo Nora.

La enfermera levantó la vista.

—Consta. También que refieres que una persona desconocida te administró algo contra tu voluntad.

—Necesito una copia.

Inés se removió en la silla, aunque no dijo nada. La enfermera asintió, aclaró que el informe de urgencias recogería la lesión y salió con la bandeja. Cuando la cortina volvió a cerrarse, Inés se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

—Si presentas una denuncia, la información puede llegar a Gabriel antes que a quien deba investigarla.

—Y si no queda escrito, dentro de una semana alguien podrá decir que me lo inventé.

—No te estoy pidiendo que ocultes lo que ha pasado.

—No. Me estás pidiendo que deje cosas fuera.

La réplica había salido más dura de lo que Nora pretendía, pero la rabia no era lo único que había detrás.

Desde que llegó a la ciudad, Inés había decidido qué preguntas eran demasiado peligrosas, qué nombres podían pronunciarse y cuánto de la vida de Nora necesitaba conocer.

La marca roja del brazo había convertido esas decisiones en algo físico.

Si el miedo acababa borrando también el único registro de lo ocurrido, después ya no habría nada que discutir.

El médico apareció poco después. Le hizo repetir lo último que recordaba, comprobó que podía caminar sin marearse y le indicó que volviera si sufría desorientación, vómitos persistentes o una somnolencia anormal.

Durante las horas siguientes debía evitar quedarse sola.

Los resultados completos tardarían, pero el informe recogía la pérdida de conciencia, la punción y la atención recibida.

Nora leyó cada página antes de firmar el alta. Inés esperó sin meterle prisa.

En el teléfono había tres mensajes de Aurora.

El primero preguntaba por qué no había acudido al turno de las siete; el segundo, enviado después de que Inés llamara a la cafetería, le ordenaba que descansara.

En el tercero explicaba que una camarera del turno de tarde se había puesto enferma, aunque añadía que no era problema de Nora. Ella la llamó desde el pasillo.

Aurora escuchó una versión reducida a una indisposición y una noche en observación.

—No vengas —dijo—. Lo de cubrir la tarde no iba por ti.

—Prefiero estar en un sitio con gente. Puedo entrar a las cuatro.

—Y yo prefiero no recoger a nadie del suelo entre dos mesas.

—Me han dado el alta. Si me mareo, me voy.

—De cuatro a diez. No cargas cajas y no me discutes si te mando a casa.

Nora aceptó. Sabía que trabajar ese día no era lo más prudente, pero la idea de quedarse en el piso donde alguien la había inmovilizado le resultaba peor.

En la cafetería habría una cristalera abierta a la calle, cámaras, clientes y Aurora, que no solía perder detalle de lo que pasaba a su alrededor.

Nora pasó las primeras horas de la mañana en la cafetería, antes del turno, para no quedarse sola en el piso.

Inés regresó mientras tanto para esperar al cerrajero, al que había llamado desde el hospital y que había acordado pasar aquella mañana.

Cuando Nora volvió a media mañana, el bombín ya estaba cambiado.

Inés le enseñó las tres llaves nuevas y le entregó una. Nora desató la cinta roja de la antigua y la anudó a la nueva antes de guardar la otra en un cajón.

—Esta ya no abre —dijo Inés, señalando la llave vieja.

Nora miró la puerta. Al menos, quien había entrado aquella noche no podría volver a hacerlo utilizando la misma llave. Pero eso no bastaba para que el piso volviera a parecerle seguro.

Los restos del vaso ya no estaban en el suelo.

Inés los había barrido mientras esperaba al cerrajero.

Sobre la consola del recibidor seguía el cuenco de cerámica de siempre, ahora con las llaves nuevas dentro.

Nora lo miró un instante. Todo volvía a estar en su sitio, pero ahora sabía que alguien había conseguido entrar en aquella casa.

En la habitación del fondo todavía se notaba que alguien había estado registrándolo todo.

Las fundas vacías seguían sobre la mesa y el cajón inferior del archivador continuaba abierto.

Nora dejó allí una copia del informe médico, fotografió todas las páginas y guardó el original en el bolsillo cosido de la bolsa, junto a la copia de la orden bancaria firmada por Tomás.

Inés vio lo que hacía y no preguntó dónde lo ocultaba.

—Dijiste que me contarías lo que sabías desde la terminal —le recordó Nora.

—Lo haré.

Inés se duchó y cambió la ropa arrugada de la noche por unos pantalones negros y una blusa blanca.

Mientras estaba en el dormitorio, Nora preparó dos tostadas que ninguna terminó.

Lavó los platos y los dejó en el escurridor.

Inés bebió medio vaso de agua, lo dejó junto al fregadero y se sentó frente a ella en la cocina.

Esta vez no llevó la carpeta azul ni buscó un documento que pudiera responder por ella.

—No te encontré por casualidad —dijo.

Nora llevaba esperando esas palabras desde que vio el círculo trazado sobre la terminal en el plano. Aun así, oírlas en voz alta hizo que la traición adquiriera una forma más concreta.

—Eso ya lo sabía.

—Lo sospechabas. No es lo mismo. —Inés dejó las manos abiertas sobre la mesa—. Yo conocía tu nombre antes de que llegaras a la ciudad. Nora Varela. Sabía tu edad, el pueblo del que venías y tenía una fotografía antigua. Llevaba meses intentando encontrarte.

Nora volvió a ver a Inés bajo la lluvia, interponiéndose entre ella y el hombre de la terminal, inventando una relación que no existía para conseguir que la dejara en paz.

Entonces su aparición había parecido la primera cosa afortunada que le ocurría desde que salió de casa.

El peligro de aquella escena seguía siendo el mismo. Lo que desaparecía ahora era el azar.

—¿También conocías al hombre que se acercó a mí?

—No. No preparé eso.

—¿Esperabas que apareciera alguien para poder rescatarme?

Inés sostuvo la mirada.

—Esperaba verte bajar del autobús. Cuando ese hombre empezó a llevarte hacia la salida, intervine. Podría haberte dicho quién era yo en ese momento, pero pensé que no vendrías conmigo si sabías que te estaba buscando.

—Y decidiste que engañarme era más fácil.

—Sí.

Nora había esperado una explicación defensiva, algo sobre el peligro o sobre Gabriel que permitiera a Inés justificar lo que había hecho. Pero Inés se limitó a admitirlo.

—¿Sabías qué autobús iba a tomar?

—Sabía lo suficiente para estar allí esa mañana.

—Eso no es una respuesta.

—No. Es el límite de lo que puedo explicarte sin contarte antes por qué te buscaba.

—Entonces empieza por ahí.

Inés bajó la vista hacia las marcas de agua de la mesa.

—Al principio quería comprobar una cosa.

Creí que podía acercarme, hacerte unas preguntas y desaparecer de tu vida si me había equivocado.

Después llegaste sin dinero, sin un lugar donde dormir y mirando cada puerta como si alguien pudiera cruzarla detrás de ti.

Te traje a casa porque dejarte allí habría sido peligroso, pero también porque ya tenía un motivo para querer mantenerte cerca. Las dos cosas son verdad.

—Si hubiera encontrado una habitación al día siguiente, ¿me habrías dejado ir?

Inés no respondió enseguida. Nora prefirió aquella demora a una promesa rápida.

—Quiero decirte que sí. Pero llevaba meses buscándote y aún no sabía lo que necesitaba saber. Puede que hubiera encontrado otra excusa para pedirte que te quedaras.

—Eso es utilizarme.

—Sí. —Inés juntó las manos, sin acercarlas a las de Nora—. Y que después me importaras no borra cómo empezó. Solo hace que me avergüence más haber seguido callando.

Habría sido más fácil que mintiera. Nora podía rechazar una mentira, apartarla y decidir que todo lo demás quedaba contaminado por ella.

Nora tardó unos segundos en asimilar lo que acababa de decirle.

Inés había aprovechado su llegada y, unas horas antes, también había pasado la noche sentada junto a una cama de hospital comprobando que seguía respirando.

Nora seguía enfadada por todo lo que Inés le había ocultado.

Aun así, no podía fingir que las semanas que habían pasado juntas no habían significado nada.

Nora pensó en el empleo marcado en el periódico, en aquella hora de entrada a la cafetería que Inés había conocido sin que Nora se la hubiera dicho y en los recorridos dibujados sobre el plano.

Ahora cada ayuda podía esconder una segunda intención.

Algunas habían sido útiles, incluso necesarias.

Eso no las hacía inocentes. Pero tampoco borraba las comidas compartidas, las bromas ni las noches en que Inés había respetado una puerta cerrada.

—¿Qué querías comprobar?

Inés dejó pasar unos segundos.

—Déjame enseñarte primero cómo llegué hasta tu nombre. No quiero darte otra respuesta que tengas que creer solo porque la diga yo.

Hizo ademán de levantarse hacia la habitación del fondo. Nora cerró la mano alrededor del borde de la silla.

—¿Tiene que ver con la mujer de aquella noche?

El cambio en el rostro de Inés fue suficiente. Elena había pronunciado una frase que ambas reconocían desde lugares distintos. Nora sintió otra vez, antes de poder pensarlo, aquella presión circular en la muñeca y el ruido de un cerrojo que se resistía en la oscuridad.

—¿Quién era? —insistió—. ¿Qué le hicieron mi padre y Gabriel?

Inés abrió la boca, pero el teléfono vibró sobre la mesa.

En la pantalla apareció un número desconocido y una imagen recibida. Inés la amplió con dos dedos. Nora alcanzó a ver un sobre marrón cruzado por una tira de cinta, idéntico al que habían sacado del piso la noche anterior. Debajo había una frase: «Recógelo tú. Sola. Antes de las doce».

Inés llamó de inmediato a un número de su agenda. Nadie respondió. Lo intentó otra vez y una locución informó de que el teléfono estaba apagado. La vacilación que había tenido durante la conversación desapareció. Se levantó, fue al dormitorio y volvió con el abrigo oscuro.

—El sobre está a salvo —dijo Nora—. Tú misma lo comprobaste.

—Lo estaba. La fotografía se ha tomado donde lo dejé.

—Entonces es una trampa.

—También es una amenaza contra la persona que lo guarda.

Nora se interpuso entre ella y la puerta.

—No vas a salir sola porque un mensaje te lo ordene.

—No voy a llevarte conmigo después de que alguien te haya inyectado una sustancia para registrar esta casa.

—No vuelvas a decidir por mí.

Inés se detuvo. El reproche cayó justo sobre lo que acababa de admitir. Miró primero el reloj de la cocina, luego el teléfono y por último a Nora.

—Tienes razón. Te propongo un plan y tú decides si lo aceptas. Vas a la cafetería, donde hay gente y cámaras. Yo comprobaré qué ha ocurrido con el sobre. Te escribiré antes de las cinco y volveré antes de que termines el turno. Si no lo hago, no salgas a buscarme.

Entró en la habitación del fondo y regresó con una llave estrecha de latón. No era la llave oscura de aquella puerta ni una copia de la vivienda. La dejó sobre la palma de Nora y le cerró los dedos alrededor.

—Si cuando vuelves yo no estoy, mira debajo del archivador de la derecha. Hay una caja fijada al zócalo. Esta llave la abre. Dentro encontrarás una dirección y un código.

—¿Para qué?

—Para encontrar otro teléfono.

Nora recordó la anotación que había visto el día anterior mientras hacían el inventario.

—¿Es ahí donde guardas las copias?

—Parte de ellas. Gabriel no sabe dónde está. No lo enciendas en esta casa. Si yo no regreso, lo que contiene será más importante que la carpeta.

Nora miró la llave. Inés no le estaba dando todavía la explicación que había prometido. Le estaba dejando la forma de conservarla si alguien conseguía impedir que regresara. La llave, tan pequeña en su mano, decía más sobre el peligro de aquella salida que cualquier advertencia.

—Quiero la verdad cuando vuelvas —dijo—. Toda. No solo la parte que creas que puedo soportar.

—Cuando vuelva.

Inés recogió del cuenco blanco las llaves nuevas y salió. Nora se quedó junto a la puerta hasta oír cerrarse el portal. Después guardó la llave de latón en el bolsillo interior del abrigo, junto al informe médico, y se dirigió a la cafetería.

El mensaje llegó a las cuatro y diecisiete, mientras Aurora le enseñaba a cerrar la caja del turno de tarde. Solo decía: «Compra pan si vuelves antes que yo».

Nora lo leyó varias veces. No explicaba dónde estaba Inés ni qué había ocurrido con el sobre. Sonaba, sin embargo, exactamente a ella, a su costumbre de esconder una promesa dentro de algo doméstico. Nora llamó. El teléfono sonó hasta desviarse al buzón de voz.

Durante la tarde, Aurora la mantuvo detrás de la barra, cerca de la caja y de la cámara que vigilaba el mostrador.

El teléfono permaneció a la vista junto a una libreta, como el día en que esperó la llamada de Elena.

Nora atendió pedidos, cobró mesas y anotó las horas de cada intento de comunicarse con Inés.

A las seis y media volvió a llamar. A las ocho y cuarto lo hizo por tercera vez.

En ambas ocasiones respondió el buzón de voz.

—Si estás esperando noticias malas, mirarlo no hará que lleguen antes —dijo Aurora al encontrarla otra vez con la pantalla encendida.

—No sé qué noticias espero.

Aurora no pidió explicaciones. Le dejó un vaso de agua y durante unos minutos se ocupó ella de las mesas de la cristalera.

Nora se quedó junto a la barra, agradecida por no tener que atender a nadie.

Inés le había pedido que permaneciera en un lugar con gente y, por una vez, no necesitaba que se lo recordaran: ella tampoco quería estar sola.

Empezó a llover poco antes de las nueve.

Las gotas golpeaban la cristalera y deformaban las luces del mercado al otro lado.

Nora siguió trabajando con la llave de latón guardada en el bolsillo.

A las diez en punto, cuando Aurora bajó la persiana, el mensaje sobre el pan seguía siendo la última señal de Inés.