La versión de Nora 13. Cuando despertó
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13. Cuando despertó

Inés no volvió a pedirle que se marchara.

Durante la hora siguiente trabajaron juntas en la habitación del fondo, con la puerta abierta y la bolsa de Nora todavía preparada sobre la cama.

La carpeta azul quedó en medio de la mesa.

A un lado fueron dejando los documentos que Inés consideraba imprescindibles; al otro, las fotografías y anotaciones cuya falta podía llamar la atención enseguida.

Ahora, cuando Nora se acercaba, Inés no apartaba las hojas.

—Necesito saber qué estamos sacando y qué estamos dejando —dijo Nora—. Si mañana falta algo, no quiero depender de que tú lo recuerdes.

Inés cogió la libreta que le ofrecía y empezó a dictar: tres relaciones de transferencias recientes, la hoja de matrículas vinculada a la empresa de seguridad, dos copias de denuncias retiradas y cuatro fotografías de accesos laterales a hoteles.

Nora numeró cada pieza, añadió la fecha y dejó señalado qué documentos eran originales.

Al revisar una de las hojas, Nora vio que Inés había escrito «copia fuera» junto a dos de las referencias.

—¿Qué significa esto?

Inés miró dónde señalaba.

—Que hay cosas que no guardo en esta casa.

—¿Copias de qué?

—De parte de la investigación.

Nora esperó, pero Inés no añadió nada más. Al llegar al apartado antiguo, Inés se detuvo delante de la orden bancaria firmada por Tomás.

—Esta sale primero.

—Quiero una copia.

—Ya la he fotografiado.

—Una copia para mí.

Inés alzó la vista. Pocas horas antes habría convertido aquella petición en otro límite. Ahora encendió la impresora, colocó el documento sobre el cristal y, cuando salió la hoja, se la entregó sin preguntarle dónde pensaba guardarla.

—No demuestra qué pagó —advirtió.

—Pero tú ya habías relacionado a mi padre con Leza.

—Sí. Aunque todavía no sé hasta dónde llegaba esa relación.

Nora dobló la copia y la guardó dentro de la libreta. Inés metió el original en un sobre marrón junto con las dos copias de denuncias y las transferencias más antiguas. No dijo adónde iba a llevarlo.

—¿A quién se lo vas a dar?

—A nadie que necesites conocer.

Nora cerró el bolígrafo.

—Acabas de empezar otra vez.

Inés apoyó las manos en la mesa. Miró el sobre antes de contestar.

—Puedo decirte lo que sé: saldrá de esta casa, quedará en un lugar al que Gabriel no puede llegar utilizando mi nombre y volveré antes de las diez. La identidad de la persona que lo guardará no me pertenece, así que no puedo dártela. Si con eso no te basta, no me lo llevo.

Por primera vez, la decisión podía cambiar también los planes de Inés.

Nora pensó en el coche gris, en Tomás pronunciando el nombre de la ciudad y en lo poco que había tardado una llamada en devolver el peligro a aquella casa.

Tener todos los papeles juntos no era una decisión prudente ni inteligente.

—Llévatelo. Yo me quedo con el resto y termino el inventario.

Inés asintió. Cerró el sobre con cinta, lo escondió bajo el forro de un bolso grande y comprobó dos veces que la carpeta volvía al archivador inferior. Antes de salir, dejó el teléfono cargando unos minutos y llamó al de Nora para que su número quedara el primero en el registro.

—Si no he vuelto a las diez, llama una vez. Si no respondo, sal del piso y ve a un lugar con gente. No intentes buscarme.

—Y tú no cambies el plan sin avisar.

—De acuerdo.

Aquello sí sonó a una promesa entre las dos.

Inés se puso el abrigo y salió poco después de las ocho y media.

Nora escuchó las dos vueltas de la llave desde el rellano y luego sus pasos bajando por la escalera.

No echó el pestillo interior, porque Inés tendría que abrir al volver, aunque comprobó la cerradura tirando dos veces del picaporte.

Terminó el inventario en la mesa del salón.

Con los números delante, la carpeta dejaba de parecer una acumulación confusa de indicios y empezaba a mostrar una estructura, aunque estuviera incompleta.

Había páginas que faltaban desde antes de que Nora la abriera: la funda vacía de la sección antigua, varios anexos mencionados en las notas y parte de una relación de pagos.

Lo anotó así, sin atribuir la ausencia a nadie.

Después escondió la copia de la orden de Tomás en el bolsillo cosido de la bolsa de deporte y dejó la libreta debajo de la almohada.

Pasados poco más de veinte minutos, llevó un vaso de agua a la cocina, recogió dos hojas que habían caído al suelo y cerró el archivador con la llave pequeña que Inés había dejado junto a la carpeta.

A las ocho y cincuenta y siete oyó un primer giro en la cerradura.

Pensó que Inés habría olvidado algo, o que el lugar elegido para esconder el sobre no estaba disponible.

—¿Qué has olvidado? —preguntó, alzando la voz lo suficiente para que la oyera desde la entrada.

La segunda vuelta sonó más despacio. La puerta se abrió y alguien entró sin encender la luz del recibidor.

Nora supo antes de verle la cara que no era Inés.

Inés siempre dejaba las llaves en el cuenco de cerámica; aquella persona cerró la puerta y se las quedó en la mano.

Llevaba una chaqueta oscura con capucha, una mascarilla sobre la mitad del rostro y guantes finos.

Tampoco dudó al orientarse dentro del piso; se movía como alguien que sabía dónde estaba cada cosa, sin detenerse a comprobar puertas ni habitaciones.

Nora retrocedió hacia la cocina. El teléfono estaba sobre la mesa, a pocos pasos, pero el intruso quedaba entre ella y la salida.

—¿Quién eres?

La figura guardó las llaves en un bolsillo y avanzó.

—Quieta, Nora.

Oír su nombre eliminó cualquier posibilidad de error.

Nora cogió el vaso que había dejado en la encimera y se lo lanzó.

El intruso levantó un brazo para protegerse y Nora corrió hacia la mesa.

Una mano la alcanzó por el hombro y tiró de ella.

Nora se revolvió y lanzó el codo hacia atrás.

Notó el golpe contra el cuerpo del intruso y, durante un instante, la presión sobre su hombro aflojó.

Aprovechó para estirar el brazo hacia el teléfono.

Entonces le torcieron el brazo contra la espalda.

El intruso no necesitó golpearla: apoyó el peso del cuerpo para inmovilizarla contra el borde de la mesa y le cubrió la boca con la otra mano.

Nora mordió el guante. Sintió un tirón seco en el pelo y casi al mismo tiempo un pinchazo en la parte alta del brazo.

El dolor fue breve, y el pinchazo muy preciso.

Intentó girarse y alcanzó a ver una jeringa pequeña desapareciendo en el bolsillo de la chaqueta antes de que la empujaran al suelo.

El intruso se arrodilló a su lado y mantuvo una mano cerrada alrededor de su muñeca.

Nora siguió forcejeando: arañó la tela de la manga, golpeó con el talón una pata de la mesa y consiguió desplazar el teléfono hasta hacerlo caer sobre la alfombra.

La pantalla se iluminó con el impacto, fuera de su alcance.

—Inés sabe que estoy aquí —dijo cuando le apartaron la mano de la boca.

No hubo respuesta. La presión sobre la muñeca continuó y, entretanto, un calor pesado empezó a extenderse por su brazo.

Nora intentó ordenar la respiración y fijó la vista en el reloj de pared.

Nueve y tres. Si lograba mantenerse consciente hasta que Inés regresara, podría recordar la ropa, la estatura, la forma de moverse. Empezó a contar segundos.

No supo cuántas veces llegó a sesenta. A mitad de la cuarta cuenta, las agujas del reloj se duplicaron, el suelo dejó de parecer horizontal y los sonidos de la casa empezaron a parecerle más lejanos.

Nora sabía que continuaba tumbada, que el intruso seguía a su lado y que aquello no era uno de sus recuerdos ni una puerta abriéndose en la infancia.

La cocina seguía delante de ella, aunque empezaba a costarle fijar la vista.

El cuerpo también empezaba a no responderle.

—El teléfono —murmuró.

Intentó arrastrarse hacia la luz de la pantalla.

La mano avanzó unos centímetros y se quedó allí.

El intruso se puso en pie y cruzó el pasillo.

Nora oyó cómo entraba en la habitación del fondo, el clic de la cerradura del archivador y el chasquido del elástico de la carpeta.

No buscaba a ciegas. Fue directamente al archivador y abrió exactamente el lugar donde Inés había dejado los papeles, sin perder tiempo en ningún otro cajón.

Quiso gritar que el sobre ya no estaba allí.

La frase no llegó a salir. Durante un tiempo que no pudo medir escuchó hojas pasando, fundas de plástico rozándose y, al final, una cremallera.

Después los pasos volvieron al salón. Un zapato se detuvo junto al teléfono caído.

Nora apenas alcanzó a distinguirlo antes de que la vista volviera a fallarle.

Lo último que conservó fue el sonido de la puerta cerrándose con llave desde fuera.

Cuando abrió los ojos, Inés estaba arrodillada junto a ella y le sostenía la cara entre las manos.

—Nora. Mírame. No vuelvas a cerrar los ojos.

La lámpara del salón estaba encendida. La luz le dolía y las palabras parecían llegar desde detrás de una capa espesa. Nora intentó incorporarse, pero el estómago se le contrajo y tuvo que volver la cabeza. Inés la puso de costado, apartó los fragmentos del vaso y le pidió que respirara despacio.

—¿Qué hora es?

—Las diez y veinticuatro.

Casi hora y media. Nora buscó el reloj; las agujas seguían borrosas. Inés sostenía el teléfono entre el hombro y la mejilla mientras una voz le hacía preguntas. Contestaba con frases cortas: está consciente, respira, no sé qué sustancia. Había llamado a emergencias.

Esta vez no había imágenes ni voces mezclándose con el presente.

Simplemente no sabía qué había ocurrido después de cierto punto.

Alguien había entrado en la casa, la había dejado sin poder moverse y ahora había una parte de la noche que no recordaba.

Nora pensó en Inés después del primer miércoles, escuchando cómo otra persona le contaba qué ropa llevaba o qué marcas tenía en el cuerpo.

Ahora entendía mejor lo que significaba perder unas horas y tener que depender de otros para saber qué había pasado durante ese tiempo.

—¿Cuándo has vuelto?

—A las diez menos cinco. La puerta estaba cerrada con llave. Te he encontrado en el suelo y he llamado en cuanto he visto el pinchazo.

—¿El sobre?

—Está fuera. No lo han cogido.

—Ha entrado alguien —consiguió decir Nora.

—Lo sé.

—Tenía una llave.

Inés miró hacia la puerta principal. El marco estaba intacto y la cerradura no tenía daños. Las dos vueltas estaban echadas desde fuera, igual que cuando ella se había marchado.

—Me ha llamado por mi nombre —añadió Nora.

Inés apartó la vista de Nora y miró hacia el pasillo, hacia la habitación del fondo.

Volvió a atender al teléfono. Cuando la voz al otro lado le indicó que comprobara dónde la habían pinchado, le subió la manga con cuidado.

Cerca del hombro había un punto rojo y la piel alrededor empezaba a inflamarse.

Inés lo fotografió antes de taparla de nuevo con la manta.

—A mí también me dejaron una marca —dijo Nora.

Inés cerró los ojos un instante. La culpa no necesitó palabras.

—No fue culpa tuya, Inés.

—Te dejé sola.

—Tenías que sacar pruebas de aquí. Lo has hecho bien.

Nora tuvo que repetirlo porque la primera vez apenas se entendió. No iba a permitir que el ataque convirtiera una decisión compartida en otra deuda entre ellas.

Una sirena empezó a acercarse por la calle.

Inés se levantó para abrir a los sanitarios y, al pasar junto a la habitación del fondo, vio el archivador.

El cajón inferior estaba abierto. La carpeta azul había quedado en el suelo, abierta, con varias hojas fuera de sitio y algunas fundas vacías.

Inés se agachó junto a ella. No intentó ordenar nada; recorrió las páginas con la vista y levantó una de las fundas por una esquina.

—Han registrado la carpeta.

Nora consiguió girar un poco la cabeza.

—¿Se han llevado algo?

Inés pasó dos o tres hojas con cuidado. Había fundas abiertas entre otras que seguían intactas y documentos que alguien había apartado para llegar a los que estaban debajo.

—Sí.

—¿Qué?

—Ahora no puedo saberlo.

Nora cerró los ojos un instante. Le costaba mantener la vista fija.

—Sabía qué buscaba.

Inés no respondió enseguida. Miró la carpeta, después el pasillo por el que había desaparecido el intruso.

La sirena se detuvo delante del edificio. Poco después sonaron pasos rápidos en la escalera y alguien llamó a la puerta.

—Ha dicho mi nombre —murmuró Nora.

Aquello pareció bastarle para tomar una decisión.

—Gabriel sabe que estoy reuniendo pruebas. Y ahora sabe quién eres tú.

Fue a abrir a los sanitarios. Mientras entraban con el equipo y empezaban a hacerle a Nora preguntas que le costaba seguir, Inés recogió la carpeta del suelo y se quedó cerca, sin perderla de vista.

Antes de que se la llevaran, Inés se inclinó hacia ella.

—Cuando estés en condiciones de escucharme, voy a contarte la parte que te he escondido desde la terminal.

Nora quiso preguntarle qué sabía de ella antes de aquella mañana bajo la lluvia. El sedante volvió pesada la frase y solo consiguió asentir mientras los sanitarios la sacaban del piso. Detrás quedaban la puerta abierta y la carpeta azul, incompleta, en el suelo.