La versión de Nora 12. La voz de Elena
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12. La voz de Elena

El teléfono tardó casi un minuto en encontrar red.

Nora estaba sentada en el borde de la cama, con la tarjeta nueva guardada en el sobre y la antigua otra vez dentro del aparato, mirando cómo las barras de cobertura aparecían una a una.

Había encajado de nuevo la silla bajo el picaporte.

No porque esperara que Inés entrase, sino porque necesitaba que, al menos aquella noche, una puerta de la casa dependiera solo de ella.

Las notificaciones llegaron todas a la vez.

Primero los avisos de llamadas no atendidas; después, una sucesión de mensajes que hizo vibrar el teléfono entre sus manos.

Durante los primeros días tras la huida, Tomás había escrito órdenes y amenazas.

«VUELVE». «TU MADRE NO PUEDE PROTEGERTE».

«NO ME OBLIGUES A IR A BUSCARTE». Más tarde había cambiado de tono: decía estar preocupado, prometía que podían hablar y aseguraba que Elena no dormía desde que Nora se había marchado.

Aquella calma fingida le costaba más de leer que la rabia.

Nora conocía bien ese cambio: cuando las amenazas no funcionaban, Tomás empezaba a hablar como si no hubiera pasado nada.

Los mensajes se habían interrumpido dos semanas antes. Desde entonces solo quedaban llamadas de número oculto y varios avisos del buzón de voz. Nora no reprodujo ninguno. Bajó por la lista hasta encontrar el nombre de su madre junto a un mensaje pendiente de entrega.

«SI ENCIENDES ESTE NÚMERO, DÉJALO CONECTADO A LAS TRES Y VEINTE. INTENTARÉ LLAMAR CADA DÍA. NO ME LLAMES TÚ.»

Elena lo había enviado dos días antes.

Nora volvió a mirar la hora. Casi las once de la noche.

Tendría que mantener la línea activa hasta la tarde siguiente y confiar en que Tomás no aprovechara ese mismo intervalo para volver a entrar en su vida.

Recordó la advertencia de Inés —no le preguntes por teléfono— y todas las respuestas que ella misma había evitado darle unas horas antes.

Quitó el sonido, desactivó la vista previa de los mensajes y dejó el aparato boca abajo sobre la mesilla.

Las tablas del pasillo crujieron al otro lado de la puerta.

Los pasos de Inés se detuvieron unos segundos frente a la habitación.

Nora esperó una pregunta, pero no llegó.

Poco después oyó cerrarse la puerta del fondo y girar la llave.

Aquella noche las dos se refugiaron en la misma solución: una pared entre lo que sabían y lo que todavía no estaban dispuestas a contar.

Al día siguiente llevó el sobre con la tarjeta nueva en el bolsillo interior de la chaqueta.

El teléfono, conectado otra vez a la línea antigua, permaneció encendido junto a la caja registradora de la cafetería, con la pantalla escondida bajo una libreta.

Cada vibración le tensaba la espalda: promociones atrasadas, avisos del operador, una llamada sin identificar que dejó agotarse mientras servía dos cafés.

Aurora la corrigió tres veces por mirar el reloj y, a las tres y diez, acabó quitándole el paño de las manos.

—Vete al almacén antes de que limpies la misma mesa hasta borrarla.

—Todavía no hemos cerrado.

—Ya lo sé. Descansa un momento. Yo me encargo de esto.

Nora no supo si Aurora había adivinado que esperaba una llamada o si simplemente estaba cansada de verla trabajar con la cabeza en otra parte.

Se refugió entre cajas de bebidas, sacos de café y paquetes de servilletas.

El almacén tenía una puerta estrecha hacia el patio de proveedores; la dejó abierta para no sentirse encerrada y apoyó el teléfono sobre una caja, donde podía verlo sin tenerlo entre las manos.

A las tres y veinte no pasó nada. Tampoco a las tres y veintiuno.

Nora imaginó a Elena vigilando el pasillo de la casa, esperando que Tomás se durmiera o saliera al bar.

Haber fijado una hora no significaba poder disponer de ella.

A las tres y veintitrés, la pantalla se iluminó con un número desconocido.

Contestó antes del segundo tono.

—¿Mamá?

Al otro lado hubo una respiración breve, contenida.

Después Elena pronunció su nombre. La voz era la misma que Nora recordaba, pero la distancia había borrado los ruidos de la casa: el televisor de Tomás, el grifo de la cocina, una puerta abriéndose en el piso de arriba.

Oírla así, sola, le produjo un alivio tan brusco que tuvo que apoyar una mano en la estantería.

—¿Dónde estás? —preguntó—. ¿Estás bien?

—He salido. El teléfono no es mío y no puedo hablar mucho. ¿Tú estás sola?

Nora miró hacia la puerta del almacén. Aurora cruzó al otro lado del patio con una caja vacía y no se volvió.

—Sí. ¿Te ha hecho algo?

—Ahora no importa.

—Claro que importa.

—Nora, escúchame. Tu padre sabe en qué ciudad estás.

Durante un segundo Nora dejó de oír el resto y apretó el teléfono contra la oreja, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo?

—No lo sé. Le oí decir el nombre hace unos días. Hablaba por teléfono y creía que yo estaba arriba. Desde entonces ha salido dos veces y ha revisado tus cosas. No sabe la dirección. Al menos, no la sabía ayer.

Nora pensó en el turismo gris frente al portal. Hasta entonces podía estar vigilando a Inés, como habían supuesto, pero también podía llevar días esperando a que una joven de veintiún años confirmara que vivía allí. De pronto ya no había tanta distancia entre una posibilidad y la otra.

—¿Con quién hablaba?

Elena guardó silencio.

—Mamá, ¿era Gabriel Leza?

La respiración se interrumpió al otro lado.

—No digas ese nombre por teléfono.

Nora no necesitó una respuesta más clara. Cerró la puerta del patio hasta dejar sólo una rendija. El almacén olía a cartón húmedo y café molido; por debajo, durante un instante, creyó reconocer otra vez la madera mojada que aparecía en sus recuerdos incompletos.

—Inés tiene documentos —dijo—. Aparece la firma de papá en una orden bancaria antigua. Los dos se conocían cuando yo era pequeña.

—¿Quién es Inés?

—La mujer con la que vivo. La conocí en la terminal. Está investigando a Leza y a papá.

Elena tardó un instante en responder.

—Tienes que marcharte de esa casa.

—No voy a volver al pueblo.

—No te estoy pidiendo que vuelvas. Busca otro sitio, pero no te quedes con alguien que haga preguntas sobre ellos.

—¿Por qué? ¿Qué sabes tú?

Elena respiró varias veces antes de contestar. Nora se la imaginó sujetando el teléfono con una mano y la correa del bolso con la otra, mirando por encima del hombro aunque estuviera fuera de casa.

—Sé lo suficiente para haber tenido que contártelo hace años.

—Entonces cuéntamelo ahora.

—No por aquí.

—No sé cuándo volveré a oírte.

—Pueden estar escuchando esta llamada, Nora.

El miedo de Elena tenía sentido y Nora no podía descartarlo. Pero se parecía demasiado al argumento que durante años había mantenido cerradas todas las puertas de su infancia. Bajó la voz. La pregunta, no.

—¿Qué ocurrió entre papá y Leza?

—No empezó contigo.

—¿Qué significa eso?

—Que ya se conocían. Que cuando tú eras pequeña... —Elena se detuvo. Al fondo se oyó una voz femenina anunciando algo que Nora no entendió—. Si los papeles de esa mujer son sobre aquellos años, quizá esté buscando a la mujer de aquella noche.

Nora no respondió. Las palabras no le devolvieron una escena, pero su cuerpo recordó antes que su cabeza: frío en las rodillas, una presión dolorosa alrededor de la muñeca y, durante un instante, el sonido seco de un cerrojo que se resistía.

No vio ninguna cara. Solo oscuridad al otro lado de una puerta y la sensación de que alguien esperaba allí.

—¿Qué mujer? —preguntó.

Elena exhaló despacio.

—Pensé que no recordabas esa noche.

—No la recuerdo. ¿Por qué dices que había una mujer?

—Porque la había.

—¿Quién era?

—No lo sé todo, Nora. Nunca lo supe. Y lo que sé no puedo decírtelo en una llamada.

—¿Le hicieron daño?

La pregunta se le escapó antes de decidir si quería hacerla. Elena tardó tanto en contestar que Nora sintió el silencio como una respuesta por sí solo.

—Tu padre hizo daño a mucha gente —dijo al fin—. Lo importante ahora es que no sepa dónde duermes.

—El coche que vigila el portal quizá ya lo sabe.

—¿Qué coche?

Nora oyó cambiar la respiración de Elena al otro lado de la línea.

—Uno que lleva varios días frente al edificio. Inés cree que tiene que ver con Leza.

—Vete hoy.

—¿Y tú? Puedo ir a buscarte. Podemos denunciarlo fuera del pueblo y...

—No vengas. —La firmeza de Elena no se parecía a la obediencia con que hablaba delante de Tomás—. Marcharte fue lo único que conseguimos hacer bien. No lo estropeemos por mí.

—No te he abandonado, mamá. No quiero que pienses que te abandono.

—Ya lo sé, Nora.

Aquellas cuatro palabras arrastraban la despedida que no habían tenido en la cocina. Nora cerró los ojos. Quiso pedirle una dirección, saber quién le había prestado el teléfono, encontrar un lugar donde pudieran verse. Elena habló antes.

—Apaga esta línea cuando cuelgue. Intentaré volver a llamar cuando pueda. Si recibes un mensaje mío, no des por hecho que lo he escrito yo.

—Mamá...

—Y no preguntes a Tomás por la mujer. Prométemelo.

—No voy a hablar con él.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

La llamada terminó sin un adiós. Nora mantuvo el teléfono pegado a la oreja hasta que el aviso de desconexión se convirtió en un tono continuo.

Después apagó el aparato, retiró la tarjeta y la guardó en el sobre.

Antes de que el miedo empezara a desordenarle la conversación, abrió la libreta y escribió las frases exactas: Tomás sabe la ciudad.

Gabriel Leza. Se conocían cuando yo era pequeña. La mujer de aquella noche.

Debajo anotó dos cosas que Elena no había dicho de forma explícita y que Nora no quería confundir con sus palabras: aquella mujer había sufrido daño y ella había estado allí.

Cuando Nora regresó al piso, Inés estaba en la habitación del fondo. Había extendido varias hojas de la carpeta azul sobre la mesa y fotografiaba cada página antes de guardarla en fundas separadas. Al oír la puerta, salió al pasillo con el teléfono en la mano.

—Has tardado.

—He hablado con mi madre.

Inés dejó de moverse.

—Te pedí que no la llamaras.

—No la llamé. Ella llevaba días intentando localizarme.

—¿Desde el número antiguo?

—Ya está apagado.

La respuesta no relajó a Inés. Comprobó el pestillo y miró por la mirilla antes de volver a la habitación. Nora la siguió, pero se quedó fuera. Ya había registrado aquella habitación a escondidas y no quería volver a hacerlo ni entrar otra vez sin que Inés se lo permitiera.

—Tomás sabe la ciudad —dijo.

Inés bajó el teléfono.

—¿Sabe dónde vives?

—Mi madre cree que no. Yo creo que el coche puede significar otra cosa.

Inés miró las fotografías, las transferencias y las listas extendidas sobre la mesa. Por primera vez desde que Nora la conocía, pareció calcular el peso de aquellos papeles antes que la posibilidad de que ella se marchara.

—Tenemos que sacar esto de aquí.

—Primero dime quién es la mujer de aquella noche.

Una de las fundas transparentes se le deslizó entre los dedos. Inés alcanzó a sujetarla contra el borde de la mesa antes de que cayera. Nora abrió la libreta y le mostró solo aquella frase, dejando el resto de las anotaciones fuera de su alcance.

—Esas fueron sus palabras.

Inés leyó en silencio.

—¿Dijo «una mujer» o «la mujer»?

—La mujer.

—¿Te dio un nombre?

—No. ¿Tú lo conoces?

Inés dejó la funda sobre la mesa con un cuidado excesivo. Evitó mirar la fotografía antigua de la nave, que seguía separada de las demás, y Nora no necesitó más para saber que la pregunta había llegado a algún sitio.

—Sé que esa noche aparece en algunos documentos —dijo—. No sé qué recuerdas tú ni qué te contó Elena después.

—No me contó nada. Igual que tú.

—Nora...

—No vuelvas a decirme que no debo preguntar. Puedes negarte a responder, pero seguiré preguntándote hasta que me respondas.

Inés levantó la vista y guardó silencio.

—¿Quién era? —insistió Nora.

—No puedo decírtelo todavía.

Nora cerró la libreta.

—Entonces yo decidiré qué parte de la llamada te cuento.

Entre las dos quedó un límite nuevo. No era tan sencillo como cerrar una puerta, pero tampoco podía atravesarse sin permiso. Inés lo aceptó y se apartó del umbral para dejarla entrar. Nora no se movió del pasillo.

—No quiero que vuelvas al pueblo —dijo Inés—. Tampoco quiero decidir por ti dónde vas a dormir. Si quieres marcharte de aquí, buscaré un lugar y tú elegirás si te sirve. Si decides quedarte esta noche, no te quedarás sola.

—No voy a huir cada vez que alguien descubra en qué ciudad estoy.

—Podemos buscar otro sitio. No tienes por qué decidirlo ahora.

—No. Esta noche me quedo aquí. Mañana ya veré.

Inés asintió. Después recogió la carpeta azul y empezó a separar los documentos antiguos de los recientes. Esa fue la primera consecuencia concreta de la llamada: incluso para ella, la casa acababa de dejar de ser un escondite.

Nora volvió a su habitación y sacó la bolsa que había preparado la noche anterior.

No añadió ropa. Guardó la tarjeta antigua, la libreta y la llave de cinta roja, y dejó la cremallera abierta sobre la cama.

Estaba preparada, aunque todavía no había decidido utilizarla.

Hasta entonces había pensado que Tomás podía buscarla porque no soportaba haber perdido el control sobre una hija que había escapado. Ahora esa explicación ya no bastaba.

Quizá también buscaba a alguien que había estado presente aquella noche y que ya no recordaba lo suficiente para entender por qué debía tener miedo.