11. Lo que no debes preguntar
Inés no respondió enseguida. Seguía en el umbral con el abrigo puesto. Miró la orden bancaria que Nora sostenía, después la carpeta abierta y, por último, la llave del trastero junto a la lámpara.
—Deja el documento sobre la mesa —dijo.
—Primero contéstame.
Inés entró en la habitación y cerró la puerta sin echar la llave.
Se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de la silla y se acercó a la ventana para comprobar el borde de la persiana.
Unas semanas atrás Nora habría considerado aquel gesto desproporcionado.
Después del coche gris, de los miércoles y de Gabriel Leza hablando en televisión, ya no podía verlo del mismo modo.
—¿Estás segura de que es su firma? —preguntó Inés.
Nora volvió a mirar la orden bancaria. El trazo descendente de la uve invadía el apellido y la última letra terminaba en una línea recta, inclinada hacia arriba. Tomás firmaba así hasta los avisos del colegio que no se molestaba en leer. Nora no necesitaba ninguna comparación.
—La he visto toda mi vida.
Inés asintió, seria, sin sorpresa.
—Entonces es él.
Oírlo de su boca fue peor que encontrar la firma.
Mientras hubiera una mínima posibilidad de coincidencia, Nora podía seguir tratando aquella hoja como otra pieza incompleta de la investigación.
Ahora Tomás ocupaba un lugar concreto entre las matrículas, las transferencias y los nombres de mujeres que nadie conseguía localizar.
—¿Qué pagó?
—No lo sé.
—Has escrito que no era solo transporte.
—Porque su nombre aparece junto a rutas, vehículos y direcciones que se repiten en otros documentos. Eso demuestra una relación. No puedo demostrar qué llevaba ni para quién lo hacía cada vez.
—También has escrito «relación directa con G. L.».
Inés no preguntó quién se escondía detrás de aquellas iniciales.
—Puedo demostrar que Tomás y Gabriel Leza se conocían cuando tú eras una niña. Hay pagos cruzados, matrículas y varias fechas en las que sus nombres terminan en el mismo lugar. Lo demás siguen siendo hipótesis que no he conseguido cerrar.
Nora dejó la orden sobre la mesa, pero mantuvo la mano encima del papel. No quería que desapareciera otra vez dentro de una funda o de un cajón antes de comprender qué estaba viendo.
—Mi padre nunca hablaba de él.
—Hay relaciones que duran precisamente porque nadie las nombra.
—¿Qué clase de relación?
—No puedo asegurarlo.
—¿No puedes o no quieres?
Inés sostuvo su mirada. Otras veces había encontrado una salida: una broma, una pregunta distinta, cualquier cosa doméstica que le permitiera cambiar de dirección.
Allí no tenía dónde esconderse. Solo estaban los documentos, la puerta que Nora había cruzado sin permiso y la firma de Tomás entre las dos.
—Las dos cosas —admitió.
Nora apartó la mano y abrió la carpeta por la pestaña de los nombres. Buscó las páginas donde había visto policías, funcionarios y empresas, pero Inés apoyó dos dedos en el borde del cartón. No intentó quitársela.
Nora señaló las dos hojas que había visto separadas.
—¿Por qué tienes los nombres en una página y los teléfonos y las direcciones en otra?
Inés miró la lista.
—Para que, si alguien encuentra una de las hojas, no pueda localizar a ninguna de ellas.
—¿Tan grave es?
—Puede serlo.
Nora volvió la mirada hacia la carpeta.
—Entonces dime qué estoy viendo.
—No puedes entender esos papeles solo con leerlos por encima.
—Pues ayúdame a entenderlos. Porque llevo semanas viendo cosas que no encajan y tú no me explicas ninguna.
—Lo sé.
—No, Inés. Tú sabes quién es el hombre que viene aquí, sabes qué hace ese coche frente al portal y guardas documentos de mi padre de cuando yo era una niña. Yo no sabía que nada de esto tenía que ver conmigo.
Inés retiró los dedos. Bajo la luz de la lámpara aún se distinguía la herida de la barbilla pese al maquillaje, y la marca alrededor de la muñeca había adquirido un tono amarillento.
Eran señales pequeñas al lado de todo lo extendido sobre la mesa, pero bastaban para recordar que Inés tampoco observaba aquella historia desde fuera.
—Gabriel Leza es peligroso —dijo al cabo de unos segundos—.
No porque sea fiscal ni porque salga en televisión.
Sabe qué parte de una persona tiene que tocar para conseguir que empiece a dudar de sí misma.
Y lleva muchos años acumulando favores de gente que prefiere deberle algo antes que enfrentarse a él.
—¿Policías?
Inés miró una de las listas.
—También.
—Entonces vamos a otra comisaría.
—No funciona así.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque algunas de esas mujeres lo intentaron.
—Señaló los nombres sin tocar ninguno—. Una denuncia terminó reducida a una discusión.
Otra quedó archivada después de que ella cambiara su declaración.
A una tercera le llegó a casa una copia de algo que solo había contado a un agente.
No hace falta comprar a toda la policía, Nora.
Basta una persona en el lugar correcto y con tiempo para avisar.
—Eso no significa que no haya nadie limpio.
—No. Significa que no sabemos quién lo está.
—¿Y se supone que debemos escondernos para siempre?
—Se supone que no debemos avisar a Leza antes de tener algo que no pueda hacer desaparecer. Ahora mismo una denuncia puede pasar por las manos de alguien que le deba un favor. En esas condiciones, no puedo confiar en que la policía nos proteja.
Nora pensó en Elena limpiando la cocina después de cada golpe, convencida de que pedir ayuda podía empeorar las cosas.
Había oído demasiadas veces razones sensatas para callar, esperar o no provocar.
Entendía el miedo de Inés; precisamente por eso le resultaba tan difícil aceptarlo.
Un miedo podía tener sentido y aun así facilitarle el trabajo a quien lo había provocado.
—Si nadie denuncia, él gana sin tener que hacer nada.
—Ya lo sé.
Inés lo dijo sin levantar la voz. Nora se quedó callada.
—¿Es Leza quien te obliga a salir los miércoles?
Inés volvió la cara hacia el tablero. Había entendido la pregunta al instante; lo que necesitaba decidir era cuánto estaba dispuesta a contar.
—Gabriel entró en mi vida porque al principio creí que abrirle la puerta era una decisión mía —dijo—. Después consiguió que cerrarla no cambiara nada.
—Eso tampoco responde.
—Es la única respuesta que vas a tener sobre los miércoles.
—¿Te droga?
La respiración de Inés se cortó apenas un momento.
—No sé qué ocurrió aquella noche.
—Pero sabes lo que temes que ocurriera.
—Sí.
Hasta entonces siempre había encontrado una explicación menos directa: una cena, una caída, una copa de más.
Había desplazado cada pregunta hasta convertirla en otra cosa.
Esta vez dejó el miedo donde estaba y no intentó rebajarlo con una historia más fácil de soportar.
Nora quiso acercarse, pero no lo hizo. Que le importara Inés no borraba la orden bancaria ni las semanas en que había vigilado sus horarios.
Las dos cosas podían seguir existiendo a la vez.
—¿Sabe Leza que estoy aquí?
—No creo que sepa quién eres.
—El conductor del coche me ha visto entrar.
—Te ha visto entrar en este edificio. No es lo mismo.
—¿Y si pregunta?
Inés miró la puerta cerrada antes de contestar.
—Por eso necesito que no vuelvas a acercarte, que no busques su nombre desde tu teléfono y que no le enseñes esa libreta a nadie.
—Sigues diciéndome qué no debo hacer, pero no por qué estoy en medio de esto.
—Estás en medio porque tu padre lleva años relacionado con él.
—Eso explica la carpeta. No explica por qué sabías de qué autobús había bajado ni por qué conocías mi horario antes de que yo te lo contara.
Inés bajó la vista. Nora reconoció la culpa que ya había visto cuando le preguntó si Leza le resultaba familiar desde antes de llegar a la ciudad. Esta vez no apareció ninguna explicación que pudiera desviar la conversación.
—¿Ya sabías quién era yo en la terminal? —insistió.
—No voy a responderte eso hoy.
Nora volvió a ver la terminal bajo la lluvia: el paraguas mojado, el café frío, la matrícula de Vicente en el teléfono de Inés.
Durante semanas había guardado esos detalles como señales de una ayuda quizá demasiado oportuna, sin decidir qué hacer con la incomodidad que le producían.
La negativa acababa de darles otro peso y alteraba un recuerdo que hasta entonces había querido conservar como el principio de su salida.
—Me dijiste que no me conocías.
—Te dije que no necesitaba conocerte para intervenir cuando él tenía tu bolsa.
—No es lo mismo.
—No.
Inés no trató de convertir aquella verdad parcial en una defensa. Apoyó las manos en la mesa y sostuvo la mirada de Nora sin buscar otra salida.
—Hay cosas que no debes preguntarme todavía —dijo—. Sé que tienes derecho a saberlas, pero si te doy una parte sin poder darte el resto voy a ponerte en más peligro.
—Y eso lo decides tú sola, sin tenerme para nada en cuenta.
—Sí.
—Igual que decides cuándo puedo entrar en mi casa, qué calles debo tomar y qué parte de mi propia familia puedo conocer.
Inés no se defendió.
—He intentado protegerte.
—Mi padre también llamaba protección a decidir por nosotras.
Inés retrocedió un paso. No se enfadó. Miró la puerta, la carpeta abierta y la llave abandonada junto a la lámpara; cuando volvió a hablar, ya no había dureza en su voz.
—Tienes razón en una cosa: protegerte no me da derecho a elegir por ti. Pero tampoco voy a entregarte nombres si hacerlo puede provocar que otra mujer desaparezca. No voy a permitirlo.
—¿Qué mujer?
Inés cerró los ojos.
—Esa es una de las preguntas.
Nora pensó en la pestaña ANTIGUO, en la fotografía de la nave y en aquella puerta de madera que su cuerpo había reconocido antes que ella.
La imagen seguía allí, incompleta: una mano a la altura de sus ojos, tierra mojada y alguien respirando al otro lado de una puerta.
No se la contó. Aquel fragmento seguía siendo suyo mientras no supiera qué era.
Ya no sabía si Inés escucharía un recuerdo o una pieza que llevaba meses esperando encontrar, ni qué haría con ella después.
—¿Por qué investigabas a mi padre?
Inés recogió la orden bancaria y la introdujo de nuevo en la funda transparente. Alineó las hojas, recolocó la pestaña y cerró la carpeta.
—Porque su nombre aparece al principio de una historia que no me pertenece solo a mí.
—¿A quién más?
—No puedo decírtelo.
—¿Tiene que ver conmigo?
Inés rodeó la carpeta con el elástico.
—No voy a responderte eso.
El olor a madera húmeda regresó antes de que Nora pudiera impedirlo.
La fecha de la orden colocaba a Tomás y a Leza en una época de su infancia que apenas podía ordenar, y la fotografía de la nave seguía allí.
Apretó los dedos contra el borde de la mesa hasta que volvió a distinguir con claridad la lámpara, las cajas y las paredes.
Inés avanzó hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Qué has recordado?
—Nada que vaya a contarte mientras tú decides qué puedo saber.
Inés aceptó el límite con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. Guardó la carpeta en el archivador inferior y cerró el cajón. La llave volvió a su bolsillo, aunque el gesto ya no podía devolver a la habitación el secreto de antes.
—Puedes marcharte —dijo—. No voy a impedírtelo ni a recordarte lo que te he dado. Si te quedas, no puedo prometerte que esta casa sea segura.
—Nunca lo ha sido.
Inés miró las cajas fechadas y las fotografías.
—No. Supongo que no.
Nora salió al pasillo sin recoger la bolsa ni devolver la llave de cinta roja.
Irse aquella noche significaba exponerse sin saber a quién pertenecía el coche gris y dejar a Inés sola con un hombre al que ni siquiera se atrevía a denunciar.
Quedarse tampoco significaba perdonarla ni volver a confiar como antes.
Podía aplazar la decisión hasta saber más; al menos esta vez era consciente de estar eligiendo y de que esa elección no necesitaba convertirse en definitiva aquella misma noche.
En su habitación abrió el armario. Durante las primeras semanas toda su vida había cabido en la bolsa de deporte.
Ahora tenía un uniforme de trabajo colgado junto a la pared, una toalla propia detrás de la puerta, unas zapatillas bajo la cama y recibos en el cajón de la mesilla.
La habitación ya no estaba vacía, aunque tampoco era suya como había empezado a creer.
Cada objeto demostraba que había empezado a instalar una vida allí sin darse cuenta de cuánto dependía todavía de lo que Inés callaba.
Inés le había dado un espacio mientras conservaba cerrada la parte de su historia que más importaba.
Sacó la bolsa y metió dentro los documentos, el dinero reservado para otra huida y una muda.
No continuó. Marcharse de madrugada, cansada y sin destino, habría sido repetir la salida del pueblo, salvo que ahora no había una madre al otro lado de la puerta comprándole unas horas.
Decidiría al día siguiente, después del trabajo, cuando el miedo no pudiera confundirse con la urgencia.
Abrió la libreta y anotó lo que sabía sin elevar las conclusiones de Inés a la categoría de hechos: la firma de Tomás en una orden antigua; pagos, vehículos y lugares compartidos con Gabriel Leza; la afirmación de que podía haber filtraciones dentro de la policía; la posibilidad de que Leza aún no conociera su identidad.
Después trazó una línea y escribió las preguntas que Inés había dejado abiertas: por qué investigaba a Tomás y si ya sabía quién era Nora en la terminal.
Guardó la libreta en el bolsillo interior de la bolsa. No tenía una copia de la carpeta ni podía comprobar por sí sola todo lo que acababa de oír, pero sí conservaba sus propias notas. Eso bastaba para impedir que el siguiente silencio de Inés la devolviera por completo al punto de partida.
Cuando iba a cerrar la puerta, Inés la llamó desde el pasillo.
—Nora. ¿Tu madre te habló alguna vez de Gabriel Leza?
—Nunca.
—No le preguntes por teléfono.
Nora pensó en la tarjeta antigua guardada dentro de un sobre, en las llamadas de Tomás y en las semanas sin una sola señal de Elena. Cerró la puerta de su cuarto y encajó otra vez la silla bajo el picaporte. Después sacó la cartera, abrió el sobre y sostuvo la tarjeta entre los dedos.
Inés acababa de decirle que no preguntara. Aquello bastó para que Nora necesitara escuchar la voz de su madre.
Por primera vez desde el viaje en autobús, volvió a activar el número que Tomás conocía.