10. La carpeta azul #2
Nora dudó antes de abrirla. Inés podía regresar en cualquier momento y verla con la carpeta abierta sobre la mesa.
Debería haberla cerrado, pero aquella palabra le provocó la misma sensación que el rostro de Leza en televisión, el presentimiento de que algo conocido estaba cerca sin llegar a mostrarle qué era.
Dentro había documentos de muchos años antes, amarillentos en los bordes o impresos a partir de copias defectuosas.
Una fotografía mostraba una nave rodeada de terreno sin asfaltar.
Otra, el lateral de una furgoneta junto a una puerta de madera.
La imagen estaba desenfocada y no permitía distinguir a nadie, pero el veteado oscuro de aquella puerta le devolvió durante un instante el olor de la lluvia sobre la tierra y una respiración al otro lado de un espacio cerrado.
Nora apartó la fotografía. No quería convertir una reacción en un recuerdo solo porque aquella imagen le resultara familiar.
Debajo había una relación de pagos antiguos.
Las cantidades eran menores y muchas notas estaban manuscritas.
Dos iniciales se repetían en el margen: G.
L. y T. V. Nora las leyó sin concederles todavía un significado.
Dos letras podían esconder demasiados nombres.
Siguió pasando hojas hasta encontrar una orden bancaria doblada en cuatro.
El nombre del ordenante aparecía impreso en la parte superior.
Tomás Varela.
Durante unos segundos Nora solo vio aquellas dos palabras y, debajo, la firma angulosa que conocía de las autorizaciones del colegio, los contratos de teléfono y tantos papeles que su padre extendía sobre la mesa.
El destinatario era una de las empresas que aparecían también en las transferencias recientes.
La fecha correspondía a cuando Nora era una niña.
Al dorso, Inés había escrito con tinta azul: «Varela era más que un transporte. Relación directa con G. L. desde el origen?»
Nora leyó la nota otra vez. Tomás y Gabriel Leza.
Su padre y el hombre cuya voz había oído detrás de una puerta estaban unidos en una página escondida en aquella habitación.
Por primera vez no se trataba de una sensación, de una voz familiar o de una sospecha que no podía demostrar: tenía delante un documento con el nombre y la firma de Tomás dentro de una investigación sobre Leza.
Hasta entonces había imaginado la violencia de su padre limitada por la casa y el pueblo: las llaves que controlaba, los vecinos que bajaban la voz, una familia pendiente de cada cambio en su humor.
Fuera de allí, había querido creer que su poder se reduciría a llamadas bloqueadas y amenazas guardadas en una captura.
Aquella firma atravesaba esa frontera. No decía qué había hecho Tomás ni convertía la nota de Inés en una prueba, pero demostraba que Nora conocía sólo una parte de la vida de su padre.
La hoja le tembló entre los dedos. Conocía aquella firma demasiado bien para refugiarse en una coincidencia. Aun así, nada allí explicaba qué había pagado, qué quería decir «desde el origen» ni por qué Inés investigaba hechos de cuando Nora todavía era una niña.
En la esquina inferior había una referencia escrita a lápiz: A-4/7.
Nora revisó el resto del apartado. Encontró las páginas uno y dos, una funda vacía donde debería estar la tres y ningún documento posterior a la orden bancaria.
No sabía si aquella numeración correspondía a siete hojas, siete operaciones o cualquier otra clasificación.
Solo podía ver que parte de la secuencia faltaba.
En el plástico de la funda había quedado la marca rectangular de un papel y dos pequeñas incisiones donde antes lo había sujetado un clip.
«No puedo darte algo que no tengo», había dicho Inés por teléfono.
Nora miró hacia la puerta. La frase podía referirse a aquellos documentos o a cualquier otra cosa. No había oído la voz de la llamada y no podía llenar ese hueco con Gabriel Leza solo porque fuera el nombre que más miedo empezaba a producirle.
La puerta principal se abrió.
Nora levantó la cabeza.
Oyó las llaves caer en el cuenco de cerámica y después los pasos de Inés en el recibidor. Tenía tiempo de cerrar la carpeta, devolver la orden bancaria a su sitio y salir de la habitación antes de que llegara al pasillo.
No lo hizo.
Volvió a mirar el nombre de su padre. Después buscó la página siguiente de la secuencia A-4/7.
A esas alturas ya no le importaba que Inés supiera que había entrado.
Había pasado semanas aceptando respuestas incompletas; aquello era distinto.
Tomás estaba dentro de una investigación que Inés le había ocultado mientras le preguntaba por su pasado y por recuerdos que Nora ni siquiera sabía ordenar.
Los pasos se acercaron.
Nora siguió buscando.
—No la vas a encontrar ahí.
La voz sonó detrás de ella.
Nora se volvió. Inés estaba en el umbral con el abrigo todavía puesto. No miró la puerta abierta ni la llave junto a la lámpara. Miró primero la orden bancaria que Nora sostenía y después la carpeta desplegada sobre la mesa. Su expresión apenas cambió, pero Nora vio cómo se le tensaba la mandíbula.
Dejó el documento sobre la mesa, sin retirar los dedos.
—¿Por qué tienes el nombre de mi padre?