La versión de Nora 10. La carpeta azul
21%

10. La carpeta azul

Seis pasos separaban a Nora de la llave.

Los contó mientras la voz de Inés seguía llegando desde el dormitorio, tan baja que la puerta solo dejaba pasar algunas palabras: «no», «todavía», «te he dicho».

Entre una respuesta y la siguiente se abrían silencios largos.

Quien estuviera al otro lado no parecía tener prisa.

La llave continuaba en la cerradura de la habitación del fondo.

Inés la había dejado allí al salir para atender el teléfono, como podía dejar una taza a medias o un cajón abierto.

A Nora le costaba creer que aquello fuese un simple descuido.

La llamada podía haberla obligado a marcharse antes de sacar la llave.

También podía haber confiado en que la puerta siguiera protegida por el límite que Nora había respetado desde la primera noche.

Durante semanas ese límite había sido fácil de entender.

Inés le había dado una cama, tiempo y una llave de la casa sin exigirle su historia a cambio; registrar un cuarto cerrado era cruzar una línea que no le correspondía.

Pero estaban también el coche frente al portal, la marca junto al codo, los miércoles de los que Inés regresaba sin poder dar una explicación y el nombre de un fiscal que despertaba en Nora recuerdos sin forma.

Se había dado cuenta de que Inés sabía por qué Gabriel Leza le resultaba familiar y se negaba a decírselo.

A esas alturas, el secreto ya no podía quedarse encerrado únicamente en la vida de Inés: rozaba cosas que también pertenecían a Nora y que nadie había querido explicarle.

Dio el primer paso.

Al llegar a la puerta, esperó. Durante un instante la voz de Inés se oyó con más claridad.

—No puedo darte algo que no tengo.

Era la misma frase que Nora había escuchado al entrar en el piso. Llegó una respuesta amortiguada y, después, el tono de Inés cambió.

—No la metas en esto.

Nora cerró los dedos alrededor de la parte de la llave que sobresalía de la cerradura. La giró despacio, sujetando el mecanismo para evitar el chasquido, y empujó lo justo para poder pasar. Antes de entrar volvió la cabeza hacia el dormitorio. La puerta seguía cerrada.

El supuesto trastero estaba demasiado ordenado para serlo.

Las cajas que Nora había visto desde el pasillo ocupaban una pared entera, alineadas y rotuladas con fechas.

Bajo la ventana había una mesa estrecha con dos archivadores, una impresora pequeña y varias pilas de documentos sujetas con pinzas.

Un tablero de corcho reunía fotografías y, sobre una silla, descansaba un plano de la ciudad doblado varias veces.

La persiana estaba casi bajada; la lámpara concentraba la luz sobre la mesa y dejaba los rincones en sombra.

No olía a polvo ni a cosas olvidadas. Olía a tinta, cartón y café.

Olía a muchas horas de trabajo. Algunos papeles conservaban círculos oscuros donde habían reposado tazas.

Inés trabajaba allí, desde hacía tiempo y con una disciplina difícil de encajar con la mujer que extraviaba las llaves o dejaba morir las plantas porque no recordaba cuándo las había regado.

Nora cerró la puerta hasta dejar una rendija y puso la llave junto a la lámpara.

La carpeta azul estaba debajo de un periódico, donde Inés la había apartado unos minutos antes.

Varias hojas sobresalían de los bordes y el elástico parecía a punto de ceder.

Nora no la tocó. Se acercó primero al tablero de corcho.

Las fotografías no mostraban escenas íntimas ni explicaban por sí solas el miedo de Inés.

Eran imágenes tomadas desde lejos: entradas de hoteles, aparcamientos, puertas laterales de locales sin rótulo, hombres junto a coches oscuros.

Gabriel Leza aparecía en tres. En una salía de un edificio acompañado por otro hombre cuyo rostro quedaba oculto; en otra estrechaba la mano de una mujer junto a un vehículo oficial.

La tercera recogía apenas su perfil entrando por una puerta de servicio.

Debajo de cada imagen, Inés había escrito una fecha y una hora; cuando aparecía algún vehículo, añadía también la matrícula.

Algunas llevaban un signo de interrogación o dos palabras en mayúsculas: NO PROBADO.

Aquella cautela inquietó a Nora más que una pared llena de acusaciones.

Inés no parecía reunir fotografías para confirmar una historia ya decidida; distinguía lo que sabía de lo que sospechaba.

Nora reconoció el método porque había hecho algo parecido al anotar el estado en que Inés regresó aquella primera madrugada: había intentado no convertir el miedo en un hecho solo porque lo sintiera.

En la parte baja del tablero encontró una hoja con matrículas distribuidas en columnas.

Recorrió las líneas hasta reconocer la terminada en LKM.

Coincidía con la que había copiado en la libreta.

A su lado figuraban el modelo del turismo gris y varias fechas.

Las tres últimas eran los días en que Nora había visto el coche.

Había otras anteriores: Inés ya lo había observado frente al edificio antes de que Nora empezara a vigilarlo.

En la columna del conductor no constaba ningún nombre, solo una descripción breve y el mismo aviso: NO IDENTIFICADO.

Una flecha unía la matrícula con dos direcciones.

Una correspondía a un aparcamiento cercano a un hotel; la otra aparecía repetida en varias fotografías de mujeres entrando por una puerta sin señalización.

Un ruido al otro lado del pasillo la hizo volver la cabeza. La voz de Inés había cesado.

Nora se apresuró en salir y cerró la puerta del trastero, colocó la llave otra vez en la cerradura y cruzó el pasillo con el corazón acelerado. Llegó a la cocina justo cuando se abría la puerta del dormitorio. Cogió el vaso que había dejado junto al fregadero y abrió el grifo, aunque no tenía sed.

Inés apareció con el teléfono en la mano. Miró a Nora, después hacia el fondo del pasillo. La pausa fue tan breve que Nora no supo si había reparado en algo o si era ella quien buscaba una acusación en cualquier gesto.

—Tengo que salir un momento —dijo Inés.

—¿Ahora?

—Sí.

No explicó adónde iba. Fue al recibidor, se puso el abrigo y guardó el teléfono en el bolso. Nora la observó recoger las llaves de la calle del cuenco de cerámica. La llave pequeña siguió en la cerradura de la habitación del fondo.

—No tardaré.

La puerta del piso se cerró detrás de ella.

Nora mantuvo el grifo abierto unos segundos más.

Después lo cerró y esperó. Escuchó los pasos de Inés bajar por la escalera y el golpe lejano de la puerta del portal.

No sabía si aquella salida tenía relación con la llamada ni cuánto tiempo estaría fuera.

Tampoco sabía si Inés había visto la puerta mal encajada, la posición de la llave o cualquier otro detalle que la delatara.

Podía dejarlo ahí.

Ya sabía que Inés seguía a Leza y que conocía el coche del portal desde antes que ella. Era más de lo que había sabido una hora atrás. Pero la carpeta azul seguía detrás de aquella puerta, y la frase que había oído durante la llamada no dejaba de repetirse: «No puedo darte algo que no tengo».

Volvió al pasillo y giró la llave por segunda vez.

Esta vez no se entretuvo con las fotografías. Fue directamente a la carpeta azul, retiró el elástico y empezó a pasar las hojas con la atención puesta tanto en los documentos como en cualquier ruido de la escalera.

El primer bloque contenía copias de transferencias bancarias y facturas.

Buena parte de los códigos no significaba nada para Nora, y no intentó descifrarlos.

Sí reconoció cantidades repetidas, nombres de empresas que aparecían una y otra vez y las flechas con las que Inés había relacionado unas páginas con otras.

En los márgenes había palabras sueltas: «Policía», «Empresario», «Funcionario».

En una hoja aparte, Inés había escrito: «Coincidencia no es prueba.

Buscar origen». Debajo, subrayada dos veces, otra pregunta: «¿Quién autoriza? ».

Nora pasó varias páginas sin detenerse. Aquello requería tiempo y conocimientos que no tenía. Lo único evidente era que Inés estaba siguiendo movimientos de dinero y conexiones entre personas que, al menos sobre el papel, no parecían tener relación entre sí.

Más adelante encontró una hoja encabezada con una sola palabra: MUJERES.

Debajo había diecisiete nombres, la mayoría sin apellido.

Cuatro estaban encerrados en recuadros rojos.

En otra página aparecían teléfonos incompletos, direcciones, fechas y anotaciones breves que no permitían saber con claridad a qué nombre correspondía cada dato.

Parecía que la separación de las listas era deliberada, pero Nora no conseguía entender por qué.

«Sin contacto».

«Denuncia retirada».

«Familia no sabe».

En uno de los recuadros rojos leyó: Eva. En la hoja de datos había un teléfono tachado varias veces y una referencia a un local. Nora se preguntó si ambas referencias se relacionaban con esa mujer y si, quizás, era donde iba Inés todos los miércoles.

Estuvo a punto de sacar el teléfono. La advertencia de Inés le volvió a la cabeza antes de desbloquear la pantalla: no dejar ningún rastro que pudieran relacionar con ella. Guardó el móvil otra vez.

Siguió revisando la carpeta. Encontró copias de denuncias sin firma, tarjetas de locales, matrículas, recibos y notas que remitían a documentos que no veía por allí.

Faltaban piezas en casi todas las secuencias.

Algunas hojas empezaban con un número que no aparecía en ningún índice; otras terminaban en mitad de una relación de pagos.

Nora creía que la carpeta contendría una explicación cerrada o una historia que pudiera leerse de principio a fin.

En cambio, contenía partes de algo que Inés todavía intentaba demostrar, con huecos visibles entre unas piezas y otras.

Una pestaña llevaba escrita una sola palabra: ANTIGUO.