9. Un nombre en televisión
El coche que acababa de detenerse frente al edificio mantuvo el motor encendido.
La vibración subía por la fachada y llegaba al salón convertida en un rumor grave, distinto del tráfico que recorría la avenida.
Inés seguía junto a la puerta, mirando la matrícula escrita en la palma de Nora, mientras el teléfono insistía dentro de su bolsillo.
La segunda llamada terminó sin respuesta.
Inés sacó el aparato, leyó la pantalla y lo dejó boca abajo sobre la consola.
Después apagó la lámpara del recibidor y atravesó el salón para cerrar las cortinas.
No se acercó al cristal; tiró de la tela desde un lateral, procurando mantenerse fuera del ángulo de las ventanas.
—Lávate la mano. La tinta acabará borrándose y solo conseguirás mancharlo todo.
Nora abrió la libreta antes de obedecer. Copió la matrícula, añadió la hora, los tres días en que había visto el turismo y una descripción del conductor tan precisa como permitía la distancia. Inés la vio escribir y, esta vez, no repitió que no debía enseñárselo a nadie.
—¿Sabes quién ha mandado ese coche?
—No.
—Pero tienes una idea.
Inés miró hacia las ventanas. El motor continuaba abajo, inmóvil.
—Sé que acercarte a un coche que vigila la casa es una estupidez.
—Me acerqué para leer una matrícula, no para abrirle la puerta.
—Eso no te vuelve invisible.
Nora cerró la libreta. La dureza de Inés ya no bastaba para ocultar lo que había detrás; Nora llevaba demasiados días viéndola medir ventanas, calles y llamadas, demasiado tiempo aprendiendo a distinguir cuándo una orden nacía del enfado y cuándo intentaba cubrir el miedo. Aquella pertenecía a lo segundo.
—Tampoco sirve quedarme aquí arriba fingiendo que no existe.
Inés iba a responder cuando el coche arrancó. Las dos siguieron el sonido mientras se alejaba avenida abajo hasta confundirse con los demás motores. Solo entonces Inés volvió a encender la lámpara. El salón recuperó su aspecto de siempre, pero entre ambas quedó la misma tensión.
—Mañana no vuelvas sola del trabajo.
—Pues mañana me tendrás que decir de quién tengo que protegerme.
Inés recogió el teléfono de la consola. No prometió nada.
A la mañana siguiente, Aurora encendió el televisor de la cafetería porque uno de los clientes se quejó del silencio.
Estaba sujeto a la pared, encima de la nevera de bebidas, y casi siempre mostraba imágenes sin sonido mientras la máquina de café, las cucharillas y las conversaciones imponían su propio ruido.
Aurora encontró el mando debajo de una caja de infusiones y subió el volumen justo cuando empezaba el informativo del mediodía.
Nora llevaba una bandeja con dos cafés y un vaso de agua hacia la mesa de la ventana. No prestó atención a la primera noticia ni a las imágenes de coches policiales entrando en un aparcamiento. Fue la voz la que la hizo detenerse.
—Ninguna organización es invulnerable —decía un hombre—. Quienes se creen por encima de la ley suelen confiar en el miedo y en el silencio de los demás. Nuestra obligación es demostrarles que se equivocan.
El tono era sereno, bajo, sin apenas cambios de volumen.
Nora lo reconoció antes de mirar la pantalla.
Era la misma voz que había oído al otro lado de la puerta del piso, la tarde en que encontró a Inés con aquel hombre.
La misma calma, las mismas pausas, aquella forma de hablar que apenas dejaba espacio para una respuesta.
Nora se giró para ver el televisor. El vaso de agua se inclinó sobre la bandeja y Aurora lo sujetó antes de que cayera.
—¿Qué haces? Déjala en la barra si pesa.
Nora no contestó. En la pantalla, un hombre hablaba detrás de un atril rodeado de micrófonos.
Llevaba traje oscuro, corbata lisa y el cabello corto, peinado hacia atrás con una precisión discreta.
Detrás se veían varias banderas y una pared clara.
El rótulo inferior apareció cuando la cámara cerró el plano.
GAbrIEL LEZA. FISCAL.
Leza se volvió para escuchar una pregunta. Durante un segundo, el perfil mostró la línea de la mandíbula y la parte alta del cuello: el mismo ángulo que Nora había alcanzado a ver en la escalera mientras él bajaba con el rostro orientado hacia la pared. Eso bastaba para relacionarlo con el piso.
Lo siguiente era distinto.
Cuando volvió a mirar al frente, Nora tuvo la certeza de haber visto antes aquellos ojos, aunque no apareció ningún lugar al que unirlos.
Solo una sensación física: ella estaba mucho más abajo, con el cuello dolorido por mantener la cabeza levantada.
El olor a café molido y detergente desapareció bajo otro, húmedo, de madera mojada.
En la superficie brillante de la nevera creyó ver por un instante la sombra de algo que se movía detrás de una puerta.
Parpadeó. El local recuperó su profundidad. La bandeja seguía en sus manos y las cucharillas golpeaban contra los platos porque le temblaban los dedos.
Aurora se la quitó y la dejó sobre la barra.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—Eso dicen siempre justo antes de caerse y romperme todas las tazas.
Nora obedeció. Necesitaba seguir mirando la pantalla sin sostener nada.
La noticia explicaba que Leza había comparecido después de una operación contra una red dedicada al tráfico de drogas y a la explotación de mujeres.
Hablaba de coordinación institucional, protección de las víctimas y confianza en la justicia.
Bajo aquellas luces no se parecía al hombre que había oído hablar con Inés detrás de una puerta cerrada y al que después había visto abandonar el edificio.
Allí parecía justo lo contrario: un hombre al que las cámaras buscaban y que hablaba de proteger a los demás, mientras que en casa de Inés su sola presencia bastaba para llenarlo todo de miedo y tensión.
—¿Quién es? —preguntó Nora.
Aurora siguió la dirección de sus ojos.
—Un fiscal. Gabriel Leza. Sale bastante cuando detienen a alguien importante.
—¿Lo conoces?
—De cambiar de canal cuando habla. —Le acercó un vaso de agua—. ¿Tú sí?
—Creo que lo he visto antes.
—Con lo que sale en la tele, no sería raro.
Podía ser eso. Con la frecuencia con que Leza aparecía en televisión, habría sido sencillo cruzarse con su rostro años atrás y olvidarlo después.
Nora intentó quedarse con aquella explicación, pero alguna cosa en su interior se le había despertado.
Se quedó rígida. Había algo en aquella voz que reconocía, pero no podía recordar de dónde.
El reportaje terminó. Un anuncio de seguros ocupó la pantalla y la cafetería volvió a llenarse con el ruido habitual.
Nora bebió agua, esperó a que las piernas dejaran de temblarle y regresó al trabajo.
Durante el resto del turno consiguió concentrarse en el trabajo, pero la voz de Leza seguía volviéndole a la cabeza entre el ruido de la cafetera, la caja registradora y Aurora cantando las comandas.
En el descanso buscó el nombre desde el teléfono.
Aparecieron decenas de fotografías, entrevistas y actos públicos.
Gabriel Leza sonreía junto a policías, juristas y cargos cuyos nombres Nora no conocía; estrechaba manos, inauguraba jornadas y respondía preguntas con la misma atención medida.
No encontró ninguna imagen de Inés. Incluso en las fotografías menos formales miraba a la cámara como alguien que sabía de antemano para qué iba a utilizarse su rostro.
Encontró el fragmento del informativo y se puso los auriculares.
Cerró los ojos para quitar la imagen de en medio, escuchó la frase completa, retrocedió y volvió a reproducirla.
La segunda vez reconoció la voz sin vacilar: era la que había atravesado la puerta del piso, la que había decidido un miércoles por Inés y había preguntado después, con aquella cortesía controlada, si existía algún problema.
Guardó una captura del rótulo y copió el nombre debajo de la matrícula.
No escribió que Gabriel Leza fuera el dueño del coche ni que hubiera causado los hematomas o las lagunas de Inés.
Anotó únicamente lo que podía defender si alguien le pedía que lo explicara: el hombre había entrado en el piso; ella no había llegado a verle la cara completa, pero su voz coincidía con la que acababa de escuchar en televisión.
Al terminar el turno cambió dos veces de trayecto antes de regresar. No vio el turismo gris. En el portal comprobó el reflejo de la calle en el cristal antes de abrir y subió sin auriculares. Desde el tercer piso oyó a Inés hablando por teléfono dentro de la vivienda.
—No puedo darte algo que ya no tengo —decía—. Puedes repetirlo todas las veces que quieras.
Nora introdujo la llave. La conversación se cortó de inmediato.
Inés estaba en el salón, delante del ordenador cerrado. Llevaba la misma ropa de la mañana y tenía una mancha de tinta azul en el lateral de la mano. El teléfono descansaba junto a ella. Al ver a Nora, miró primero hacia la ventana y después al reloj.
—Has tardado.
—He cambiado de ruta.
—¿Te ha seguido alguien?
—No lo sé. He hecho lo que me dijiste.
Inés asintió, pero continuaba tensa. Nora dejó la chaqueta sobre una silla, sacó el teléfono y abrió el vídeo. Ni siquiera tuvo que enseñarle la pantalla. Bastaron las primeras palabras de Leza para que Inés se quedara quieta.
Nora detuvo la reproducción.
—Se llama Gabriel Leza.
Ninguna de las dos dijo nada. El silencio se hizo incómodo.
—¿Dónde has encontrado eso? —preguntó Inés.
—En las noticias. Habla de luchar contra el crimen organizado.
Inés cogió su teléfono, comprobó la pantalla y volvió a dejarlo.
—No busques su nombre desde tu teléfono.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que quede ningún rastro que puedan relacionar contigo.
—Sé que es el hombre que viene a esta casa.
—¿Te vio?
—No.
—¿Llegó a mirarte?
—No. Me quedé sentada. Pasó de espaldas.
—¿Pudo verte desde el rellano?
—No.
—Es Gabriel Leza.
—Lo sé.
—Me dijiste que no intentara verle la cara. Ya no hace falta. Sale en televisión.
—Verlo en televisión no significa que sepas nada de él.
—No. Pero ahora sé quién estuvo aquí aquel día y por qué no querías que yo entrara.
Inés se pasó una mano por la frente y volvió a mirar hacia la puerta.
—Hay cosas que no entiendes, Nora.
—Entonces explícamelas.
Inés no respondió. Se levantó. Dio dos pasos hacia las cortinas, que ya estaban cerradas, y regresó al ordenador sin abrirlo. Parecía buscar algo que hacer con las manos antes de responder.
—¿Es él quien te obliga a salir los miércoles? —preguntó Nora—. ¿El coche trabaja para él? ¿Te hizo el hematoma?
—No juntes cosas que no comprendes.
—Entonces ayúdame a comprenderlas.
—No puedo.
—No quieres.
—No puedo —repitió Inés.
Esta vez Nora no oyó una excusa. Inés habló más bajo cuando añadió:
—Porque cuanto más preguntes, más fácil es que acabes metida en esto.
Nora pensó en el coche frente al portal, en las llamadas que Inés recibía a todas horas y en el miedo que había mostrado cuando había pronunciado el nombre de Leza.
—¿Por eso no querías a urgencias? ¿Porque él podría enterarse?
Inés apartó la mirada. No contestó.
—Hay algo más —dijo Nora—. Cuando le he visto la cara, no ha sido solo por el hombre de la escalera. Me ha resultado conocido.
Inés levantó la vista de inmediato.
—¿Dónde lo viste?
—No lo recuerdo.
—¿Antes de venir a la ciudad?
Lo preguntó demasiado rápido. En su voz había miedo y una expectativa demasiado concreta. Nora retrocedió medio paso.
—¿Por qué tendría que ser antes?
Inés se quedó quieta. La expresión que apareció en su cara llevó a Nora de vuelta al café frío de la terminal, al autobús que Inés sabía que había tomado y a todos aquellos datos que había deducido sin que nadie se los proporcionara.
—Porque Leza lleva años apareciendo en televisión —dijo al fin—. Puedes haberlo visto en cualquier parte.
Era posible. Nora podía haberlo visto en cualquier informativo sin conservar el momento. Pero Inés había preguntado primero si había sido antes de llegar a la ciudad y solo después había escogido aquella explicación.
—No creo que fuera de la televisión.
—¿Por qué?
—Porque no me pareció una cara que hubiera visto alguna vez de pasada.
Nora guardó silencio. No iba a contarle la madera húmeda ni aquella certeza absurda de haber mirado el rostro desde abajo.
Pero la pregunta de Inés la puso en guardia: no le había preguntado simplemente si Leza le resultaba familiar, sino si lo había visto antes de llegar a la ciudad. ¿Por qué necesitaba saber eso?
—Primero dime qué sabes tú.
Inés bajó la cabeza. Durante unos segundos pareció cansada de sostener dos historias que empezaban a tocarse. Después cogió la llave pequeña de un cuenco junto al escritorio y caminó hacia la habitación cerrada.
—Esta noche no abras a nadie.
—Eso no es una respuesta.
—Es lo único que puedo darte hoy.
Abrió la puerta y encendió la luz. Desde el pasillo, Nora vio una mesa cubierta de papeles, varias cajas y el lomo de una carpeta azul debajo de un periódico. Inés entró, apartó la carpeta fuera de su vista y abrió un cajón. Durante casi un minuto se oyeron hojas moviéndose y cierres metálicos.
Su teléfono empezó a sonar en el salón.
Inés salió deprisa, cerró la puerta y giró la llave. La llamada se interrumpió y volvió a comenzar. Ella cruzó el pasillo sin sacar la llave de la cerradura. Al leer el nombre de la pantalla, se encerró en su dormitorio y respondió tan bajo que Nora no distinguió ninguna palabra.
Hasta aquella tarde, Nora había respetado la habitación cerrada porque aceptar refugio no le daba derecho a entrar en los secretos de Inés.
Ahora sabía que detrás de esa puerta había algo relacionado con Gabriel Leza, un hombre con nombre y rostro público, alguien con suficiente poder para que Inés vigilara incluso dónde quedaba escrito el suyo.
Y empezaba a comprender otra cosa: Inés no temía únicamente lo que ella pudiera descubrir sobre Leza.
También estaba esperando algo que Nora pudiera recordar.
Nora miró la puerta cerrada. Desde el dormitorio llegaba la voz apagada de Inés, imposible de entender.